LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

domingo, 4 de septiembre de 2022

PREGUNTAS DE RUTINA

 

Día domingo, pese a haberse acostado pocas horas antes se levantó temprano y después de un duchazo rápido y un café con tostadas “para tener algo en las tripas”, que pensó para consolarse, arrancó el pequeño auto que tenía, lo calentó por un par de minutos, miró la aguja de combustible y leyó la cantidad de kilómetros que había avanzado desde su última visita al surtidor de gasolina:

-       Tengo para un par de días todavía – se dijo, mientras encendía la radio para acompañarse con música, como siempre.

Tenía que conducir hasta Chorrillos, hoy decidió usar la ruta larga para evitar el pago de doble peaje, estaba en los últimos días del mes, aquellos en que su presupuesto comenzaba a estirarse en espera del pago siguiente. No tocaría sus ahorros porque sabía que hacerlo rompería esta costumbre de “guardar pan para mayo” y podría convertirse en una acción habitual. “ Me conozco perfectamente”.

Llegó a la casa de reposo, eufemismo para asilo de ancianos como se les llamaba antes; esta vez no había traído ningún paquete sino que se dirigió a la cafetería en donde compró un par de empanadas, otro de tamales, una torta helada pequeña y una botella  grande de Coca Cola de dieta, las hizo poner dentro de una bolsa decorada por el día del padre mientras retiraba efectivo de un cajero electrónico, calculando el monto más cercano al que necesitaba para pagar tres meses de atrazo a la casa de reposo – “Si no pago lo echan” pensó” - luego, se dirigió resuelta hacia el interior del pequeño y bien cuidado edificio. Mostró sus documentos a un portero que atendía tras una luna oscurecida mientras pensaba cómo sería el tipo que seguro la miraba, quizás se trate de un padre de familia que tiene que trabajar justo en el día del padre, como policías y bomberos que lo hacen en su día, quizás estaría cansado “¿habrá tomado desayuno?” “¿habrá cenado la noche anterior” “¿le esperará alguien en casa o estará olvidado como muchos padres?” El chasquido de la cerradura eléctrica abriéndole la puerta le arrancó de sus cavilaciones. Ingresó y tras caminar por un extenso jardín adornado por una glorieta rodeada de bancas de madera donde tres ancianos parecían disfrutar de la mañana templada, llegó a la habitación de su padre.

Parada ante la puerta de la habitación, antes de sacar la llave, la empujó, pues sabía que si ya había pasado la asistente con el desayuno ésta estaría junta. No se abrió, quizás todavía dormía, pensó, mientras usaba su llave para entrar evitando cualquier ruido innecesario.

Se acercó a la cama y levantó despacio la cobija y verificó que su padre todavía dormía, se quedó mirándolo por un momento mientras sus recuerdos revoloteaban dentro de su cabeza como un remolino sin fin, trató de coger una imagen de las muchas que pasaban velozmente para quedarse con ella pero después de suspirar volvió a cubrirle el rostro y moviéndose cuidadosamente encendió la cafetera. Se dio cuenta que el café era el que había preparado en su visita anterior, un domingo antes.

-       Puta madre, o sea, una semana más que nadie viene a verlo.

Se sintió molesta pues esperaba que estando cerca el día del padre uno de sus tres hermanos hubiera visitado al anciano.

Se sacó los zapatos que crujían de nuevos, para moverse cómodamente. Después de ordenar algunas cosas, más bien cambiarlas de lugar, por que el orden y la limpieza de aquel recinto parecían perfectos, se acomodó en la poltrona que se encontraba a un lado de la cabecera de la cama, sacó su celular y revisó si tenía pendientes, por varios minutos se distrajo revisando las redes sociales e internet, comenzó a sentirse cansada, la respiración rítmica del anciano hacían las veces de un mantra hipnótico que poco a poco terminaron por dormirla.

Se despertó alarmada, desorientada e inmediatamente miró su reloj había dormido casi dos horas, resopló y con la muñeca se limpió la saliva que tenía alrededor de la boca, se levantó, se alisó la ropa y se dio cuenta que su papá la miraba atentamente, en voz baja se recriminó:

- Carajo, qué manera de dormir, no he sentido ni a la enfermera - de inmediato y levantando la voz - Hola papá ¿Sabes quién soy?.

Era una pregunta que siempre le hacía para saber si estaba en un momento de lucidez, con la edad, además de la diabetes, le había llegado una demencia senil a poco de cumplir 80 años, que lo ponía en una especie de estado catatónico por eepacios, que al principio fueron cortos y poco a poco se hacían más prolongados; cuando se encontraba afectado se quedaba inmóvil a veces durante casi todo el día sin tener conciencia de lo que pasaba a su alrededor, su mirada al frente sin ver, o quizás viendo más allá de lo que él resto no podía ver.

 - Hola hija - le escuchó decir - Te quedaste dormida - mientras levantaba la mano derecha muy lentamente y temblorosa, a manera de saludo.

- ¿Cómo me llamo? - replicó ella.

- Jaqui, como te puso tu madre, aunque yo siempre quise que te llamarás como ella Jaquelyn.

Ella pensó cómo era posible que la demencia senil le permitiera estos momentos de lucidez, como diáfanos amaneceres después de noches oscurecidas por tormentas.

- ¿Cómo estás, viejo? ¿Te siguen tratando bien? ¿Cómo te recibió el día del padre? - mientras colocaba la torta helada en la mesita redonda que luego empujó al lado de la cama sin dejar de mirarlo.

- De la enfermera no me puedo quejar, de la vida, todavía no estoy seguro si fue generosa conmigo, sobretodo por el final, que estoy seguro no me merezco - contestó el anciano, suspirando al final de sus palabras.

Jaqui no se sorprendió de la elaborada respuesta de su padre, sin duda estaba en un momento de lucidez, siempre había sido un hombre de respuestas inteligentes, recordaba que cuando ella era bastante pequeña no entendía el significado de muchas palabras y sobre todo  no podia darse cuenta de las ironías y sarcasmos que habitualmente usaba.

Jaló la poltrona y la acomodó cerca de la mesa, se sentó y comenzó a cortar la torta en pequeños trozos mientras siguió conversando.

- Veo que ninguno de tus hijos se acordó de visitarte,

- Deben estar con problemas o quizás vinieron mientras dormía - se apuró en responder el papá.

- ¡ Jaaa...! ¿No será que los estas defendiendo como siempre? Siempre lo haces, hasta ahora no comprendo por qué les permites que se porten así contigo - tomó aire y continuó como recriminándose - bueno, en realidad ya no puedes hacer nada.

Después siguió un gran silencio interrumpido por el sonido de los cubiertos mientras seguía cortando la torta y en segundo plano la música del televisor que permanecía prendido casi todo el día.

Conversaron hasta después del medio día. Ella le comentó de sus logros, sus proyectos, sus pequeños sueños, porque había aprendido que es mejor soñar cosas pequeñas que puedan lograrse pronto, porque los otros sueños, aquellos que quedan pendientes, se van convirtiendo en intenciones y fracasos, de travesías  que nunca emprendíste y que se convierten en culpas por ofensas que no cometiste y en condena que tendrás que pagar toda la vida.

La enfermera entró a la habitación empujando un carrito de comidas, la saludó cortesmente, era una joven nueva, posiblemente soltera, por que a las casadas se les suele dar permiso por el día del padre, la recién llegada atendió amablemente a su papá y le dejó el almuerzo; Jaqui, dirigiéndose al anciano, mientras le acomodaba para que pudiera alcanzar el almuerzo sin problemas le preguntó

- ¿Vas a orinar antes o después del almuerzo? Para llevarte al baño, supongo que no puedes ir solo.

- Todavía puedo hacerlo, hija, ya fui mientras dormias. A veces no puedo levantarme, en esos casos si necesito ayuda.

- ¿Quieres que te desmenuce la comida? - preguntó ella.

- No es necesario.

El anciano comenzó a almorzar lentamente, llevaba la cuchara a la boca temblando y dejando caer comida en el camino, ella le limpiaba con papel toalla la cara y las manos y también los restos de comida que caían.

De pronto Jaqui recordó haber visto a su madre darle de comer cuando él se enfermaba  y no se levantaba de la cama, sintió un poco de cólera reprimida por preguntas que nunca hizo y entonces le preguntó

- ¿Recuerdas que cuando te enfermabas mi mamá te daba los alimentos de esta manera? pero nunca se lo agradeciste, más bien más de una vez le botaste los platos al piso. -¿Te acuerdas? – y le pegó la mirada, sentía curiosidad por su próxima reacción.

- ¿Yo? Nunca! – casi gritando contestó el anciano – estás loca, seguro que lo has soñado.

- Claro, ahora es fácil para ti negarlo todo, eres el bueno de la película, no reconoces todas las cagadas que nos hacías a mamá y a mi, eras un abusivo de mierda, un pega mujeres, un verdadero crápula – mirándolo fijamente a los ojos, esperando una respuesta inteligente, pero nada - ¿Te acuerdas de ésta cicatriz? – continuó agitada mientras se estiraba el cuello de la blusa para mostrar una cicatriz de unos cinco centímetros sobre la parte más redonda de su hombro derecho.

Jaqui tomó aire lentamente, no quería perder la calma, pero sucedió otra vez, como tantas veces, como aquellas en que quería descargar recuerdos de su dolorosa vida de hija, de única hija mujer, su padre, tenía la mirada perdida, mirando a ningún lugar, las manos caídas, trémulas, con el cubierto y la comida derramada sobre la colcha blanca, la boca entreabierta, tiesa, con la saliva anunciando la intención de caer.

- Qué, ya te fuiste otra vez, como cobarde - mientras abanicaba su mano por la cara del anciano, intentando provocar que cerrará los ojos pero él no daba señal de estar presente - y siguió hablando, vociferando, como si ahora pudiera escucharla.

- Tu nos odiabas, a mamá y yo. Desde que tengo uso de razon, sólo recuerdo golpes, abusos, maltratos ¿O no? Solo te interesaban tus tres hijos, para ellos todo, ellos recibieron cada una de tus tres casas y ahora ni siquiera se preocupan de ti, no se acuerdan ni de tu santo - Jaqui sintió el calor de la cólera que inunda las almas de las personas injustamente desplazadas - y crees que podré sacar de mi mente aquella vez que te negaste a matricularme en un instituto por que yo te daría nietos que acabarían con la continuidad de tu apellido, como si fueras un gentil.

Acomodó la poltrona, se sentó parsimoniosomente y siguió con su soflama.

- ¿Te acuerdas la cantidad de golpes que me diste mientras me "enseñabas y corregias" mis tareas? ¿Cuántas veces golpeaste a mamá por atreverse a defenderme?  ¿Y aquella vez que me pegaste con aquella flauta, que era tu "herramienta" favorita, que se rompió en mi hombro y me quedé marcada para siempre por que la tremenda herida que me hiciste me la tuvieron que curar en casa?.

Se reacomodó, tomó aire,  cerró  los ojos por unos instantes, una lágrima resbaló por su cara, se la limpió con el puño de la blusa un poco molesta por qué sería otra lágrima intrascendente como las millones que había derramado. Pensó quedarse callada como siempre pero esta vez prefirió seguir hablando. 

- Tampoco entendí nunca por qué mis hermanos siempre tenían todas las preferencias, a ellos les permitiste tener amistades, salir a fiestas y jugar en la calle en cambio yo crecí enclaustrada - se levantó pesadamente, quizás las penas le pesaban demasiado, se sirvió la Coca cola en un vaso de plástico y bebió sorbos pequeños.

- No sabes cómo me dolió aquella vez que le tiraste la puerta en la cara al único muchacho que logró  interesarme entonces, incluso sobre las patadas que nos diste a mamá y a mi, culpándonos de haberlo invitado sin autorización - tragó saliva y continuó - nos hiciste esclavas de tus prejuicios, vivíamos aterrorizadas por tus cambios de ánimo, éramos manojos de nervios, nuestros cuerpos saltaban, convulsionaban, apenas levantabas la voz.

La joven se sentó pesadamente, estrujó el vaso con la mano que lo sostenía y lo lanzó a un tacho de basura con movimientos de baloncesto, el vaso quedó tirado cerca del cesto.

- Siempre me despierto a media noche recordando aquellas veces en las que a golpes me hacías estudiar hasta una o dos de la mañana, pese a que tenía las tareas resueltas o la lección aprendida, luego me llevabas a la cama y me apagabas la luz del cuarto. Después  me levantabas muy temprano, siempre antes que mis hermanos para que ayudará a mamá a preparar el desayuno.

Se restregó los ojos con ambas manos, era una alegoría irónica de El pensador de Rodín sentada en la poltrona, parecía estar pensando que más decir o intentado callar algo que la atormentaba, respiró profundamente y preguntó:

- ¿Ya regresaste? - mientras auscultaba en  los ojos de su padre una señal que le diera la certeza que se encontraba lúcido - ¿todavía? - volvió a guardar silencio y su respiración evidenciaba una gran agitación, por su mente corría una cantidad grande de recuerdos, empujándose entre ellos, como el caudal embravecido de un río que arrastra todo a su paso, ella, impotente, a merced de aquella corriente pretendía coger un recuerdo para echarle en cara a la estatua en que parecía haberse convertido su padre.

- Y ahora entiendo por qué te preocupabas en que estudiara tanto, el sueño aquel que tuve muchas noches de mi niñez, soñaba que querías ahogarme metiéndome no se qué en la boca, pero apenas despertaba parecía que huías – sollozó, escupió como si de pronto recordara el sabor de algo muy amargo y se restregó los labios casi hasta sangrarlos – lo comprendí después ¿no?, cuando me llevaste al médico por unos granos que me salieron en la cara y el doctor te dijo, apartándote de mi para que no escuchara, que eran cándidas cutáneas y que tenías que vigilarme por que alguien podría estar abusando de mi.

Se le quebró la voz, se quebró ella, su cuerpo parecía disolverse sobre la poltrona, pero recordó qué había venido a hablar y continuó:

- Dejaste de golpearnos unos días, hasta pensé que sería el final del sufrimiento, pero no, luego te pusiste peor, el maltrato se agravó, preferías llamarme puta antes que hija, me denigraste, me obligaste a irme de casa justo antes de cumplir dieciocho, lo lograste a base de golpes que descargabas sobre mamá – dejó escapar un gemido que se apresuró a silenciar – la pobre la pasaba mal defendiéndome, decidí irme antes que la mataras a golpes.

Jaqui se levantó, se acomodó la ropa, se limpió la cara, se arregló el cabello, luego cogió su pequeña cartera, dejó el dinero que había sacado del cajero y lo puso al centro de la mesa, cogió un pequeño florero, sin flores, de una repisa y lo colocó sobre los billetes. Se dirigió a la puerta, cogió el tirador de la puerta y se detuvo, sin voltearse a mirar a su padre continuó hablando:

- Y ahora pareces indefenso, ni siquiera tienes esa mueca en los labios, mueca irónica con la que acompañabas cada agresión, no se qué era primero, la mueca o la agresion,  pero llegué a temerla y odiarla tanto -  se levantó un mechón de pelo que caía sobre su cara - ahora se que fue esa mueca la que aceleró mi partida, pero me fue muy bien, me acomodé en la casa de mi amiga y la vida me dio una oportunidad y viajé a Estados Unidos, fueron los mejores cinco años de mi vida, trabajando, trabajando para mi y por mi y ahorrando, hasta que me encontraste.

Volvió la mirada por sobre su hombro y vio que su padre seguía inmóvil.

- Me obligaste a regresar con el pretexto de que mamá estaba grave y que solo yo podía salvarla, necesitaba un trasplante de médula - la voz quebrada de Jaqui hacía evidente su llanto - y regresé, pero mamá murió cuando nos preparaban para el transplante, ella quiso morir, era su forma de fugar. Tus hijos y tu parecieron celebrarlo, hasta sospeché de ustedes cuando me enteré que cualquiera de sus hijos pudo ser donante - se secó las lágrimas con el puño de la blusa y soltó como cuando el juez sentencia - ¡Algún día lo pagarás!.

Jaqui rebusca en su pequeña cartera y voltea bruscamente.

- Chucha, mis llaves -

Por un instante le pareció reconocer esa sonrisa de su padre que odiaba tanto, se acercó a la mesa y sin dejar de mirarlo recogió lo que parecía buscar.

Parsimoniosomente y con la frente altiva se retiró de la habitación dejando la puerta abierta, un leve y frío viento vespertino recorrió el cuarto moviendo apenas las cortinas mientras el pequeño florero, solitario, proyectaba su sombra sobre la limpia superficie de la mesa.


PD. Esta historia demoró por que fue escrita completamente en mi viejo Huawei P9.

viernes, 20 de mayo de 2022

LOS TRONQUITOS

 

Como casi todos aquellos domingos y feriados cuando me despierto a las seis de la mañana, hoy también aprovecho unas horas para revisar mis correos y otros mensajes que acostumbro recibir a través de internet mientras todos duermen, por lo general tengo entre dos a tres horas de mucha tranquilidad para dedicarme exclusivamente a lo mío. Con mi bata dominguera me acomodo en el escritorio, enciendo la computadora y voy a la cocina por un buen café caliente y negro; para no volver por otro café uso una gran taza que me regaló el menor de mis hijos por el día del padre algunos años atrás.

 

De regreso en el escritorio, mientras comienzo a ubicar el playlist que ahora me apetece escuchar como compañía, advierto que a través de las cortinas de la ventana que está casi sobre mi hombro derecho se trasluce la claridad del día, el sol ha salido temprano, aunque estamos en la última semana de abril y el frio comienza a apoderarse de toda la ciudad. Después de revisar mi correspondencia comienzo a navegar casi sin conciencia de lo que busco, partiendo de las noticias que recibo de suscripciones a páginas especializadas, esto lo hago casi automáticamente, se que más pronto que tarde encontraré algo que se quede con mi atención. “Mitos y realidades sobre el consumo de huevos”, parece interesante, sobre todo que no tengo claro si mi desayuno de lunes a viernes, dos huevos cocidos a la inglesa, con la yema un poco dura, no es nociva.

 

La lectura me atrae, es bastante interesante, tiene mucha información, me atrapa. Tomo un gran sorbo de café todavía caliente, ahuecando la boca para no quemarme, el súbito calor me obliga a abrir la ventana aunque sin correr las cortinas, el viento helado de esta hora me envuelve trayendo a mi mente una serie de evocaciones y sensaciones que yacían en algún lugar de mi inconciencia en espera de un estímulo como el de ahora.

 

El viento acerado y la música que escogí para esta mañana me obligan a acomodarme en el sillón mientras que con un escalofrío emergen evocaciones que acumulé durante las visitas a la hacienda del tío César Cabero, pariente de mi madre, allá en Santa María del Valle, como a una hora de Huánuco en la carretera hacia Tingo maría. Se dibujan en mi mente tantos momentos agradables de mi niñez y juventud, el primer viaje en bus por más de doce horas a mis diez años, con mi hermana menor, pese al tiempo lo recuerdo con nitidez. Fueron tres los viajes que hicimos en familia, después de esa primera vez, viajamos dos veces más, cada uno exactamente cinco años después del anterior. El primer viaje en bus y los dos siguientes en la camioneta roja de mi padre, una Chevrolet Blazer, que fue mía, cuando vieja, por unos pocos años antes de cambiar de propietario; la primera ocasión fuimos una familia de cuatro y las siguientes de cinco con el nacimiento de mi última hermana.

 

El tío César era un tipo de un metro ochenta, de apariencia atlética, de tez blanca quemada por el sol, sus ojos eran grises, claros, característica de mi rama familiar materna, hablaba casi a gritos gesticulando con ese dejo tan particular de los huanuqueños y siempre vestía pantalones vaqueros con camisa a cuadros de manga larga, cuando lo vi por primera vez tuve la impresión de encontrarme con un hacendado, impresión que nunca se me borró.

 

El tío ya tenía seis hijos, su tercera esposa, la tía Adelina, era una mujer también alta, diría de un metro setenta, tenía el cabello negro y largo que siempre llevaba suelto a la espalda, sería unos veinte años más joven que él, todo el día parecía atareada y no podía desaparecer la gran sonrisa de su cara que era el marco perfecto para sus grandes dientes, de un blanco casi perfecto y brillosos, en aquella época poco comunes. Dos de los seis hijos el tío los tuvo con ella, obviamente los menores; lo curioso era que el tío había tenido también dos hijos con cada una de sus mujeres anteriores, en cada caso una niña y un niño, claro que los de su primer matrimonio ya no eran niños, el mayor tenía diecinueve años cuando lo conocí, se llamaba igual que el papá, su hermana tenía diecisiete años y supongo que Josie también era el nombre de su madre, los dos hijos de la segunda esposa, Dina y Domingo, tenían doce y diez años y los dos menores de siete y cuatro años eran Fabio y Andrea. El tío jamás los llamaba por su nombre sino por su apellido materno, así, los dos mayores eran Cisneros y Cisneras, les seguían García y Garcío y finalmente estaban López y Lópeza.

 

Me parece sentir el mismo frío de las mañanas cuando salíamos temprano a pescar a orillas del Río Huallaga, los más grandes usaban una atarraya y los pequeños usábamos un carrizo largo, para atar unos metros de cordel con una cueca, como le llamaban a la lombriz de tierra, ensartada en el anzuelo. Sonrío mientras recuerdo mi primera pesca, un “huasaco” de treinta centímetros que junto a varios “cachuelos”, pececillos pequeños como las mojarrillas, se convirtieron en el almuerzo muy celebrado aquella vez, acompañado con licor y un guitarrista que cantaba canciones que nunca había escuchado y que hasta hoy recuerdo.

 

Eran fabulosas las tardes en que después del almuerzo nos dirigíamos todos los varones a un afluente del Huallaga al que para llegar teníamos que caminar cerca de una hora, no recuerdo cómo se llamaba el río o si alguna vez me lo dijeron, el “cañón del pato”, a decir del tío César, para cazar patillos y patos que íbamos a encontrar nadando descuidadamente. Nunca encontramos un solo pato, al final de la tarde, el tío nos dejaba disparar la escopeta de dos cañones contra piedras o pedazos de tronco que colocaba a no mas de cinco metros. Una vez disparó a un panal de abejas silvestres y nos hizo correr hasta la casa para que las abejas no nos picaran.

 

Eran grandiosas también las cabalgatas de los días domingos. Tomábamos desayuno temprano, luego ensillábamos los caballos, los más pequeños montábamos con un adulto y nos íbamos a misa de nueve de la mañana; el regreso era una carrera, para ver quien llegaba primero, el tío César siempre se dejaba ganar. Lo que venía después era el cierre de la semana con un domingo de fiesta, almorzábamos en compañía de algún invitado, que siempre traían niños de nuestra edad y nos pasábamos la tarde jugando mientras los adultos se entretenían jugando al sapo y tomando bastante licor.

 

Los recuerdos también me trajeron las imágenes, las sensaciones de aquellos días en que nos metíamos a una gran poza formada por la acequia de regadío que corría por el límite más lejano de la propiedad del tío, llevábamos una cámara parchada de la llanta de una camioneta y después de inflarla a puro pulmón la usábamos para construir nuestro circuito de canotaje por las aguas tranquilas de este no muy profundo brazo de agua. Para un niño que procedía de la capital esto era aventura pura.

 

Y no podía olvidar los desayunos que el tío nos obligaba a tomar, pan fresco y caliente que todos los días le traía un panadero, a veces en bicicleta, otras en motocicleta y hasta en burro, panes horneados con leña a la manera de la Sierra, acompañados de un jugo de maracuyá recién cosechado de las enredaderas que producían un aroma increíble o de papaya, endulzados con chancaca de la casa, tajadas de queso fresco y grandes filetes de carne de res o de cerdo montados con un huevo frito que nunca faltaban, completaban el desayuno. Los domingos se reemplazaba el jugo por un tazón de avena con leche o un jugo especial de lúcuma. Al finalizar cada desayuno el tío César obligaba a sus hijos, cosa que el también hacía, a comerse un huevo crudo, que mis hermanas y yo rechazábamos hacerlo.

 

-       No saben lo que se pierden sobrinos – nos decía ante nuestra negativa – un huevo crudo al día te hace fuerte, sano, atlético y además es bueno para el desarrollo, ustedes serían más altos si se comieran uno al día, yo fui criado así, a la antigua, como los campesinos, comiendo un huevo crudo al día – y lanzaba una carcajada, que no se por qué la comparé con los eructos de los vikingos después de beber un jarrón de licor, que vi hace poco en la televisión.

 

Claramente no es un recuerdo desagradable, casi lo había olvidado, pero ahora me parece escuchar la carcajada de ese hombre bueno, noble, que no pretendía burlarse de nosotros sino dejarnos una lección para toda la vida.

 

Cada una de las tres visitas a la hacienda del tío Cabero pasan por mi mente, vuelvo a tomar unos sorbos del café que se resiste a perder su temperatura, me acerco al monitor de la computadora y reviso algunas publicaciones, luego me vuelvo a estirar y comienzo a evocar acontecimientos de la última visita a Santa María del Valle.

 

En aquella ocasión yo tenía ya veinte años, el mayor de los primos Cabero veintinueve y la menor catorce. Después de esa visita, junto a mis hermanas, no recuerdo exactamente a quién se le ocurrió, les pusimos a los primos “los tronquitos”, debido a su apariencia, todos ellos medían entre un metro sesenta y un metro sesenta y cinco, eran de contextura gruesa, se notaban fornidos sin que se les pudiera calificar de gordos; lo curioso era que todos eran hijos de padres de estatura alta.

 

En esa última visita, por primera vez participé de una de aquellas noches en la “ramada” construida bajo las plantas de maracuyá similares a los que se construyen en la costa bajo grandes parras de las que cuelgan serenos racimos de uva en proceso de maduración; en estas reuniones, en la que después de haber pasado una tarde jugando al sapo, los mayores continuaban sus conversaciones regadas por el ron artesanal que se producía en la hacienda, donde las carcajadas se prolongaban hasta bien entrada la noche, bajo  la luz de lámparas petromax ahora reemplazadas por un par de luminarias atraían polillas e insectos desconocidos que el pleno vuelo eran cazados por murciélagos que no dejaban de revolotear. Qué agradable era conversar de todo con el tío y los primos, siempre intentaba prolongar todo lo posible las conversaciones midiendo mi consumo de licor.

 

La última reunión quedamos hasta el final solos el tío César y yo. Recuerdo cada una de sus palabras casi letra por letra.

 

-       ¿Sabes por qué me casé tres veces? – me dijo, mi silencio lo empujó a continuar – siempre quise tener hijos altos, más altos que yo, escogí mujeres altas para conseguirlo, pensé que con más de una aumentaba las probabilidades.

 

Encendió un cigarrillo, le dio algunas aspiradas como si el humo fuera necesario para ordenar sus ideas, se movió en su sillón de paja y continuó aunque sus palabras ahora tenían un tono que interpreté como tristeza.

 

-       Hasta planifiqué el sexo de mis hijos, el primero en nacer se lo dejé a la voluntad de Dios, pero el segundo no, con cada una de mis esposas usé un método que leí en un libro y vaya que conseguí lo que quería – volvió a aspirar profundamente el cigarrillo – pero siento que en algo fallé, algo molestó a Dios, hasta ahora no encuentro que puede ser, tus primos, son el castigo de Dios, que acepto aunque me duela, Dios los dejó casi enanos.

 

-       Pero no te preocupes tío, mis primos son bajos pero jamás los calificarán de enanos – recuerdo haberle dicho – tus nietos de seguro que van a salir altos, está en tus genes, además, no creo que hayas hecho algo tan malo para que Dios prolongue su castigo, si es que fuera el caso – terminé a manera de consuelo.

 

Recuerdo la expresión de su cara cuando me dijo

 

-       No cambiaría nada por la felicidad que ellos me dan, no reniego de la voluntad de Dios, pero no estoy seguro si puedo considerar que mi vida sea exitosa.

 

El frío se mete a través de las cortinas y me alcanza como una flecha lanzada desde muy lejos y que da en el blanco. Tomo apurado los últimos sorbos de café para que no se enfríe, arrastrando el sillón con mi cuerpo me acerco al monitor y vuelvo a leer mi descubrimiento de esta mañana: “…la Avidina es una sustancia contenida en la clara del huevo que, se ha probado hace treinta años, su consumo prolongado inhibe el crecimiento. Sus efectos se anulan con las temperaturas de cocción…”.

 

Dios no nos castiga, él deja que nos castiguemos, pensé.

 

viernes, 22 de abril de 2022

ENTRE DOS ESTACIONES

 CAMILA

Ella se sabía bonita y además tenía el futuro asegurado, la herencia familiar que administraban sus padres era suficiente para garantizar el futuro de las siguientes generaciones, es más, no le preocupa el futuro. En los colegios caros en los que estudió aprendió que no sólo tenía que ser la mejor sino además demostrarlo, por eso estudia derecho en la Universidad de Lima, viste ropa solo de moda y cara, todo lo que usa, toca, come o está relacionado con ella tiene que ser lo mejor y costoso. Es vital ser glamorosa.

A su edad una muchacha de su posición estaría conduciendo un vehículo de lujo seguramente, pero ella no, no le gusta manejar, por eso, si no tiene un carro con chofer solo usa taxis de aplicativo, entiende que tener un coche a su disposición es asumir responsabilidades que se las quitaba a un chofer, tenía muchas otras cosas de qué preocuparse.

No es modesta ni sencilla, se cree detallosa y hasta vanidosa, lo asume con responsabilidad, con dignidad. Camina por la vida segura de si misma, por donde pasa causa admiración, su perfume, su gracia, su elegancia nunca quedan desapercibidas.

Siempre escoge solo lo mejor, tiene muy claro que lo perfecto no existe y por eso no lo persigue, se conforma con estar muy cerca. Sabe que la mejor arma del vanidoso es la humildad.

A pesar que todos en la universidad quieren conocerla tiene pocos amigos, muy parecidos a ella, la imitan pero saben que no estarán a su altura, para complacerlos, les muestra las cosas que piensa comprar o cómo quiere vestirse para que se sientan importantes opinando, creyendo que su opinión fue tomada en cuenta. Su autoestima es indestructible.

Todos sus novios fueron evaluados por sus amigos y amigas más cercanos, a quienes les dio la oportunidad de opinar haciendo que aquellos que acertaron se sintieran más cerca de ella, aunque finalmente la decisión fue únicamente suya.

Había estado con los mejores chicos de su entorno, a todos los dejó cuando creyó que era el momento, por no estar a su nivel o simplemente no demostrar estarlo, les faltaba ambiciones o “carácter”, tal cual ella los describía; aunque decía no tener interés en la posición económica de sus pretendientes era necesario que fueran bellos, una belleza como ella sólo se permitía amigos y pretendientes con presencia de verdaderos modelos. En su vida las apariencias eran muy importantes. 

Por eso, quedó convencida de aceptar a su actual enamorado, cuando, después de una encuesta entre sus más allegados, todos opinaron que era un joven muy atractivo, un verdadero proyecto con un futuro muy promisor, no tenía una gran posición económica como la suya pero era un aplicado estudiante de medicina en su etapa final de interno, culto, fino y educado, “culto, mago, delirante, loco” le decía ella, parafraseando un poema que alguna vez publicaron cada uno en su perfil de sus redes como muestra de su amor.

Sabía que lo tenía, por lo menos hasta cuando lo decidiera, si nada cambiaba, estaba completamente entregado a ella, como le gustaba tenerlos, “comiendo de mi mano” como lo pensaba constantemente; nunca, ninguna de sus parejas la había terminado, no, ni pensarlo, ella había tomado esas decisiones, en algunos casos “porque era políticamente correcto” como los justificó oportunamente.

Sabía que su vida era perfecta, tal como lo tenía planeado.


VALENTINA

Se había esforzado tanto por conseguir este trabajo de enfermera porque que era  muy importante para su proyecto de vida. Para sus familiares era una esperanza de tener por fin un profesional de quien enorgullecerse; cuando les comentó que además de trabajar había comenzado a estudiar medicina le hicieron una fiesta para reconocer su esfuerzo, fue la ocasión perfecta para ponerla de ejemplo y así motivar a los más jóvenes de la familia.

Le interesaba mucho ser objetiva, equilibrada y culta, por eso cultivaba su intelecto, se le veía permanentemente leyendo y parecía estar siempre ocupada en algo además del trabajo y los estudios. Sudaba seguridad y entereza por todos sus poros, pero también era bonita, tenía la belleza calmada y serena de las mujeres que poseen claras sus ideas, sus movimientos parecían estudiados para impresionar a quien la mirara, sus formas, aunque no llamativas, eran consideradas perfectas para los que la conocían fuera de las batas y mascarillas que usaba cuando trabajaba.

No le gustaba hablar de ella misma, hasta parecía no importarle el futuro pero los pasos que daba eran previamente analizados y no avanzaba si no estaba segura, no le interesaban las apariencias y prefiere mantener su situación sentimental siempre reservada, no publica en redes nada sobre esto porque está convencida que casi siempre publicas sobre aquello que careces.

Era admirable el esfuerzo que le ponía a todas las cosas que hacía, aún cuando se le viera caer su cara no dejaba de mostrar optimismo, su  mirada es un himno a la confianza. Confiaba en sus habilidades plenamente y resumía empatía por cada uno de sus poros.

Tiene una relación que está segura que no llegará a buen puerto pero en el fondo espera que algo suceda y cambie esta situación, siempre actúa con fe y es creyente de que la esperanza es lo último que muere, que las cosas siempre suceden por algo, ni un copo de nieve cae sin alguna razón. Por las cosas que averiguó sabe que solo es una aventura para él, no puede asegurarlo pero si se lo pide podrían hacer una pareja para toda la vida, aunque es consciente que forma una pareja de aquellas que terminan en cualquier momento, sabe que es la que más perdería, la que quedaría sumida en la pena y dolor. Incluso para eso se estaba preparando, se sentía prevenida. La vida tiene que continuar “Lo que no es para mí, nunca lo será” se decía intentando conservar su pragmatismo.

Como todas las mujeres tiene sueños y aunque ahora lo ocupaban sus principales objetivos, terminar la carrera y ascender en el trabajo, parte de sus noches imaginaba tener la familia soñada al lado de él.


ANDRÉS

Era domingo, uno de aquellos que le dejaban tiempo para hacer otras cosas que no fuera estudiar, después de correr casi una hora y luego de un frugal desayuno, de revisar algunas anotaciones de clases a la vez que programaba los trabajos que tendría que entregar en la universidad durante la semana, se dirigió a la estación del tren mientras revisaba su celular. 

Sentado esperando el siguiente tren contestó aquellos mensajes que tenía pendientes en el celular. Le gustaba jugar a decidir, a cuál de las chicas visitar; cada domingo, lo hacía en el camino, la casa de la primera de ellas quedaba a siete estaciones y la otra a doce.

Se sentía feliz de vivir este juego confuso de tener dos enamoradas. Sabía que una de ellas era el camino a la estabilidad económica y de seguro a la felicidad, la otra era una aventura, un episodio en su vida que no tendría por qué terminar mal. Pero también estaba al corriente que en cualquier momento podía perder todo. Pero confiaba en que todo saldría bien y que como sea tenía que asegurar su futuro.

Se decidió por hacer la primera llamada. Se colocó los audífonos mientras el celular llamaba.

- ¡Hola amor – escuchó la voz delicada al otro lado del teléfono - ¿Cómo estás? ¿Todo bien?

- Si. Reyna, todo bien – contestó – Y tú ¿Qué tal?

- Recién levantándome y extrañándote ¿Vas a estar ocupado hoy o vas a poder venir?

- No se todavía, en unos minutos termino mi guardia, si no hay nada, seguro que me dejan – se produjo un silencio, recordó las decenas de veces que le ofreció ir a verla sabiendo que no cumpliría, ella aceptaba las disculpas siempre de buena gana – el lado bueno es que podremos disfrutar aunque el tiempo sea corto.

- No te preocupes mi amor, no pienso salir hoy, me avisas si vienes porque voy a quedarme en la cama – dijo ella a modo de despedida.

- Ok, te aviso entonces, te quiero mucho princesa, besos.

- Besos para ti mi amor – y colgó la llamada.

Se sintió feliz con el juego, ahora volvería a hacer otra llamada y en el camino decidiría donde bajarse.

Mientras escuchaba el tono en el teeléfono vio a lo lejos venir el tren y se puso de pie para abordarlo.

- Hola, que tal ¿Cómo estas? – preguntó la mujer, con voz evidentemente agitada.

- Que tal babe, extrañándote – le dijo, entusiasmado por la respiración de ella - ¿recién levantándote?

- Jajaja…nooo…acabo de correr cinco kilómetros y estoy recuperándome – con una voz cantarina – sucede que ayer me designaron entre las enfermeras para representar al hospital en esta mini maratón por el día de la mujer, no te conté para no preocuparte.

- Caramba, que bien, se ve que estás en forma, por eso es que me gustas tanto – un espeso silencio siguió a sus palabras.

En ese momento subió al tren que momentos antes se había detenido, se mezcló entre la gente subiendo y bajando.

El silencio parecía eterno, recordó cómo se inició esta relación, cómo aceptó ella que el tuviera otra enamorada y le prometiera “darle un tiempo porque no era nada seguro”, cómo se pusieron de acuerdo para tener intimidad con las reglas de ella “de no enamorarse”.

- Terminé de correr, llegué sexta, puta mare, pude llegar antes, ahora me arrepiento, había premios hasta el quinto puesto – se quejó.

- No te preocupes babe, se que tu eres buena y estás preparada para todo, para grandes cosas – trató de animarla – después te doy tu premio.

- Traje chocolate, de consuelo – dijo quejumbrosa – era hasta el quinto lugar para los premios y demás consideraciones, el quinto puesto se ganó una bicicleta y yo nada. Pude conseguirlo, me siento como esos niños picones.

Andrés sintió que la voz se quebraba, percibió que estaba llorando, se enterneció hasta sentir erizarse su piel, invadido por un calor sicalíptico.

- ¿Estás llorando babe? 

- Sip…sólo una lagrima – la voz de ella casi como un suspiro.

- Como quisiera estar a tu lado para secarla con un beso, un beso que acabe con esa pena innecesaria que tu alma corajuda libera, como un grito rebelde por este que consideras un fracaso, darte un beso de esos que se graban para la eternidad, de esos besos a las almas valientes…

- Jajajaja…no sigas por favor – le interrumpió – tú como siempre poeta, o poetizando, pero te contesto que justo ahora necesito tu presencia, tu calor, tu luz, esa que siempre encuentro cuando alguna sombra cruza mi camino, esa que me llena de fortaleza cuando mis debilidades comienzan a desbocarse, esa que alegra mi corazón cuando la tristeza me desanima…¿Ya ves? También puedo calentarte los oídos.

- Jajajaja…babe, no sabes lo orgulloso que me siento de tenerte – le contestó casi gritando, entonces cortó la llamada y apagó su teléfono – El viejo truco de “perdí la señal” – pensó.

Era un movimiento táctico que usaba para ganar un poco de tiempo cuando se encontraba en apuros, manejar su vida entre dos afectos con diferentes rasgos requería de mucho cuidado, cuando sentía que tenía que pensar con claridad o que ponía en peligro el futuro que se estaba construyendo.

Con más calma intentó pensar cuál era el peligro que lo llevó a apagar el teléfono, qué precaución tenía que tomar, por qué necesitaba un momento de claridad, se sorprendió al no encontrar una respuesta, fue una reacción fuera de control.

Metió el teléfono en el bolsillo y se dio cuenta que su cuerpo temblaba, tenía un calor interior pero su piel se estaba cubriendo de un sudor helado, tenía la sensación de estar viviendo una metamorfosis, que de entre sus trémulas ropas saldría un nuevo Andrés. Y sintió una gran inquietud por saber cómo sería ese nuevo Andrés, no sospechaba que esa inquietud lo acompañaría toda su vida.

Entonces, bajo el influjo de esta especie de renovación o resurrección, encendió su teléfono y supo en que estación tenía que bajar, en la que bajaría siempre a partir de ahora.


LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...