LA PENSION

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jueves, 4 de julio de 2024

LINDITO

 A lo lejos suena la corneta llamando a la formación del día lunes, me estremece y me produce un leve escalofrío, de pronto siento que el ambiente es bastante frío. Es pequeño, dos sillones, además del que ocupo y una mesita de centro es todo el mobiliario. El techo bastante elevado, más de tres metros calculo, una ventana, más bien un tragaluz, porque está tan alto que no se puede ver a través de ella, ni siquiera se han preocupado de ponerle cortinas. Además de una puerta labrada que da al despacho sólo hay un cuadro en la pared, grande, parece un acrílico, es la imagen de Santa Rosa de Lima sosteniendo al Niño entre sus brazos. Fue pintado por algún efectivo policial pues puedo ver las letras que identifican su grado antes de sus iniciales.

Vuelvo a ensayar las respuestas para las posibles preguntas que he calculado se me harán. Estoy citado por el comandante jefe de la unidad. Definitivamente me siento incómodo, no debería estar en esta situación, pero supongo que debo estar preparado para estas sorpresas propias de la vida policial, todavía no he cumplido un año como alférez y, todo lo que me sucede aún es parte de mi preparación para algo importante que seguro sucederá durante mi carrera policial.

Miro mis zapatos, los froto en mis pantorrillas para que la punta brille más, me paro un momento, me aliso la ropa, el paquete de cigarrillos que llevo en el bolsillo de la camisa no se nota pues la camisa me queda bastante ancha. Evalúo tirarme un pedo pero el temor de que alguien ingrese sorpresivamente me desanima, pese a que mi estómago parece estar bailando.

Al salir al servicio policial fui asignado a una unidad que había sido creada para dar seguridad a la zona del puerto del Callao, dentro de las instalaciones portuarias, ya que los ataques que realizaban los grupos terroristas que operaban entonces, habían orientado sus esfuerzos destructivos hacia los activos críticos. Habían pasado seis meses y todavía no se instalaba esta unidad y momentáneamente nos encontrábamos alojados en el local de la 24ª Comandancia de Caballería en El Potao.

A inicios de junio nos hicieron conocer que se había creado un nuevo requisito antes de instalar nuestra unidad, sólo sería conformada por efectivos preparados en la lucha contra subversiva, entonces se nos comunicó que todos seguiríamos un curso de dos meses, llamado Comando Policial, el cual pese a ser voluntario, debíamos aprobar para formar parte de este proyecto.

En unos días habíamos sido divididos en seis secciones, cada una de veinticinco efectivos, formada por oficiales y suboficiales. En mi sección, éramos cuatro alféreces, y veinticinco suboficiales. bajo el mando del que era el teniente más antiguo de la base, el teniente Martínez, “Lindito” que era su nombre de combate, a quien a veces preferíamos llamar “el viejo” pues tenía quince años de servicios y por problemas de disciplina todavía era teniente, cuando la mayoría de su promoción ya eran mayores.  “Lindito”, sabe Dios quién se lo puso, era respetado por todos lo que formábamos el curso, al resto de oficiales nos asignaron un “nombre de combate”, el mío era “cernícalo”, que nos entregaron grabado en un marbete para ser usado en el uniforme de faena.

Pero ¿qué son dos meses para una trayectoria de décadas? ¿debo seguir considerando desacertada esta etapa de mi vida?, dos meses en el transcurrir de una vida no son nada. No representan nada. Puede uno enviarlas al olvido fácilmente. ¿Debería? Pienso entonces en los presos de cualquier penal, en los prisioneros de los campos de concentración nazis ¿serían importantes dos meses para ellos?

La idea del Curso era formar hombres capaces de soportar las inclemencias de tiempo, resistir los sufrimientos físicos de tal manera que se olvidaran del cansancio, del dolor, del hambre y siempre buscara sobrevivir para cumplir su misión; al fin y al cabo la práctica hace de cualquier persona un experto.

El curso lo llevamos en situación de extrema necesidad, los dos meses de la instrucción vivimos en carpas de ocho personas cada una, bajo el puente Balta, a orillas del Rímac, en la primera cuadra de la Av Abancay. Se inició a fines de junio, la época más fría del año.

El primer día apenas llegar, formamos en el patio de lo que era la Comandancia de Seguridad de Palacio de Gobierno, nos revisaron minuciosamente la bolsa de lona que llevábamos, nos decomisaron todos los artículos que estaban prohibidos, perfumes y lociones, talco, chocolates o cualquier golosina, piyamas, ropa innecesaria, sólo nos dejaron lo estrictamente necesario para sobrevivir quince días, que era el período inicial que teníamos que pasar internados, sin salir e incomunicados. Algunos peluqueros, la mayoría improvisados, nos raparon en medio de burlas y nos dejaron dos horas parados, hasta que por fin nos llevaron en “marcha del pato”, cargando nuestra bolsa de lona, hacia lo que sería nuestra morada, una húmeda carpa que tenía un número pintado, apenas patente, como identificación.

Fueron mis primeros cien metros de sufrimiento, recuerdo haber sentido un gran dolor al pararme, pero no me dieron tiempo a pensar, a empujones nos tiraron al suelo, después de dejar nuestro equipaje sobre una bolsa de dormir, que sería nuestra cama durante los dos meses y, rampando como lagartijas, nos hicieron dar vueltas alrededor del área donde se encontraban el grupo de once carpas, mientras los instructores, golpeaban con una vara delgada, de álamo, a los que osaban levantar demasiado la cabeza.

Corrimos, reptamos, saltamos todo el día, a la hora del almuerzo recibimos una sopa aguada con unos pocos fideos y tres panes, que muchos ni siquiera probamos porque estábamos conmocionados por el mal trato y el acoso constante de los instructores; con el transcurso de las horas entraríamos en razón que era mejor comer, con tanto ejercicio era imprescindible aprovechar el tazón de avena pálida, que tenía restos de leche y los tres panes del desayuno, el almuerzo, como lo describí con olor a pollo, gallina o carne, donde a diario sólo cambiaba el tipo de fideo y, la cena que era una especie de engrudo con cocoa endulzado con escaza azúcar rubia, le llamábamos la “amenaza marrón” y un pan, para no ir a descansar con el estómago lleno.

Lo de descansar era una venia, era difícil hacerlo dentro de una bolsa de dormir, con la misma ropa que pasaste todo el día revolcándote o haciendo ejercicios (al principio nos sacábamos los pantalones, luego no nos importaba dormir con ellos) aún estando húmedos; el primer día nos entregaron un testigo, un cilindro de cemento de unos cincuenta centímetros, que usan las empresas para probar si tiene la dureza necesaria para construir postes, al cual llamábamos “ñaño”. Este bendito “ñaño” tenía un número, para los instructores eran nuestras “esposas”, al dormir lo usábamos como almohada y durante las comidas como asiento, nos ordenaban sentarnos agrupados; en cada carpa habitábamos ocho efectivos, cada grupo tenía un oficial, normalmente un alférez, había una carpa con dos oficiales, la mía, de la cual “Lindito” era el jefe y brigadier del curso.

La mayoría de los que participábamos ya teníamos alguna experiencia con estos cursos y sabíamos que era fundamental tomar las cosas en son de broma, hacer hígado significaba una carga emocional que pasaba factura.

Para recibir instrucción en aulas, se colocaba uno o dos parantes y aprovechando algún árbol o pared se extendía una lona o poncho de agua que usábamos para guarecernos de la lluvia, bajo el cual nos agrupábamos sentados en el “ñaño”, parado por una de sus bases, es decir, no teníamos ni comedor ni aulas físicas, cualquier lugar podía servirnos como tales.

No hubo noche en la que nos enviaran a dormir antes de las once, tampoco hubo amanecida en la que empezáramos a correr pasadas las cuatro de la mañana y, todos los días, nos despertaban uno o dos veces para cumplir algún castigo pendiente haciendo ejercicios. Falta que alguien cometía la pagaba todo el grupo. La segunda noche rociaron polvo de las bombas lacrimógenas dentro de las bolsas de dormir, haciendo imposible que siquiera pestañeáramos, y siempre nos levantaban arrojando una bomba lacrimógena en el interior de la carpa.

 

Durante las dos primeras semanas llamadas de adaptación, calculo haber dormido unas ocho horas dentro de mi bolsa de dormir, por lo general lo hacíamos en cualquier sitio, por segundos o minutos, apenas nos daban un momento de tranquilidad. La instrucción de “aulas” provocaba que algunos cayeran de los “ñaños” en los que estábamos sentados, abatidos por el cansancio, cada caída era una falta que todo el grupo tenía que “pagar” con ejercicios o pruebas de valor.

Nos enseñaban teoría y especialmente mucha práctica sobre operaciones urbanas, anfibias y de montaña y, hasta primeros auxilios; la idea era conseguir un perfil para cada efectivo que le permitiera enfrentar con éxito las operaciones contra subversivos, sobre todo, sobrevivir para cumplir la misión que le fuera asignada.

Siempre viene a mi mente aquella ocasión en la que fuimos castigados de forma “creativa”, aún ahora el cuerpo me tiembla, a todo el grupo nos metieron a una tanqueta apenas después de haber almorzado, antes de cerrar la escotilla tiraron una bomba lacrimógena dentro. Me sentí morir, comenzamos a gritar desesperadamente, el corazón se me salía por los ojos y el almuerzo parecía brotar de todos los orificios de la cara, afuera instructores y espantados participantes gritaban “usen las troneras para respirar”, el problema era que sólo había cinco troneras y éramos ocho. Los compañeros que presenciaron este castigo hasta ahora me felicitan, dicen que fuimos un grupo muy coordinado y que nos turnábamos para respirar por las troneras como si antes hubiéramos ensayado y, era yo quien dirigía una especie de coreografía organizada para tomar bocanadas de aire a través de ellas, además de arrastrar a “Lindito”, que había perdido el conocimiento, hacia la tronera cuando le correspondía. Lo cierto es que no me acuerdo de nada.

 

Durante la primera semana renunciaron veinte participantes de ochenta que iniciamos, era necesario hacer todas las cosas en grupo, nos apoyábamos entre nosotros para poder pasar todas las pruebas a las que fuimos sometidos. Y aquí es donde “Lindito” mostró su verdadero potencial. Nos exigía, nos apoyaba en todo, nos empujaba, a veces cargaba el arma de algún compañero que no podía, la mía la cargó muchas veces, alguna vez lo vi llegar, después de una amanecida trepando el cerro San Cristóbal, cargando cuatro fusiles FAL, que era parte de nuestro armamento oficial. Fuimos el grupo que terminó el curso con sus efectivos casi completos gracias a él, sólo uno abandonó, debido a un accidente. Aquel compañero fue atropellado por una motocicleta durante una amanecida en que nos encontrábamos rampando por las inmediaciones del terminal pesquero de la avenida San Pablo, en La Parada. Hundidos sobre la pestilente sanguaza formada por restos de pescados del día anterior, nos arrastrábamos intentando mantener la nariz y la boca lejos de esta materia viscosa que nos ocasionaba grandes arcadas porque no teníamos qué vomitar. Hundidos en el canal de drenaje sintiendo haber descendido a las puertas del infierno, cubiertos de un barro hediondo del que emanaba una bruma siniestra, compitiendo con algunos gusanos y con el chillido de las ratas que protestaban por la invasión de su territorio; el desaprensivo motociclista que circulaba por la pista cercana no pudo evitar meterse al canal cuando creyó haber visto que un demonio se levantaba del barro.

Así era de duro el curso.

A partir del incidente de la tanqueta, “El viejo” fue mi guía y protector, estaba permanentemente preocupado por mi, me daba valor cuando parecía que no conseguiría finalizar una prueba, me empujaba y animaba, cuando estaba extenuado me obligaba a ir delante suyo. En algunas ocasiones se declaró culpable y afrontó los castigos por faltas mías. Era una verdadera autoridad para todo el grupo, qué distante de aquella persona que conocíamos. Pero, nunca terminé de agradecerle su preocupación sobre todo porque hasta ahora no recuerdo haberlo auxiliado en la tanqueta como la mayoría decía.

 

Cuando por fin llegó nuestra primera salida después de las dos semanas de adaptación, abandonamos el local policial un sábado a las dos de la tarde para retornar el domingo a las ocho de la noche, así fue durante las siguientes semanas que duró el curso, al final concluimos nuestra preparación solo treinta y dos.

En aquella primera salida me sentí un desconocido cuando llegué a mi casa, la casa de mis padres donde vivía, estaba mucho más flaco y quemado o teñido color barro, de tantas horas que pasaba en el, tenía una mirada paranoica y repetidamente miraba por sobre mis hombros, nervioso, como si alguien estuviera a punto de atacarme. Comí en abundancia, casi hasta reventar, llamé a mi enamorada para decirle que en la noche la visitaría y me dediqué unos minutos a acomodar ropa limpia que llevaría al retornar al curso. Intenté sentarme un rato frente al televisor y mi madre me cuenta que me encontró profundamente dormido y me ayudó a llegar a mi dormitorio donde me dejó acostado. Cerca de las tres de la mañana mi padre me encontró tirado en el piso al lado de la cama y me despertó, “Cholo, te caíste”. Esperé sentado al borde de la cama hasta que volvieran a apagar las luces, no podía dormir en una cama tan limpia, mi cuerpo lo rechazaba, volví a tirarme al piso. A las seis de la mañana mi padre volvió a despertarme con su paciencia perpetua “Loco de mierda”.

Fue en una de las últimas salidas que “Lindito” me invitó a almorzar a su casa, lo pensé, conociéndolo no dudé en qué terminaría el almuerzo, pero acepté de buena gana.

 

En el trayecto a su casa conversamos sobre las cosas que tendríamos que hacer durante la semana que venía, todas las pruebas a las que nos someterían eran de máximo esfuerzo, formaban parte de un “circuito de valor” que teníamos que atravesar durante una “marcha de campaña” de cinco días. Era enorme el sacrificio que habíamos realizado hasta entonces. Durante unos segundos de silencio lo miré y me sentí agradablemente sorprendido, antes del curso dábamos por hecho que “Lindito” era un oficial acabado, nadie imaginó el valor, la decisión y el esfuerzo que demostraría en estas semanas de “preparación”, parecía querer ser el mejor, el primero, nunca se le vio quedarse dormido y cuando se trataba de “pagar” las faltas nunca se quejaba. Era difícil imaginarlo en estas circunstancias de su vida, sobre todo porque, antes del curso, era una persona de comportamiento impredecible, permanentemente en desacuerdo con todo lo que significara disciplina, tremendo bebedor (borracho se le dice), en constante juergueo, amiguero, mujeriego (putañero se le dice), el menos indicado para asignársele responsabilidades, divorciado, sin rumbo, desquiciado y defraudado por la vida. Era alto, corpulento, el pelo siempre corto, tenía ojos claros y una presencia que siempre atraía las miradas femeninas. No parecía ser la misma persona que estaba a mi lado.

Antes de llegar a su casa me contó que vivía con su mamá, una hermana y su hijita Micaela, que nunca se había divorciado sino que su esposa simplemente lo dejó, sabía que ella vivía ahora en Estados Unidos desde hace unos doce años. Me pareció sentir algo de nostalgia cuando me lo contaba, más cuando dijo “por mi hija es que estoy dispuesto a dejarlo todo”, que preferí ahorrarme todas mis preguntas.

Del almuerzo sólo queda en mi memoria que fueron varios platos con mucho pescado, la abundante cerveza me impide acordarme de todas las cosas que hice, me dicen que estuve divertido, bailé bastante y me emborraché, “Lindito” me dejó en un taxi y no recuerdo nada hasta que desperté el día siguiente en un sofá en la sala de mi casa.

Lo que más evoco y claramente, es a Micaela, cuando la vi, su tranquila belleza me impresionó tanto que pensé lo bonita que tendría que haber sido su madre, me imaginé a “Lindito” casándose con una Miss Perú. La muchacha de unos dieciséis años tenía una mirada que parecía nacer detrás de sus ojos casi azules, de esas miradas que te descubren, que desnudan tu alma y te obligan a decir verdades porque se llevan las mentiras, sus ojos profundos parecían decirlo todo, como una imagen del alma, como un mar en calma, como un camino tapizado de la mejor música convertida en color. Cuando me la presentó “Lindito” quedé paralizado pensando si debía acercarle mi cachete para intercambiar un beso de saludos o debía darle la mano, ella también parecía desconcertada, su mirada era demasiado espesa y me inmovilizó como a una mosca atrapada en un papel matamoscas.

Le extendí la mano y ella la tomó entre ambas palmas y con una expresión de diosa, inmortal, me dijo “hola loco”.

Todos estallaron en risa, tuve que esforzarme para disimular mi desconcierto pues no me esperaba esta respuesta. La miré y ahora su mirada tenía una inocencia infinita, parecía estar disfrutando el momento pero distante, inalcanzable, a salvo. Mi cuerpo comenzó a estirarse como jebe, su mirada, sus ojos me succionaban, yo tenía que hundirme en ellos.

“Lindito” me puso una mano sobre el hombro y me hizo aterrizar.

-       Así es mi hijita Micaela, le caíste bien.

Seguía desconcertado, mis labios mudos y temblorosos me delataban. Revisé en mis recuerdos, en mi experiencia, revisé las páginas de Carreño y no encontré cómo salir de esta situación. Mis mejillas parecían hervir, mi piel era ahora una mucosa y mis labios se negaban a obedecer.

-       Vamos “Cernícalo”, tómate un vaso – apareció “Lindito” salvándome – pocas veces se pone tan contenta, ella es autista.

 

La puerta de la salita se abrió y entró un sub oficial llevando un maletín y un colgador de ropa con dos camisas de uniforme, tras de el se sentían las pisadas enérgicas del comandante, me puse de pie y adopté la posición correcta para saludar a un superior. El comandante ingresó, sentí un frío que no identifiqué si era de alivio o de agobio, le saludé casi gritando:

-       Buenos días mi comandante.

Siguió directo a su oficina, sin mirarme y cerró la puerta como si yo no existiera.

Pasaron los minutos y mi estómago ocupaba todo mi cuerpo, se revolvía de impaciencia, trataba de imaginar cómo sería el despacho del comandante para combatir la impaciencia, me parece que nunca sentí la angustia que ahora siento, debe ser el resultado del curso. Si, eso es.

Me sorprendió en mis pensamientos cuando se abrió la puerta del despacho y de un salto me puse en atención, el comandante se puso frente a mi y me miró de pies a cabeza, como tratando de encontrar alguna falla en mi uniforme.

-       Así que tú eres el anormal que quiere malograrme el curso – dijo en voz alta – otro que nada hasta la orilla para ahogarse.

-       No mi comandante – grité disciplinadamente – jamás haría eso.

-       Usted conoce las reglas, la prueba final es la demostración individual que me sirve para saber que he cumplido con formar un comando, tiene que ser individual – remarcó esto último mientras aspiraba de su cigarrillo que apareció como por birlibirloque – ¿Es consciente de lo que ha hecho? Ahora, su compañero se va a recibir y usted no, quizás hasta quede como un antecedente en su legajo – dijo mientras expiraba el humo en mi cara.

El día anterior había terminado nuestra preparación, el curso de comando policial. La prueba final era una marcha de campaña, una prueba de supervivencia, nos dejaron en los cerros más elevados de Laraos, un distrito de Huarochirí, en la parte alta de San Mateo, con escasa ropa y casi nada de alimentos, nuestro fusil, una topográfica y cuatro días para llegar al estadio Santa Lucía de Barrios Altos caminando por sitios inhóspitos. El recorrido tenía algunos puntos de control por los cuales teníamos que pasar, formamos grupos de cuatro para esta prueba, “Lindito” comandaba mi grupo. Como siempre, nos mantuvo unidos y su apoyo fue importante para llegar todos juntos en la madrugada del cuarto día. Pensábamos que arribar al estadio era la etapa final pero nos equivocamos. Nos tuvieron dos horas haciendo ejercicios, luego nos formaron y partimos corriendo hacia la base que se encontraba bajo el puente Balta antes de que el sol saliera, esta vez nos dieron un tiempo máximo para llegar, el que llegaba fuera del tiempo sería desaprobado.

Todos estábamos preparados para hacer este último tramo sin problemas, tanto así que “Lindito” nos dejó en libertad para correr, “cada uno por su pellejo” nos había dicho. Así que empezamos a correr, el tiempo se convirtió en la carga más pesada esta vez, los instructores que estaban apostados a los costados de la ruta nos gritaban “vas bien”, “están en el tiempo”, “respiren con calma, falta poco”. Para evitar el cansancio en este tipo de pruebas normalmente llevamos nuestra mente a otro lugar, evitamos pensar en lo que falta para llegar, en el cansancio y en cualquier idea que signifique un peso más. “Sobrado, te faltan dos cuadras” escuché gritar a alguien y me puse alerta, me invadió un presentimiento “¿Y Lindito?”, me pregunté. No lo veía, desaceleré un poco y a uno de los instructores le pregunté

-       ¿Ya pasó Lindito?

-       No, tu eres el quinto.

Reduje la velocidad de la marcha, dejé pasar varios corredores y ninguno era “Lindito”.

-       Sigue corriendo, ya falta poco – me gritó alguien preocupado.

Estaba trotando sobre un mismo lugar esperando que apareciera “Lindito” y nada. Mi angustia aumentaba con los gritos de los instructores animándome a seguir. Entonces lo vi, venía con la cabeza bastante inclinada, cojeaba notoriamente y tenía la palidez que tienen los que se saben derrotados a pesar del esfuerzo que hagan.

Me acerqué, su mirada estaba perdida, se había torcido el tobillo y se notaba en cada paso cómo convertía su dolor en valor, intentaba seguir pero no sería suficiente, le quité su fusil, me lo puse en el hombro y comencé a empujarlo hacia la meta. Era pesado, mis brazos se cansaban rápidamente con su peso, me dolían, los bajaba y apoyando mi hombro en su espalda y también lo impulsaba. Vi sus lágrimas, vi el dolor en sus ojos y a través de ellos percibí la nobleza de su alma, vi a Micaela mirarme y con esa mirada mis fuerzas crecieron.

A los costados las voces que sonaban en mi oído como si vinieran de la bruma “déjalo, te van a joder”, “no lo toques porque te eliminan”, “devuélvele su fusil”, “sigue ya llegan”, “eso es, falta poco”, cada quien opinaba desde su punto de vista. Y en medio de aplausos y ovaciones, llegamos.

 

-       Sabe usted que la ayuda que le dio a su compañero solo lo beneficia a él, usted se perjudica. Son las normas – gritó en mi cara el comandante.

-       Si lo se, mi comandante.

-       ¿Entonces por qué lo hiciste, sabiendo que terminarías fuera? ¿No te interesa? – sus ojos se achinaron como para escrutarme mejor.

-       Sólo puse en práctica lo que me enseñaron, mi comandante – le dije sin pensar.

-       ¿Cómo es eso? A ver explíqueme – votando pequeñas espirales de humo hacia mi cara.

-       La finalidad de este curso es aprender a operar en grupo, que nada ni nadie detenga una misión, me lo dijeron todos los días – expulsé una bocanada de aire para aligerar mis pulmones – salimos siendo un grupo y teníamos que regresar igual, sabemos que al compañero se le ayuda hasta el final, solo si está muerto nos atreveríamos a dejarlo, además, “Lindito” siempre nos ayudó, no merecía quedarse, el hubiera hecho lo mismo, estoy seguro.

-       Pero eso le puede costar el curso.

-       No importa, mi comandante – chillé hinchando el pecho – “Lindito” se lo merece, el más que ninguno de nosotros tiene derecho a graduarse. Y si ese es el costo, lo asumo porque siento que es la obligación de un comando. Y créame, también me sentiré un comando, toda la vida, y siempre obraré como tal, mi comandante.

Su mirada parecía ablandarse, me tomó la mano, por un brevísimo instante creí sentir un extraño afecto, lo miré a los ojos y noté la calma y la sapiencia de los hombres justos, pero de pronto volvió a endurecerse.

Volteó mi mano, con la palma hacia arriba y apagó su cigarrillo en mi mano. No sentí nada.

-       Puede retirarse comando, ya veremos – me dijo.

Salí de la oficina temblando, tratando de descubrir el verdadero significado de sus palabras.

Caminé sintiendo que iba por un sendero nuevo, nunca transitado, faltaban dos horas para la ceremonia de graduación, me senté sobre un ñaño abandonado, sin número, prendí un cigarrillo y aspiré todavía temblando. A lo lejos veía las carpas, parecían nuevas, desde aquí las lonas levantadas de sus ventanas sonreían quizás tratando de animarme, estaban de fiesta. Aspiré profundamente, la melancolía me invadía.

Caminé hacia el grupo lejano y sentía una mirada detrás de mí. Vinieron a mi mente los ojos nobles de “Lindito”. O quizás de Micaela.

 

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