LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

lunes, 11 de diciembre de 2023

EL HIJO DE ERIC

 Parecía un tipo distinguido, a pesar de vivir en la calle, sus ropas no eran diferentes al de una persona común, conservaba un aire de aplomo burgués, quizás miraflorino, debajo de la barba que era parte de su atuendo; era fácil advertir que se trataba de un adulto joven, de unos 35 años, de tez blanca y ojos claros, con la mirada que tienen los ancianos abandonados. Parecía no tener interés alguno por el clima pues podía vérsele con ropa ligera un día y, al otro, con ropa gruesa, sin importar si era invierno o verano. Acostumbrado a ver todo tipo de locos en mi antiguo barrio, San Juan de Lurigancho, pensé que viviendo en Surco nunca me encontraría con uno.

Los fines de semana cuando no había mucho que ver en televisión, tomaba un libro y salía a uno de los muchos parques donde hubiera una banca, para dedicarme a leer, cosa que no podía hacer en mi barrio anterior, en ocasiones me cruzaba con algún loco, generalmente con la misma apariencia que los locos de SJL.

Fue en una de esas salidas que me di cuenta de su existencia, me encontraba sentado en una banca de la Plaza de Armas de Surco, atravesado por el frío habitual de los inviernos surcanos y, luego de algún tiempo me percaté de su presencia. El estaba en otra banca frente a mi, con los pies sobre el asiento y sentado en el espaldar, tenía un teléfono celular pegado a uno de sus oídos y meneaba la cabeza, como una copia osada y despintada de Stevie Wonders. Parecía no existir nada más para él, solo el sonido que seguramente salía del celular, me quedé interesado viéndolo, lo primero que llamó mi atención fue que ninguno de los guardas de la plaza hizo el intento siquiera por conminarlo a sentarse bien, cosa que si vi que hicieron con otros jóvenes, era claro que lo conocían y se lo permitían.

Aquella tarde, más que a leer me dediqué a observarlo, parecía estar en otro lugar, un lugar al que solo se podía llegar a través de los audífonos pequeños que llevaba puestos y conectados a un celular, movía sus labios canturreando las canciones que seguramente escuchaba, no dejó de hacerlo durante la hora y media que estuve en el lugar. Me retiré y el seguía en lo suyo.

En algunas salidas sucesivas lo volví a encontrar. Le decían "Ericson", en referencia a que cuando apareció y, durante meses, usaba teléfonos de esa marca sueca, seguramente los más baratos entonces, cambiaba de teléfonos con alguna frecuencia, evidentemente no usaba los más modernos ni los más caros, pero siempre conectado a través de audífonos; la forma en que parecía disfrutar de la música despertó mi curiosidad por saber qué música escuchaba y cómo conseguía los teléfonos.

En una ocasión, cuando viajaba en el tren, al pasar por la Estación Los Cabitos, lo vi sentado en uno de los asientos del andén, me llamó mucho la atención verlo conversar con otro joven, hasta entonces me lo había imaginado como uno mas de los tantos orates que deambulan por la ciudad desconectados de toda realidad, pero evidentemente me había equivocado. Me interesé por saber más de este “loco” que parecía tener momentos de lucidez ¿Se trataría de un loco a tiempo parcial?

Mis salidas a leer las aproveché para buscar a “Ericson”, sentía mucha curiosidad por conversar con él, de encontrarlo en momentos de lucidez y conocer qué lo llevó a este comportamiento, quería preguntarle muchas cosas sobre la locura, esperaba que pudiera aclararme mis ideas respecto a este tema.

Unas semanas después, regresaba a casa en bus, cerca de las siete de la noche, ya había oscurecido y como suelen hacer los choferes en horas punta, el bus me dejó media cuadra después del paradero, cerca de la Estación Jorge Chávez, entonces decidí tomar la ruta hacia casa pasando por la avenida El Sol, a esa hora se convertía en una zona comercial bulliciosa y divertida cuando se camina solo.

Al cruzar un pequeño parque lo vi, estaba sentado en una banca junto a una joven y parecían conversar. Agradecí a mi costumbre de llevar un libro bajo el brazo siempre, pues, haciéndome al que leía me senté en la banca frente a ellos, a unos cinco metros. Parecía un reencuentro, ella le hablaba con mucho cariño y el, mirando siempre al frente, volteaba la cara para darle respuestas cortas. Conversaban distraídamente, de rato en rato ella le tomaba las manos o se apoyaba en una de sus rodillas. Parecían conocerse desde mucho atrás, se notaba la confianza entre ellos y sólo faltaban las caricias o los besos para convertirse en un perfecto reencuentro de amor.

Me paré y caminé lentamente en círculos mientras hacía que leía, con la intención de acercarme a ellos y escuchar la conversación, a pesar de que ignoraron mi presencia, no pude acercarme lo suficiente como para escuchar algo claro.

Observé a la joven de pies a cabeza, deduje que era una mujer que ocupaba algún cargo empresarial o cosa similar, sus ademanes eran de una persona respetuosa, culta, todo lo que llevaba puesto era de tendencia y de marca, su cabello le caía a los costados y hacia la espalda como sólo sabe caer un perfecto alisado japonés o un lifting capilar, sus formas eran trabajadas con una buena rutina de gimnasio y hasta mi llegaba su aroma espectacular que imaginé como un Clive Christian No.1 Imperial Majesty, porque nunca había olido algo así. Calculo que estuve vigilándolos como una hora, de manera disimulada.

Ella sacó de algún bolsillo un celular, lo encendió, le conectó unos auriculares blancos, pequeños y se los acomodó como queriendo que él escuchara alguna canción, luego le entregó el celular y lo abrazó, le besó la mejilla y se quedó callada mirándolo, tomándole una mano, él, cerró los ojos y se quedó inmóvil durante algunos minutos, como si entrara en trance.

Al rato, empezó a menear la cabeza y a canturrear, se notaba que había pasado a su estado de locura, ella se puso de pie y comenzó a caminar raudamente hacia un moderno automóvil estacionado con las luces de peligro encendidas, a un costado de una de las puertas del parque. Parecía un ángel regresando al cielo después de haber cumplido una tarea terrenal. La vi tomar el volante y perderse por la avenida Tomás Marsano.

Esa noche no dormí recapitulando cada suceso del encuentro, imaginé miles de escenarios que podrían explicarlo. No era un evento casual, sino ella no hubiera llevado un teléfono para dejarle, tener el auto con luces de peligro indicaban que había calculado el tiempo que iba a estar allí; mil preguntas rondaban mi cabeza ¿Se conocían? ¿Qué relación tenían? ¿El abrazo de despedida fue de hermana o de novia? ¿Cómo y por qué lo indujo a la locura? ¿Por qué él volvió a perder la razón después de recibir el teléfono y conectárselo al oído? Dejó de ser el joven que había mantenido una conversación afable con otra persona para convertirse en el “Ericson” que se paseaba conectado a un teléfono por las calles de Surco.

Una tarde en que regresaba a casa en tren, al abandonar la Estación Jorge Chávez volví a ver a la muchacha, caminaba apurada hacia su auto que estaba detenido frente a la Estación, con las luces de peligro encendidas, parecía una modelo de alta costura, su ropa, su forma de caminar, su olor, que no percibía sino imaginaba, la elegancia que parecía nacer de su figura como luces de colores que se fundían con las primeras luces de la noche. Subió al vehículo y se marchó, cruzando la siguiente esquina justo cuando el semáforo cambiaba a rojo. Deduje que “Ericsson” tenía que estar cerca, lo busqué con la mirada y me pareció ver su silueta, parado y apoyado en uno de los avisos luminosos de un paradero. Crucé la pista zigzagueando entre los carros detenidos y llegué a su lado. Me sentí emocionado.

-       Hola – le dije esperando una respuesta y el ni siquiera se movió. Era un prisionero conectado a una larga cadena simbolizada por los audífonos, pero ¿quién era su carcelero? ¿el teléfono? ¿la joven con la cual conversaba? No podía aventurar una respuesta.

-       Hola “Ericson”, ¿qué tal? – insistí, esta vez me miró.

Quedé impactado, era la primera vez que miraba desde tan cerca a los ojos de un loco, una oscuridad inquietante, un túnel sin salida. “Detrás de ellos ¿que había? ¿un mundo diferente, un mundo de fantasía y sueños? Estaba seguro que la calma de esa mirada eran la puerta para un mundo donde todo es posible, sin límites. Un camino entre éste universo y otro paralelo que, aunque negado, parecía ser mejor, era el umbral transitable entre la vida y la muerte, como un grito en silencio que suena igual si es de dolor o de felicidad”; quizás como una mirada de amor.

No obtuve respuesta, intenté iniciar una conversación con él pero fue imposible, parecía ni siquiera darse cuenta de mi presencia. Manipuló la pantallita de su celular, me dio la espalda y comenzó a caminar por la avenida, “sin ver el dolor distraído”. Y lo dejé ir sintiendo un poco de angustia, aunque también esperanza de que tendría otra oportunidad.

Yo tenía la certeza de que "Ericson" tenía momentos de lucidez durante los cuales podía comunicarse "normalmente", al punto de mantener una relación de algún tipo con una atractiva mujer; además, estaba claro que sus sitios favoritos eran los paraderos frente a la estación Jorge Chávez.

Un viernes por la noche lo vi sentado en una banca del paradero, antes de acercarme a él lo observé durante largos minutos. Parecía un niño emocionado, recién salido de casa, miraba a todas las personas que pasaban por la acera y les sonreía, tenía el celular en la mano pero no estaba conectado a los audífonos. La gente transitaba en pequeños grupos como olas, me imaginé un faro girando cuya luz estaba formada por los grupos constantes que bajaban de los vagones cada pocos minutos y que evidentemente emocionaban a Ericson.

Decidí acercarme. Apenas advirtió mi presencia, adivinando mi intención, se movió un poco hacia un lado como invitándome a sentar.

- Hola - le dije mientras me acomodaba junto a él sintiéndome un nerd - ¿Cómo te llamas? Qué pregunta pa cojuda, me dije.

- Marco, Iván, Alfredo, César, Ed, Ángelo, Equis así me llaman y puedes escoger cómo llamarme. O decirme “pelado” – me respondió dejándome sorprendido con su inmediata respuesta..

- Pensé que eras “Ericson” – me aventuré a comentarle.

- A, lo olvidaba, también me puedes llamar Eric.

- Pero la gente te dice Ericson, pensé que era tu nombre – mostrándome sorprendido.

- No, en realidad quieren decirme Eric. En japonés el sufijo “son” significa “hijo de:”. Y “pelado” por mi viejo, como verás tengo bastante pelo – pasándose la mano por encima del cabello – Seguro que sabes que heredamos todo de nuestros padres, todo, el nombre, la inteligencia, los modales. Lo único que no heredamos son las cosas materiales, esas nos las quedamos a la fuerza – me dejó con la boca abierta.

¿La locura, como dicen de muchos artistas, le daba esa claridad que nos permite ver las cosas de una manera muy particular?.

-       ¿Y en dónde vives? – Seguí con el interrogatorio.

-       En todos sitios, antes tenía una casa donde vivía con mi familia, pero un día salí y cuando regresé ya no estaban – lo dijo sin mostrar alguna emoción significativa – Si me pides la dirección no lo recuerdo, no guardo direcciones en mi mente, sólo lugares, lugares a donde se cómo llegar fácilmente. ¿Y tu en que idioma piensas?.

Al referirse a su mente, me pareció la confirmación de que tenía conciencia de su locura ¿sabrían todos los locos de su estado? ¿Era un trastorno que podían de alguna manera administrar? ¿De acuerdo a qué circunstancias? Pero su última pregunta era una demostración clara de que quería tomar la rienda de la conversación.

-       Supongo que en español – contesté intentando no profundizar en el tema.

-       Yo pienso en mi propio idioma, una mezcla de palabras y figuras, por eso no necesito direcciones – me sonó muy lógico.

-       Hace un rato te vi con una chica ¿Quién es ella? ¿La conoces? – me sorprendí con mi pregunta ¿por qué estaba más interesado por la muchacha que por Ericson?.

-       No, no la conozco, nunca la vi en mi vida – sus ojos brillaron diferente por unos instantes, “se veía en ellos un mundo de secretos y maravillas que pocos tienen la posibilidad de ver”, levantó un hombro y miró por encima de mí, entendí que se sentía incómodo por la pregunta; entonces pensé si mi siguiente pregunta sería oportuna ¿pueden los locos aceptar que lo están sin ningún problema? Lo veremos.

-       ¿Estás loco o es sólo mi impresión? – tratando de ser lo más cauto, con mi voz modulada para la ocasión.

Volteó, fijó sus ojos en mi, ahora pude ver a través de ellos “una mirada que va más allá de nuestro entendimiento”, que hay un lugar donde “volver es una forma de llegar”.

-       La locura sólo es un punto de vista, quizás el más conveniente para cada uno, te podría mencionar muchos ejemplos, Van Gogh, Eduar Munch, Toulouse-Lautrec o Goya, la misma Frida Khalo, más cerca, entre nosotros el gran Víctor Humareda y el genial Martín Adán – su respuesta me demostró que estaba ante una persona culta, prosiguió – Es difícil reconocer que uno está loco, ninguno de los que te mencioné siquiera lo pensó, los que los calificaron así fueron los otros, los que se consideran cuerdos.

Volvió a sorprenderme su claridad mental, suspiró y continuó.

-       Ahora mismo, mira a tu alrededor – di una vuelta con la mirada a mi entorno – la gente no me mira a mi, te mira a ti, piensa que estás loco por conversar conmigo, en este momento el loco eres tú – sonrió con una graciosa mueca, como diciendo “ves, cuánta razón tengo”.

-       Pero ¿Te sientes cómodo con tu situación? – me arrepentí después de haber soltado esta pregunta, sobre todo al verlo arrugar las cejas como si de pronto se hubiera molestado.

-       No es una situación, no es un estado, es cuestión de tiempo, solo se trata del hoy, del presente, no me importa que vendrá con el mañana – lo dijo resaltando cada una de sus palabras con un tono dulce, cambiando por completo de expresión, como cuando un profesor intenta aclararle las ideas a un estudiante necio.

No supe cómo interpretarlo, quizás me estaba diciendo que se podía transitar entre la locura y la cordura en forma deliberada como parecía hacerlo.

-       ¿Y por qué te volviste loco? – arremetí con mi artillería pesada.

Se quedó en silencio, miraba fijamente hacia un punto lejano, o quizás miraba hacia su interior. Una señora vestida como para el gimnasio pasó cerca y levantando la mano le saludó.

-       Hola Nando – como si fueran amigos de toda la vida.

-       Hola – dijo el, ensayando una sonrisa excesivamente amable – Ves, puedo tener tantos nombres como las cabezas de la Medusa – volvió a mirarme y leyó en mis ojos que estaba esperando una respuesta para mi pregunta.

-       Creo que decidí pasar el umbral entre lo cierto y lo irreal el día que ella me dejó, me refiero al amor de mi vida – su mirada se nubló por una tristeza profunda – era la mujer más bonita que conocí, no te imaginas, tenía todo lo que puedes pedir de una mujer, inteligencia, belleza, ganas de vivir la vida, era dulce y atrevida, de las mujeres que pueden tener un fracaso pero se niegan a sufrirlo, que no le temen al reto de comenzar todo desde el principio, compartimos mucho tiempo juntos, cuatro años, hasta que decidió dejarme, entonces preferí ser loco que ser una víctima del dolor, amargado, insensible, viviendo de recuerdos.

Tuve la certeza que describía a la joven que le dejaba celulares.

-       ¿No la has vuelto a ver? ¿Por qué no la buscaste? – insistí, ansioso por saber lo que me diría.

-       Verla solo caminar era un deleite, amanecer a su lado era todo lo que necesitaba para vivir; cuando se fue me hizo saber que cambiaba mi amor por la oportunidad de ser feliz de la manera en que lo había imaginado, me dijo que lo nuestro era imposible, por lo menos de la forma en que lo estábamos viviendo, conociendo que era una mujer de decisiones inquebrantables entendí que nuestra vida juntos se había acabado, no existía nada que pudiera hacer para remediarlo, buscarla sería inútil – me volvió a mirar y prosiguió, ahora más lento – Era de aquellas mujeres que deben tomarlo todo en la vida, es como un derecho de las mujeres hermosas, de aquellas que pueden cambiar la historia con su belleza o su determinación, o como en este caso ambas cosas. Así como Helena, Cleopatra, la Curie, la Navratilova, la Earhart o la Tereshkova y también la Malala ésa. Tenía que dejarla ir, uno no  mata lo que ama – y súbitamente su rostro pasó de serio a risueño – Y aquí estoy  hoy, vivo y feliz, sin preocuparme por el mañana, ya vendrá.

Definitivamente se refería a la muchacha que antes vi con él, pero por alguna razón no lo quería reconocer, o quizás no reconocerla era parte de su locura, pensé en lo grandioso que sería conversar con ambos. Por ahora, tenía que aprovechar este momento, así que seguí, con ganas de encontrar algo nuevo.

-       ¿Y qué es lo que dispara tu locura, o tu cordura? – esperaba que evitaría responder esta pregunta.

-       Mi locura, como la llamas, es mi etapa de tranquilidad, así como seguramente buscas algún lugar donde puedas estar cómodo, yo tengo un espacio en el que mi conciencia sólo se dedica a sobrevivir en “una montaña de sueños que nunca se escala, un cielo de posibilidades que nunca se explora”, en una realidad que es solo mía – me dijo bajando la voz y acercándome su rostro – lo bueno, es que yo elijo en qué momento entrar en mi espacio y mi tiempo, cómo andar “por el mundo y el carajo”.

Tomó el teléfono y parecía buscar algo, luego me invitó a ponerme los pequeños audífonos mientras me decía:

-       Dependo de dos canciones, escucha la primera.

Comenzó a sonar una introducción de una canción romántica, memoricé la letra inicial para identificarla después “Las luces se apagaron. Y dos historias se juntaron…”, reconocí la melodía, la había escuchado antes pero tengo mala memoria para las canciones.

No la dejó finalizar, quizás unos 40 segundos y cambió a la siguiente.

“Definitivamente que has llegado lejos, definitivamente nada que decir…” guardé en mi memoria este inicio, reconocí la voz, era Miryam Hernández. Otros 40 segundos y me quitó los audífonos.

-       Entonces ¿Estas canciones te han ocasionado la locura? – inquirí una vez más.

-       Si las escuchó me obligo a cambiar, me paso al otro lado donde sólo la música importa, es mi alimento, mi abrigo, mi principio, mi tránsito y mi fin - añadió mientras revisaba el celular.

-       ¿Recuerdas cómo fue la primera vez?

-       Fue hace tanto, pero si me acuerdo, me inspiró un amigo al que conocí durante mis almuerzos en un restaurante - mientras sus dedos hábilmente seguían escudriñando el celular - era un tipo increíble, tenía muchos trastornos obsesivos compulsivos, pero los manejaba, los administraba, parecía vivir en muchos mundos a la vez. Al finalizar el almuerzo siempre dejaba dos montoncitos de arroz, uno tenía ciento cincuenta y el otro treinta y dos granos(*). Los iba agrupando a medida que almorzaba, pasaba unos granos de un montoncito al otro sin contarlos, nunca supe cómo sabía que estaban completos, yo los conté varias veces y nunca se equivocó. Era inexplicable. Un día me dijo "déjate llevar por tu interior", fue la última vez que nos vimos.

Acercó el celular a sus ojos, parecía haber encontrado lo que buscaba, paseó su mirada por todo lo que tenía al frente y prosiguió:

- Esa experiencia es la que me animó a vivir en mi propio mundo. La dolorosa partida del amor de mi vida y el recibir las dos canciones como epílogo de nuestra relación solo fueron la justificación para dejarme llevar por mi interior.

- Pero ¿cómo haces para recobrar la cordura?

- Simplemente siento que es el momento, quizás mi cuerpo toma el control apremiado por la necesidad de alimento u otra necesidad que cubrir, ya sea porque se esté muriendo de frío, calor o dolor.

- ¿Y cómo te comunicas con la mujer desconocida que te cuida? - mentalmente terminé la pregunta: Así yo puedo comunicarme con ella.

- Bueno, es un código entre nosotros. Lo tomé prestado de mi amigo el que te conté de los trastornos obsesivos. En realidad tomé el ciento cincuenta. Cuando me voy al otro lado de esta realidad siempre estoy pendiente de su perfil en las redes y reviso cuántas cuentas sigue y las comparo con las mías, siempre me debo mantener ciento cincuenta por debajo, cuando esta diferencia varía se da cuenta y simplemente aparece. Funciona, incluso en las ocasiones en que perdí el celular.

Examinó el teléfono y lentamente se puso los audífonos, suspiró levemente, apenas intenté hacerle una nueva pregunta me enseñó la palma de su mano en clara indicación de “alto”.

Se quedó callado unos minutos mientras yo no sabía qué hacer, cerrando los ojos comenzó a menear la cabeza rítmicamente.

- Ericson. .. - le dije palmeándole el hombro pero no obtuve respuesta. Esperé unos instantes pues tenía la esperanza de continuar con la conversación.

- Nando... – probé, parecía estar en trance, luego abrió los ojos y sin hacer  un gesto, se puso de pie y comenzó a caminar, sin rumbo. Lo dejé irse.

Pasaron varias semanas y descubrí que me he vuelto obsesivo con las canciones que me dejó Ericson, las escucho todo el día y especialmente al acostarme, tienen la propiedad de estimular mis sueños. En realidad un solo sueño, un sueño recurrente. Veo a la bella mujer que cuida de Ericson que se aleja de mi, quiero conversar con ella pero no logro detenerla. Se va. Yo voy tras ella. La gente con la que me cruzo me saluda muy amablemente, me llaman con diferentes nombres, pero no recuerdo el mío.

Cuando despierto alterado, con mi cabeza llena de imágenes que no tienen relación entre sí me siento como si viviera en una pintura, una pintura de trazos delirantes, quizás en una de Víctor Humareda.

 

(*) Hace referencia al cuento “MANÍA”, en esta misma serie, del 20 de noviembre del 2021.

 

Todas las partes que se encuentran comilladas fueron generadas por la Inteligencia Artificial de Google, BARD.

 

 

miércoles, 27 de septiembre de 2023

NERUDA ENTRE BALAS

Qué difícil es levantarse después de haberse tomado algunos tragos y, sobre todo, haber fumado tanto, el cuerpo se resiente cada vez más. La edad le dicen. Sólo queda meterse a la ducha y despertarse por completo bajo el chorro frío, helado, cantando alguna canción, la que primero llegue desde mis recuerdos. Pero hoy no viene a mi mente ninguna canción, mi pensamiento está ocupado con el seguimiento que voluntariamente me he asignado, como si no tuviera tanto trabajo atrasado, mi jefe ya comienza a incomodarse porque ya no produzco como antes. El agua fría me hace recordar mis sueños. Como siempre la veo a ella, pero hoy la vi de luto.

Trato de pensar en otra cosa pero ella no me deja. Qué puedo hacer, van cuatro años que no hablamos y más de cinco que me dejó, y todavía cada vez que me despierto mis pensamientos son de ella; es un decir cada vez que me despierto, porque en realidad es   todo el tiempo, si sueño es por ella, sigue siendo el personaje principal. No se cuánto más me tomará olvidarla, en realidad no se si quiero. Quisiera que volviera.

Tengo que apurarme, como siempre el desayuno lo voy a dejar para más tarde, creo que debo intentar acostarme más temprano, haber cambiado los cigarrillos por el vape no está dando resultados. Al final va a terminar matándome, total, de algo hay que morir y para mí, solo cuenta morir como policía.

Hace frío y la calle está húmeda, se nota que ha llovido bastante, posiblemente toda la noche, es una mañana oscura, el marco adecuado para mi vida, desde que ella no está.

Con el motor del auto encendido ordeno mis ideas mientras vapeo llenando de una niebla perfumada y densa el auto, cierro los ojos, aclaro mi mente esperando encontrar espacio para organizarme, pero allí está ella otra vez, tal y como la recuerdo, sus grandes ojos negros, profundos, bulliciosos capaces de hacerte prisionero en una cárcel de la que intuyes será imposible escapar.

Como dijo ¿Pablo Picasso? No, fue Neruda “Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido” ¿Pero cuán largo? No tengo la más mínima idea, ya se que el amor siempre es corto, sobre todo para mi, pero ¿el olvido será para siempre? No la puedo sacar de mí, me sigue doliendo todos los días, he intentado reemplazarla, pero en vano. Ella sigue siendo infinita, real, penetrante y hermosamente absoluta, sin tiempo, sin pasado ni futuro, ella es el ahora eterno. ¡Carajo¡ las cosas que pienso. Con razón las mujeres que me conocen me dicen que soy romántico. Odio ser romántico. Odio a Bécquer tanto como a Isaacs. Y a ése Pablo.

Ni el exceso de licor, de desenfreno, de regodeos, ni la cercanía a la demencia han disipado en lo mínimo los recuerdos, maldita memoria la mía que me fuerza a mantenerla. Está acabando con lo que me queda de vida ¿mi memoria o el recuerdo? No lo se, al final coinciden fundiéndose en el mismo dolor. ¿Es que no la quiero olvidar? Pues no, es lo que más deseo ¿Debo olvidarla? Claro que sí ¿Quiero seguir recordándola? Definitivamente si. Entonces todo se vuelve un círculo del que no espero salir pero tampoco se a dónde me lleva. Ni siquiera me interesa llegar a algún dónde. Así tengo que seguir viviendo, difícil ¿dolor? ¿Cuál dolor? Siempre hay cosas más importantes que el dolor. Por ejemplo, ir tras de ella intentando respirar el aire que ella exhala.

Conduzco unas cuadras y me estaciono cerca de la entrada del supermercado que él administra, es su último novio, a veces la trae del brazo, se les ve tan felices, ella cada día más bonita, más mujer, más ángel. A él se le ve bien pero no me importa. ¿Será que el dolor no deja espacio a la envidia? Ya debería dejar de seguirlos, pero no creo que lo haga ahora.

Después que ella me dejó sin decirme el motivo o nada parecido, cuando solo pronunció “Adiós, que te vaya bien” y me dio la espalda de la manera más gloriosa; después de un tiempo todavía seguíamos siendo amigos en las redes. Yo visitaba sus perfiles durante el trabajo, cuando buscaba información de los delincuentes que perseguía siempre me daba tiempo para encontrar algo de ella. He reunido tantas imágenes, sus imágenes, que podría hacerle una biografía gráfica. Y ella mutis, ni una llamada. Recuerdo la primera sorpresa, desesperación después, que me invadió cuando descubrí que me había bloqueado hasta en su teléfono, comenzó el dolor y el acecho. No se cuándo acabarán, cuando acabaremos. ¿Nunca?

Me di la maña para “coincidir” con ella en algunos lugares, nunca me rechazó un beso de saludo en la mejilla, pero no pasamos de “hola, que tal”. Cada beso frío tardó semanas en desvanecerse, el último lo llevo cuatro años conmigo. Guardo todos sus números en mi celular, quizás alguna vez me llame, la sorprendería diciéndole “hola querida…”, como le gustaba. Pero no ocurrirá, quizás en nuestras siguientes vidas.

La primera vez que la vi caminar con otro hombre me invadió una angustia que casi me mata, luego lo superé, si siempre le decía que jamás haría algo que la dañara y, odiar a la persona que la acompaña quizás sea hacerle daño. Nunca más me volvió a importar quien anduviera a su lado, todos son insignificantes eventos al lado de ella. Y ella camina del brazo de ellos, hermosa, hermosa, tan hermosa como se le puede ver, pero pocos sabemos que es mucho más de lo que muestra. A todas sus parejas los enumeré, éste es el quinto. Para ella el amor es tan cómodo. Y le cae perfecto.

No me produjo sentimiento alguno conocer al tuno que ahora la acompaña, como si fuera un ornamento a punto de caer. Me dio la oportunidad de evitar manejar hasta la casa de ella para poder verla de lejos, como habitualmente lo hago, ahora, espero en el supermercado, los veo llegar a pie, luego de algunos minutos salen en un auto de la empresa y la deja en su trabajo. Cuando ella se despide con un beso, aspiro y lleno mis pulmones, quizás el aire me traiga el sabor de sus labios. Luego manejo hasta mi unidad policial a lidiar con mis casos pendientes.

Aprendí su rutina. Un día a la semana él viene solo, y apenas lo veo me voy al trabajo de ella y espero, la veo caminar, flotar, inmensa como siempre, aspiro el aire como fiera olisqueando a su presa, para percibir su perfume. Me alimenta.

Ya llevó algunos minutos estacionado a buena distancia del supermercado, esperando que lleguen juntos, aunque ahora pienso tomarles una foto con el teléfono para verla cuando quiera. Vapeo un poco y pongo las noticias en la radio. No llegan, cambio de radio, mucho crimen, robos, asaltos, sicarios, quiero música, la que ella escuchaba. Veo pasar un vendedor de café al paso, sin pensarlo me bajo y le pido uno acompañado de un pan con palta, a esta hora me saben a gloria. Entonces lo veo venir, hoy le tocó llegar solo, pago apresurado lo consumido, miro la hora en el celular y calculo que tengo tiempo más que suficiente para llegar a verla. Pero se me ocurre tomarle una foto a él, puede servir para algo.

Enfoco la cámara del celular, parece apurado y lleva un pequeño morral de color rojo con el logotipo del supermercado, el mismo que lleva siempre que llega solo, cuadro la imagen para que se vea el morral, se me ocurre importante.

Un par de semanas atrás, mientras buscaba al testigo de uno de mis casos atrasados, entré a un casino y allí lo encontré, llevaba ese morral rojo; jugó hasta las siete de la mañana, hora en la que salió directo a trabajar. Lo vi perder bastante dinero que sacaba de su inseparable morral rojo. Por la mañana indagué en su trabajo, con la experiencia que tengo fue fácil enterarme que tomaba dinero de las ventas del día y lo usaba para apostar; si ganaba, devolvía el dinero que había tomado, si perdía, esperaba su próxima visita al casino con la esperanza de ganar y reponer lo tomado. Lo último que había averiguado, estaba pendiente confirmarlo, es que se había prestado dinero de un “colocho” para reponer el faltante, aunque no era una gran cantidad.

Mientras enfoco la imagen algo llama mi atención, un auto rojo se ha detenido de pronto frente a la puerta del supermercado, es zona prohibida. Mi cuerpo se tensa y mis sentidos toman el control, mi mente escanea todo lo que sucede alrededor y fija lo que pueda servir en caso de una intervención, es mi instinto policial, así funciona. Bajan dos tipos del auto por las puertas del mismo lado, los dos miran al mismo sitio y entones percibo que llevan armas de fuego. Espero, siempre lo hago, uno o dos segundos para tener la certeza de qué intentan para decidir qué hacer. Así funciona. Tomo mi pistola de la sobaquera, pero no la saco, no es el momento. Soy de los policías antiguos, sólo desenfundo el arma cuando se que la voy a enfundar con honor. Se dirigen hacia él y tienen los ojos fijos sobre el pequeño morral rojo, entiendo de qué se trata. Calculo las distancias y me pongo en movimiento, lento como un león preparándose para saltar a su presa, saco la pistola y la rastrillo, a mi alrededor todo se detiene, las cosas que son irrelevantes son borradas de mi mente. Así funciona.

Mi mente repasa en una milésima de segundo las cosas que tengo que hacer para salir bien librado, es un checklist de los procesos mínimos para asegurar mi integridad, lo principal es que debo tener a todos los que están armados a la vista, apenas alguno me apunte debo disparar dos tiros, uno a la cabeza otro al pecho, así me entrenaron para actuar en estas situaciones. Así funciona. Miro al que quedó en el auto y no está en posición de riesgo para mí, por lo menos por ahora. Lo reconozco, es “Armandito”, mi objetivo actual, al que vengo buscando día y noche. Confirmado que se trata de un asalto. Es la modalidad de “Armandito”, aunque nunca ha asaltado de día, es él. Siempre va a lo seguro, hace seguimiento a sus víctimas. Debo estar volviéndome perezoso, no advertí nada mientras observaba al hombre que disfruta de la mujer que extraño.

Veo a los dos tipos que bajaron del auto apoderarse del pequeño morral rojo, su propietario no opuso mucha resistencia y a pesar de ello le revientan la cabeza de un golpe con la cacha del arma. Seguro que ha gastado todo el dinero pues podía haber puesto algo de resistencia. Es el momento de actuar.

Corro hacia ellos centrando mi arma en el más cercano, “Alto, policía…” me escucho gritar, mi voz suena igual que al de muchas veces. Veo la sorpresa en los ojos de los bandidos, los de la víctima también están helados, me mira, hay asombro en esa mirada, esperaba miedo o un pedido ahogado de auxilio. Mientras los hechos suceden en cámara lenta mi mente vuela, voy repasando la teoría ¿Debo disparar al aire? Me respondo que no, estoy muy cerca ya y eso podría darles tiempo a que me disparen. Pero ¿Qué es esto? Ahora entiendo la mirada de sorpresa de él, la casaca se le levanta un poco y advierto lo que parece el pequeño morral rojo metido entre la correa del pantalón, son dos. Analizo a quién disparar primero, siempre al que me está apuntando o al que está próximo a hacerlo. Si es diestro debo moverme a su derecha y si toma el arma con la izquierda debo moverme hacia su izquierda, para aprovechar el movimiento de la mano que el tirador urgido por disparar hará hacia el centro de su cuerpo. El de la derecha es zurdo y el de la izquierda es diestro. Debo decidir a quien disparar primero. Puta madre, lo que faltaba, los dos me apuntan y es igual de peligroso  moverme para cualquier lado, perdí la ventaja.

Entonces, una duda me envuelve, como una luz ámbar de algún flash disparado desde dentro de mi ¿Y si le disparo a él? Al novio ¿No es esta la oportunidad que esperaba? Puedo deshacerme de él. No creo que ella sepa nada de lo que está pasando, la conozco. Cuando estábamos juntos salía corriendo de nuestras citas para no llegar tarde al trabajo, se de su carácter, sus virtudes, su delicadeza. No, ella no participa en esto.

Acabo con él y con uno de los delincuentes y tendré una oportunidad para mi. Le puedo dar en el cuello, así es fácil que la bala lo atraviese y se pierda. No podrán probarme nada. Con uno o dos delincuentes abatidos su muerte sería un daño colateral inevitable. ¿Y las cámaras? Toda esta zona está vigilada, las cámaras pueden ser muy objetivas pero no graban nuestras intenciones. ¿Qué estoy pensando? ¿No había prometido nunca dañarla? Pero es quizás la mejor oportunidad para terminar con este largo olvido.

Voy a disparar al de la izquierda, es el más corpulento, menos probabilidad de fallar, uno, dos. En menos de un segundo. De pronto tropiezo y caigo al suelo, el ruido de los disparos de alguna manera amortigua mi caída, como un colchón aparecido del humo de las balas.

No entiendo cómo dejé pasar el objeto con el que tropecé, definitivamente la falta de sueño y los excesos comienzan a hacer mella. Intento levantarme rápido pero me es difícil, el golpe fue fuerte. El eco del último disparo sigue retumbando en los espacios entre mi cuerpo y mi ropa. No puedo ver mucho desde donde estoy, apenas si logré sentarme. Entonces llega ella. Si, es ella. Me restriego los ojos y vuelvo a mirar, no hay duda, es la mujer que alimenta mis penas. Levanto mi mano izquierda para que me ayude a erguir, porque con la derecha sostengo el arma. Siento su mano fría, al trasluz percibo sus formas, coinciden a la perfección con mis recuerdos.

-       Hola querida – le digo – no esperaba verte.

No me contesta pero su mirada me habla, me dice que también está contenta de verme, también me extraña y que es una pena volver a vernos así. Acerca su mano a mi rostro, su mano de ángel y huelo su perfume, es el de siempre, intenta cerrarme los párpados y acepto de buena gana. Solo es mi imaginación. Lo dije, ella está siempre en mi mente.

En el último instante logro ver a un asaltante tirado en el piso, al más corpulento, tiene clavadas mis dos balas, no hay más que hacer. ¿Para el o para mí?

El otro asaltante sube al auto que arranca, pude ver que llevaba el pequeño morral rojo. Un cansancio bastante agradable e inexplicable me acomete, intento resistirme pero es evidente que es más fuerte que yo, me dejo llevar. Otra vez el rostro de ella, sus ojos grandes en armonía perfecta con su sonrisa original. Quiero volver a hablarle, ¿para qué? Es solo una ilusión mía, ella es un espejismo, desde que se fue, un eterno espejismo. Disculpa, ahora tengo que preocuparme por mi, luego será, seremos.

Me toco el pecho y lo siento bastante húmedo, cálido, todos los asuntos pendientes de mi vida se diluyen entre mis dedos, el tiempo que me queda se va desvaneciendo, como el amor frente al olvido, como los recuerdos frente al presente. Si, nunca te haría daño. Otra vez recuerdo a Pablo, Neruda, “Eso es todo. A lo lejos alguien canta, a lo lejos”.

 

lunes, 14 de agosto de 2023

LA NACA NACA

 Había pasado cinco años trabajando para una empresa encargada del mantenimiento de carreteras en la selva norte, sin siquiera salir de vacaciones, pero, cuando consideró que el mundo ya no lo observaba por haber perdido una lucha cuerpo a cuerpo contra una mujer, decidió dedicarse a estudiar, sus ahorros eran el mejor soporte para ello. Aquella pesadilla, en la que noche tras noche se veía humillado por una muchacha que, en un combate pulcro de judo le infringió una humillante derrota había desaparecido y, no sentía incomodidad por un hecho, que valgan verdades, nunca nadie se lo había comentado. (Esta historia quedó registrada en el relato Verde contra Blanco, el 2011, en este mismo blog).

A Henry Maslucán, más conocido como el “loco William”, la curiosidad lo había convertido en un profesional, como el mismo lo contaba, unos años antes se había recibido como sociólogo de una universidad recién creada, ahora estaba por terminar su maestría y todo lo que veía en esta zona selvática era aprovechable para su investigación final. Su energía la utilizaba casi completamente para su investigación social, estaba interesado en la cultura Jíbaro, actualmente la etnia Wampi, y, por supuesto que en sus descendientes.

No había luna pero la noche tampoco estaba cerrada, el río cercano servía de espejo para amplificar la luz de las estrellas disipando la oscuridad próxima a sus orillas. Terminó de beber el contenido del vaso descartable, lo estrujó, lo arrojó al cesto de basura simulando un tiro de básquet pero no acertó, con la punta del zapato lo empujó, una, dos, tres veces pero el vaso parecía querer alejarse del cesto, más tarde lo recogería, total, por aquí lo que  más sobra es el tiempo, pensó, mientras achicaba los ojos para distinguir la fuente de aquella luz amarilla que había aparecido de pronto y que parpadeaba a la distancia, como queriendo apagarse.

No recordaba por qué y quién le puso el apodo de “loco William”, quizás porque muchas decisiones las tomaba a la carrera, en el momento, casi sin analizar las consecuencias. Solo tenía claro que al salir de su natal Chota no lo llamaban así. Desde los diez años de vida, había sido un verdadero errante y su pasión era viajar, pero ahora llevaba casi dos residiendo en Chachapoyas debido a sus estudios; por eso, cuando convocaron a profesionales para trabajar como coordinadores de las elecciones generales para el distrito electoral de Condorcanqui, no lo pensó dos veces y se anotó.

Así es como le dieron la responsabilidad del sector conocido como El Pozo, en Puerto Galilea, tenía dos locales a su cargo. Había caminado mucho por la selva pero nunca tan al norte, era la primera vez que visitaba los fragosos distritos de Condorcanqui. Se encontraba encantado de poder conocer en su propio hábitat a la etnia Wampi, también conocida como Huambiza, materia central de su investigación, sabía que eran una raza descendiente de los jíbaros, reducidores de cabezas y, además, quería encontrar respuestas a muchas inquietudes que lo inquietaban, guardaba las ansias secretas de repetir una experiencia pasada, beber aquella pócima preparada del tallo de la ayahuasca e intentar explicar las imágenes que pasaron por su mente y las sensaciones desconocidas de algunos años atrás cuando lo bebió por primera vez en uno de sus viajes a Iquitos; dos días antes había llegado a la zona y desde entonces esta idea le martillaba la cabeza, en cualquier momento lo haría.

Se frotó los ojos para ver mejor aquel destello y por unos instantes le pareció distinguir una silueta humana, respiró tranquilo, sin dudas era una persona y decidió caminar hacia alla. Avanzar a través de aquella senda entre la orilla del río y el muro oscuro de la selva, iluminada por el resplandor de las estrellas que rebotaba en el agua como un enjambre de luciérnagas con luz negra que convertían a las sombras que se escapaban del lado oscuro, en danzantes de una chumaichada con connotaciones guerreras. El sonido del río lo invadía como una legión de notas musicales procedentes de un anen wampi, que una a una se introducían por sus oídos apretadamente, frotándolos y dejándole una sensación de estar siendo de alguna forma desvirgado. Placer o temor, algo parecido lo invadía como olas que lo atravesaban intermitentemente, pautados por el resplandor hacia el cual se dirigía.

Hizo ligeros sus pasos, por lo menos eso le parecía, no se escuchaba ni la hierba seca quebrarse bajo su peso, sentía que estaba levitando a unos centímetros del suelo, le gustó esa sensación y trató de concentrarse en lo que sentía al avanzar lentamente.

-       ¡La naca naca, la naca naca…¡

Un grito desesperado lo asustó y le enfrió todo su ser, sintió a su corazón salir y regresar a su pecho, se le cortó la respiración y con mucho esfuerzo recuperó su ritmo respiratorio. Era una mujer, de unos treinta años, la identificó como nativa a pesar de que sus vestimentas eran criollas.

-      Maldita naca naca, maldita naca nada – seguía vociferando desesperadamente la mujer con los ojos desorbitados y las manos extendidas, como suplicando ayuda de algún ser superior, quizás de Étsa.

Señalando hacia algún lugar del lado oscuro, la desesperada mujer se le prendió de la cintura y se puso a sus espaldas utilizándolo como escudo contra un peligro que no alcanzaba a ver.

Intentó calmarla pero seguía gritando las mismas palabras. No sabía el significado de “naca naca”. La abrazó y la condujo lo más amable posible hacia el local electoral por ayuda.

Para su mala suerte parecía que ya no había nadie, incluso los encargados de la seguridad habían desaparecido.

Sentó a la mujer en la silla vieja más cercana e intentó encontrar una botella de agua para calmarla y fue cuando apareció como por arte de magia un nativo, casi desnudo, sólo traía un taparrabo y una pucuna colgada a la espalda de donde asomaban algunos palos delgados y puntiagudos a modo de flechas.

Le pidió que buscara agua pero el nativo parecía no entenderle, y sin importarle su presencia le tomaba el rostro a la mujer tratando de calmarla, mientras le hablaba en tono muy calmado en una lengua que Henry no conocía pero parecía entender; además, cada palabra apenas salir de esa boca se convertía en un haz de luz multi color y sicodélica que desaparecían flotando a merced del viento.

Se apartó unos metros y la escena le pareció desprendida de algún cuento wampi que había oído con incredulidad, donde un kakajam, haciendo uso de su autoridad tomaba posesión de la voluntad de una de sus  mujeres, las luces que se elevaban antes de desvanecerse se convertían por un instante en rostros de mujeres nativos, todas muy parecidas. Recordó aquel aspecto importante de su investigación, el encontrar la explicación a la costumbre de desposar a hermanas, una poliginia sororal, que suponía aparecida apenas después de Adán y Eva.

Lo llenó una oleada de satisfacción convertida en una suave sensación que no lograba identificar a través de cuál de sus sentidos lo percibía, las cosas que estaba viendo, “in situ”, eran muy valiosas para su investigación.

La mujer, despatarrada sobre la vieja silla parecía más calmada, en un extraño trance, el nativo con señas y ligeros alaridos le hizo entender que quería que lo siguiera, y tras de él salió nuevamente por el sendero aledaño al río.

Henry se preguntó quién era este personaje aparecido sin más ni más, de dónde había venido y qué es lo que pretendía. Una de aquellas luces que se elevaba con cada palabra del nativo cayó justo sobre su cabeza y de pronto sus recuerdos de historias leídas sobre los jíbaros se dibujaron claramente en su mente. Era Pamuk Kirup, el valiente jíbaro que lideró aquel levantamiento contra los invasores españoles que se dedicaron a saquear las tribus bajo el pretexto de buscar oro para sus reyes, se notaba el carácter y la firmeza de sus movimientos, conforme lo había imaginado. Con  la claridad podía recordar hasta la fecha de aquellos sucesos, en 1599, en ese levantamiento, Pamuk Kirup había asesinado al gobernador español echándole oro fundido por la boca, debido a esto no pudieron hacer el ritual tzanza, reducirle la cabeza. “El loco William”, se sintió afortunado por haber sido elegido para recibir la visita de este personaje y eso lo llenaba de felicidad y orgullo que percibía a través de todos sus sentidos.

Cuando llegaron aproximadamente al lugar donde apareció la mujer el nativo, con una espada de palo que se materializó por arte de alguna brujería en la mano del ancestral guerrero, cuya punta brillaba como acero fundido, señaló hacia el lado oscuro del sendero y exclamó:

-       ¡ Naca naca, maldita naca naca !

Henry alcanzó a ver una serpiente de unos tres metros que se arrastraba lentamente, tenía los colores de la coralillo o loro machaco, como él la conocía, pero el brillo de esta era sobrenatural, se podía palpar, incluso notó que por donde se arrastraba la hierba quedaba impregnada con estos colores brillantes.

El nativo se puso delante de ella para impedirle que avanzara hacia el río y la serpiente adoptó una posición agresiva levantando la cabeza tan alto, casi hasta el rostro del guerrero, que parecía querer iniciar una conversación.

Durante unos instantes realizaron movimientos similares a una danza, la serpiente intentando llegar hacia el río y el nativo con su pequeño cayado con movimientos de lado a lado se lo impedía. Henry se dio cuenta que la parte iluminada del palo tenía vida propia y se movía como intentando encontrar un lado débil en el reptil, tenía forma de una pequeña cabeza de serpiente, puntiaguda, que a pesar del brillo dejaba notar los ojos y los colmillos que sobresalían a ambos lados.

-      Maldita naca naca, devuelve el alma que has tomado – dijo el nativo mientras sus palabras convertidas en brillo se perdían en la inmensidad de la noche en forma recta, parecía que el viento había desaparecido – No volverás a tu reino si no devuelves lo que no es tuyo –.

Henry se dio cuenta que los labios del guerrero no se movían, era increíble la magia que rodeaba su presencia, el lo entendía a la perfección, se sintió un privilegiado. Si alguna vez había tenido dudas sobre la existencia de Panki, narrada por Ciro Alegría, por su trama fantástica, ahora estaba seguro que aquella historia era cierta.

- ¿Crees que no se que has traído la desgracia a las purmas de la yuca? ¿Acaso no es cierto que con tu mirada les robas el fruto del vientre a las mujeres? ¿Y que merodeas los pueblos de los blancos soplándoles al oído los lugares secretos donde Étsa enterró el oro para nuestro pueblo? - vociferaba el nativo mientras intentaba golpear la cabeza de la naca naca con su cayado; las luces multicolores que salían de la boca de Pamuk Kirup iluminaban la noche dándole un aspecto mitológico a la escena.

El sonido de la selva pasó a ser una sinfonía coordinada de miles de instrumentos que se intensificaban al compás de las luces, el fondo se hizo más oscuro, azabache de terciopelo, sobre el que resaltaban los colores como palíndromos de luz.

Henry sintió un odio enorme por la naca naca y una pulsión que le incitaba a atacarla, quería pisarle la cabeza, si fuera necesario por una eternidad, quería quedarse sintiendo las emociones que le invadían ahora, dejándolas escapar poco a poco pero después de convertirlas en odio. Intentó saltar sobre la serpiente pero no pudo mover siquiera un músculo

Pero su inmovilidad era acompañada por un hormigueo dulce, a ratos caliente a ratos frío, era el sonido de la noche selvática, los ruidos que se metían a su interior dejando apagada la noche.

En medio de ese silencio iluminado la pelea entre Pamuk Kirup y la naca naca eran una metáfora de la vida, el olor que percibía venía de las luces de colores, feromonas que se notaban en el brillo del sudor del guerrero.

Se dio cuenta que no podía hacer nada para ayudar al wampi y se le ocurrió intentar un grito con la boca cerrada, transformado en un haz de luz, cerró los ojos aunque siguió viendo a través de sus párpados y concentró su fuerza en su garganta, en sus cuerdas vocales. Sintió una explosión enceguecedora que lo llenó de nuevas sensaciones, más allá de cualquier placer que antes hubiera sentido, era la luz de una abducción o la luz al final del túnel que cuentan los que regresaron de la muerte.

La claridad que precede al amanecer comenzó a notarse en el horizonte y uno de los encargados de la seguridad llegó al local electoral. Se sintió sorprendido porque una voz interna, casi imperceptible y desconocida, parecía señalarle al cuerpo tirado sobre el piso de tierra del aula electoral:

- Don Henry, don Henry - gritó, inclinándose sobre el tendido, puso el oído sobre su pecho y después de comprobar que latía su corazón comenzó a darle de cachetadas.

- Despierte Don Henry - logró sentarlo - ¡carajo, necesito agua! - y lo Arrastró hasta recostarlo contra la pared.

Con la vista buscó un depósito para ir por agua y vio un vaso de plástico, medio estrujado, al lado de un tacho de basura - Servirá...- se dijo. Lo recogió y miró en su interior, lo olió:

- Mierda, parece natem, ayahuasca - dijo, mientras sus labios dibujaban una sonrisa.

 

jueves, 6 de julio de 2023

FREYA

 Genoveva miraba cómo las gotas de suero pasaban lentamente de la vía a la vena de su hija, sus ojos humedecidos y enrojecidos porque no parpadeaba hacía mucho, el movimiento intranquilo y acompasado de su pie derecho y la respiración pausada de la muchacha que yacía tendida, eran las únicas señales de vida en aquel cuarto de la clínica. Miró la hora en el gran reloj blanco de pared, sobre la cama de aquella habitación y, volvió a suspirar, aunque sólo habían pasado algunos segundos desde su último suspiro.

El cansancio estaba por doblegarla, tenía ganas de irse a casa y tirarse en su cama durante días, o quizás, echarse al lado de su hija hasta que terminara el proceso post operatorio.

La tranquilidad dibujada en el rostro de la joven era tal que parecía haber vuelto a la adolescencia, tenía la cara de una niña, que la mamá no había podido ver hasta ahora por que siempre lo llevaba escondido bajo del maquillaje “Nada es lo que parece” pensó.

Miró el reloj y tuvo ganas de despertarla, de acuerdo a las indicaciones del médico faltaba casi una hora para eso y luego llevarla a casa, de alta, después de haberse sometido a un procedimiento de remodelación corporal, “la madre de las cirugías, la lipoescultura” como le mencionaba su hija emocionada para convencerla que aquella era la gran oportunidad para mejorar su figura.

“¿Cuándo empezó todo esto?” se cuestionó acomodándose en el níveo sillón, cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, su cansancio parecía eterno y comenzó a hilvanar algunos recuerdos con la intención de encontrar una respuesta o tan solo dormir un rato.

-       Quizás fue antes que naciera, cuando decidí ponerle el nombre de una diosa nórdica, poco conocida, quizás con eso le hice creer que debía de tener la perfección de una diosa.

Con la pesadez cercana al sueño comenzó a evocar tiempos pasados, aquellos días en que tenía que madrugar para prepararle la lonchera a su hija, llevarla al colegio y a la carrera llegar temprano a su trabajo.

De aquella niña a la que recogía del colegio, alegre y juguetona, quedaba poco, había crecido y alcanzado una madurez que distaba mucho de su edad, su preocupación constante era estar siempre bella, asistía al gimnasio, se alimentaba de acuerdo a una dieta preparada para atletas de alta competencia y vivía pendiente de su peso. Genoveva se auto inculpó de la situación actual.

-       Yo misma la convencí para que se pusiera Brackets, creo que entonces comenzó todo – pensó – ojalá que ésta sea a última – volvió a suspirar.

Apenas ingresó a la universidad, Freya, inició paralelamente una carrera por mejorar su apariencia, Genoveva, recordaba con qué insistencia le pedía que la llevara a hacerse una bichectomía, hasta que la convenció. Calculó que, por el precio de la operación, no gastaría  mucho dinero, pero tuvo luego que comprar pomadas, fajas, medicinas para evitar la infección y una enormidad de cremas y lociones para que los resultados de la operación fueran los óptimos.

Recordaba de aquella etapa que Freya, con el convencimiento de que mientras más tiempo usara la faja tendría mejores resultados, se movilizaba a la universidad solo en taxis, esperaba que el taxi estuviera en su puerta para quitarse  la faja y regresaba en taxi corriendo para volver a ponérsela sobre las pomadas que antes se embadurnaba. Después de cuatro meses dejó esta rutina, la indicación del médico que la operó era que la usara entre quince días a un mes. Luego cambió su maquillaje, optó por una serie de productos caros que estilizaban su rostro y nunca los dejó,

No pasó mucho para que la muchacha comenzara a comentarle que necesitaba un “retoque” en la barbilla, “algo sencillo” decía para convencerla. Genoveva, pensando que era mejor adelantarse a los acontecimientos buscó diferentes opciones sin que su hija se enterara; era necesario que la operación y su recuperación no le resultaran muy caros, con la recomendación de algunas compañeras de trabajo eligió una clínica canceló la intervención y compró las medicinas post operatorias.

Recordba la cara de felicidad de Freya cuando el día de su cumpleaños le entregó como regalo una cartera conteniendo la cita para la operación además de todo lo que había comprado. La cara de sorpresa y felicidad de su hija la guardaba en un lugar especial de su memoria y la evocaba en los momentos difíciles que una madre soltera por lo general tiene que afrontar. Siempre estaría dispuesta a hacer su mejor esfuerzo para generar momentos de felicidad en su única hija.

Unos meses después, Freya llegó a casa con una serie de encartes publicitarios de clínicas donde se realizaban rinoplastias pidiéndole que la apoye con esta nueva “necesidad”, estaba tan emocionada y era tan insistente que la convenció. Quizás pesó mucho el hecho de que Genoveva siempre quiso arreglarse la nariz, pero nunca se atrevió, “¿por qué no darle a mi hija lo que yo siempre quise?” fue su justificación. La operación fue un éxito, aunque no barata y esperaba que fuera el último capricho por mejorar su figura; y, así parecía pues Freya estuvo un año sin hacer referencia a temas similares, mientras paralelamente avanzaba sus estudios universitarios. Hasta aquel sábado en que llegó del gimnasio cubierta con un chaleco que normalmente usaba durante el invierno.

Lo primero que le vino a la mente es que quizás estuviera enferma, con fiebre, le preguntó varias veces pero Freya prefirió encerrarse en el baño para darse un prolongado baño sin responder ninguna de sus preguntas, no insistió porque sabía que luego terminaría por contarle, como siempre lo hacía.

Después de unas horas, madre e hija se sentaron a conversar.

-       Hoy pasé uno de los peores momentos de mi vida – señaló Freya, tapándose la cara para dramatizar lo que estaba contando – Mi compañera del gym regresó después de dos meses y tenía un busto envidiable, la desgraciada se ha hecho un implante de senos que la han dejado casi perfecta; y créeme, se paseaba oronda por mis narices como retándome, riéndose de mi 32 B – finalizó casi sollozando.

-       Pero hija, te ves perfecta con esa talla – intentó consolarla, aunque presentía que sería en vano.

Conversaron mucho sobre la conveniencia de hacerse la operación, el costo, los peligros y las consecuencias, pero, Freya estaba decidida. Intentó lo único que podría evitar la operación y le dijo que no tenía el dinero suficiente, la hija adoptó una estrategia infalible.

-       Buscaré a mi papá para que me apoye en esto, ya que nunca cubrió ninguna de mis necesidades, son veintiún años que nunca se interesó por mi – sentenció la muchacha, dando por terminada la discusión.

Los siguientes días los pasaron buscando en internet el paradero del padre. Lo último que sabían de él es que trabajaba en Arequipa y que tenía un perfil privado en el Facebook.

Fue en vano, no lo ubicaron y el perfil ya no existía.

Vinieron días de confrontación entre la madre y la hija, el resultado era previsible, Genoveva aceptó ayudarla y Freya terminó en una sala de operaciones en donde se le practicó el implante de prótesis mamaria dejándola en 34 B de talla.

Algunas semanas después la madre se dio cuenta que el efecto había sido positivo, el carácter, el estado de ánimo, las ganas de vivir y sus calificaciones mejoraron de manera evidente. “Una buena inversión” llegó a decirse. Además, la relación madre hija, que ya era buena mejoró ostensiblemente; pero apenas terminó de pagar el préstamo bancario con que había financiado la operación Freya le confesó que la nueva apariencia de su busto no estaba en armonía con el resto de su cuerpo, entonces le hizo conocer su nuevo plan, aumentarse los glúteos.

Genoveva sabía que oponerse iba a ser en vano, conversaron mucho sobre la necesidad de hacerse el tratamiento y finalmente eligieron por una lipofilling.

Esta vez fue diferente, la joven tuvo que quedarse dos días hospitalizada para administrarle calmantes y vitaminas intra venosas. La madre fue testigo del sufrimiento que soportó Freya durante estos días, luego vinieron las visitas a un centro especializado donde recibía tratamiento mediante masajes eléctricos, drenaje linfático, también del uso de incómodas fajas para las zonas de donde le habían extraído grasa que luego fue introducida en sus glúteos.

Con claridad recordaba, que cuando su hija salía de alta aquella vez, se dieron un gran abrazo y sintió el temblor del cuerpo de Freya e inmediatamente también comenzó a temblar, con lágrimas en los ojos y susurrándole al oído le dijo

-       Espero que esta sea la última, ya estás perfecta, no necesitas más sufrimiento, creo que ya eres una mujer perfecta.

-       Si mamá, no creo que tenga que volverlo a hacer, ahora debo recuperarme y terminar de estudiar para comenzar a devolverte todo lo que haces por mí.

-       No me debes nada, hija, si todo esto te hace feliz, yo me siento mucho más, eres una chica muy buena, encima casi perfecta – y se le ocurrió bromear – una operación más y vas a parecer Michael Jackson.

Freya, permaneció en silencio un buen rato mientras ella prefería no haber dicho esto último.

Todos estos recuerdos evocados y el ambiente silencioso y aséptico de la habitación la sumieron en un estado de sueño por el que desfilaron los diferentes rostros y los cambios que había tenido Freya, realmente ahora estaba bonita, “ojalá que no se le atraviese en el camino un hombre como su padre”, era su mayor preocupación, ella se merecía la felicidad por ser una buena hija.

-       ¿Madre? – le sonó en su interior la voz de su hija, había despertado, apresuradamente llamó a la enfermera y casi de inmediato también se hizo presente el médico de turno.

Le pidieron que saliera unos minutos de la habitación mientras le sacaban las agujas y los drenes que habían quedado de la cirugía en el cuerpo de su hija.

Esperó afuera hasta que la volvieron a llamar para que supiera cómo debían colocarse las fajas que estaba obligada a llevar la operada, por unos dos meses, las indicaciones y las horas en que debía tomar las medicinas y las cosas que podía hacer y que no durante las siguientes semanas para que la lipoescultura quede perfecta. Al cabo de completar los procedimientos administrativos por fin la joven salió de alta.

Cuando ya estaban en casa, apenas cerrar la puerta, Freya abrazó a su madre, en un verdadero abrazo de agradecimiento, un abrazo lleno de sentimiento como los que se daban cuando era niña, Genoveva sintió la emoción de su hija, le besó las mejillas, la apretó tan fuerte cuidando de no ocasionarle dolor.

-       Gracias mamita – dijo la muchacha con una lágrima asomando – no me va a alcanzar la vida para agradecértelo, eres la mamá perfecta, la amiga soñada, no voy a defraudarte y siempre me vas a tener a tu lado.

-       Si, mi cielo, no necesitas decírmelo por que sé que será así – contestó con un ligero remilgo – solo espero que sea la última, vas a quedar casi perfecta.

-       No te preocupes mamita, como me dijiste, una operación más y voy a parecer Michael Jackson.

-       Si, se que esta será la última – y la volvió a llenar de besos como no la besaba desde que la recogía del colegio.

Cerró los ojos dejándose embriagar por el abrazo de su hija mientras pensaba “Nada es lo que parece, El color de tu piel no podrás cambiarlo nunca, mi niña”.

LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...