Libertad. Siento que la
estoy perdiendo en medio de este trabajo agitado, los estudios nocturnos y las
responsabilidades con la lejana familia, mis espacios se han ido reduciendo y
todo el tiempo que antes tenía para dedicarme a la libre lectura de mis autores
favoritos pues ahora lo tengo que dedicar a la lectura especializada de una
serie de autores que ni sabía que existían hasta antes de complicarme la vida
con esta maestría.
Qué lejanos están aquellos
días de la universidad, aquella etapa de mi vida a la que considero la mejor,
no pensé que me resultaría tan fácil pasar por la universidad, menos en esta
carrera, investigación operativa, fueron diez ciclos cursados sin mayores
dificultades y con notas sobresalientes. Claro que la importante ayuda de mi
novio fue muy significativa, él era un ingeniero industrial con muchos
pergaminos, me llevaba doce años, pero su vitalidad y jovialidad reducían
significativamente esta distancia. Lo tuve que cancelar porque sentía que esta
relación era muy limitante para las aspiraciones de cada uno de nosotros.
Con veintitrés años de edad,
la mujer más joven que ha pasado por esta maestría, me he convertido en el
amuleto, la mascota de este grupo de personas adultas, entre 40 y 60 años que
ahora son mis compañeros de aula.
Desde que salgo de casa
llevo la preocupación de los estudios nocturnos, de seis a diez de la noche
como cualquier maestría para gente que trabaja. El horario de la oficina
termina a las cuatro, me deja dos horas para llegar a clases, pero éstas casi
siempre empiezan cerca de las siete, entonces me tomo una hora completa,
después de la oficina para terminar las tareas y revisar las clases de la
maestría. Mi hora de meterme al sobre, era casi siempre a las once y media de
la noche, con la maldita costumbre de leer antes de dormir. Ahora, no puedo
acostarme antes de terminar o dejar a punto las tareas de la maestría, siempre
conservando la costumbre de la lectura, nunca después de las dos y media, pues
con tres horas tengo para mantenerme en vigilia todo el día.
Hoy es sábado y llegué a
casa después de terminar un trabajo grupal con los compañeros de estudios, son
cerca de las once, solo pienso en sacarme la ropa que a esta hora pesa, sobre
todo el bra push up y darle plena libertad a mis pechos, hasta terminar en trusa.
Después de acomodar la ropa sucia y planear lo que usaré al día siguiente
recién me pongo un camisón de algodón que me sirve de pijamas. Me preparo algo
de comer.
Llevo unos días releyendo
“El mundo de Sofía” de Jostein Gaarder, es que tengo un curso de deontología y
creí oportuno refrescar algunos conceptos filosóficos, después que en el primer
control todos salimos desaprobados pues el profesor nos preguntó sobre historia
de la filosofía. No creo que exista una mejor manera de hacerlo.
Así que cogí el libro y a
darle hasta que el sueño lo permita.
“Sofía se sentía aturdida.
¿Cómo podía ese hombre misterioso estar, de repente, en la Atenas de hace 2,400
años? ¿Cómo era posible ver una grabación en video de otra época? Naturalmente
Sofía sabía que no había video en la antigüedad. ¿Podría estar viendo un
largometraje? Pero todos los edificios de mármol parecían auténticos… Tener que
reconstruir toda la antigua plaza de Atenas y toda la Acrópolis sólo para una
película resultaría carísimo. Y sería un precio demasiado alto sólo para que
Sofía aprendiera algo sobre Atenas”.
Lo primero que me llamó la
atención al despertar era el brillo del sol entrar por la ventana, era un sol
diferente. Vamos, la ventana, las paredes, el piso, todo era diferente. La
ventana era una abertura trapezoidal sobre la litera de piedra en la cual
dormí, el salón era amplio, escasos muebles, se reducían a sillones con
coderas, otros solo banquillos, todos de piedra. Un pedestal sobre el que se
ubicaba un gran cuenco tallado en piedra con agua. La impresión de despertarme
en un lugar tan diferente al que me acosté me llenaba de curiosidad más que
miedo. Me levanté despacio y caminé hacia la puerta como hipnotizada.
Ahora si mi curiosidad se
convirtió en algo de temor. ¿Cómo no temer si había reconocido frente a mi el
templo de Atenea?
Quede sobrecogida pues no
encontraba explicación a este fenómeno.
Me revisé y todavía tenía el
gran camisón que me puse al acostarme color rosado sin ningún estampado y que
me llegaba hasta las rodillas.
Respiré profundo, la brisa
marina que venía de una playa que no lograba divisar era tan fresco y con un
aroma muy agradable pero desconocido para mi.
Extendí mi mirada y quedé
sorprendida, estaba el Partenón tal cual lo había imaginado alguna vez, tenía
una majestuosidad y belleza que era difícil quitarle la mirada. Definitivamente
estaba en Atenas.
Comencé a bordear el
edificio donde había despertado y me di cuenta que era la Acrópolis. En mi
recorrido reconocí el anfiteatro, en cuya tribuna unos adolescentes con el
torso desnudo parecían recitar poemas.
Era increíble lo que me
estaba pasando.
Al completar la vuelta y
reingresar por la puerta que había salido me di cuenta que estaba atravesando
los propileos, la mayor puerta de este edificio.
Volví a entrar y entonces
recién advertí que había cuatro varones vestidos con túnicas blancas que se
diferenciaban por los ribetes que llevaban. Me acerqué a ellos y solo el más
joven me prestó atención, los otros, mayores siguieron conversando como si no
existiera.
Puse atención sobre lo que
discutían y me di cuenta que estaba en una conversación filosófica, reconocí a
Platón y Sócrates, pues así los llamó el más adulto de todos, que luego supe
que era Critón y por fin alguien llamó por su nombre al cuarto y resultó ser
Euclides.
Me dediqué a escuchar
atentamente la discusión.
Estaban buscando la mejor
forma de graficar en un dibujo la vida y cada uno tenía una posición que
defendía y justificaba con argumentos que me parecieron sólidos.
En el medio de la
conversación, el más joven, Platón, me miró y me peguntó cómo me llamaba y que
hacía allí. Le dije llamarme Alessia y que estaba de paso.
-
Qué extraña tu ropa –
alcanzó a decirme antes de voltear y continuar en su discusión como si no
existiera.
Me sentí extasiada ver
discutir a estas eminencias filosóficas, cada uno tenía una idea descabellada
para intentar representar la vida en un solo gráfico. Sócrates había planteado
un dibujo como un camino y luego poner algunos obstáculos en forma de piedras,
para representar las dificultades de la vida, Platón estaba de acuerdo pero
decía que este camino debía estar pegado a un río, el río en algún momento
podía invadir el camino, pero el camino no podía invadir el río. Para el, el
río era la vida misma y el camino el destino de una persona. Critón decía mas
bien que la vida eran muchos caminos, cada uno de ellos una empresa que
emprendías, los caminos cortos eran los fracasos y los largos los éxitos de la
vida, por eso, la figura más representativa era un gran bosque atravesado por
muchos caminos que terminaban en ningún lado. Euclides decía que la vida era
fácil de representar como una planta, las raíces eran la base moral e
intelectual de la persona y de acuerdo a esta el tallo podía ser endeble como
un carrizo o fuerte como un abeto, así, cuando se acababa la vida, el tronco
del abeto podía quedar mucho tiempo de pie, porque sus raíces lo permitían.
Era una discusión bastante
apasionada, cada uno ponía un punto de vista que parecía ser razonable sin
embargo era rebatido por los otros tres. La emoción con la que discutían hacía
muy curiosa la escena, sus exposiciones eran serias y apasionadas pero nunca
llegaba alguno a perder la compostura, se notaban personas con un control
absoluto sobre sus emociones, pero era indudable que el calor de la discusión
iba en aumento. Y de todos Sócrates parecía estar a punto de perder la
paciencia.
Viéndolos más detenidamente
me di cuenta que tras la ligera túnica todos tenían cuerpos musculosos y bien
cuidados, se notaba que, o hacían ejercicios o la naturaleza había sido muy
generosa con los cuatro. Si alguno de ellos me hubiera coqueteado seguro que
hubiera caído rendida a sus pies.
Poco a poco fui acercándome
a ellos, que se encontraban ahora de pie, trazando con un pedazo de carbón
sobre una especie de pizarrón hecho de cuero, con un marco de troncos rústicos.
Trazaban las ideas sobre el y luego las borraban con un paño humedecido. Tan
ensimismados estaban ahora en esta discusión que no les importaba mi presencia.
Poco a poco me había acercado al grupo, aprovechaba para rozar el brazo o el
cuerpo de cada uno, como para salir de dudas que esto estaba ocurriendo. Tanto
roce me estaba subiendo la adrenalina y ya comenzaba un fandango hormonal en mí.
Sorpresivamente Euclides me
miró y dijo:
- ¿Y que opina Ud jovencito?
- En realidad jovencita, maestro – le corrigió Platón – y
se llama Alessia.
- Una niña, al parecer foránea, no recuerdo haberla visto
en Atenas – terció Critón.
- Ah, una niña – dijo Sócrates – Creo que una niña no tiene
la posibilidad siquiera de plantear una solución a este problema. ¿O si? – se preguntó
con un mohín que tomé como reto.
- René… - alcancé a decir, pues tuve la intención de
referirme a René Descartes, tuve que cambiar sobre la marcha pues advertí que
una referencia así era impropia puesto que Descartes nacería siglos después.
- Rene…goncito, había resultado usted – dije muy entrada en
confianza mientras los otros tres ocultaron con dificultad sus risas.
Y
comencé con mi punto de vista, muy segura de mi. De pronto se me ocurrió una
idea sencilla de cómo graficar la vida.
Tomé
el paño húmedo y borré todo lo escrito en el bastidor de cuero que hacía de
pizarrón. Más de uno quiso detenerme.
Tracé
dos líneas, una vertical y otra horizontal, el primer cuadrante de un plano
cartesiano, y les dije:
- La vida es esta línea – señalando la línea de las abscisas
– empieza en la unión con la línea transversal – refiriéndome a las
coordenadas.
Noté
que había logrado la atención de todos con mi actitud. Y seguí.
- Este punto, denominado el 0,0 significa el nacimiento, el
inicio de la vida, y hacia la derecha el crecimiento, para este caso anual.
Entonces anotaremos cada año de vida en esta misma línea. 1,2,3, y así hasta el
momento de la muerte, si la persona muriera, por ejemplo a los setenta años,
tendríamos en esta recta setenta segmentos del mismo tamaño, uno por año. Es
una línea de tiempo.
- Caramba – se apuró en decir Euclides – es una idea
original y sabia, me asombra su simpleza. En una sola línea quedan registrados
el nacimiento y la muerte, muy interesante.
- Sin embargo, para lo que queremos graficar no nos sirve –
remarcó vidrioso, Sócrates - ¿Cómo
estarían registrados los eventos más importantes de la vida?, ¿El amor, las
alegrías, los sufrimientos, los triunfos y todo aquello que es necesario
registrar de nuestras vidas?.
- Si, maestro, sobre todo el amor – se apuró en decir
Platón.
No
puedo decirlo ahora pero en ese momento las respuestas a estas preguntas
brotaron de mí como si las hubiera preparado, entiendo que podría ser por mi
experiencia profesional y mi dominio sobre las matemáticas.
Alcancé
a pensar también que intuía de dónde venía el interés de Platón por el amor, si
a él le debemos el concepto de amor platónico.
- Si queremos graficar el amor lo que tenemos que haces es
dibujar unas líneas paralelas sobre la línea de la vida, – dije - por lógica la
línea del amor debe ser más corta que la vida, incluso alguien podría tener más
de una de estas líneas. Tantas como amores haya tenido. Y podría ser necesario
que en el mismo lapso de tiempo se registren dos líneas, ¿acaso no hay personas
que pueden amar a más de uno?
En
seguida comencé a registrar sobre la línea de la vida algunas líneas que
graficaran el amor, conforme lo estaba concibiendo.
- Si, es cierto, esta forma es representativa, pero ¿Cómo
graficaría los momentos de felicidad por ejemplo? – volvió a preguntar
Sócrates.
Puta
madre, filósofo tenía que ser me dije.
Y
se me ocurrió casi al instante.
- Para los momentos de felicidad debemos precisar primero
que la felicidad en la vida no puede ser continua, no existe un estado de
felicidad permanente, la felicidad son pequeños momentos, unos instantes, pero
son tan gratos que su sensación la hacemos duradera porque nos gusta. Por eso
que para graficarlos podemos usar puntos – me sentí una genio explicando esta
nueva teoría – y para hacerlo más representativa estos puntos podrían ser de
colores, un color para las alegrías causadas por el amor, rojo por ejemplo,
otro color para las alegrías ocasionadas por los amigos y la familia, y así
podríamos registrar nuestros momentos felices.
Parecía
que ninguno respiraba, su atención era absoluta a lo que iba diciendo.
- Entonces – agregué - ¿se imaginan lo colorido que sería
graficar la vida de las personas felices y lo sombrío de aquellos que no la
conocen o no la han conocido nunca?
- Y…¿Si quisiera graficar un hecho resaltante en mi vida
cómo lo haría?, por ejemplo el nacimiento de un hijo – preguntó Platón.
Respiré
profundo y exhalé con lentitud, meditando la respuesta que daría, esto no se me
había ocurrido así que la respuesta tendría que ser ingeniosa.
- Un hecho notable en la vida tiene que ser bueno o malo –
apunté – si es bueno, al igual que la felicidad lo anotarás como un punto de
color, si el hecho es mucho más duradero, como por ejemplo un cargo público,
puedes trazar una línea paralela similar a la del amor, pero acá lo interesante
es que debes usar un color, por ejemplo el negro, para los hechos nefastos o
malos. Y con colores vivos para hechos que son dignos de recordar y tener
presentes siempre. De esta manera, con sólo mirar los colores del gráfico de
vida de una persona sabremos si es o fue feliz o por el contrario es una
persona infeliz o fracasada.
Comenzaron
a aplaudir, no alcanzo a identificar quién fue el primero, pero todos lo
hicieron contentos, como era previsible Sócrates parecía hacerlo por compromiso
o por no defraudar a sus discípulos.
Ne
sentí importante como jamás en mi vida.
Se
me escarapeló todo el cuerpo.
De
pronto sentí unas inmensas ganas de salir corriendo.
Pensé
que seguramente estaba despertando de mi sueño, pues esto solo podía ser un
sueño mío.
Di
media vuelta y entre los aplausos me dirigí a la puerta, por donde ahora la luz
que entraba era tan brillante que me hizo recordar al túnel que dicen haber
visto quienes regresaron del umbral de la muerte.
No
hicieron ningún intento por detenerme, pero cuando ya estaba a punto de salir
me alcanzaron a gritar, no se quién de ellos:
- ¿Qué más debemos saber de ti, pequeña extranjera?
Juro
que iba a contestar “Pequeña la tienes”, pero preferí seguir adelante.
Mientras
levantaba mi brazo derecho sintiéndome una emoji del whatsapp y sabiendo que el
término que iba a decir era desconocido todavía, sin voltear alcancé a
gritarles:
- Que soy una sapio sexual…!!!
PD. Gracias a la valiosa colaboración de Patsy Sofía y su alter ego.