LA PENSION

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jueves, 6 de julio de 2023

FREYA

 Genoveva miraba cómo las gotas de suero pasaban lentamente de la vía a la vena de su hija, sus ojos humedecidos y enrojecidos porque no parpadeaba hacía mucho, el movimiento intranquilo y acompasado de su pie derecho y la respiración pausada de la muchacha que yacía tendida, eran las únicas señales de vida en aquel cuarto de la clínica. Miró la hora en el gran reloj blanco de pared, sobre la cama de aquella habitación y, volvió a suspirar, aunque sólo habían pasado algunos segundos desde su último suspiro.

El cansancio estaba por doblegarla, tenía ganas de irse a casa y tirarse en su cama durante días, o quizás, echarse al lado de su hija hasta que terminara el proceso post operatorio.

La tranquilidad dibujada en el rostro de la joven era tal que parecía haber vuelto a la adolescencia, tenía la cara de una niña, que la mamá no había podido ver hasta ahora por que siempre lo llevaba escondido bajo del maquillaje “Nada es lo que parece” pensó.

Miró el reloj y tuvo ganas de despertarla, de acuerdo a las indicaciones del médico faltaba casi una hora para eso y luego llevarla a casa, de alta, después de haberse sometido a un procedimiento de remodelación corporal, “la madre de las cirugías, la lipoescultura” como le mencionaba su hija emocionada para convencerla que aquella era la gran oportunidad para mejorar su figura.

“¿Cuándo empezó todo esto?” se cuestionó acomodándose en el níveo sillón, cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, su cansancio parecía eterno y comenzó a hilvanar algunos recuerdos con la intención de encontrar una respuesta o tan solo dormir un rato.

-       Quizás fue antes que naciera, cuando decidí ponerle el nombre de una diosa nórdica, poco conocida, quizás con eso le hice creer que debía de tener la perfección de una diosa.

Con la pesadez cercana al sueño comenzó a evocar tiempos pasados, aquellos días en que tenía que madrugar para prepararle la lonchera a su hija, llevarla al colegio y a la carrera llegar temprano a su trabajo.

De aquella niña a la que recogía del colegio, alegre y juguetona, quedaba poco, había crecido y alcanzado una madurez que distaba mucho de su edad, su preocupación constante era estar siempre bella, asistía al gimnasio, se alimentaba de acuerdo a una dieta preparada para atletas de alta competencia y vivía pendiente de su peso. Genoveva se auto inculpó de la situación actual.

-       Yo misma la convencí para que se pusiera Brackets, creo que entonces comenzó todo – pensó – ojalá que ésta sea a última – volvió a suspirar.

Apenas ingresó a la universidad, Freya, inició paralelamente una carrera por mejorar su apariencia, Genoveva, recordaba con qué insistencia le pedía que la llevara a hacerse una bichectomía, hasta que la convenció. Calculó que, por el precio de la operación, no gastaría  mucho dinero, pero tuvo luego que comprar pomadas, fajas, medicinas para evitar la infección y una enormidad de cremas y lociones para que los resultados de la operación fueran los óptimos.

Recordaba de aquella etapa que Freya, con el convencimiento de que mientras más tiempo usara la faja tendría mejores resultados, se movilizaba a la universidad solo en taxis, esperaba que el taxi estuviera en su puerta para quitarse  la faja y regresaba en taxi corriendo para volver a ponérsela sobre las pomadas que antes se embadurnaba. Después de cuatro meses dejó esta rutina, la indicación del médico que la operó era que la usara entre quince días a un mes. Luego cambió su maquillaje, optó por una serie de productos caros que estilizaban su rostro y nunca los dejó,

No pasó mucho para que la muchacha comenzara a comentarle que necesitaba un “retoque” en la barbilla, “algo sencillo” decía para convencerla. Genoveva, pensando que era mejor adelantarse a los acontecimientos buscó diferentes opciones sin que su hija se enterara; era necesario que la operación y su recuperación no le resultaran muy caros, con la recomendación de algunas compañeras de trabajo eligió una clínica canceló la intervención y compró las medicinas post operatorias.

Recordba la cara de felicidad de Freya cuando el día de su cumpleaños le entregó como regalo una cartera conteniendo la cita para la operación además de todo lo que había comprado. La cara de sorpresa y felicidad de su hija la guardaba en un lugar especial de su memoria y la evocaba en los momentos difíciles que una madre soltera por lo general tiene que afrontar. Siempre estaría dispuesta a hacer su mejor esfuerzo para generar momentos de felicidad en su única hija.

Unos meses después, Freya llegó a casa con una serie de encartes publicitarios de clínicas donde se realizaban rinoplastias pidiéndole que la apoye con esta nueva “necesidad”, estaba tan emocionada y era tan insistente que la convenció. Quizás pesó mucho el hecho de que Genoveva siempre quiso arreglarse la nariz, pero nunca se atrevió, “¿por qué no darle a mi hija lo que yo siempre quise?” fue su justificación. La operación fue un éxito, aunque no barata y esperaba que fuera el último capricho por mejorar su figura; y, así parecía pues Freya estuvo un año sin hacer referencia a temas similares, mientras paralelamente avanzaba sus estudios universitarios. Hasta aquel sábado en que llegó del gimnasio cubierta con un chaleco que normalmente usaba durante el invierno.

Lo primero que le vino a la mente es que quizás estuviera enferma, con fiebre, le preguntó varias veces pero Freya prefirió encerrarse en el baño para darse un prolongado baño sin responder ninguna de sus preguntas, no insistió porque sabía que luego terminaría por contarle, como siempre lo hacía.

Después de unas horas, madre e hija se sentaron a conversar.

-       Hoy pasé uno de los peores momentos de mi vida – señaló Freya, tapándose la cara para dramatizar lo que estaba contando – Mi compañera del gym regresó después de dos meses y tenía un busto envidiable, la desgraciada se ha hecho un implante de senos que la han dejado casi perfecta; y créeme, se paseaba oronda por mis narices como retándome, riéndose de mi 32 B – finalizó casi sollozando.

-       Pero hija, te ves perfecta con esa talla – intentó consolarla, aunque presentía que sería en vano.

Conversaron mucho sobre la conveniencia de hacerse la operación, el costo, los peligros y las consecuencias, pero, Freya estaba decidida. Intentó lo único que podría evitar la operación y le dijo que no tenía el dinero suficiente, la hija adoptó una estrategia infalible.

-       Buscaré a mi papá para que me apoye en esto, ya que nunca cubrió ninguna de mis necesidades, son veintiún años que nunca se interesó por mi – sentenció la muchacha, dando por terminada la discusión.

Los siguientes días los pasaron buscando en internet el paradero del padre. Lo último que sabían de él es que trabajaba en Arequipa y que tenía un perfil privado en el Facebook.

Fue en vano, no lo ubicaron y el perfil ya no existía.

Vinieron días de confrontación entre la madre y la hija, el resultado era previsible, Genoveva aceptó ayudarla y Freya terminó en una sala de operaciones en donde se le practicó el implante de prótesis mamaria dejándola en 34 B de talla.

Algunas semanas después la madre se dio cuenta que el efecto había sido positivo, el carácter, el estado de ánimo, las ganas de vivir y sus calificaciones mejoraron de manera evidente. “Una buena inversión” llegó a decirse. Además, la relación madre hija, que ya era buena mejoró ostensiblemente; pero apenas terminó de pagar el préstamo bancario con que había financiado la operación Freya le confesó que la nueva apariencia de su busto no estaba en armonía con el resto de su cuerpo, entonces le hizo conocer su nuevo plan, aumentarse los glúteos.

Genoveva sabía que oponerse iba a ser en vano, conversaron mucho sobre la necesidad de hacerse el tratamiento y finalmente eligieron por una lipofilling.

Esta vez fue diferente, la joven tuvo que quedarse dos días hospitalizada para administrarle calmantes y vitaminas intra venosas. La madre fue testigo del sufrimiento que soportó Freya durante estos días, luego vinieron las visitas a un centro especializado donde recibía tratamiento mediante masajes eléctricos, drenaje linfático, también del uso de incómodas fajas para las zonas de donde le habían extraído grasa que luego fue introducida en sus glúteos.

Con claridad recordaba, que cuando su hija salía de alta aquella vez, se dieron un gran abrazo y sintió el temblor del cuerpo de Freya e inmediatamente también comenzó a temblar, con lágrimas en los ojos y susurrándole al oído le dijo

-       Espero que esta sea la última, ya estás perfecta, no necesitas más sufrimiento, creo que ya eres una mujer perfecta.

-       Si mamá, no creo que tenga que volverlo a hacer, ahora debo recuperarme y terminar de estudiar para comenzar a devolverte todo lo que haces por mí.

-       No me debes nada, hija, si todo esto te hace feliz, yo me siento mucho más, eres una chica muy buena, encima casi perfecta – y se le ocurrió bromear – una operación más y vas a parecer Michael Jackson.

Freya, permaneció en silencio un buen rato mientras ella prefería no haber dicho esto último.

Todos estos recuerdos evocados y el ambiente silencioso y aséptico de la habitación la sumieron en un estado de sueño por el que desfilaron los diferentes rostros y los cambios que había tenido Freya, realmente ahora estaba bonita, “ojalá que no se le atraviese en el camino un hombre como su padre”, era su mayor preocupación, ella se merecía la felicidad por ser una buena hija.

-       ¿Madre? – le sonó en su interior la voz de su hija, había despertado, apresuradamente llamó a la enfermera y casi de inmediato también se hizo presente el médico de turno.

Le pidieron que saliera unos minutos de la habitación mientras le sacaban las agujas y los drenes que habían quedado de la cirugía en el cuerpo de su hija.

Esperó afuera hasta que la volvieron a llamar para que supiera cómo debían colocarse las fajas que estaba obligada a llevar la operada, por unos dos meses, las indicaciones y las horas en que debía tomar las medicinas y las cosas que podía hacer y que no durante las siguientes semanas para que la lipoescultura quede perfecta. Al cabo de completar los procedimientos administrativos por fin la joven salió de alta.

Cuando ya estaban en casa, apenas cerrar la puerta, Freya abrazó a su madre, en un verdadero abrazo de agradecimiento, un abrazo lleno de sentimiento como los que se daban cuando era niña, Genoveva sintió la emoción de su hija, le besó las mejillas, la apretó tan fuerte cuidando de no ocasionarle dolor.

-       Gracias mamita – dijo la muchacha con una lágrima asomando – no me va a alcanzar la vida para agradecértelo, eres la mamá perfecta, la amiga soñada, no voy a defraudarte y siempre me vas a tener a tu lado.

-       Si, mi cielo, no necesitas decírmelo por que sé que será así – contestó con un ligero remilgo – solo espero que sea la última, vas a quedar casi perfecta.

-       No te preocupes mamita, como me dijiste, una operación más y voy a parecer Michael Jackson.

-       Si, se que esta será la última – y la volvió a llenar de besos como no la besaba desde que la recogía del colegio.

Cerró los ojos dejándose embriagar por el abrazo de su hija mientras pensaba “Nada es lo que parece, El color de tu piel no podrás cambiarlo nunca, mi niña”.

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