Pese a ser casi las cinco de la tarde el sol quemaba fuerte. Acababa de llegar de la escena del crimen y se dejó caer cansado en el viejo sillón, se abrió la parte superior de la camisa para que entrara libremente el aire frío que partía de un viejo ventilador que producía un sonido añejo como si fuera esa su principal función. Cerró los ojos y después de algunos segundos, como quien despierta alarmado de una pesadilla, cogió una toallita húmeda y se limpió la cara, el cuello y finalmente las manos, no le pareció suficiente y volvió a repetir la operación. Desde que se había hecho cargo de la comisaría de José Leonardo Ortiz por vacaciones del comisario su vida se había vuelto bastante agitada, usaba toallitas de papel constantemente como complemento del aseo personal por que el calor del verano sumado a la permanente presión por lo que acontecía en la comisaría le hacían sudar demasiado, podía terminar una caja de toallitas húmedas en dos o tres días.
Un par de horas antes, el jefe de la sección de investigaciones, el
capitán “Pelao´ le había llamado cuando apenas comenzaba a almorzar. La sección
de investigaciones la conformaban diez efectivos que trabajaban en dos grupos,
todos al mando del capitán “Pelao”, era la única sección en donde sus hombres
se llamaban por sobre nombres; se había producido un asesinato, en un intento
de asalto donde había perdido la vida el empresario ganadero Bínder Aranda,
conocido en la jurisdicción, el empresario participaba constantemente en las
actividades de la comisaría, y era muy estimado en la quinta Richard, lugar
donde los martes y viernes se realizaba una feria agropecuaria a donde llegaba
ganado de toda la región norte para un mercado notoriamente activo.
Salió casi corriendo asegurándose de llevar consigo su inseparable
agenda en la que lucía el monograma de su institución, no sin antes pedirle a
la señora de la cafetería que le guardara su almuerzo y se dirigió al lugar.
Cuando llegó le alegró ver que los que acompañaban al capitán en esa
intervención eran los sub oficiales conocidos como “Negro” y “Bareta”.
Desde unos meses antes, cuando llegó a la comisaría como jefe de la
oficina de participación ciudadana y de la sección de tránsito, se dedicó a
observar el desempeño de cada uno de los efectivos con la finalidad de
identificar a aquellos que tenían un comportamiento cuestionable para
cambiarlos a puestos lejos del contacto con el público, durante esta
observación había apreciado que los efectivos “Negro” y ”Bareta” eran honestos,
confiables y tenían un rendimiento sobresaliente.
Se bajó del patrullero muy cerca de una camioneta pick up, blanca, con
lunas oscurecidas, bastante nueva, que se había metido a una zanja, el lecho de
una antigua acequia que había muerto de sed y que recorría toda la Avenida
Chiclayo; más que avenida era una trocha, polvorienta y con montículos de
basura pegada al suelo como si fueran garrapatas pegadas en la panza de un
animal muerto. En el asiento del conductor yacía el cadáver del empresario,
inclinado sobre su costado derecho, la camisa de color blanco estaba
completamente ensangrentada, se acercó lo suficiente para darse cuenta que
tenía un orificio de bala detrás de la oreja izquierda.
Pensó cómo la vida, mejor dicho la muerte se llevaba a una persona
joven, que demostraba tener una vitalidad que la mayoría envidiaba, con una
gran calidad para tratar a las personas y que sabía lo que quería en la vida.
Lo había conocido meses antes y habían comenzado a frecuentarse..
Sacó un cigarrillo y de la nada apareció el capitán “Pelao” ofreciéndole
la llama de su encendedor.
-
Cuéntame, qué
pasó, “Pelao”.
-
Fue un intento
de asalto, jefe, alguien se enteró que en la mañana estuvo en la Quinta Richard
buscando ganado fino para comprar con quince mil dólares, pero no compró
ninguno, parece que no encontró nada para su gusto, entonces el dinero lo tenía
encima, esperaron que saliera de aquella chingana para asaltarlo- dijo el
capitán mientras señalaba un chicherío de aquellos que abundan por la peligrosa
Avenida Chiclayo.
-
Lo estamos
averiguando, pero eso parece, porque según los testigos el choro fue de frente
a apuntarle y le gritó ¿Dónde están las quince lucas?, no le dio tiempo a nada,
pero el empresario intentó fugar y aceleró la camioneta que la estaba
calentando, el choro le disparó cuando había avanzado unos veinte metros, más o
menos desde donde está ese poste - señalando con la mano que cogía el celular
hacia el lugar - la camioneta siguió rodando hasta aquí en que se metió a la
zanja.
-
¿Tenemos
detenidos? - preguntó el comisario mientras le daba una aspiraba profunda a su
cigarrillo, que luego tiró, parecía que iba a pisarlo pero se arrepintió porque
quizás era innecesario en este lugar lleno de polvo, de aquel que con tan solo
mirarlo se pega a tu cuerpo.
-
Don Bínder
estuvo tomando con dos amigos, dos paisanos, están en el patrullero y los vamos
a llevar a la comisaría, ellos dicen que a eso de las once de la mañana se
encontraron con él en la Quinta Richard y los invitó a tomar un par de
cervezas, los trajo hasta este chicherío porque mencionó que había una
chiquilla que atendía y que le hacía ojitos.
-
¿Hace cuánto
tiempo ocurrió el crimen? - preguntó el comisario mientras abría la agenda que
lo acompañaba siempre.
-
Media hora,
minutos más, minutos menos, otra cosa jefe, nadie reconoce al choro, que usó
una moto no sabemos de qué color, y se fue con dirección a la Panamericana
Norte, o sea que por ahora ya lo perdimos.
Mientras el comisario escuchaba el reporte de su capitán había marcado
un número en su celular y se encontraba conversando con el fiscal para darle
cuenta de lo que había sucedido y coordinar las acciones siguientes. Apoyó su
agenda sobre la carrocería de la camioneta y comenzó a escribir mientras conversaba,
el capitán aprovechó también para llamar a la unidad encargada de las pericias
para que hicieran su trabajo especializado en el lugar del crimen, antes que
las huellas se contaminaran.
-
Toma nota
“Pelao”, ya hablé con el fiscal Céliz y ha designado a su adjunto García para
que siga el caso, ya conoces a ese huevón, hace complicada la chamba, tienes
que llamarlo para que levanten el cadáver lo antes posible, ahora mismo
comisiona un patrullero para que vaya a buscarlo y lo traiga. No olvides,
tiempo que pasa, verdad que huye.
-
Al toque jefe,
más bien, también me voy a llevar a las dos chicas que trabajan en la chingana
para ver qué se saca, hasta ahora no tenemos nada, ojalá que reconozcan a
alguien en el álbum - terminó de decir el capitán “Pelado”.
Después de asentir el comisario subió a su patrullero para regresar a la
comisaría. A esta hora el calor lo agobiaba y deseaba llegar pronto para
sacarse la ropa y meterse bajo la ducha esperando que saliera agua fría y no
tibia como acostumbra en esta época. El polvo de la Avenida Chiclayo lo había
traspasado, sentía sus articulaciones moverse con dificultad, le costaba
respirar libremente como si el polvo lo estuviera invadiendo poco a poco, se
angustió pero luchó contra este sentimiento y logró reponerse.
-
Ya no debo
fumar - le dijo al chofer del patrullero quien le dirigió una vaga sonrisa como
si no llegara a comprender el comentario.
El viaje de pocos minutos le pareció de horas, casi corriendo entró a su
oficina en la comisaría para bañarse pero decidió mejor refrescarse con el
ventilador y usar las toallitas húmedas, con este caso del empresario pronto
comenzarían a llegar los periodistas y las siempre agobiantes llamadas de sus
superiores, era mejor encontrarse alerta. Pidió que le trajeran lo que quedaba
de su almuerzo y atendiendo las noticias que pasaban en la tv a esta hora
terminó de almorzar.
A los pocos minutos entró a su oficina el capitán “Pelao”, con el rostro
sudoroso y cubierto de manchas de polvo como si sufriera de un vitíligo
multicolor.
-
Jefe, le cuento
- dijo casi gritando - Trajimos a las dos muchachas que trabajaban en la
chingana, al rato “Bareta” se dio cuenta que al frente de la comisaría,
disimuladamente la hermana del “Panetón”, un choro que creíamos plantado
preguntaba por una de las chicas, la “Pilar”, así que nos pusimos moscas y
revisamos su celular, tiene varias llamadas entre ella y el “Panetón”, dice que
conversaron sobre otras cosas pero que ellos no tienen nada que ver con este
homicidio. Se han recibido dos llamadas del “Panetón”, pero no hemos
contestado.
-
¿Y que tal si amenazamos
con detenerla a la hermana a ver qué sale? - preguntó el comisario mientras
hurgaba en su celular buscando un número telefónico.
-
¡Ya está, jefe,
ya la tenemos! - dijo “Pelao” mientras el rostro se le iluminaba como el de un
niño después de haber respondido acertadamente una pregunta difícil. Dice que
su hermano está tranquilo en su casa - continuó hablando el capitán,
visiblemente emocionado - no le dejamos usar el celular.
-
Vamos...vamos a
hablar con “Pilar”, a ver que más sabe - y ambos salieron de la oficina.
El comisario saludó a “Pilar” que estaba sentada en una de las sillas de
la habitación estirándole la mano y jalándola, obligándola a ponerse de pie, le
sorprendió verse frente a una mujer con rostro de niña, le preguntó por su
nombre y desde cuando trabajaba en aquella chingana mientras analizaba cada
palabra de su respuesta y cada movimiento de su rostro al pronunciarla.
Le soltó la mano mientras alevosamente paseaba su mirada por todo el
cuerpo de “Pilar”, su intención era incomodarla más de lo que seguramente se
encontraba y a bocajarro dijo, con un tono en el que no podía interpretarse si
era una interrogante o una afirmación:
-
Tu “centraste”
a don Binder para que lo asaltaran ¿No?.
La muchacha exhaló todo el aire que tenía, tanto que pareció encogerse
unos centímetros, luego en medio de un incontrolable llanto intentó dar una
respuesta pero solo pronunciaba palabras inentendibles.
El comisario salió del pequeño ambiente jalando al capitán del brazo.
-
Está metida
hasta los huesos ¿qué piensas?
-
Si jefe, ella
le soltó el dato al “Panetón” - contestó el “Pelao” - podemos aprovechar para
ir a canear al “Panetón”, si es cierto lo que dice la hermana ahora está en su
casa, seguro esperando noticias.
-
Creo lo mismo,
voy a llamar al adjunto del fiscal para que haga las coordinaciones con el juez
y pida el registro domiciliario y el descerraje. Por favor sácale la dirección
exacta a la hermana del “Panetón”.
Al rato el capitán volvió acompañado de los agentes “Negro” y “Bareta”,
quienes además del chaleco que los identificaba como policías llevaban un
chaleco antibalas y armamento, dispuestos a recibir las indicaciones de su
jefe.
-
Ese huevón de
García, el adjunto del fiscal, se caga de miedo - con rostro decepcionado
comentó el comisario - dice que mientras oficia al juez nos pueden dar las ocho
de la noche y es posible que hoy ya no se pueda hacer nada, lo cierto es que,
como siempre, se orina cuando tenemos
que trabajar finito, al borde de la legalidad.
-
Pero jefe, las
cosas tienen que hacerse calientitas - dijo el “Negro” paseando su mirada del
comisario al “Pelao”.
-
Es cierto, creo
que es cuestión de tiempo que la “Pilar” se quiebre, pero si nos demoramos el
“Panetón” se nos va - espetó el capitán.
-
Si, lo se bien,
por eso le he dicho a García que vamos a intervenir solos, si es positivo le
pasamos la voz al toque, sino, como siempre, es nuestro lío - señaló el
comisario mientras se acomodaba su chaleco antibalas.
Cuando llegaron a la casa de “Panetón” tuvieron que entrar subiendo por
el balcón, después de perder unos minutos tocando el timbre y golpeando la
puerta. Entraron primero el capitán, junto al “Negro” y “Bareta”; luego de unos
minutos abrieron la puerta para que pudiera entrar el comisario y otros
efectivos de apoyo.
Cuando el comisario subió al segundo piso encontró a “Panetón” con los
grilletes puestos y sentado en un apestoso sillón frente a un enorme y moderno
televisor en el que una cadena internacional transmitía fútbol europeo. El delincuente
lo identificó y solo agachó la cabeza, juntando su mentón al pecho. Mientras el
capitán y su equipo de apoyo revisaban el departamento en busca del arma
homicida o de alguna evidencia que relacione al delincuente con el crimen, el
comisario miraba desde un lugar en el que tenía todo el escenario bajo su
visión, durante este tipo de intervenciones tenía dispuesto que solo podían
hablar con los intervenidos los efectivos de investigaciones a cargo y sólo
ingresaban los previamente designados. Ajustó en treinta minutos el
temporizador de su celular, pues consideraba que de ninguna manera esta
intervención podía exceder ese tiempo. Se sintió muy contento cuando vio que
los efectivos designados realizaban un registro meticuloso y ordenado,
levantaban libros, revistas, revisaron concienzudamente el tacho de basura,
detrás y debajo de los artefactos, de la sala, luego pasaron a uno de los
dormitorios, el baño, parecían cubrir todos los rincones. Los otros pisos del
edificio eran ocupados por otras familias que no tenían nada que ver con el
delincuente, resultaba innecesario intentar un registro en alguno de ellos.
Ensimismado en sus pensamientos, lamentando la falta de identificación
del adjunto del fiscal con la labor policial, cuando hubiera sido fácil, con
las pruebas que se tenían, las llamadas telefónicas entre “Pilar” y “Panetón”,
pedir, sino la detención, por lo menos el examen de absorción atómica para este
último, pues así se sabría si había disparado un arma de fuego recientemente.
Es lo que le propuso a García pero éste,
argumentando que el juez podría rechazarle el pedido por carecer de pruebas
contundentes, prefería que se reúnan más evidencias poniendo en peligro la
flagrancia y la investigación entera. En sus oídos escuchaba las palabras al
despedirse, del adjunto, que le sonaban a sarcasmo “...recuerde comisario,
primero se debe investigar para detener, es mejor tener quinientos culpables en
la calle que un inocente detenido”.
Salió de sus cavilaciones cuando el capitán “Pelao” le dijo muy cerca al
oído:
-
Jefe, el
“Panetón” se sigue negando, no se deja convencer, le hemos dicho que “Pilar” ya
lo echó pero dice que todo es mentira, que solo la llamó para ponerse de
acuerdo a qué hora se iban a encontrar. Definitivamente están jugando en pared,
tendremos que dejarlo y ver si la costilla se ablanda - refiriéndose a “Pilar”.
El comisario miró su teléfono y todavía le faltaban seis minutos para
que sonara la alarma del temporizador. Se quedó pensando un rato, mirando hacia
ningún sitio, el capitán pudo percibir en sus ojos ese cansancio que él también
había sentido cuando después de tanto trabajar, alguna leguleyada o viveza de
un abogado deshonesto, forzaba la liberación de un delincuente culpable o se
anulaba todo lo investigado; pero casi en seguida lo vio tomar aire y recuperar
el brillo de esa mirada que siempre le había parecido que transmitía sabiduría,
paciencia y esperanza.
-
“Pelao” - le
dijo, tomándole del brazo - métete al baño solapa y desde allí me llamas y me
sigues la corriente - mostrándole su celular.
El capitán, sin mirar a nadie y muy disimulado se fue al baño, el
comisario esperó unos segundos y se acercó al sillón en donde estaba sentado y enmarcado
el “Panetón”.
Su teléfono celular comenzó a timbrar, lo miró, apagó el temporizador
pues estaba a punto de hacer la última jugada pero lo dejó timbrar hasta estar
seguro que “Panetón” le prestaba atención, entonces contestó.
-
¡Aló!, si, hola
compadre ¿Qué hay?...Ah ya...ya se fue a su casa...toma nota del diagnóstico y
cítalo para mañana a las diez en la comisaría…¿Era grave?...entiendo…¿Sólo tres
puntos?...Okey...cualquier cosa me avisas.
Apagó el celular y pasó por delante del delincuente que sudaba
copiosamente y como quien no quiere le comentó:
-
Ya le dieron de
alta a don Bínder Aranda - y continuó caminando lentamente.
La cara de “Panetón” cambió, ahora era la viva imagen de la perplejidad,
tenía la mandíbula desencajada y la boca abierta. Balbuceante exclamó:
El comisario, sin despegar sus ojos de su celular, forzando una sonrisa
que tenía mucho de sorna, evitando mirarle a los ojos le contestó:
-
¿Muerto?...¡para
nada! Ni siquiera es grave como esperaba, le han puesto tres puntos y ya se fue
a su casa, yo que pensaba canearte por lesiones graves ahora solo te tengo por
disparar, porque seguro que vas a dar positivo después de la absorción atómica,
ojalá no encontremos el arma porque sino tendríamos que canearte sólo por
posesión de armas y por eso te dan suspendida o sales entre dos o seis meses -
enseguida le dio la espalda.
No había caminado ni tres pasos cuando escuchó la voz de “Panetón” que
le decía:
-
Jefe, busque en
el baño debajo del bidón azul.
Caía la noche cuando el comisario con el adjunto del fiscal regresaban
en un patrullero a la comisaría, sobre la agenda que descansaba en sus
rodillas, en una bolsa de plástico debidamente lacrada llevaba una pistola, la
que había servido para asesinar a Bínder Aranda. La encontraron escondida, bajo
una loseta del piso del baño que había sido acondicionada para este fin. La
tranquilidad de tener un caso resuelto le habían disipado esa especie de
angustia que lo cubría tanto como el polvo de la avenida Chiclayo, prefirió
mirar las luces de la noche que ya se cernía sobre toda la ciudad.
A su lado, García, el adjunto del fiscal, tomó su celular y comenzó a
llamar.
- ¡Aló…! Doctor
Céliz...como le dije, ya tenemos toda la documentación para la detención del
“Panetón”, lo estamos llevando a la comisaría, creo que si no respondíamos con
velocidad no lo hubiéramos logrado, ¡Nooo… doctor, no tiene nada que
felicitarme, son nuestras obligaciones que con gusto atenderemos siempre…!
Hasta luego.
El comisario, apretó la agenda y la bolsa con la pistola incautada al
homicida sobre sus rodillas, luego se persignó y muy despacito dijo
-
Que Dios le de
paz a tu alma amigo Bínder y a tu familia resignación. Y que me libre de mi
mala suerte.