El Ambiente.
La unidad de emergencias de
este hospital es como casi todas, llenas de movimiento, gritos de dolor,
palabras de aliento, olor a muerte también. Y como casi todas, con rostros de sufrimiento,
de esperanzas, de resignación y de amor también. Y como en todas, se respira un
aire de preocupación, de desesperación, de alivio, de cansancio. Y de traición,
como en ninguna.
Esta unidad de emergencia
está dirigida desde hace mucho por un médico intensivista, uno de los primeros
en obtener esta especialidad en el país. Su trabajo, tanto administrativo como
en los quirófanos siempre es resaltable. Se trata de un caballero serio, a la
antigua y casi taciturno, de figura aún atlética y rostro amable que representa
algunos años menos de los cincuenta que había cumplido hace poco. Todo el día
se le nota transitando siempre apurado por los pasillos de la unidad; a su
paso, los internos, residentes, enfermeros y familiares se le acercan por una
opinión o para agradecerle los esfuerzos que continuamente hace para aliviar
los males de sus pacientes. Y para todos tiene siempre palabras sabias. Por la
forma de tratar a unos y otros y por las maneras de tocar diversos temas por
los que se le pregunta demuestra ser una persona sumamente culta, interesado en
su trabajo y con una calidez que inspira confianza de inmediato. Es cariñoso
con su personal y a pesar de tener las cejas casi siempre fruncidas, como si
estuviera preocupado o molesto siempre se encuentra tarareando una canción y
termina cualquier tema con una broma inteligente, es sumamente amigable, tanto que
prefiere tutearse con todos. A pesar de que su responsabilidad es solo sobre la
unidad de emergencias muchos pacientes llegan al hospital a buscarlo, pues
traen la referencia que la solución a sus problemas de salud empieza con el
doctor Luciano Renato.
Conforman esta unidad,
además del personal encargado de la salud, algunos técnicos en enfermería que
hacen las labores administrativas y que, a diferencia del resto del personal,
llevan puestos mandiles amarillos. La mayoría son mujeres y trabajan en
horarios de oficina, pero por lo general comienzan un poco antes de las siete
de la mañana y terminan después de las cinco de la tarde.
Hace casi un año se incorporaron
médicos, enfermeros y personal administrativo en esta unidad, por gestión de
Luciano Renato, quien esperaba darle un ambiente más joven a esta unidad que se
estaba llenando de personal muy antiguo.
Con este personal de
reciente contratación llegó una muchacha muy hermosa. Es la más bonita y
delicada mujer que ha llegado a trabajar desde la fundación del servicio de
emergencias. La joven, no ha cumplido aún los veintidós pero se comporta como
una mujer mayor. Tiene una personalidad que resalta de las demás, demuestra
conocimiento de lo que hace, es responsable, puntual y se convierte en un
verdadero apoyo para el médico que la necesite. Además, tiene un rostro
exótico, una figura insinuante y una forma de caminar tan femenina que siempre
que lo hace da la impresión que estuviera desfilando en una pasarela,
inmediatamente atrae la mirada de hombres, y mujeres también. Se nota que es de
procedencia humilde pero su espíritu de superación es envidiable, lo que la
hace más encantadora. Tiene una voz calmada que en situaciones especiales le
suena como una femme fatale de las películas de gangsters de inicios del siglo
pasado. Todos los varones parecen enamorados de ella, por lo menos
impresionados, a excepción de Luciano Renato.
En este grupo de contratados
también llegó el médico cirujano Melchor Cabanillas, un pujante cirujano
egresado de la universidad Cayetano Heredia, heredero de una tradición familiar
de profesionales médicos exitosos, que también demuestra, pese a sus veintiocho
años una preparación y una cultura superior al promedio etario.
Tiene una buena presencia,
le gusta tomar la palabra en todos los asuntos de su competencia, en los que no
lo son también. Es el médico que más mandiles y zapatos ha cambiado en el año,
todos de reconocidas marcas.
Tiene un ego también
superior al promedio y le gusta demostrarlo, se pasea por todos los ambientes
con el estetoscopio sobre los hombros porque sabe que esto atrae a las mujeres;
y, en este último año, se puso como meta mostrar sus dotes amatorias con cuanta
mujer le saliera al frente. Sentía que lo había logrado, pero le faltaba la
bella muchacha administrativa, aquella del hermoso caminar.
El cirujano Cabanillas de
lejos impresionaba a cualquiera pero después de conocerlo muchos se desencantaban
pues se mostraba como un hombre preocupado solo de el, ansioso por el éxito a
toda costa y siempre en cualquier decisión primaban sus intereses. Tanto por
esta característica como por que era muy selectivo y hasta intolerante sus
amigos eran pocos.
Los Hechos.
No cabía en el intelecto de
Melchor Cabanillas porqué una muchacha sencilla no había caído subyugada por su
presencia, como lo habían hecho casi todas las mujeres en edad reproductiva del
servicio de emergencia y de casi todo el hospital. Se sabía conquistador, lo
había demostrado toda la vida, tenía aprendidas las recomendaciones para ser un
buen dandi y un buen casanovas.
La invitó de muchas formas a
salir. A almorzar, a ir al cine, a conciertos, le ofreció llevarla a su casa,
pero nunca obtuvo un sí.
Ya estaba por cambiar de
actitud con la joven, solía hacerlo así cuando una mujer se escapaba de sus
redes, lo que seguía era despotricar de ellas, crearles malos antecedentes a
través de chismes muy bien urdidos y para lo que demostraba una gran habilidad.
Se dijo es la última
oportunidad que le doy y la invitó a almorzar. Como si hubiera estado enterada,
la muchacha le aceptó esa invitación pero le pidió que fuera unos días después
porque tenía que realizar algunas tareas particulares.
Fue una magnífica ocasión
para el. Preparó el terreno, escogió un buen restaurante de comida fusión, para
tener de que hablar e impresionarla con sus conocimientos, revisó la carta un
día antes con el mismo fin con que los depredadores toman las mayores precauciones
antes de saltar sobre sus presas. Cuando llegó el día la esperó con media hora
de anticipación en la puerta del hospital, donde habían acordado encontrarse,
de deshizo en atenciones con ella, le abrió la puerta del auto, le retiró la
silla en el restaurante para que se sentara, y le dio explicaciones de cada uno
de los platos recomendándole el más caro sólo para impresionarla.
Fue en esta ocasión como,
por boca de ella, se enteró que a la chica le gustaban los hombres altos,
cultos, caballeros, muy sensibles, alegres, optimistas, que sabían lo que
querían y hacia donde se dirigían, con ganas de siempre ser mejores y sobre
todo que no mientan, pero que además le importaba mucho que fueran detallistas,
y puso mucho énfasis en esto último.
Son todas las condiciones
que tengo pensó aquella vez, mientras se relamía por la victoria que ya creía
alcanzada, incluso se fijó un plazo para que la bella muchacha cayera en sus
redes. Ese día se excedió en muestras de atención y caballerosidad y además se
dio la maña para halagarla por su belleza, por su inteligencia, por su figura
de chica moderna y otros aspectos que creía la iban a impactar, esperando que
cuando la llevara a su casa ella ya se podía encontrar lista para caer bajo su
encanto. Pero no pasó nada, al llegar a su casa ella solo lo premió con un beso
en la mejilla y un nos vemos intrascendente.
Después de este encuentro no
pasó nada. Corrieron los días y no hubo mayor progreso respecto a sus
pretendidas relaciones con la muchacha. No le volvió a aceptar otra invitación,
siempre tenía una excusa para no acceder a ninguna de sus propuestas. A veces
parecía que se escondía de el, pero se encontraba desconcertado porque ella
nunca le negaba una sonrisa, siempre que conversaban lo hacían en buenos
términos pero finalmente no conseguía nada, la excusa de la muchacha en todos
los casos resultaba justificable.
La esperó muchas veces a la
salida del trabajo para llevarla en su automóvil pero ella nunca accedió. Solo
se consolaba con la esperanza de una próxima oportunidad y con el deseo que le
renovaba las ganas cuando la veía caminar con una gracia que le aceleraba los
sentidos y los latidos también.
Comenzó a hacer cosas que
nunca había hecho. Le mandaba mensajes por diversos medios, la seguía en las
redes sociales y todo lo que hacía tenía la oculta intención de encontrarse con
ella.
Se le ocurrió esperarla por
las noches en la puerta de su casa y alcanzar alguna oportunidad que
seguramente se le presentaría.
La primera vez que la esperó
ella llegó cerca de la media noche, no alcanzó a ver los detalles del moderno
vehículo del que bajó pero supuso que era un taxi de los que ahora abundan por
la ciudad.
La segunda vez si que se
sorprendió, cerca de las diez de la noche se hizo presente el mismo vehículo y
ella subió al asiento delantero, llevaba puesto un mini vestido que agigantaban
su sensual caminar y su espectacular figura. Solo se le ocurrió seguir al
vehículo para ver a dónde se dirigían.
El automóvil se detuvo en el
estacionamiento del hotel Hillton y mientras el conductor entregaba las llaves
al valet se pudo dar cuenta que era Luciano Renato quien acompañaba a la
muchacha. La impresión le cortó la respiración por un momento prolongado. Los
siguió mientras se dirigieron al restaurante y los vio servirse la cena
conversando como si se trataran de algo más que amigos.
No pudo aguantar esta
amargura que comenzó a quemarle todo su ser e inteligentemente prefirió
retirarse para no saber lo que podía suceder después. Esto le permitiría por lo
menos mantener intactas sus esperanzas.
Durante los días siguientes
le hizo muchas invitaciones a la muchacha pero siempre con el mismo resultado,
le insinuó de su juventud frente a la edad del director de la unidad y de su
capacidad que pronto le permitiría ocupar ese puesto, pues se había enterado
que Luciano Renato ya tenía unos meses más sobre la edad límite para el puesto,
y tenía que irse.
Le habló de su futuro como
médico, le contó de sus formas corteses para tratar a las mujeres, se describió
como un eximio caballero y hasta le aseguró que la mujer que viviera con el
tendría el futuro asegurado, pretendiendo que ella accedería a una de sus
invitaciones, pero todo fue en vano.
La muchacha se había metido
en su cabeza. Todo el día pensaba en ella. Se dio cuenta que estaba
desesperado.
El Detalle.
Era una especie de locura
que nunca había experimentado, Melchor Cabanillas nunca había pasado por una
situación así, estaba permanentemente malhumorado y encontraba formas
descabelladas para intentar conquistar a la mujer que ahora era su obsesión.
Quizás lo que más le causaba daño era la diferencia de edades con Luciano
Renato. No entendía como un hombre de esa edad podía haber encandilado a una
mujer tan joven. No cabía en su razón sentirse desplazado por otro hombre el
cual, según su idea, no le llegaba ni a los talones.
Muchas veces se sorprendió
tratando de diagnosticarse un proceso febril o una descompensación generalizada
de su organismo cuya causa atribuyó a los celos que sentía. En las noches no
soñaba nada pero al despertarse no podía dejar de sentir esta sensación de
cólera, de vacío, de abandono que le corroía la razón, su obsesión por la
muchacha aumentaba en la misma medida que su odio a Luciano Renato.
Esta mañana al despertar si
recordó haber tenido sueños, recordó la imagen de Luciano Renato abrazando al
motivo de su obsesión, ella lucía más bella que nunca y sobre todo contenta y
radiante. No podía borrar esta escena en la que veía como la muchacha, con los
ojos cerrados le ofrecía los labios a Luciano Renato, quien cogiéndola por la
cintura la estrujaba contra su cuerpo.
Cada vez que le venía la
imagen a la mente todo su cuerpo entraba en una extraña ebullición.
Tomó, como todos los días un
café bien cargado antes de dirigirse al hospital. Se detuvo al salir de su
casa, y regresó hacia el interior. Súbitamente había nacido una idea que su
estado de desesperación la hacía genial. Regresó a su dormitorio y sacó del
fondo de un ropero un revólver que había comprado un par de años atrás, más por
presumir que por necesidad.
Condujo apresuradamente
hacia el hospital pues debía llegar temprano para poder encontrarse en el
estacionamiento con Luciano Renato. Lo que iba planeando era darle un susto con
el arma pues pensaba que así lo convencería de dejar a la mujer que el tanto
ansiaba. Tendría el control de la situación y se propuso por ningún motivo
disparar el arma, ni como amenaza pues esto lo pondría en evidencia. Estaba
seguro que el director del servicio de emergencia era un tipo cobarde y se
convencería tan pronto viera el arma.
Esperó durante algunos
minutos dentro del auto estacionado mientras llegaba Luciano Renato,
tamborileando sobre el timón acompañando la música que sonaba en la radio, hasta
que lo vio llegar. Lo dejó que estacionara y cuando el otro médico se había
bajado del auto y recogía algunas cosas de su interior le enfrentó.
-
Buenos días Luciano –
le dijo, en un tono desesperado y su interlocutor de inmediato se dio cuenta
que algo se traía.
-
Qué pasa amigo
Melchor Cabanillas, ¿Te puedo ayudar en algo? – e inmediatamente se dio cuenta
del arma que traía en la mano y en vez de sentir miedo sintió curiosidad pues
no suponía nada malo.
-
Quiero que sepas
Luciano que te he venido siguiendo, ya sé que tienes una relación con la joven
técnico – blandiendo el revolver por sobre la frente del amenazado – mejor la
dejas a partir de ahora, pues se que eres casado.
Luciano Renato se sintió sorprendido pues no esperaba
esta escena y atinó a decirle:
-
Mira hermano, ella es
mayor de edad y yo también y lo que hagamos es cuestión nuestra, de nadie más,
no seas loco.
-
Si, además ya estoy
enterado que estás irregularmente ejerciendo como director pues ya te pasaste
de la edad para el cargo, y si no quieres que te denuncie tienes que dejarla –
llegando a sonarle la voz a rabia pura.
-
Bueno, eso ya lo
saben en la dirección de salud y me han otorgado un año mientras convocan a un
concurso, es legal, no hay problema.
Esto encolerizó a Cabanillas y golpeó con el cañón del
revólver a Luciano, la sangre brotó de inmediato y el color púrpura del líquido
tibio le ocasionó un extraño placer.
Se dio cuenta que se había quedado sin argumentos, no
supo que decir, su desesperación iba aumentando, sólo se le ocurrió golpear otra
vez a Luciano Renato, esta vez más fuerte y con la cacha del revólver. La
sangre comenzó a caer y teñir la camisa del atacado. El rojo llenó toda su
visión, de pronto los demás colores desaparecieron y todo lo veía en diferentes
tonos de rojo.
Mas con la intención de terminar pronto con esta
situación extraña que parecer irónico, Luciano Renato se acomodó y con seriedad
le dijo:
- Podrás lesionarme lo que quieras, pero hay un detalle,
mientras tu estés pagando las consecuencias ella estará cuidando de mí y
curándome las heridas.
Los tonos de rojo desaparecieron de la visión de Melchor Cabanillas y
tuvo la misma vista de la muchacha sonriente acercando sus labios a Luciano
Renato, se dejó dominar por un extraño temblor y sonó un disparo en el
estacionamiento.