Qué difícil es levantarse después de haberse tomado algunos tragos y, sobre todo, haber fumado tanto, el cuerpo se resiente cada vez más. La edad le dicen. Sólo queda meterse a la ducha y despertarse por completo bajo el chorro frío, helado, cantando alguna canción, la que primero llegue desde mis recuerdos. Pero hoy no viene a mi mente ninguna canción, mi pensamiento está ocupado con el seguimiento que voluntariamente me he asignado, como si no tuviera tanto trabajo atrasado, mi jefe ya comienza a incomodarse porque ya no produzco como antes. El agua fría me hace recordar mis sueños. Como siempre la veo a ella, pero hoy la vi de luto.
Trato de pensar en otra cosa pero ella no me deja. Qué puedo hacer, van
cuatro años que no hablamos y más de cinco que me dejó, y todavía cada vez que
me despierto mis pensamientos son de ella; es un decir cada vez que me
despierto, porque en realidad es todo
el tiempo, si sueño es por ella, sigue siendo el personaje principal. No se
cuánto más me tomará olvidarla, en realidad no se si quiero. Quisiera que
volviera.
Tengo que apurarme, como siempre el desayuno lo voy a dejar para más
tarde, creo que debo intentar acostarme más temprano, haber cambiado los
cigarrillos por el vape no está dando resultados. Al final va a terminar
matándome, total, de algo hay que morir y para mí, solo cuenta morir como
policía.
Hace frío y la calle está húmeda, se nota que ha llovido bastante,
posiblemente toda la noche, es una mañana oscura, el marco adecuado para mi
vida, desde que ella no está.
Con el motor del auto encendido ordeno mis ideas mientras vapeo llenando
de una niebla perfumada y densa el auto, cierro los ojos, aclaro mi mente
esperando encontrar espacio para organizarme, pero allí está ella otra vez, tal
y como la recuerdo, sus grandes ojos negros, profundos, bulliciosos capaces de
hacerte prisionero en una cárcel de la que intuyes será imposible escapar.
Como dijo ¿Pablo Picasso? No, fue Neruda “Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido” ¿Pero cuán largo? No tengo la más mínima idea, ya se
que el amor siempre es corto, sobre todo para mi, pero ¿el olvido será para
siempre? No la puedo sacar de mí, me sigue doliendo todos los días, he
intentado reemplazarla, pero en vano. Ella sigue siendo infinita, real,
penetrante y hermosamente absoluta, sin tiempo, sin pasado ni futuro, ella es
el ahora eterno. ¡Carajo¡ las cosas que pienso. Con razón las mujeres que me
conocen me dicen que soy romántico. Odio ser romántico. Odio a Bécquer tanto
como a Isaacs. Y a ése Pablo.
Ni el exceso de licor, de desenfreno, de regodeos, ni la cercanía a la
demencia han disipado en lo mínimo los recuerdos, maldita memoria la mía que me
fuerza a mantenerla. Está acabando con lo que me queda de vida ¿mi memoria o el
recuerdo? No lo se, al final coinciden fundiéndose en el mismo dolor. ¿Es que
no la quiero olvidar? Pues no, es lo que más deseo ¿Debo olvidarla? Claro que
sí ¿Quiero seguir recordándola? Definitivamente si. Entonces todo se vuelve un
círculo del que no espero salir pero tampoco se a dónde me lleva. Ni siquiera
me interesa llegar a algún dónde. Así tengo que seguir viviendo, difícil
¿dolor? ¿Cuál dolor? Siempre hay cosas más importantes que el dolor. Por
ejemplo, ir tras de ella intentando respirar el aire que ella exhala.
Conduzco unas cuadras y me estaciono cerca de la entrada del supermercado
que él administra, es su último novio, a veces la trae del brazo, se les ve tan felices, ella cada día más
bonita, más mujer, más ángel. A él se le ve bien pero no me importa. ¿Será que
el dolor no deja espacio a la envidia? Ya debería dejar de seguirlos, pero no
creo que lo haga ahora.
Después que ella me dejó sin decirme el motivo o nada parecido, cuando solo
pronunció “Adiós, que te vaya bien” y me dio la espalda de la manera más gloriosa;
después de un tiempo todavía seguíamos siendo amigos en las redes. Yo visitaba
sus perfiles durante el trabajo, cuando buscaba información de los delincuentes
que perseguía siempre me daba tiempo para encontrar algo de ella. He reunido
tantas imágenes, sus imágenes, que podría hacerle una biografía gráfica. Y ella
mutis, ni una llamada. Recuerdo la primera sorpresa, desesperación después, que
me invadió cuando descubrí que me había bloqueado hasta en su teléfono, comenzó
el dolor y el acecho. No se cuándo acabarán, cuando acabaremos. ¿Nunca?
Me di la maña para “coincidir” con ella en algunos lugares, nunca me
rechazó un beso de saludo en la mejilla, pero no pasamos de “hola, que tal”.
Cada beso frío tardó semanas en desvanecerse, el último lo llevo cuatro años
conmigo. Guardo todos sus números en mi celular, quizás alguna vez me llame, la
sorprendería diciéndole “hola querida…”, como le gustaba. Pero no ocurrirá,
quizás en nuestras siguientes vidas.
La primera vez que la vi caminar con otro hombre me invadió una angustia
que casi me mata, luego lo superé, si siempre le decía que jamás haría algo que
la dañara y, odiar a la persona que la acompaña quizás sea hacerle daño. Nunca
más me volvió a importar quien anduviera a su lado, todos son insignificantes
eventos al lado de ella. Y ella camina del brazo de ellos, hermosa, hermosa,
tan hermosa como se le puede ver, pero pocos sabemos que es mucho más de lo que
muestra. A todas sus parejas los enumeré, éste es el quinto. Para ella el amor es
tan cómodo. Y le cae perfecto.
No me produjo sentimiento alguno conocer al tuno que ahora la acompaña,
como si fuera un ornamento a punto de caer. Me dio la oportunidad de evitar
manejar hasta la casa de ella para poder verla de lejos, como habitualmente lo
hago, ahora, espero en el supermercado, los veo llegar a pie, luego de algunos
minutos salen en un auto de la empresa y la deja en su trabajo. Cuando ella se
despide con un beso, aspiro y lleno mis pulmones, quizás el aire me traiga el
sabor de sus labios. Luego manejo hasta mi unidad policial a lidiar con mis
casos pendientes.
Aprendí su rutina. Un día a la semana él viene solo, y apenas lo veo me
voy al trabajo de ella y espero, la veo caminar, flotar, inmensa como siempre, aspiro el aire
como fiera olisqueando a su presa, para percibir su perfume. Me alimenta.
Ya llevó algunos minutos estacionado a buena distancia del supermercado,
esperando que lleguen juntos, aunque ahora pienso tomarles una foto con el
teléfono para verla cuando quiera. Vapeo un poco y pongo las noticias en la
radio. No llegan, cambio de radio, mucho crimen, robos, asaltos, sicarios,
quiero música, la que ella escuchaba. Veo pasar un vendedor de café al paso,
sin pensarlo me bajo y le pido uno acompañado de un pan con palta, a esta hora
me saben a gloria. Entonces lo veo venir, hoy le tocó llegar solo, pago
apresurado lo consumido, miro la hora en el celular y calculo que tengo tiempo
más que suficiente para llegar a verla. Pero se me ocurre tomarle una foto a él,
puede servir para algo.
Enfoco la cámara del celular, parece apurado y lleva un pequeño morral
de color rojo con el logotipo del supermercado, el mismo que lleva siempre que
llega solo, cuadro la imagen para que se vea el morral, se me ocurre importante.
Un par de semanas atrás, mientras buscaba al testigo de uno de mis casos
atrasados, entré a un casino y allí lo encontré, llevaba ese morral rojo; jugó
hasta las siete de la mañana, hora en la que salió directo a trabajar. Lo vi
perder bastante dinero que sacaba de su inseparable morral rojo. Por la mañana
indagué en su trabajo, con la experiencia que tengo fue fácil enterarme que
tomaba dinero de las ventas del día y lo usaba para apostar; si ganaba,
devolvía el dinero que había tomado, si perdía, esperaba su próxima visita al
casino con la esperanza de ganar y reponer lo tomado. Lo último que había
averiguado, estaba pendiente confirmarlo, es que se había prestado dinero de un
“colocho” para reponer el faltante, aunque no era una gran cantidad.
Mientras enfoco la imagen algo llama mi atención, un auto rojo se ha
detenido de pronto frente a la puerta del supermercado, es zona prohibida. Mi
cuerpo se tensa y mis sentidos toman el control, mi mente escanea todo lo que
sucede alrededor y fija lo que pueda servir en caso de una intervención, es mi
instinto policial, así funciona. Bajan dos tipos del auto por las puertas del
mismo lado, los dos miran al mismo sitio y entones percibo que llevan armas de
fuego. Espero, siempre lo hago, uno o dos segundos para tener la certeza de qué
intentan para decidir qué hacer. Así funciona. Tomo mi pistola de la sobaquera,
pero no la saco, no es el momento. Soy de los policías antiguos, sólo
desenfundo el arma cuando se que la voy a enfundar con honor. Se dirigen hacia
él y tienen los ojos fijos sobre el pequeño morral rojo, entiendo de qué se
trata. Calculo las distancias y me pongo en movimiento, lento como un león
preparándose para saltar a su presa, saco la pistola y la rastrillo, a mi
alrededor todo se detiene, las cosas que son irrelevantes son borradas de mi
mente. Así funciona.
Mi mente repasa en una milésima de segundo las cosas que tengo que hacer
para salir bien librado, es un checklist de los procesos mínimos para asegurar
mi integridad, lo principal es que debo tener a todos los que están armados a
la vista, apenas alguno me apunte debo disparar dos tiros, uno a la cabeza otro
al pecho, así me entrenaron para actuar en estas situaciones. Así funciona.
Miro al que quedó en el auto y no está en posición de riesgo para mí, por lo
menos por ahora. Lo reconozco, es “Armandito”, mi objetivo actual, al que vengo
buscando día y noche. Confirmado que se trata de un asalto. Es la modalidad de
“Armandito”, aunque nunca ha asaltado de día, es él. Siempre va a lo seguro,
hace seguimiento a sus víctimas. Debo estar volviéndome perezoso, no advertí
nada mientras observaba al hombre que disfruta de la mujer que extraño.
Veo a los dos tipos que bajaron del auto apoderarse del pequeño morral
rojo, su propietario no opuso mucha resistencia y a pesar de ello le revientan la
cabeza de un golpe con la cacha del arma. Seguro que ha gastado todo el dinero
pues podía haber puesto algo de resistencia. Es el momento de actuar.
Corro hacia ellos centrando mi arma en el más cercano, “Alto, policía…”
me escucho gritar, mi voz suena igual que al de muchas veces. Veo la sorpresa
en los ojos de los bandidos, los de la víctima también están helados, me mira,
hay asombro en esa mirada, esperaba miedo o un pedido ahogado de auxilio.
Mientras los hechos suceden en cámara lenta mi mente vuela, voy repasando la
teoría ¿Debo disparar al aire? Me respondo que no, estoy muy cerca ya y eso
podría darles tiempo a que me disparen. Pero ¿Qué es esto? Ahora entiendo la
mirada de sorpresa de él, la casaca se le levanta un poco y advierto lo que
parece el pequeño morral rojo metido entre la correa del pantalón, son dos. Analizo
a quién disparar primero, siempre al que me está apuntando o al que está
próximo a hacerlo. Si es diestro debo moverme a su derecha y si toma el arma
con la izquierda debo moverme hacia su izquierda, para aprovechar el movimiento
de la mano que el tirador urgido por disparar hará hacia el centro de su
cuerpo. El de la derecha es zurdo y el de la izquierda es diestro. Debo decidir
a quien disparar primero. Puta madre, lo que faltaba, los dos me apuntan y es
igual de peligroso moverme para
cualquier lado, perdí la ventaja.
Entonces, una duda me envuelve, como una luz ámbar de algún flash
disparado desde dentro de mi ¿Y si le disparo a él? Al novio ¿No es esta la
oportunidad que esperaba? Puedo deshacerme de él. No creo que ella sepa nada de
lo que está pasando, la conozco. Cuando estábamos juntos salía corriendo de
nuestras citas para no llegar tarde al trabajo, se de su carácter, sus
virtudes, su delicadeza. No, ella no participa en esto.
Acabo con él y con uno de los delincuentes y tendré una oportunidad para
mi. Le puedo dar en el cuello, así es fácil que la bala lo atraviese y se
pierda. No podrán probarme nada. Con uno o dos delincuentes abatidos su muerte
sería un daño colateral inevitable. ¿Y las cámaras? Toda esta zona está
vigilada, las cámaras pueden ser muy objetivas pero no graban nuestras
intenciones. ¿Qué estoy pensando? ¿No había prometido nunca dañarla? Pero es quizás
la mejor oportunidad para terminar con este largo olvido.
Voy a disparar al de la izquierda, es el más corpulento, menos
probabilidad de fallar, uno, dos. En menos de un segundo. De pronto tropiezo y
caigo al suelo, el ruido de los disparos de alguna manera amortigua mi caída,
como un colchón aparecido del humo de las balas.
No entiendo cómo dejé pasar el objeto con el que tropecé,
definitivamente la falta de sueño y los excesos comienzan a hacer mella. Intento
levantarme rápido pero me es difícil, el golpe fue fuerte. El eco del último
disparo sigue retumbando en los espacios entre mi cuerpo y mi ropa. No puedo
ver mucho desde donde estoy, apenas si logré sentarme. Entonces llega ella. Si,
es ella. Me restriego los ojos y vuelvo a mirar, no hay duda, es la mujer que
alimenta mis penas. Levanto mi mano izquierda para que me ayude a erguir,
porque con la derecha sostengo el arma. Siento su mano fría, al trasluz percibo
sus formas, coinciden a la perfección con mis recuerdos.
- Hola querida – le digo – no esperaba verte.
No me contesta pero su mirada me habla, me dice que también está
contenta de verme, también me extraña y que es una pena volver a vernos así.
Acerca su mano a mi rostro, su mano de ángel y huelo su perfume, es el de
siempre, intenta cerrarme los párpados y acepto de buena gana. Solo es mi
imaginación. Lo dije, ella está siempre en mi mente.
En el último instante logro ver a un asaltante tirado en el piso, al más
corpulento, tiene clavadas mis dos balas, no hay más que hacer. ¿Para el o para
mí?
El otro asaltante sube al auto que arranca, pude ver que llevaba el
pequeño morral rojo. Un cansancio bastante agradable e inexplicable me acomete,
intento resistirme pero es evidente que es más fuerte que yo, me dejo llevar.
Otra vez el rostro de ella, sus ojos grandes en armonía perfecta con su sonrisa
original. Quiero volver a hablarle, ¿para qué? Es solo una ilusión mía, ella es
un espejismo, desde que se fue, un eterno espejismo. Disculpa, ahora tengo que
preocuparme por mi, luego será, seremos.
Me toco el pecho y lo siento bastante húmedo, cálido, todos los asuntos pendientes
de mi vida se diluyen entre mis dedos, el tiempo que me queda se va
desvaneciendo, como el amor frente al olvido, como los recuerdos frente al
presente. Si, nunca te haría daño. Otra vez recuerdo a Pablo, Neruda, “Eso es
todo. A lo lejos alguien canta, a lo lejos”.