Parecía
dormir sobre mis rodillas como si hubiera recuperado la confianza que me tenía,
cada cierto tiempo entreabría uno de sus ojos para cerciorarse de que todavía
seguía allí. El matiz de grises que cubría su cuerpo parecía haber perdido la
claridad que tenía. Era joven, recién había cumplido cinco años, estoy
consciente de que los gatos pueden vivir de doce a dieciséis años en cautiverio
así que espero que este decaimiento que se le nota pronto desaparezca. Habíamos
llegado del veterinario unos minutos antes, donde estuvo cuarenta y ocho horas
en observación, los análisis no le encontraron nada malo pero le diagnosticaron
una depresión que posiblemente pronto le pasaría. Por supuesto que esta
depresión se la había contagiado yo.
Lo saqué
de la canastilla porta gatos y aunque esperé encontrarlo molesto como en otras
ocasiones en que ni bien se sintió libre corría hacia el interior de la casa,
resentido conmigo y se escondía por algunas horas hasta que el hambre lo
obligaba a venir hacia mi, ahora, parecía no querer moverse, así que me acomodé
en el sillón que le gustaba, prendí la televisión, puse Animal Planet que tanto
le atraía, lo eché sobre mis rodillas y comencé a acariciarle el lomo.
-
¿Qué pasó,
Pumita? ¿Te duele algo? ¿No tienes hambre?...
El gato,
movió sus orejas hacia atrás, clara señal de que estaba atento, cerró sus ojos
y se reacomodó en mis rodillas con la clara intención de no moverse.
Mientras
esperaba que el animalito pronto atendería la televisión me puse los audífonos
conectados a mi celular y escogí mi lista de canciones para aquellas ocasiones
en que hago viajar mi mente entre mis recuerdos con la certeza de que ésta música
estimula mi memoria.
Sigo
acariciando a Espuma, que es su nombre, mientras veo lo esplendoroso de las
rayas y figuras grises en diferentes tonalidades que adornan todo su cuerpo a
excepción del pecho y vientre, donde el color es uniformemente gris claro, como
el polvo de ceniza que queda en el cenicero después de una noche de
cigarrillos.
Parecía
ayer cuando hace cinco años cruzando el parque más cercano a mi casa escuché
los maullidos desesperados de tres gatitos abandonados dentro de una caja de
zapatos, el cartón de la caja se había humedecido y los animalitos temblaban
por el frío que la humedad les transmitía, los saqué de la caja y los puse
dentro del bolsillo tipo canguro de la polera que llevaba y los traje a casa.
Recuerdo la fecha, era ocho de julio; cómo no recordarlo si el día anterior
había salido por primera vez con Fabiana y eso me tenía contento, aunque aquel
día, como casi todos los días de ese julio, fue lluvioso y frío, ese invierno
llegó con muchas semanas sin un rayo de sol.
Los llevé
a casa y al día siguiente fueron el pretexto perfecto para invitar a Fabiana a
conocerlos, ya en ese tiempo vivía solo, casi enclaustrado, detrás del sueño de
convertirme en un escritor, aunque hasta ahora sigo escribiendo cuentos que
casi nadie lee, entonces sólo éramos amigos aunque era evidente mi interés por
ella; mi primera intención fue deshacerme de los tres gatitos, regalarlos, pero
fui fácil de convencer cuando me propuso que me quedara con el último en ser
adoptado, los dos primeros en irse fueron dos hembritas multicolor, tenían
pelaje blanco, marrón, negro y gris en combinaciones diferentes pero perfectas,
también tuve que mentir diciendo que las tres eran hembritas, cuando lo cierto
es que uno era macho, Espuma.
El
nombre también se le ocurrió a Fabiana, era un juego de palabras evidente que
me convenció.
Con los
ojos cerrados acaricio el lomo del gato deprimido mientras en mi mente se
dibuja la figura del pequeño gato tierno y juguetón de sus primeros meses.
Apenas
se decidió que se quedaría en casa me organicé de la forma que me pareció la
correcta. Compré una cama y algunos accesorios para gatos, como un tronco
forrado de cuerdas para que pudiera afilar sus uñas, una bandeja especial que
llenaba con cinco kilos de arena para que hiciera sus deposiciones y que al
principio religiosamente cambiaba cada treinta días, un equipo para su comida y
algunas pelotas de goma. Con el tiempo descubrí que la arena debía cambiarla
antes, cuando Espuma así me lo hacía saber, el animalito dejaba de usar la
bandeja y hacía sus necesidades en el techo y solo regresaba cuando cambiaba la
arena. Lo bañaba una vez al mes pero en el verano era a veces cada semana,
parecía gustarle el agua y lo primero que hacía después del secado era
arrastrarse en el jardín.
Le
enseñé algunos trucos básicos como acompañarme durante las comidas sentado en
una silla, sin subirse a la mesa, aprendió a arrastrar su plato por el suelo de
la cocina cuando tenía hambre y le asigné su lugar en la sala, sobre un tapete
especial que llevaba su nombre, que renovaba cada seis meses y siempre del
mismo color. Aprendió a respetar mi dormitorio, aunque hacía resistencia
acompañándome unos minutos después que me acostaba, nunca lo dejé que durmiera
en mi cama. Cuando nos sentábamos a ver televisión y no le gustaba lo que veía
me miraba fijamente hasta que cambiaba de canal, comenzaba a zapear y cuando
entrecerraba los ojos, como si quisiera ver mejor, me detenía pues entendía que
eso era lo que le gustaba. Las veces que se me daba por escuchar música me
sentaba al lado del equipo y el animalito comenzaba a ronronear frotándose en
mis pies, entonces lo subía a mi lado o sobre mis rodillas y lo convertía en
oyente obligado de mis peroratas largas sobre lo que me había pasado en el día,
los problemas que traía en la cabeza o sobre mi incipiente vida amorosa. Me
miraba atentamente moviendo las orejas al ritmo de mi conversación y para mi
era una clara señal de que comprendía lo que le decía.
Había
leído sobre los gatos para entenderlo y criarlo de la mejor manera, así supe
que era territorial y que los lugares que yo le había enseñado en realidad él
los había elegido, supe que cuando oliera una gata en celo lo más probable era
que se desapareciera por días, nunca se desapareció más de tres.
Cuando
llegaba a casa me esperaba detrás de la puerta, antes de abrirla a propósito
hacía tintinear mi manojo de llaves y él empezaba a maullar del otro lado.
Sabía que cuando salía de casa con un tipo de ropa era para ir a comprar y
regresar pronto, entonces me seguía hasta unos cien metros de la casa y se
escondía debajo de los carros hasta que regresara, cuando iba trajeado rumbo al
trabajo simplemente no me prestaba atención y se dedicaba a lo suyo.
Así
vivimos felices durante poco más de un año, casi con rutinas marciales y
acomodadas a mi ritmo de vida, parecía encontrarse cómodo y perfectamente
adaptado.
A los
dos meses que Fabiana conoció y bautizó a Espuma nos hicimos enamorados, así
que ella lo vio crecer aunque no muy de cerca, pues más frecuentaba yo la casa
de ella, al año decidimos dar un paso más y ella se vino a vivir conmigo.
Y desde
entonces Espuma comenzó a convertirse en otro. Empezó a olvidarse de las cosas
que había aprendido conmigo y aprendió otras, las que le enseñaba Fabiana,
cuando yo llegaba primero a casa, que era casi siempre, a el no le interesaba,
ya no me prestaba atención, pero cuando ella llegaba la recibía maullando de
alegría y parecía querer hablar cuando le acariciaba.
Fabiana
es una mujer bastante atractiva, inteligente e irreverente, era todo lo
contrario a mi, quizás por eso nos habíamos enamorado, ante la posibilidad de
aprender el uno del otro. No le gustaba la cocina y yo me divertía cocinando,
yo podía amanecer viendo televisión y ella solo miraba un poco de algún
noticiero y listo, a pesar de esto estaba al día con los acontecimientos y la
política, quizás porque su trabajo le exigía horas de investigación en
internet. Ella era muy romántica cuando escuchaba música, a mi me parecía que
exageraba pues le gustaba Arjona, en cambio yo prefería escuchar rock,
merengues, salsa, cumbias y hasta música urbana; yo era formal no solo para
vestirme sino en mis actividades sociales, ella era más bien despreocupada pero
nunca dejaba de lucir sensual hasta atrevida, tenía unos modales muy suaves y
encantadores pero mundanos, su conversación era muy agradable y siempre
interesante, a ambos nos gustaba la lectura, ella prefería a Shakespeare, Hesse
y Süskind yo me quedaba con Lovecraft,
Asimov y Vargas Llosa; finalmente terminábamos intercambiando lo que leíamos y
nos entregábamos a interminables comentarlos y discusiones.
Era
difícil no enamorarse de una mujer decidida, que camina con la actitud de quien
va por la vida para reclamar lo que le corresponde, por lo que merece, sin
pedir permiso para ello y que además era bella.
Y Espuma
no era la excepción.
Me di
cuenta que cuando Fabiana estaba en casa Espuma andaba detrás de ella,
maullando para llamar su atención hasta que lo conseguía y terminaba su
esfuerzo en unos “piojitos” que le ponían el pelaje esponjoso o en caricias a
su lomo que convertían su cola en una especie de gancho de carnicero que se
movía al ritmo de las caricias. La seguía por toda la casa incluso al baño,
parecía su sombra, esperando que ella se sentara para treparse de inmediato
sobre sus rodillas.
No comía
si Fabiana no le preparaba el plato y después de terminar corría hacia los
tobillos de ella para frotarse y mostrarse así agradecido, aprendió a dormir en
nuestra cama y preferentemente se colocaba entre ambos, como si fuera un
primogénito deseado, no se levantaba mientras no lo hacía Fabiana.
Cuando
deseábamos intimidad, al principio ella lo engañaba metiéndose al baño y
saliendo antes para dejarlo encerrado hasta que se dio cuenta del engaño y aprendió
a salir entre sus piernas, entonces, tuve que ser duro con él y hacer lo único
que quedaba, lo cargaba y lo encerraba en cualquier habitación. Cada que hacía
eso recibía una mirada penetrante y profunda, con las orejas hacia atrás que
interpretaba como si quisiera decirme “...ya vas a ver”.
Muchas
veces, cuando nos poníamos románticos, lo sorprendí mirándonos como si esperara
el momento para saltar sobre nosotros, si dejábamos de prestarle atención por
mucho tiempo nos lo recordaba, primero pasando suavemente sus uñas por nuestros
pies, como un león jugando con su comida, luego maullando y frotándose contra
nosotros.
Fabiana
también tuvo el efecto de desaparecer todos los rastros de disciplina en
Espuma, hacía lo que quería y me dejaba entender que lo que quería era estar al
lado de ella sin que yo los interrumpiera; por supuesto que yo lo tomaba todo
de la única forma correcta, de buen humor.
No se
porqué mi relación con Fabiana terminó de improviso, hasta ahora no entiendo
cómo tan rápido ella me sacó de su vida y la reinició al lado de otro. Siempre
lo tuve claro, yo no la elegí a ella, ella me escogió para acompañarla en esta
parte de su camino hacia el éxito, quizás como quien suma experiencia y
entonces le correspondía a ella también la decisión de terminar cuando
quisiera. Yo, profundamente enamorado tendría que aprender a superarlo, se que
es difícil olvidar a alguien como ella, todavía no lo asimilo y me aterra
pensar cuánto tiempo se quedará en mi.
Han
pasado cuatro meses de su partida pero parecen muchísimos más, la casa ha
envejecido unos veinte años, Espuma unos diez y yo no sé cuántos.
Tengo la
sensación de que mi tristeza, mi melancolía, la constante evocación de
recuerdos de momentos al lado de Fabiana se la he contagiado a Espuma, lo que
no sé es si él tendrá más o menos fortaleza para superarlo porque yo siento que
estoy perdiendo, los días se me hacen difíciles sin ella. Después que se fue recordé
sus palabras “la vida tiene que continuar y de amor nadie se muere”, todo sería
cuestión de proponérselo pero por ahora casi no duermo y mis pensamientos solo
se los dedico a ella.
¿Dónde
estás? ¿Con quién estás? ¿Quién contestará mis preguntas? me sorprendí preguntándome en voz alta,
Espuma no pareció inmutarse o quizás no le interesaban las respuestas porque
seguía inmóvil sobre mis rodillas.
-
¿Qué pasa
amigo, la extrañas mucho? Tienes que superarla, no será la primera ni la última
chica en tu vida - le dije.
¿Se dará
cuenta que le estoy mintiendo? ¿Podrá intuir lo que estoy sufriendo? ¿También
tendrá la certeza de haber perdido lo mejor de su vida como la tengo yo? Sentí
temblar levemente el cuerpo del felino, como si me respondiera afirmativamente.
Me
propuse reanimarlo, busqué en el teléfono la foto más reciente que tenía de
ella, una que bajé de su perfil antes que me bloqueara, me había bloqueado
hasta de su agenda telefónica, era imposible saber de ella y eso me
desconcertaba y me llenaba de ansiedad, esta realidad sin ella no la había
imaginado nunca. Encontré la foto, se le veía feliz al lado de él ¿Sería su
nuevo amor, un amigo o quizás un familiar? lo que fuera lo envidiaba porque
podía disfrutar de su sonrisa. Estaban sentados en lo que parecía una mesa de
un jardín, se podían ver los árboles, los cabellos negros cruzándole la cara
evidenciaban el viento cuando corre en espacios abiertos, ella tenía en una
mano una copa de vino y con la otra sostenía una gata. Definitivamente era una
gata porque la habían acicalado y llevaba puesta una corbatita al cuello de
color rosado.
Agrandé
la imagen y se la enseñé a Espuma.
-
Mira Pumita,
ella siempre estará bonita.
El gato,
aparentemente con mucho esfuerzo, irguió un poco la cabeza y abrió los ojos,
miró la foto y me di cuenta que sus ojos se humedecieron, se volvieron
vidriosos, tiró sus orejas para adelante como jamás le vi hacerlo y volvió a
acomodarse en mis rodillas con la misma paciencia con la que lo hacen los que
perdieron toda esperanza y ya nada les importa.
Me sentí
miserable porque me parecía que le había hecho pasar un momento innecesario,
innoble, teniendo en cuenta que recién regresaba del veterinario y que seguía
enfermo.
-
Pumita dime ¿Si
sabes que te estoy mintiendo? ¿no? todavía la extraño y no te imaginas cuánto.
Me quedé
en blanco unos minutos tratando re recordar los momentos más felices de mi vida
sentimental; y, de pronto tuve una horrible sensación, me dieron ganas de
llorar pero preferí no hacerlo, no por valiente sino porque nunca me atrevería
a aceptar la causa de mis lágrimas, no podría zanjar si la pena profunda era
por Fabiana o por el cuerpo inmóvil y helado que sentía bajo mi mano.
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