LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

jueves, 4 de julio de 2024

LINDITO

 A lo lejos suena la corneta llamando a la formación del día lunes, me estremece y me produce un leve escalofrío, de pronto siento que el ambiente es bastante frío. Es pequeño, dos sillones, además del que ocupo y una mesita de centro es todo el mobiliario. El techo bastante elevado, más de tres metros calculo, una ventana, más bien un tragaluz, porque está tan alto que no se puede ver a través de ella, ni siquiera se han preocupado de ponerle cortinas. Además de una puerta labrada que da al despacho sólo hay un cuadro en la pared, grande, parece un acrílico, es la imagen de Santa Rosa de Lima sosteniendo al Niño entre sus brazos. Fue pintado por algún efectivo policial pues puedo ver las letras que identifican su grado antes de sus iniciales.

Vuelvo a ensayar las respuestas para las posibles preguntas que he calculado se me harán. Estoy citado por el comandante jefe de la unidad. Definitivamente me siento incómodo, no debería estar en esta situación, pero supongo que debo estar preparado para estas sorpresas propias de la vida policial, todavía no he cumplido un año como alférez y, todo lo que me sucede aún es parte de mi preparación para algo importante que seguro sucederá durante mi carrera policial.

Miro mis zapatos, los froto en mis pantorrillas para que la punta brille más, me paro un momento, me aliso la ropa, el paquete de cigarrillos que llevo en el bolsillo de la camisa no se nota pues la camisa me queda bastante ancha. Evalúo tirarme un pedo pero el temor de que alguien ingrese sorpresivamente me desanima, pese a que mi estómago parece estar bailando.

Al salir al servicio policial fui asignado a una unidad que había sido creada para dar seguridad a la zona del puerto del Callao, dentro de las instalaciones portuarias, ya que los ataques que realizaban los grupos terroristas que operaban entonces, habían orientado sus esfuerzos destructivos hacia los activos críticos. Habían pasado seis meses y todavía no se instalaba esta unidad y momentáneamente nos encontrábamos alojados en el local de la 24ª Comandancia de Caballería en El Potao.

A inicios de junio nos hicieron conocer que se había creado un nuevo requisito antes de instalar nuestra unidad, sólo sería conformada por efectivos preparados en la lucha contra subversiva, entonces se nos comunicó que todos seguiríamos un curso de dos meses, llamado Comando Policial, el cual pese a ser voluntario, debíamos aprobar para formar parte de este proyecto.

En unos días habíamos sido divididos en seis secciones, cada una de veinticinco efectivos, formada por oficiales y suboficiales. En mi sección, éramos cuatro alféreces, y veinticinco suboficiales. bajo el mando del que era el teniente más antiguo de la base, el teniente Martínez, “Lindito” que era su nombre de combate, a quien a veces preferíamos llamar “el viejo” pues tenía quince años de servicios y por problemas de disciplina todavía era teniente, cuando la mayoría de su promoción ya eran mayores.  “Lindito”, sabe Dios quién se lo puso, era respetado por todos lo que formábamos el curso, al resto de oficiales nos asignaron un “nombre de combate”, el mío era “cernícalo”, que nos entregaron grabado en un marbete para ser usado en el uniforme de faena.

Pero ¿qué son dos meses para una trayectoria de décadas? ¿debo seguir considerando desacertada esta etapa de mi vida?, dos meses en el transcurrir de una vida no son nada. No representan nada. Puede uno enviarlas al olvido fácilmente. ¿Debería? Pienso entonces en los presos de cualquier penal, en los prisioneros de los campos de concentración nazis ¿serían importantes dos meses para ellos?

La idea del Curso era formar hombres capaces de soportar las inclemencias de tiempo, resistir los sufrimientos físicos de tal manera que se olvidaran del cansancio, del dolor, del hambre y siempre buscara sobrevivir para cumplir su misión; al fin y al cabo la práctica hace de cualquier persona un experto.

El curso lo llevamos en situación de extrema necesidad, los dos meses de la instrucción vivimos en carpas de ocho personas cada una, bajo el puente Balta, a orillas del Rímac, en la primera cuadra de la Av Abancay. Se inició a fines de junio, la época más fría del año.

El primer día apenas llegar, formamos en el patio de lo que era la Comandancia de Seguridad de Palacio de Gobierno, nos revisaron minuciosamente la bolsa de lona que llevábamos, nos decomisaron todos los artículos que estaban prohibidos, perfumes y lociones, talco, chocolates o cualquier golosina, piyamas, ropa innecesaria, sólo nos dejaron lo estrictamente necesario para sobrevivir quince días, que era el período inicial que teníamos que pasar internados, sin salir e incomunicados. Algunos peluqueros, la mayoría improvisados, nos raparon en medio de burlas y nos dejaron dos horas parados, hasta que por fin nos llevaron en “marcha del pato”, cargando nuestra bolsa de lona, hacia lo que sería nuestra morada, una húmeda carpa que tenía un número pintado, apenas patente, como identificación.

Fueron mis primeros cien metros de sufrimiento, recuerdo haber sentido un gran dolor al pararme, pero no me dieron tiempo a pensar, a empujones nos tiraron al suelo, después de dejar nuestro equipaje sobre una bolsa de dormir, que sería nuestra cama durante los dos meses y, rampando como lagartijas, nos hicieron dar vueltas alrededor del área donde se encontraban el grupo de once carpas, mientras los instructores, golpeaban con una vara delgada, de álamo, a los que osaban levantar demasiado la cabeza.

Corrimos, reptamos, saltamos todo el día, a la hora del almuerzo recibimos una sopa aguada con unos pocos fideos y tres panes, que muchos ni siquiera probamos porque estábamos conmocionados por el mal trato y el acoso constante de los instructores; con el transcurso de las horas entraríamos en razón que era mejor comer, con tanto ejercicio era imprescindible aprovechar el tazón de avena pálida, que tenía restos de leche y los tres panes del desayuno, el almuerzo, como lo describí con olor a pollo, gallina o carne, donde a diario sólo cambiaba el tipo de fideo y, la cena que era una especie de engrudo con cocoa endulzado con escaza azúcar rubia, le llamábamos la “amenaza marrón” y un pan, para no ir a descansar con el estómago lleno.

Lo de descansar era una venia, era difícil hacerlo dentro de una bolsa de dormir, con la misma ropa que pasaste todo el día revolcándote o haciendo ejercicios (al principio nos sacábamos los pantalones, luego no nos importaba dormir con ellos) aún estando húmedos; el primer día nos entregaron un testigo, un cilindro de cemento de unos cincuenta centímetros, que usan las empresas para probar si tiene la dureza necesaria para construir postes, al cual llamábamos “ñaño”. Este bendito “ñaño” tenía un número, para los instructores eran nuestras “esposas”, al dormir lo usábamos como almohada y durante las comidas como asiento, nos ordenaban sentarnos agrupados; en cada carpa habitábamos ocho efectivos, cada grupo tenía un oficial, normalmente un alférez, había una carpa con dos oficiales, la mía, de la cual “Lindito” era el jefe y brigadier del curso.

La mayoría de los que participábamos ya teníamos alguna experiencia con estos cursos y sabíamos que era fundamental tomar las cosas en son de broma, hacer hígado significaba una carga emocional que pasaba factura.

Para recibir instrucción en aulas, se colocaba uno o dos parantes y aprovechando algún árbol o pared se extendía una lona o poncho de agua que usábamos para guarecernos de la lluvia, bajo el cual nos agrupábamos sentados en el “ñaño”, parado por una de sus bases, es decir, no teníamos ni comedor ni aulas físicas, cualquier lugar podía servirnos como tales.

No hubo noche en la que nos enviaran a dormir antes de las once, tampoco hubo amanecida en la que empezáramos a correr pasadas las cuatro de la mañana y, todos los días, nos despertaban uno o dos veces para cumplir algún castigo pendiente haciendo ejercicios. Falta que alguien cometía la pagaba todo el grupo. La segunda noche rociaron polvo de las bombas lacrimógenas dentro de las bolsas de dormir, haciendo imposible que siquiera pestañeáramos, y siempre nos levantaban arrojando una bomba lacrimógena en el interior de la carpa.

 

Durante las dos primeras semanas llamadas de adaptación, calculo haber dormido unas ocho horas dentro de mi bolsa de dormir, por lo general lo hacíamos en cualquier sitio, por segundos o minutos, apenas nos daban un momento de tranquilidad. La instrucción de “aulas” provocaba que algunos cayeran de los “ñaños” en los que estábamos sentados, abatidos por el cansancio, cada caída era una falta que todo el grupo tenía que “pagar” con ejercicios o pruebas de valor.

Nos enseñaban teoría y especialmente mucha práctica sobre operaciones urbanas, anfibias y de montaña y, hasta primeros auxilios; la idea era conseguir un perfil para cada efectivo que le permitiera enfrentar con éxito las operaciones contra subversivos, sobre todo, sobrevivir para cumplir la misión que le fuera asignada.

Siempre viene a mi mente aquella ocasión en la que fuimos castigados de forma “creativa”, aún ahora el cuerpo me tiembla, a todo el grupo nos metieron a una tanqueta apenas después de haber almorzado, antes de cerrar la escotilla tiraron una bomba lacrimógena dentro. Me sentí morir, comenzamos a gritar desesperadamente, el corazón se me salía por los ojos y el almuerzo parecía brotar de todos los orificios de la cara, afuera instructores y espantados participantes gritaban “usen las troneras para respirar”, el problema era que sólo había cinco troneras y éramos ocho. Los compañeros que presenciaron este castigo hasta ahora me felicitan, dicen que fuimos un grupo muy coordinado y que nos turnábamos para respirar por las troneras como si antes hubiéramos ensayado y, era yo quien dirigía una especie de coreografía organizada para tomar bocanadas de aire a través de ellas, además de arrastrar a “Lindito”, que había perdido el conocimiento, hacia la tronera cuando le correspondía. Lo cierto es que no me acuerdo de nada.

 

Durante la primera semana renunciaron veinte participantes de ochenta que iniciamos, era necesario hacer todas las cosas en grupo, nos apoyábamos entre nosotros para poder pasar todas las pruebas a las que fuimos sometidos. Y aquí es donde “Lindito” mostró su verdadero potencial. Nos exigía, nos apoyaba en todo, nos empujaba, a veces cargaba el arma de algún compañero que no podía, la mía la cargó muchas veces, alguna vez lo vi llegar, después de una amanecida trepando el cerro San Cristóbal, cargando cuatro fusiles FAL, que era parte de nuestro armamento oficial. Fuimos el grupo que terminó el curso con sus efectivos casi completos gracias a él, sólo uno abandonó, debido a un accidente. Aquel compañero fue atropellado por una motocicleta durante una amanecida en que nos encontrábamos rampando por las inmediaciones del terminal pesquero de la avenida San Pablo, en La Parada. Hundidos sobre la pestilente sanguaza formada por restos de pescados del día anterior, nos arrastrábamos intentando mantener la nariz y la boca lejos de esta materia viscosa que nos ocasionaba grandes arcadas porque no teníamos qué vomitar. Hundidos en el canal de drenaje sintiendo haber descendido a las puertas del infierno, cubiertos de un barro hediondo del que emanaba una bruma siniestra, compitiendo con algunos gusanos y con el chillido de las ratas que protestaban por la invasión de su territorio; el desaprensivo motociclista que circulaba por la pista cercana no pudo evitar meterse al canal cuando creyó haber visto que un demonio se levantaba del barro.

Así era de duro el curso.

A partir del incidente de la tanqueta, “El viejo” fue mi guía y protector, estaba permanentemente preocupado por mi, me daba valor cuando parecía que no conseguiría finalizar una prueba, me empujaba y animaba, cuando estaba extenuado me obligaba a ir delante suyo. En algunas ocasiones se declaró culpable y afrontó los castigos por faltas mías. Era una verdadera autoridad para todo el grupo, qué distante de aquella persona que conocíamos. Pero, nunca terminé de agradecerle su preocupación sobre todo porque hasta ahora no recuerdo haberlo auxiliado en la tanqueta como la mayoría decía.

 

Cuando por fin llegó nuestra primera salida después de las dos semanas de adaptación, abandonamos el local policial un sábado a las dos de la tarde para retornar el domingo a las ocho de la noche, así fue durante las siguientes semanas que duró el curso, al final concluimos nuestra preparación solo treinta y dos.

En aquella primera salida me sentí un desconocido cuando llegué a mi casa, la casa de mis padres donde vivía, estaba mucho más flaco y quemado o teñido color barro, de tantas horas que pasaba en el, tenía una mirada paranoica y repetidamente miraba por sobre mis hombros, nervioso, como si alguien estuviera a punto de atacarme. Comí en abundancia, casi hasta reventar, llamé a mi enamorada para decirle que en la noche la visitaría y me dediqué unos minutos a acomodar ropa limpia que llevaría al retornar al curso. Intenté sentarme un rato frente al televisor y mi madre me cuenta que me encontró profundamente dormido y me ayudó a llegar a mi dormitorio donde me dejó acostado. Cerca de las tres de la mañana mi padre me encontró tirado en el piso al lado de la cama y me despertó, “Cholo, te caíste”. Esperé sentado al borde de la cama hasta que volvieran a apagar las luces, no podía dormir en una cama tan limpia, mi cuerpo lo rechazaba, volví a tirarme al piso. A las seis de la mañana mi padre volvió a despertarme con su paciencia perpetua “Loco de mierda”.

Fue en una de las últimas salidas que “Lindito” me invitó a almorzar a su casa, lo pensé, conociéndolo no dudé en qué terminaría el almuerzo, pero acepté de buena gana.

 

En el trayecto a su casa conversamos sobre las cosas que tendríamos que hacer durante la semana que venía, todas las pruebas a las que nos someterían eran de máximo esfuerzo, formaban parte de un “circuito de valor” que teníamos que atravesar durante una “marcha de campaña” de cinco días. Era enorme el sacrificio que habíamos realizado hasta entonces. Durante unos segundos de silencio lo miré y me sentí agradablemente sorprendido, antes del curso dábamos por hecho que “Lindito” era un oficial acabado, nadie imaginó el valor, la decisión y el esfuerzo que demostraría en estas semanas de “preparación”, parecía querer ser el mejor, el primero, nunca se le vio quedarse dormido y cuando se trataba de “pagar” las faltas nunca se quejaba. Era difícil imaginarlo en estas circunstancias de su vida, sobre todo porque, antes del curso, era una persona de comportamiento impredecible, permanentemente en desacuerdo con todo lo que significara disciplina, tremendo bebedor (borracho se le dice), en constante juergueo, amiguero, mujeriego (putañero se le dice), el menos indicado para asignársele responsabilidades, divorciado, sin rumbo, desquiciado y defraudado por la vida. Era alto, corpulento, el pelo siempre corto, tenía ojos claros y una presencia que siempre atraía las miradas femeninas. No parecía ser la misma persona que estaba a mi lado.

Antes de llegar a su casa me contó que vivía con su mamá, una hermana y su hijita Micaela, que nunca se había divorciado sino que su esposa simplemente lo dejó, sabía que ella vivía ahora en Estados Unidos desde hace unos doce años. Me pareció sentir algo de nostalgia cuando me lo contaba, más cuando dijo “por mi hija es que estoy dispuesto a dejarlo todo”, que preferí ahorrarme todas mis preguntas.

Del almuerzo sólo queda en mi memoria que fueron varios platos con mucho pescado, la abundante cerveza me impide acordarme de todas las cosas que hice, me dicen que estuve divertido, bailé bastante y me emborraché, “Lindito” me dejó en un taxi y no recuerdo nada hasta que desperté el día siguiente en un sofá en la sala de mi casa.

Lo que más evoco y claramente, es a Micaela, cuando la vi, su tranquila belleza me impresionó tanto que pensé lo bonita que tendría que haber sido su madre, me imaginé a “Lindito” casándose con una Miss Perú. La muchacha de unos dieciséis años tenía una mirada que parecía nacer detrás de sus ojos casi azules, de esas miradas que te descubren, que desnudan tu alma y te obligan a decir verdades porque se llevan las mentiras, sus ojos profundos parecían decirlo todo, como una imagen del alma, como un mar en calma, como un camino tapizado de la mejor música convertida en color. Cuando me la presentó “Lindito” quedé paralizado pensando si debía acercarle mi cachete para intercambiar un beso de saludos o debía darle la mano, ella también parecía desconcertada, su mirada era demasiado espesa y me inmovilizó como a una mosca atrapada en un papel matamoscas.

Le extendí la mano y ella la tomó entre ambas palmas y con una expresión de diosa, inmortal, me dijo “hola loco”.

Todos estallaron en risa, tuve que esforzarme para disimular mi desconcierto pues no me esperaba esta respuesta. La miré y ahora su mirada tenía una inocencia infinita, parecía estar disfrutando el momento pero distante, inalcanzable, a salvo. Mi cuerpo comenzó a estirarse como jebe, su mirada, sus ojos me succionaban, yo tenía que hundirme en ellos.

“Lindito” me puso una mano sobre el hombro y me hizo aterrizar.

-       Así es mi hijita Micaela, le caíste bien.

Seguía desconcertado, mis labios mudos y temblorosos me delataban. Revisé en mis recuerdos, en mi experiencia, revisé las páginas de Carreño y no encontré cómo salir de esta situación. Mis mejillas parecían hervir, mi piel era ahora una mucosa y mis labios se negaban a obedecer.

-       Vamos “Cernícalo”, tómate un vaso – apareció “Lindito” salvándome – pocas veces se pone tan contenta, ella es autista.

 

La puerta de la salita se abrió y entró un sub oficial llevando un maletín y un colgador de ropa con dos camisas de uniforme, tras de el se sentían las pisadas enérgicas del comandante, me puse de pie y adopté la posición correcta para saludar a un superior. El comandante ingresó, sentí un frío que no identifiqué si era de alivio o de agobio, le saludé casi gritando:

-       Buenos días mi comandante.

Siguió directo a su oficina, sin mirarme y cerró la puerta como si yo no existiera.

Pasaron los minutos y mi estómago ocupaba todo mi cuerpo, se revolvía de impaciencia, trataba de imaginar cómo sería el despacho del comandante para combatir la impaciencia, me parece que nunca sentí la angustia que ahora siento, debe ser el resultado del curso. Si, eso es.

Me sorprendió en mis pensamientos cuando se abrió la puerta del despacho y de un salto me puse en atención, el comandante se puso frente a mi y me miró de pies a cabeza, como tratando de encontrar alguna falla en mi uniforme.

-       Así que tú eres el anormal que quiere malograrme el curso – dijo en voz alta – otro que nada hasta la orilla para ahogarse.

-       No mi comandante – grité disciplinadamente – jamás haría eso.

-       Usted conoce las reglas, la prueba final es la demostración individual que me sirve para saber que he cumplido con formar un comando, tiene que ser individual – remarcó esto último mientras aspiraba de su cigarrillo que apareció como por birlibirloque – ¿Es consciente de lo que ha hecho? Ahora, su compañero se va a recibir y usted no, quizás hasta quede como un antecedente en su legajo – dijo mientras expiraba el humo en mi cara.

El día anterior había terminado nuestra preparación, el curso de comando policial. La prueba final era una marcha de campaña, una prueba de supervivencia, nos dejaron en los cerros más elevados de Laraos, un distrito de Huarochirí, en la parte alta de San Mateo, con escasa ropa y casi nada de alimentos, nuestro fusil, una topográfica y cuatro días para llegar al estadio Santa Lucía de Barrios Altos caminando por sitios inhóspitos. El recorrido tenía algunos puntos de control por los cuales teníamos que pasar, formamos grupos de cuatro para esta prueba, “Lindito” comandaba mi grupo. Como siempre, nos mantuvo unidos y su apoyo fue importante para llegar todos juntos en la madrugada del cuarto día. Pensábamos que arribar al estadio era la etapa final pero nos equivocamos. Nos tuvieron dos horas haciendo ejercicios, luego nos formaron y partimos corriendo hacia la base que se encontraba bajo el puente Balta antes de que el sol saliera, esta vez nos dieron un tiempo máximo para llegar, el que llegaba fuera del tiempo sería desaprobado.

Todos estábamos preparados para hacer este último tramo sin problemas, tanto así que “Lindito” nos dejó en libertad para correr, “cada uno por su pellejo” nos había dicho. Así que empezamos a correr, el tiempo se convirtió en la carga más pesada esta vez, los instructores que estaban apostados a los costados de la ruta nos gritaban “vas bien”, “están en el tiempo”, “respiren con calma, falta poco”. Para evitar el cansancio en este tipo de pruebas normalmente llevamos nuestra mente a otro lugar, evitamos pensar en lo que falta para llegar, en el cansancio y en cualquier idea que signifique un peso más. “Sobrado, te faltan dos cuadras” escuché gritar a alguien y me puse alerta, me invadió un presentimiento “¿Y Lindito?”, me pregunté. No lo veía, desaceleré un poco y a uno de los instructores le pregunté

-       ¿Ya pasó Lindito?

-       No, tu eres el quinto.

Reduje la velocidad de la marcha, dejé pasar varios corredores y ninguno era “Lindito”.

-       Sigue corriendo, ya falta poco – me gritó alguien preocupado.

Estaba trotando sobre un mismo lugar esperando que apareciera “Lindito” y nada. Mi angustia aumentaba con los gritos de los instructores animándome a seguir. Entonces lo vi, venía con la cabeza bastante inclinada, cojeaba notoriamente y tenía la palidez que tienen los que se saben derrotados a pesar del esfuerzo que hagan.

Me acerqué, su mirada estaba perdida, se había torcido el tobillo y se notaba en cada paso cómo convertía su dolor en valor, intentaba seguir pero no sería suficiente, le quité su fusil, me lo puse en el hombro y comencé a empujarlo hacia la meta. Era pesado, mis brazos se cansaban rápidamente con su peso, me dolían, los bajaba y apoyando mi hombro en su espalda y también lo impulsaba. Vi sus lágrimas, vi el dolor en sus ojos y a través de ellos percibí la nobleza de su alma, vi a Micaela mirarme y con esa mirada mis fuerzas crecieron.

A los costados las voces que sonaban en mi oído como si vinieran de la bruma “déjalo, te van a joder”, “no lo toques porque te eliminan”, “devuélvele su fusil”, “sigue ya llegan”, “eso es, falta poco”, cada quien opinaba desde su punto de vista. Y en medio de aplausos y ovaciones, llegamos.

 

-       Sabe usted que la ayuda que le dio a su compañero solo lo beneficia a él, usted se perjudica. Son las normas – gritó en mi cara el comandante.

-       Si lo se, mi comandante.

-       ¿Entonces por qué lo hiciste, sabiendo que terminarías fuera? ¿No te interesa? – sus ojos se achinaron como para escrutarme mejor.

-       Sólo puse en práctica lo que me enseñaron, mi comandante – le dije sin pensar.

-       ¿Cómo es eso? A ver explíqueme – votando pequeñas espirales de humo hacia mi cara.

-       La finalidad de este curso es aprender a operar en grupo, que nada ni nadie detenga una misión, me lo dijeron todos los días – expulsé una bocanada de aire para aligerar mis pulmones – salimos siendo un grupo y teníamos que regresar igual, sabemos que al compañero se le ayuda hasta el final, solo si está muerto nos atreveríamos a dejarlo, además, “Lindito” siempre nos ayudó, no merecía quedarse, el hubiera hecho lo mismo, estoy seguro.

-       Pero eso le puede costar el curso.

-       No importa, mi comandante – chillé hinchando el pecho – “Lindito” se lo merece, el más que ninguno de nosotros tiene derecho a graduarse. Y si ese es el costo, lo asumo porque siento que es la obligación de un comando. Y créame, también me sentiré un comando, toda la vida, y siempre obraré como tal, mi comandante.

Su mirada parecía ablandarse, me tomó la mano, por un brevísimo instante creí sentir un extraño afecto, lo miré a los ojos y noté la calma y la sapiencia de los hombres justos, pero de pronto volvió a endurecerse.

Volteó mi mano, con la palma hacia arriba y apagó su cigarrillo en mi mano. No sentí nada.

-       Puede retirarse comando, ya veremos – me dijo.

Salí de la oficina temblando, tratando de descubrir el verdadero significado de sus palabras.

Caminé sintiendo que iba por un sendero nuevo, nunca transitado, faltaban dos horas para la ceremonia de graduación, me senté sobre un ñaño abandonado, sin número, prendí un cigarrillo y aspiré todavía temblando. A lo lejos veía las carpas, parecían nuevas, desde aquí las lonas levantadas de sus ventanas sonreían quizás tratando de animarme, estaban de fiesta. Aspiré profundamente, la melancolía me invadía.

Caminé hacia el grupo lejano y sentía una mirada detrás de mí. Vinieron a mi mente los ojos nobles de “Lindito”. O quizás de Micaela.

 

lunes, 8 de abril de 2024

CARTA A MI SEMANA SANTA

 

Querido César:

Te escribo esta carta por que se que las cosas que te tengo que decir no las podría decir mirándote a la cara, además, he decidido no vernos más, no verte más.

Te preguntarás por qué tomo esta decisión.

Creo que es el momento exacto para poner fin a lo nuestro y que cada uno vuelva a su camino, ni yo puedo andar el tuyo ni tu podrás jamar ser la compañía correcta en el mío.

Criada como hija única, rompí muchos de los moldes que acepté voluntariamente desde adolescente, sin embargo, llegaste tu, con esa apariencia que llamaba la atención, con ese brillo acentuado con tratamientos de belleza masculina, tus finos modales, tus maneras para tratar a las mujeres y tu fascinante verbosidad.

Si, tienes un arrastre de masculinidad y todas las chicas, especialmente las tontas como yo, nos dejamos cegar. Cuando te vi por primera vez, se me incrustó en la cabeza tu figura, tu caminar, decidí acercarme a ti y conseguir tu amistad y luego tus favores. Desde que nos saludamos por primera vez, sabía que eras un amor imposible, tienes esposa e hijos. Yo, una pipiola estudiante universitaria, que sueltamente aceptó una relación que no llegará jamás a buen puerto y por eso me hago responsable de sus consecuencias.

No sabes lo difícil que fue ocultarles a mis padres lo nuestro, sobre todo a mi madre, ella lo intuía, lo veía en sus ojos. Cada despedida al salir de casa con su mirada profunda, fija y triste, opacada por la sombra de quien sabe que ha fracasado como mentor de su propia hija, me golpeaba en el centro del corazón, mi espíritu se derretía cual restos de cera que un cirio deja al llegar el fin de su luz, que me hacía sentir infinitamente culpable, impura ¿Cómo hacer para que se vuelva a encender ese cirio y engendre una llama con igual luminosidad? ¿Imposible? Yo lo hacía. Tu amor me levantaba de las cenizas y me reconstruía como copia del original. Claro, todo era hipocresía, me obligaba a cambiar para no despertar sospechas, para continuar a tu lado, para seguir contigo porque te sentía parte de mi, por que creía que te disfrutaba.

Una hipócrita experta. En eso me convertí ¿me convertiste? Las veces que caminaba a tu encuentro a dos o tres cuadras de mi casa, atravesando esas calles desiertas donde estacionabas tu carro para esperarme, sentía como todo mi ser se rediseñaba, pasaba de las cenizas del fénix al majestuoso ave que iba tras tuyo. Contigo cada segundo era una explosión de alegría, una aventura con destino desconocido pero de travesía feliz, me sentía cómoda y el futuro no me interesaba, mientras estuvieras en mi presente.

Pero te cuento, siempre intenté salir, escapar de esta relación en la que perdíamos todos los involucrados menos tu. Juro que lo intenté muchas veces, las tres o cuatro ocasiones que nos dejamos de ver hasta por dos semanas, por que estaba enferma, fueron fingidas, intentos de dejarte. Pero, ya ves, quedaron en intentos.

Y hubo señales, te lo dije, me convenciste diciéndome que eran como pimienta para el asado, le daban sabor a lo nuestro, que no nuestro no sólo tenía que ser prohibido, sino, sobre todo, emocionante.

Cuando a mi papá se le dio por acompañarme al paradero dejando lo que tuviera que hacer, fue una señal. Te llamaba y me bajaba de los buses para que me recogieras más adelante; nos reíamos, éramos felices e inteligentes engañando al resto. Eso creía.

Otra señal a la que no hice caso, fue mi madre interrogándome por las cosas que hacía al salir de casa, aprendió a manejar las redes sociales con una intención pastoril de tenerme bajo control. Sus ojos acusándome por malas acciones que percibía pero que no se atrevía a mencionarlas, brillosos, temblorosos, recónditos, acusadores, pero prorrateando indulgencias inmerecidas que me llegaban al alma como fierro fundido. Algunas noches me ponía a pensar en cómo acabaría todo esto, qué haría, además de llorar desconsoladamente.

También aquella señal del niño gordito que te conté, aquel que no se de dónde ni por qué apareció. Tendrá unos catorce años, su uniforme confirmaba que era escolar. En una ocasión, cuando me dirigía a tu encuentro, decaída como siempre, en una de esas calles vacías, apareció de la nada. Solo dijo “hola”, luego me dio la mano, saludándome, y enseguida me regaló un chocolate que no recuerdo qué hice con el. Su sonrisa, sus ojos cristalinos, sobre todo su expresión tan cariñosa me devolvía el ánimo inmediatamente, su presencia era tan airosa, divina que me expliqué que tenía que ser un ángel que venía a bendecir nuestro amor. Y volvió a aparecer al día siguiente y muchos otros, una vez me regalaba una tarjeta con un paisaje de cuento, otras una medallita de valor casi insignificante, o una flor arrancada de algún jardín cercano, pero que tenían la propiedad de hacerme sentir bendecida por lo nuestro. Con el tiempo se animó a saludarme con un “hola linda”, “hola princesa” u “hola preciosa”.

Seguro que recuerdas las veces que llegué insegura a nuestras citas, que me ponía el bolso en la cara para evitar que alguien me viera, pues esos días fueron aquellos en que aquel “gordito” no apareció en mi camino. Así de importante era para mi. Comencé a interpretar sus regalos, una flor verde la primera vez, para hacerme ver que la vida es el destino de la esperanza, justo cuando la necesitaba. Una rosa azul cuando iba a dar exámenes, para transmitir sabiduría e inteligencia. Las medallitas, casi baratijas, con santos para mi cumpleaños, momentos de alegría y circunstancias difíciles, cada uno de ellos el apropiado para el momento que atravesaba, era una catarsis que me liberaba de culpa y de remordimiento, no sabes qué feliz me sentí cada vez que lograba interpretar qué me quería decir, después de googlear.

De dónde salió este niño que me contagiaba tanto entusiasmo, no lo sé. Siempre quise indagar por él, pero sus respuestas monosílabas y su obsesión por mirarme sonriendo, me bastaron para creer en él, para acostumbrarme a sus insignificantes regalos a los que antes de abandonarlos en lugares que no recuerdo les buscaba una oportunidad de ser perdurables.

Pero, hace una semana que no le he vuelto a ver. Te imaginas mi sensación de inseguridad, entiendo que lo notaste, eres el hombre más inteligente que he conocido, no puede haber pasado desapercibido mi nerviosismo, mi inquietud. Estos últimos días a tu lado, además de agradables fueron también de vacilaciones, de irresolución, me quemaba esta sensación por la imprevista desaparición del pequeño amigo, mis dudas se agigantaron. Dirás ¿qué chica guapa no tiene dudas? Te conozco.

Te cuento que durante mi insomnio de anoche me puse a revisar los hechos sobre la última vez que lo vi; después de una hora encontré la medallita de lata, oxidada, que me entregó al mismo tiempo que se despedía con un “adiós preciosa”. La analicé, busqué mucho la imagen grabada en internet, hasta que logré identificarla, es la imagen de una valquiria nórdica, de Brynhild.

Me costó entender lo que el “gordito” quiso decirme, por fin lo entendí.

Me estaba indicando lo fuerte que tengo que ser para enfrentar a los enemigos más difíciles y de cuánto valor necesito para superar mis propios temores, que la mejor arma que tengo es mi orgullo y decencia (que quizás ya los habría perdido) y que cualquier victoria comienza en nuestro interior.

¿Te imaginas? Un escolar dándole lecciones a la mujer que cree que se está comiendo el mundo por que tiene un amorío digno de un bolero cantinero o de cualquier esquina.

Pero mi orgullo pudo más.

No voy a verte. Lo nuestro no puede ser amor.

Y si es amor, no es más fuerte que mi orgullo. Así lo habría dicho Brynhild.

Es ese orgullo que necesitaba para dejar esta situación y que aquel niño me ayudó a recuperar. No sabes cuán feliz y segura me siento.

Pero ese niño ¿Por dónde andará? ¿Lo volveré a ver?

Ojalá que si. Quiero darle las gracias por lo que me devolvió, quiero abrazarlo.

En todo caso estoy segura que voy a rezar mucho por él.

Pretendo fortalecerme visitando algunas iglesias en esta Semana Santa que habíamos planeado pasar juntos. También quiero renacer.

No quiero ni imaginar cómo lo tomarás. No me importa.

Ahora solo quiero dejarme invadir por esa sensación de libertad, de orgullo, de alegría y de agradecimiento profundo para aquel niño, que con su sonrisa inocente tuvo la claridad de convertir su mirada en una luz que como agua bendita limpió mis pecados. Y sus insignificantes regalos en acerados blindajes que reconstruyeron mi alma.

Hasta nunca, César.

martes, 20 de febrero de 2024

POST SAN VALENTÍN

Escupió en las palmas de sus manos, las frotó entre si y luego se pasó ambas manos por el cabello, alisándolo, aspiró el aroma de su camisa y no sintió nada raro, todo estaba donde debía estar. Abrió la puerta de su casa y apenas traspasar el umbral se sintió el todopoderoso de siempre, el hombre que manda y ordena y al que todos deben obedecer, sobre todo en su propia casa.

Para Emilio era natural llegar tarde, no saludar a su esposa, darse un duchazo con agua tibia y meterse a la cama, si ella estuviera despierta e hiciera el intento de iniciar una conversación, él, se pondría duro, con voz firme, con gestos de tirano y mirada malintencionada le recordaría algún contrariedad pasada, posiblemente ya resuelta, en el que ella se había declarado “culpable” y sería suficiente para enjuiciarla nuevamente y sentenciarla a dormir fuera del dormitorio, después de propinarle un par de sopapos, una patada, o como aquella vez que le tiró a oscuras un zapato en la cara que le hizo sangrar la nariz por un par de horas, obligándola a dormir con la cabeza bajo las almohadas. Lo importante era no demostrar compasión para mantener su posición del “hombre de la casa”.

En dos días cumplirían cinco años de casados, de vida juntos, llenos de “felicidad”, que transcurrían sin una visión de futuro, sin una ilusión; muchas veces había pensado en su futuro, siempre se veía rodeado de gente feliz, tal vez algunos hijos, pero nunca lograba imaginar quién era la mujer a su lado, definitivamente no era Lourdes. Cuando miraba la foto de su matrimonio, que se repetía en el dormitorio y en la sala, con marcos de plata en el que se representaba un querubín disparando su flecha, como símbolo del amor que se declararon aquel catorce de febrero en el que se casaron, se decía en su interior “qué huachafada”.

Ella, además de ser su esclava, su sirvienta, nunca alcanzaría el derecho completo de una esposa, un matrimonio hace de una mujer una esposa legal pero no le da el derecho de ser una verdadera “esposa”, en cuanto a Lourdes, ese derecho solo se lo podría dar él. Y no lo merecía.

A las pocas semanas de su matrimonio conoció a una muchacha de la que se enamoró con la que inició una relación prohibida, lúbrica, desbocada pero que, así como llegó desapareció, ante la recalada de un nuevo amor a su vida.

Por aquellos días, para no dar explicaciones por el cambio evidente de su comportamiento, comenzó a insultar, ofender y lastimar a Lourdes, con el pasar de los meses se fue haciendo más agresivo y ella más sumisa, poco a poco las agresiones se agravaban y el se había dado cuenta que ella no reaccionaría a esta situación abusiva.

No estaba seguro cuál era la verdadera razón por la que se comportaba así, además de ser la mejor forma de conservar la vida paralela que llevaba, podría ser que más lo enardecía el comportamiento manso de Lourdes, porque en el fondo tal vez esperaba una respuesta de ella, cualquiera que fuera la razón, era lo más cómodo para su forma de vida.

En estos años de matrimonio había descubierto que existían mujeres a las que les agradaba y que no les interesaba su estado civil, las identificaba desde la primera mirada, era un don que no sabía que tenía. Iniciaba aventuras tan rápido como las terminaba, en alguna ocasión llegó a tener tres relaciones extramaritales a la vez. Se sentía feliz, había encontrado el lado bueno de la vida, todo era perfecto.

Ahora, estaba saliendo con una muchacha diez años menor, casi una niña, una bebé, como le gustaba llamarla. Por ella había dejado a las otras ¿su esposa? ¿Lourdes? Ella no contaba, era un cero a la izquierda.

Cruzó el dormitorio a oscuras para llegar al baño que permanecía cerrado pero con las luces encendidas, a golpes le enseñó a Lourdes que es así como debía dejarlas antes de acostarse, en el camino iba dejando tirada la ropa que se sacaba, al entrar al baño ya estaba desnudo, se quedaba quieto por unos segundos bajo el marco de la puerta, sentía, como los animales, que así estaba marcando su posición en la familia, el seguía siendo el alfa y lo sería por siempre.

Para Lourdes la vida se había convertido en su purgatorio, se consolaba pensando que estaba pagando cada uno de sus pecados por adelantado. Hacía tanto tiempo que su corazón había dejado de ser feliz, ya no lo quería, pero tampoco tenía el valor para ponerle fin a la situación que vivía. En muchos de sus sueños todavía se veía feliz al lado de él, pero cuando despertaba sabía que eso no pasaría de un sueño.

Apenas casarse, de la manera más romántica que podría imaginar una pareja, un catorce de febrero, Emilio cambió, se convirtió en otra persona, las muestras de afecto fueron desapareciendo de su vida, aunque pensaba que podía recuperarlo tenía la certeza que él ya no la quería.

Se volvió un mujeriego y un sinvergüenza, no le importaba mostrarse con arañazos y moretones que para el eran medallas de sus combates de amor en otras camas, en la ropa que dejaba tiraba y que Lourdes tenía que lavar y planchar diariamente, siempre dejaba evidencias de sus relaciones clandestinas, un ticket o un jabón de hotel, boletas de pago de restaurantes, cines o flores que ella nunca veía. Aunque su celular tenía clave, él la dejaba escuchar o leer los mensajes que le enviaban sus otras mujeres y, no se atrevía a nada, quería mantener viva la que el volviera a ser el de antes.

No quería o se rehusaba a comprender que su vida se había convertido en un calvario, una esclavitud, un eterno sometimiento a la voluntad de Emilio, entendía perfectamente que esto tendría un fin, pero no sabía exactamente por donde vendría, tenía algunas ideas que se había formado de tanto ver televisión, se había conectado con una serie de programas en los que se trataban temas similares, algunos fantásticos, la solución podría venir de muchas partes, pero en todas, su voluntad tendría un papel importante. Sin voluntad no avanzaría.

Esa mañana, como siempre, se levantó temprano para acomodarle la ropa que se pondría y prepararle el desayuno, un café caliente acompañado de un tamal, como él había “ordenado” a golpes; unos días antes, cuando ella le sirvió una chuleta de chancho que parecía estar bien frita pero que en el centro, todavía a medio cocer, se podían encontrar rastros de sangre, Emilio le tiró el plato a la cara pero ella puso su brazo a tiempo evitando el golpe, se paró como un energúmeno y la arrastró de los pelos hacia la lavandería, en donde la llenó de puñetes en la espalda y los brazos, evitando golpearle a la cara, hasta dejarla casi sin sentido tirada sobre estropajos y ropa sucia.

-      ¿No sabes que le tengo fobia a la sangre? ¿Quieres matarme? Eres una maldita desgraciada.

No tenía forma de decirle que la chuleta parecía que estaba lista, estuvo en la sartén el tiempo habitual, sin partes demasiado doradas como él exigía. Se quedó callada mientras lloraba en silencio.

En su mente tenía presente el recuerdo del día en que se enteró de la hematofobia que padecía Emilio, era un recuerdo doloroso. Al día siguiente del que debía ser un momento de felicidad porque le habían confirmado su embarazo, él llegó borracho y después de una corta e injustificada discusión comenzó a agredirle, aquella fue la primera vez que, estando en el suelo, le daba de patadas, parecía buscar su abdomen; fueron dos o tres minutos interminables, el dejó de patearla cuando comenzó a sangrar. En una extraña reacción, Emilio, se tiró contra la pared y luego se acurrucó abrazando con mucha fuerza sus rodillas, temblaba como si otro ser lo poseyera, sus ojos expresaban un tremendo pánico, de aquellos que siente quien sabe que le quedan unos cuantos segundos de vida y que nadie vendrá a ayudarle. Parecía una criatura atacada por guerreros invisibles a los que sólo el veía, la convulsión generalizada que estremecía todo su cuerpo le impedía moverse, paralizado, con los ojos desorbitados miraba la sangre que chorreaba entre las piernas de ella.

Lourdes tardó en darse cuenta de lo que pasaba, a rastras logró levantarse, secarse la sangre con una sábana y luego ocultar todos los vestigios de aquella hemorragia provocada por su esposo. A duras penas lo desnudó, lo ayudó a meterse a la tina con agua caliente, le puso una taza de té entre las manos, después de restregarle toda la piel con toallas hasta quitarle la más pequeña huella de sangre, esperó hasta que el temblor casi desapareciera y después de estar segura de que el episodio había pasado, se limpió la sangre de entre sus piernas, se cubrió con lo que pudo y se fue al hospital.

Se quedó internada dos días, le diagnosticaron aborto involuntario y regresó a casa, sola. Esperó hasta muy tarde metida en su cama, se durmió, cuando despertó, Emilio se estaba bañando para irse a trabajar. Apurada se levantó a prepararle el desayuno, se sentó esperando tímidamente que él se disculpara, pero parecía que no había pasado nada, se tomó el desayuno apurado, sin sentarse, revisó su teléfono y sólo le dijo como despedida.

-      Ya empezaron a joder de la chamba – le dio un beso ordinario en la frente y le susurró – nunca olvides que sufro de hematofobia.

Había pasado un año ¿o dos? desde aquel incidente. En momentos como este cuando la calma llegaba después de la tormenta, cuando Emilio ya no estaba y ella sola en casa tenía tiempo para curar sus lesiones, como la mascota que después de ser golpeada debe lamerse las heridas para encontrarse dispuesta a servir al amo moviendo la cola, pensaba en aquel angelito que nunca llegó, tal vez tendría un año o dos, con él seguro que Emilio no sería el mismo, sería otra persona, un buen padre, un buen esposo.

Una profunda depresión le asaltó. Comenzó a llorar, quería controlar su llanto pero solo conseguía un sollozo trémulo silenciado por el agitado temblor de su cuerpo. Se metió a la tina y se quedó parada bajo la ducha de agua caliente, el jabón se le cayó al piso y rebotó unos metros más adelante, con mucho esfuerzo lo recogió pues se había metido bajo el lavadero, se volvió a meter bajo el chorro de la ducha y su temblor parecía apaciguarse, se enjabonó con fuerza, con furia, quizás así recobraría su firmeza, su compostura, abrió más la llave del agua y esperó hasta sentirse limpia,

Varios minutos después salió de la ducha y mientras se secaba, con manos todavía temblorosas vio su cuerpo en el espejo, estaba cruzada por marcas rojas, como arañazos trazados por una mano firme, se acercó al espejo y tuvo una sospecha. Buscó el jabón y lo revisó. Confirmó su sospecha, al recogerlo no lo había limpiado y pequeños granos de arena o cemento que se habían desprendido de la pared se habían quedado pegados y la habían rasgado.

-      Mierda, encima esto.

Respiró profundamente y cerró los ojos, volvió a respirar como había aprendido a hacerlo viendo los programas de televisión donde aparecían mujeres golpeadas contando su sufrimiento. No se movió por un largo rato, su mente había comenzado a viajar por pensamientos que no sabía que tenía, ahora más que antes sentía que su dolor tenía que tener un final, ya no era posible seguir aguantando, había llegado al límite, lo que le hacían era inhumano ¿no era hoy el día del amor? El catorce de febrero no sólo es un aniversario, es la fecha simbólica del amor, de aquel amor que es para toda la vida. Por eso eligió este día para casarse.

Se cubrió con una toalla y salió del baño. Buscó su teléfono y le llamó.

-      Qué quieres – sonó la voz de Emilio, con tono de molestia.

-      Sólo quería recordarte que hoy es nuestro aniversario – casi suplicante sonó la voz de ella.

-      Si, lo se, por eso es que voy a celebrarlo con una amiga – ambos se quedaron callados por unos segundos y luego él cortó la llamada.

Lourdes se quedó un largo rato con el teléfono en la mano mientras su mirada parecía perdida, como si tratara de encontrar una respuesta a alguna pregunta que le valiera la vida. Luego, solo sonrió.

Si, era lo que esperaba, no se había equivocado, pero quería estar segura para seguir con el rito de todos los años. Le prepararía un regalo que el recién descubriría una o dos semanas después.

Era un vaso que había comprado en su última salida al mercado, tenía grabado con letras doradas “Salud, amor”, de vidrio fino, especial para cerveza le habían dicho, lo envolvería junto con el jabón que compró, aquel con olor a sándalo.

Comenzó a dar vueltas por la casa con el vaso y el jabón mientras buscaba el papel para envolverlos, recordaba haberlo guardado entre unos libros. Lo encontró y comenzó a hacerle dobleces, entonces el vaso aquel cayó al piso. Sintió un tremendo desasosiego al ver los pedazos de vidrio regados, sólo a las mujeres destinadas al sufrimiento les puede pasar cosas como estas, nunca tendrán el favor de la vida. Con actitud desahuciada de quien ya no puede importarle el futuro, recogió los vidrios en aquel papel que iba a envolver el regalo, con mucho cuidado, tal vez en su mente tenía la esperanza de poder pegarlo, pedazo por pedazo como un rompecabezas. Puso el papel con los restos cuidadosamente en el centro de la mesa y se sentó frente a el. No había nada que hacer.

Estuvo así mucho tiempo, ni siquiera almorzó. Cuando sintió frío advirtió que ya había anochecido. Se vistió para salir de casa, a Emilio no le importaría. Se abrigó bien, quizás no regresaría pronto, había tomado la decisión de denunciar el abuso del que venía siendo víctima. Sentía que se encontraba en el límite, que no debía aguantar más.

Ya en la calle deambuló por los centros comerciales confundiéndose con la gente que feliz y contenta hacía apología del amor, quizás comenzaba a arrepentirse, se paró frente a algunas cámaras de vigilancia, como queriendo dejar constancia de haber pasado alguna vez por aquí, ella, la esclava, la mujer golpeada y abusada.

Pasó frente a una pareja que sentada en una jardinera del centro comercial compartían pastelillos y bebidas, se veían ricos pero no sintió hambre, se llevó las manos a la cara y percibió el olor del jabón aquel que había dejado en la jabonera, había perdido su oportunidad de ser el regalo ideal.

Miró la hora en el celular y se dijo:

-      Es hora, es la hora – y se dirigió a la comisaría de la jurisdicción para presentar su denuncia.

Cuando pidió información para que la atendieran le advirtieron que tenía que esperar pues casi todos los policías estaban en intervenciones, pensó para si que mas bien estarían celebrando el día del amor.

A pesar de que habían algunas bancas vacías se sentó al lado de dos señoras que habían pasado reconocimiento médico y estaban esperando la decisión del comisario, entablaron conversación y lo primero que preguntó fue cuánto tiempo llevaban esperando. Sonríó sabiendo que su espera sería larga.

Emilio llegó a casa y no se sorprendió al no encontrar a su esposa, ya vendrá, se dijo, mientras se relamía los labios pretendiendo borrar el sabor de la piel que habían besado.

Los recuerdos volvieron a calentarle las entrañas mientras abría el caño para llenar la tina con agua caliente, hoy necesitaba la tina llena; se desnudó y esperando que el agua fuera suficiente para meterse encendió un cigarrillo y comenzó a revisar su teléfono, los mensajes de la chica que ahora salía con el, con la que había estado poco antes, le pusieron el ego por las nubes, hinchó sus pulmones y sonrió, tenía la gran suerte de haber encontrado a Lourdes, pues sin ella no pudiera llevar esta vida. Pobrecita.

Bajo la ducha se sintió un macho alfa, cerró los ojos y comenzó a jabonarse el pecho, la espalda, el cuello, la cara, al pasar por su nariz sintió el olor a sándalo que tanto le gustaba, puso el jabón entre sus dos manos y lo acercó a su nariz, aspiró con fuerza y abrió los ojos.

Sintió como si alguien le hubiera golpeado en la cabeza, así se siente cuando el pánico descomunal de una fobia nos ataca. Miró el piso y el agua que corría hacia la boquilla del desagüe, era sangre. Quiso gritar pero de su garganta salió un ronquido animal, sus sentidos se aceleraron al límite, su pánico iba creciendo a medida que tomaba conciencia que estaba solo, nadie vendría a ayudarlo. Sus brazos, su pecho, sus piernas estaban atravesados por largas y finas heridas que extrañamente no le dolían. Miró el jabón y vio una cantidad de pequeños reflejos, como estrellas. Sintió derretirse casa uno de los músculos de sus piernas, cayó de bruces sobre el agua caliente de la tina casi llena, con la cara bajo el agua su pánico creció, su mente no funcionaba, sólo parecía funcionar su corazón, lo sentía a punto de reventar por todo su cuerpo, tuvo una visión, se vio frente al espejo desnudo, atravesado por aquellas heridas sangrantes que no le dolían, detrás de el una mujer sonreía. ¿Lourdes?  Tuvo la certeza que esas heridas nunca más le dolerían. 

LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...