Siempre he sido contrario a escoger los nombres para mis hijos por su significado. Hay mucha gente que piensa que uno se comporta de acuerdo al nombre que le pusieron. Entonces todos los Alejandros tendrían que ser grandes o magnos, todos los Julio César serían conquistadores, los Pedros la piedra angular de alguna idea o acontecimiento y cosas así por el estilo. No creo que exista una forma científica de probar que un nombre genere un perfil para una persona o condicione su comportamiento. Es más una creencia, algo así como decir que los acuarianos son románticos y los libra materialistas.
En el caso de los apellidos la cosa es distinta, los apellidos traen consigo los genes, buenos y malos, entonces es muy probable que quien hereda genes mayormente buenos sea bueno y malo quien hereda los malos. Además el apellido viene con un plus, el prestigio o la posición lograda por los predecesores, y, en algunos casos este plus es mas bien una resta y hasta una verguenza cuando quien nos lo hereda fue un facineroso o alguien que cometió alguna fechoría de permanente recordación.
Me imagino que algunos nombres si generan un impulso o sentimiento negativo, como llamarse en la actualidad Abimael, estoy seguro que es el nombre que menos se está usando en estos tiempos; en cambio, es bien difícil que un nombre pueda generar un sentimiento positivo, por ejemplo, si nos presentan a alguien llamado Jesús, o Miguel Angel, si no tiene cualidades que llaman nuestra atención pues pasará desapercibido.
Esta es la visión que tengo sobre los nombres, especialmente los escogidos para mis hijos. Debo agregar que, en mi caso, me puse de acuerdo con mi esposa para que ella escogiera los nombres de nuestras hijas y yo el de nuestros hijos. Y así fue.
Hace unos años, al llegar a casa por la noche, encontré a mi esposa, quien tenía su octavo mes de embarazo de mi última hija, muy emocionada, con una revista en la mano asegurando haber encontrado los nombres para la futura niña.
Se llamaría Nicoleta Daniela, en honor a la Mantovani, segunda esposa y viuda del gran Luciano Pavarotti, mujer llena de atributos como valiente, tenaz, corajuda, dedicada a su hogar, profesional completa, creativa, atrevida cuando necesario fuera y etcétera, etcétera. Mi esposa sabía que soy un convencido que un nombre no hace a una persona, así como el hábito no hace al monje. Pero insistió. Le expuse el principal inconveniente, para mí, de usar los dos nombres de una persona conocida, llegar al mal gusto argentino, como que siendo varón mi hijo se llamara Diego Armando, o Ubaldo Matildo o algo parecido.
Discutimos, más bien conversamos mucho sobre esto, no nos poníamos de acuerdo y tenía a impresión que mis argumentos eran más sólidos. Mi esposa también debió tener la misma impresión, pues de inmediato invocó el acuerdo mutuo, su derecho a escoger los nombres de las hijas mujeres…y punto final. Salomónica discusión dirán algunos.
Y desde que vio la luz mi Nicoleta Daniela, perdón nuestra, comencé a observar en mi pequeña hija si efectivamente le nacían estas cualidades sin que se las cultiváramos o las aprendiera de nosotros, quería convencerme que la viuda del inolvidable tenor italiano le habría heredado algo. Buscaba alguno de los talentos que mi esposa pretendió asignarle con sus nombres de pila. Me pareció en algún momento que mi niña iba frente a la acera por la que caminó la viuda de Pavarotti. Quizás mis observaciones no eran las correctas, ya tenía cuatro años ya era tiempo de demostrar carácter, era el momento de mostrarse valiente, tenaz, corajuda, dedicada a su hogar, profesional completa, creativa, atrevida cuando necesario fuera y etcétera, etcétera.
Pero parecía que no.
Un domingo, hace tiempo, cuando celebrábamos una reunión en casa invitamos a una amiga a la que no veíamos hace mucho, llegó sola pero nos comentó que su esposo llegaría un poco más tarde. Efectivamente, el esposo llegó justo en un momento en que mi última hija era el centro de la conversación.
- ¡Qué bonita! – dijo una de mis hermanas, no se si por compromiso familiar.
- Si, preciosa – comentó una de las amigas mientras vaciaba de un viaje su pisco sour.
- ¡Y es bien inteligente! – comentó otra amiga, alargando su brazo casi exageradamente, enseñando su copa de pisco sour vacía.
- ¡Mírala, qué bonita! – acotó mi otra amiga a su esposo recién llegado.
El esposo, como buen invitado, se acercó a mi hija, la tomó de la cintura y la alzó para darle un beso en la mejilla. Y la niña, parecía Linda Blair, la de la película “El exorcista”, cuando se quedaba quieta después de mearse en la alfombra.
Volví a cuestionarme, casi filosóficamente, ¿me habré equivocado al aceptar sus nombres? ¿estaba a tiempo para intentar un cambio? ¿era conveniente un cambio?, y cosas por el estilo.
Entonces el esposo recién llegado puso a mi hija en el suelo y le preguntó:
- ¿Cómo te llamas preciosa?
- Nicoleta Daniela – le contestó tomándose las dos manos por debajo de la barriguita. Si dije una perfecta Linda Blair.
Pensé que podría producirse un hecho que quizás marcara a mi hija para toda la vida, dependía de la reacción del esposo recién llegado.
- Ah, mira, qué nombre tan pintoresco….
Bueno me dijo, la tranquilidad emocional de mi hija está asegurada.
Entonces vi el gesto de la niña, era el mohín que ponía cuando algo le desagradaba, cuando estaba a punto de iniciar un reclamo-rabieta, que para eso si era buena.
Me di cuenta entonces qué podría significar para una niña el término “pintoresco”, lo podría interpretar como algo bueno o algo malo. ¿Entendería una niña que el tener un nombre pintoresco era lo más cercano a un elogio?.
Entonces entornando los ojos y frunciendo las cejas, de la forma que sabe hacerlo cuando algo no le gustaba le preguntó al esposo recién llegado:
- Y tú ¿cómo te llamas?.
- Segundo… me llamo Segundo.
Entonces soltó el primer indicio que podría ser valiente, tenaz, corajuda, dedicada a su hogar, profesional completa, creativa, atrevida cuando necesario fuera y etcétera, etcétera, preguntándole:
Y ¿Porqué mejor no te llamas Sopa…?