LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

jueves, 6 de julio de 2023

FREYA

 Genoveva miraba cómo las gotas de suero pasaban lentamente de la vía a la vena de su hija, sus ojos humedecidos y enrojecidos porque no parpadeaba hacía mucho, el movimiento intranquilo y acompasado de su pie derecho y la respiración pausada de la muchacha que yacía tendida, eran las únicas señales de vida en aquel cuarto de la clínica. Miró la hora en el gran reloj blanco de pared, sobre la cama de aquella habitación y, volvió a suspirar, aunque sólo habían pasado algunos segundos desde su último suspiro.

El cansancio estaba por doblegarla, tenía ganas de irse a casa y tirarse en su cama durante días, o quizás, echarse al lado de su hija hasta que terminara el proceso post operatorio.

La tranquilidad dibujada en el rostro de la joven era tal que parecía haber vuelto a la adolescencia, tenía la cara de una niña, que la mamá no había podido ver hasta ahora por que siempre lo llevaba escondido bajo del maquillaje “Nada es lo que parece” pensó.

Miró el reloj y tuvo ganas de despertarla, de acuerdo a las indicaciones del médico faltaba casi una hora para eso y luego llevarla a casa, de alta, después de haberse sometido a un procedimiento de remodelación corporal, “la madre de las cirugías, la lipoescultura” como le mencionaba su hija emocionada para convencerla que aquella era la gran oportunidad para mejorar su figura.

“¿Cuándo empezó todo esto?” se cuestionó acomodándose en el níveo sillón, cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, su cansancio parecía eterno y comenzó a hilvanar algunos recuerdos con la intención de encontrar una respuesta o tan solo dormir un rato.

-       Quizás fue antes que naciera, cuando decidí ponerle el nombre de una diosa nórdica, poco conocida, quizás con eso le hice creer que debía de tener la perfección de una diosa.

Con la pesadez cercana al sueño comenzó a evocar tiempos pasados, aquellos días en que tenía que madrugar para prepararle la lonchera a su hija, llevarla al colegio y a la carrera llegar temprano a su trabajo.

De aquella niña a la que recogía del colegio, alegre y juguetona, quedaba poco, había crecido y alcanzado una madurez que distaba mucho de su edad, su preocupación constante era estar siempre bella, asistía al gimnasio, se alimentaba de acuerdo a una dieta preparada para atletas de alta competencia y vivía pendiente de su peso. Genoveva se auto inculpó de la situación actual.

-       Yo misma la convencí para que se pusiera Brackets, creo que entonces comenzó todo – pensó – ojalá que ésta sea a última – volvió a suspirar.

Apenas ingresó a la universidad, Freya, inició paralelamente una carrera por mejorar su apariencia, Genoveva, recordaba con qué insistencia le pedía que la llevara a hacerse una bichectomía, hasta que la convenció. Calculó que, por el precio de la operación, no gastaría  mucho dinero, pero tuvo luego que comprar pomadas, fajas, medicinas para evitar la infección y una enormidad de cremas y lociones para que los resultados de la operación fueran los óptimos.

Recordaba de aquella etapa que Freya, con el convencimiento de que mientras más tiempo usara la faja tendría mejores resultados, se movilizaba a la universidad solo en taxis, esperaba que el taxi estuviera en su puerta para quitarse  la faja y regresaba en taxi corriendo para volver a ponérsela sobre las pomadas que antes se embadurnaba. Después de cuatro meses dejó esta rutina, la indicación del médico que la operó era que la usara entre quince días a un mes. Luego cambió su maquillaje, optó por una serie de productos caros que estilizaban su rostro y nunca los dejó,

No pasó mucho para que la muchacha comenzara a comentarle que necesitaba un “retoque” en la barbilla, “algo sencillo” decía para convencerla. Genoveva, pensando que era mejor adelantarse a los acontecimientos buscó diferentes opciones sin que su hija se enterara; era necesario que la operación y su recuperación no le resultaran muy caros, con la recomendación de algunas compañeras de trabajo eligió una clínica canceló la intervención y compró las medicinas post operatorias.

Recordba la cara de felicidad de Freya cuando el día de su cumpleaños le entregó como regalo una cartera conteniendo la cita para la operación además de todo lo que había comprado. La cara de sorpresa y felicidad de su hija la guardaba en un lugar especial de su memoria y la evocaba en los momentos difíciles que una madre soltera por lo general tiene que afrontar. Siempre estaría dispuesta a hacer su mejor esfuerzo para generar momentos de felicidad en su única hija.

Unos meses después, Freya llegó a casa con una serie de encartes publicitarios de clínicas donde se realizaban rinoplastias pidiéndole que la apoye con esta nueva “necesidad”, estaba tan emocionada y era tan insistente que la convenció. Quizás pesó mucho el hecho de que Genoveva siempre quiso arreglarse la nariz, pero nunca se atrevió, “¿por qué no darle a mi hija lo que yo siempre quise?” fue su justificación. La operación fue un éxito, aunque no barata y esperaba que fuera el último capricho por mejorar su figura; y, así parecía pues Freya estuvo un año sin hacer referencia a temas similares, mientras paralelamente avanzaba sus estudios universitarios. Hasta aquel sábado en que llegó del gimnasio cubierta con un chaleco que normalmente usaba durante el invierno.

Lo primero que le vino a la mente es que quizás estuviera enferma, con fiebre, le preguntó varias veces pero Freya prefirió encerrarse en el baño para darse un prolongado baño sin responder ninguna de sus preguntas, no insistió porque sabía que luego terminaría por contarle, como siempre lo hacía.

Después de unas horas, madre e hija se sentaron a conversar.

-       Hoy pasé uno de los peores momentos de mi vida – señaló Freya, tapándose la cara para dramatizar lo que estaba contando – Mi compañera del gym regresó después de dos meses y tenía un busto envidiable, la desgraciada se ha hecho un implante de senos que la han dejado casi perfecta; y créeme, se paseaba oronda por mis narices como retándome, riéndose de mi 32 B – finalizó casi sollozando.

-       Pero hija, te ves perfecta con esa talla – intentó consolarla, aunque presentía que sería en vano.

Conversaron mucho sobre la conveniencia de hacerse la operación, el costo, los peligros y las consecuencias, pero, Freya estaba decidida. Intentó lo único que podría evitar la operación y le dijo que no tenía el dinero suficiente, la hija adoptó una estrategia infalible.

-       Buscaré a mi papá para que me apoye en esto, ya que nunca cubrió ninguna de mis necesidades, son veintiún años que nunca se interesó por mi – sentenció la muchacha, dando por terminada la discusión.

Los siguientes días los pasaron buscando en internet el paradero del padre. Lo último que sabían de él es que trabajaba en Arequipa y que tenía un perfil privado en el Facebook.

Fue en vano, no lo ubicaron y el perfil ya no existía.

Vinieron días de confrontación entre la madre y la hija, el resultado era previsible, Genoveva aceptó ayudarla y Freya terminó en una sala de operaciones en donde se le practicó el implante de prótesis mamaria dejándola en 34 B de talla.

Algunas semanas después la madre se dio cuenta que el efecto había sido positivo, el carácter, el estado de ánimo, las ganas de vivir y sus calificaciones mejoraron de manera evidente. “Una buena inversión” llegó a decirse. Además, la relación madre hija, que ya era buena mejoró ostensiblemente; pero apenas terminó de pagar el préstamo bancario con que había financiado la operación Freya le confesó que la nueva apariencia de su busto no estaba en armonía con el resto de su cuerpo, entonces le hizo conocer su nuevo plan, aumentarse los glúteos.

Genoveva sabía que oponerse iba a ser en vano, conversaron mucho sobre la necesidad de hacerse el tratamiento y finalmente eligieron por una lipofilling.

Esta vez fue diferente, la joven tuvo que quedarse dos días hospitalizada para administrarle calmantes y vitaminas intra venosas. La madre fue testigo del sufrimiento que soportó Freya durante estos días, luego vinieron las visitas a un centro especializado donde recibía tratamiento mediante masajes eléctricos, drenaje linfático, también del uso de incómodas fajas para las zonas de donde le habían extraído grasa que luego fue introducida en sus glúteos.

Con claridad recordaba, que cuando su hija salía de alta aquella vez, se dieron un gran abrazo y sintió el temblor del cuerpo de Freya e inmediatamente también comenzó a temblar, con lágrimas en los ojos y susurrándole al oído le dijo

-       Espero que esta sea la última, ya estás perfecta, no necesitas más sufrimiento, creo que ya eres una mujer perfecta.

-       Si mamá, no creo que tenga que volverlo a hacer, ahora debo recuperarme y terminar de estudiar para comenzar a devolverte todo lo que haces por mí.

-       No me debes nada, hija, si todo esto te hace feliz, yo me siento mucho más, eres una chica muy buena, encima casi perfecta – y se le ocurrió bromear – una operación más y vas a parecer Michael Jackson.

Freya, permaneció en silencio un buen rato mientras ella prefería no haber dicho esto último.

Todos estos recuerdos evocados y el ambiente silencioso y aséptico de la habitación la sumieron en un estado de sueño por el que desfilaron los diferentes rostros y los cambios que había tenido Freya, realmente ahora estaba bonita, “ojalá que no se le atraviese en el camino un hombre como su padre”, era su mayor preocupación, ella se merecía la felicidad por ser una buena hija.

-       ¿Madre? – le sonó en su interior la voz de su hija, había despertado, apresuradamente llamó a la enfermera y casi de inmediato también se hizo presente el médico de turno.

Le pidieron que saliera unos minutos de la habitación mientras le sacaban las agujas y los drenes que habían quedado de la cirugía en el cuerpo de su hija.

Esperó afuera hasta que la volvieron a llamar para que supiera cómo debían colocarse las fajas que estaba obligada a llevar la operada, por unos dos meses, las indicaciones y las horas en que debía tomar las medicinas y las cosas que podía hacer y que no durante las siguientes semanas para que la lipoescultura quede perfecta. Al cabo de completar los procedimientos administrativos por fin la joven salió de alta.

Cuando ya estaban en casa, apenas cerrar la puerta, Freya abrazó a su madre, en un verdadero abrazo de agradecimiento, un abrazo lleno de sentimiento como los que se daban cuando era niña, Genoveva sintió la emoción de su hija, le besó las mejillas, la apretó tan fuerte cuidando de no ocasionarle dolor.

-       Gracias mamita – dijo la muchacha con una lágrima asomando – no me va a alcanzar la vida para agradecértelo, eres la mamá perfecta, la amiga soñada, no voy a defraudarte y siempre me vas a tener a tu lado.

-       Si, mi cielo, no necesitas decírmelo por que sé que será así – contestó con un ligero remilgo – solo espero que sea la última, vas a quedar casi perfecta.

-       No te preocupes mamita, como me dijiste, una operación más y voy a parecer Michael Jackson.

-       Si, se que esta será la última – y la volvió a llenar de besos como no la besaba desde que la recogía del colegio.

Cerró los ojos dejándose embriagar por el abrazo de su hija mientras pensaba “Nada es lo que parece, El color de tu piel no podrás cambiarlo nunca, mi niña”.

jueves, 18 de mayo de 2023

MUCHACHO SIN SOMBRA

Estaba cansado, tenía mucho tiempo sentado en aquella banca de la avenida Arequipa donde solía esperar a que la tarde diera paso a la oscuridad de la noche. Era agradable tener un lugar donde todavía se pudiera recibir el aire en la cara. Cerró los ojos otra vez y comenzó a contar mentalmente hasta que sus pensamientos encontrarán algo con que distraerse, generalmente recuerdos alegres de su vida, de su tierra, de sus amistades, había tenido muchas. Evitaba pensar en su madre, tenía la certeza que cuanto menos la pensara lograría sacarla de sus pensamientos, de su recuerdo.  Tampoco quería pensar en Valentina por ahora.

A su mente llegaron inevitablemente las imágenes frescas de esta chica que se había convertido en su motivo de vida, en todo su interés, todo giraba ahora en torno a Valentina, le había robado el corazón. Hoy sería la noche escogida, era sábado de descanso y mañana comenzaría a trabajar a las once de la mañana. Para Joseph, la vida eran ciclos de un día. Sus últimos trabajos habían sido en horarios de 24 horas de trabajo y 24 horas de descanso. Hoy le tocaba descanso, trabajaba como mozo principal, era el jefe de un salón en el restaurante de un hotel de cinco estrellas.

No había sido fácil llegar hasta allí, pese a su juventud era independiente y se autosostenía desde adolescente y había hecho de todo. Nació en el margen derecho del río Yavarí, en territorio brasileño, cruzó al territorio peruano de la mano de su madre, huyendo de los malos tratos que el hombre devoto del alcohol les daba como único sustento. Vivió con su madre hasta los catorce años, cuando se dio cuenta que tenía que huir por segunda vez en su vida.

Como cualquier niño pobre se sabía protegido por su madre, la quería mucho, ella le dedicaba todo su tiempo, la vio hacer de mil oficios para que pudiera estudiar, era una mujer decidida a no dejarse vencer por las adversidades de la vida, "toda noche oscura tiene un amanecer", palabras motivadoras que le escuchaba decir cuando las penurias se tornaban muy crudas y necesitaba darse un respiro. A pesar de vivir en un ambiente cruel, como toda la selva, se sintió privilegiado por el amor de su madre.

Nunca pensó que las cosas cambiarían cuando el tío Esteban decidió quedarse a vivir con ellos, había algo en él que no le gustaba, aunque tenía momentos en los que se mostraba cariñoso, sus ojos tenían una expresión maligna. Una vez cuando el tío Esteban se tomó todo el masato que su mamá guardaba pudo ver esa mirada de maldad que desnudaba el espíritu extraviado de un ser que tiene su vida dedicada a la maldad.

El cariño de su madre, que ya había dado muestras de cambio, se transformó completamente cuando nació Ceferino, su medio hermano, el interés de ella por las cosas que le pasaban iban perdiendo importancia, solo le interesaba su hermano; ahora tenía que arreglárselas solo, porque ni siquiera se acordaba de alimentarlo. Su madre comenzó a mostrarse lejana.

Un día en que la fiebre lo obligó a quedarse en cama, temiendo que podría ser la “fiebre rompe huesos”, mientras su madre le preparaba un brebaje alcanzó a escuchar una extraña discusión fuera del palafito en que vivían (que en esta época del año parecía una choza remangándose los pantalones para cruzar el río), entre ella y el tío Esteban; con dificultad se paró y se acercó a la puerta evitando ser visto. Fue el inicio de su nueva vida, completamente diferente a la vivida hasta entonces.

- Lo mejor que podrías hacer es llevarlo con su papá al otro lado del río, si no lo encuentras lo pierdes al frente y te regresas sola - dijo el tío Esteban.

Se dio cuenta que hablaban de él ¿le pedía a su madre que lo abandonara?

- No se, el chamán me dijo que tal vez la maldición pasaría pronto - contestó su mamá sin demostrar mayor emoción - todo fue por lo de la tanrilla, no debí matar a todas las crías.

- Si no tienes valor me dices y yo lo soluciono, pero tienes que decidirlo pronto, antes que se de cuenta que no tiene sombra.

Regresó preocupado a su lecho y se hizo al dormido. Esperó a que todos se encontraran sumidos en el sueño y, pese a que nuevamente tenía calentura y se escuchaban algunos truenos anunciando la proximidad de una lluvia, salió y buscó un claro en el amplio huerto que rodeaba la casa parándose bajo los rayos de la luna llena. Con temor comenzó a buscar la sombra que proyectaba su cuerpo, no había nada hacia adelante. Temerosamente buscó por detrás suyo y tampoco había nada. Se dio media vuelta, volvió a aguaitar en busca de su sombra, comparó su posición con la de las sombras de los árboles cercanos y revisó si proyectaba alguna como ellos y nada. Se acercó a un tronco viejo, se abrazó de él y miro hacía el piso, no cambió nada en la sombra del árbol. Se separó un poco y abrió los brazos y nada.

-       No tengo sombra – exclamó asustado y llorando.

Sintió como un fuerte golpe dentro suyo que rebotaba en cada resquicio de su cuerpo. Miedo, sorpresa, desesperación y una enorme incertidumbre atiborraron todo su ser. Comenzó a correr bajo los pocos árboles intentando encontrar su sombra entre ellos, diez, quince minutos, una hora, una vida le parecía estar dando vueltas sin cansarse. Comenzó a llover y el agua fresca chorreando por su torso desnudo le devolvió la salud, dejó de sentirse enfermo, ahora una hesitación lo cubriría por el resto de su vida.

Sentado apoyando la espalda en uno de los pilares de su palafito y con las rodillas abrazadas miraba hacia las siluetas oscuras que escapaban de la selva y que la lluvia se encargaba de darles vida ¿Cuántos seres imaginarios carentes de sombra se estarían acercando a él y no podía verlos? Tembló.

En silencio regresó al interior, tomó una linterna y tapando el foco con la mano de tal manera que controlaba el haz de luz comenzó a revisar entre las cosas de su madre y de su padrastro. Algo tenía que encontrar. Lo que encontró lo asustó más. Era un pequeño y viejo revólver similar a los que llevaban los policías que pasaron hace años por la casa, lo acarició, sintió el frío del metal y lo volvió a envolver con el mismo pedazo de tela y lo acomodó procurando dejarlo como estaba antes.

Volvieron a sonar en su cabeza las palabras de su padrastro “me dices y yo lo soluciono”.

 

El aire en la cara, frío, que a esa hora de la noche corría por la avenida Arequipa lo sacó de sus cavilaciones, su cabeza se llenó de imágenes de Valentina, en apenas unos instantes recordó la primera vez que la vio, la forma en que se enamode ella y las muchas maneras en que se preparó para llegar a este día en que le pediría matrimonio. Todo lo había hecho bien, a partir de esta noche toda su vida cambiaría, con ella sería más fácil encontrar la felicidad para el resto de la vida. Se acabaría para siempre esa sensación de sentirse culpable sin saber que daño había cometido. Suspiró, miró su reloj y su mente de desenfocó.

 

Las tres primeras noches después de haber fugado se su casa al enterarse que no tenía sombra fueron las más difíciles, no se decidía alejarse por completo de su madre, durmió en medio del monte sin perder de vista el hogar del cual ya se iba alejando. Al cuarto día acoderó la barcaza "Tío Barba" en el puerto artesanal del lugar; desde muy pequeño había pasado horas mirando cómo descargaban enormes cantidades de cajas de cerveza, conocía al capitán, un tipo de unos cincuenta años, alto, de ojos claros, de tez dorada por el sol, con abundante barba, siempre risueño y exageradamente atento con las mujeres. Le bastó derramar unas lágrimas para convencer al capitán y ser aceptado como parte de su tripulacion.

Así fue como inició su nueva vida, de puerto en puerto siguiendo el curso de casi todos los ríos navegables de la zona. Preocupado por que nadie se diera cuenta de su falta de sombra, aprendió a calcular sus pasos para caminar por aquellos lugares donde no se notara su carencia. Trabajó mucho, ahorró cada centavo ganado por si el problema de la sombra pudiera arreglarse con dinero. Pero su vida como grumete le duró un par de años, hasta aquella noche en que el capitán, muy enfermo lo llamó a su camarote y le dijo:

- Joseph, hace mucho que quería decirte que desde el día que llegaste me di cuenta que no tenías sombra, aunque para algunos es una maldición para mi es algo muy conocido ¿sabías que si miras a través del hueso de la pata de la tanrilla a una persona ésta quedará perdidamente enamorada de ti?

- Si - contestó recordando la historia que tantas veces había escuchado, otras tantas veces había visto a las tanrillas correr entre las plantas a orillas de los ríos. En más de una ocasión les lanzó piedras y las correteó para atraparlas pero se zambullían en cualquier curso se agua; si, conocía muy bien la magia que tenía el hueso de la pata de esta ave cuando se miraba a través de el, sentía que algún día tendría la oportunidad de verificar esta leyenda.

- Es lo que hizo tu madre antes de tenerte. Ella encontró un nido y tomó el más grande de los pichones y le cortó una pata después de matarlo - hablaba el Capitán atragantándose con el aire de su respiración - pero cometió un error, también mató a los otros pichones sin una razón, por eso no tienes sombra, cargas con la culpa de tu madre.

A Joseph se le agrandaron los ojos por la sorpresa, tanto, como por las ansias que de pronto sintió por preguntar si había una forma de recuperar su sombra.

- Tienes una única forma de recuperar tu sombra – continuó el Tío Barba como si hubiera adivinado lo que le preguntaría – Debes decirle la verdad, mostrarte como eres, sin sombra, a una persona querida a la que tienes que llevar hasta debajo de la sombra de un eclipse de Luna – Joseph sentía que el corazón le quería reventar el pecho – pero todo tiene un costo, a cambio de tu sombra la otra persona perderá la vista o la voz, en el mismo instante o en un año, pero se quedará ciega o muda.

 

Joseph volvió a mirar la hora y apuró el paso. Tenía tiempo suficiente para recoger a Valentina y caminar con ella hasta Larco Mar. Había calculado los tiempos al detalle, el eclipse conocido como “luna de sangre” empezaría a las 9 con 9 minutos como eclipse parcial y, a las 10 con 16 sería un eclipse total.

Había elegido el lugar perfecto, la luz de los negocios y la nubosidad de la temporada no permitirían ver el eclipse, pero sabia que aún bajo un cielo tormentoso su influencia  haría el milagro, allí estaría y ella nunca de daría cuenta.

Se pregunto ¿Estoy enamorado de Valentina? Y se contestó “Claro que sí”.

La quiero, es la muchacha que estará siempre en mi corazón, me comprometo a amarla toda la vida, quizás después de un tiempo, cuando ella ya se haya acostumbrado a la oscuridad total, a la ceguera, porque estoy seguro que ese será el precio, le diré el sacrificio que la obligué a hacer para recuperar mi sombra. Me comprometo a atenderla, a nunca abandonarla, a tener dos o tres hijos que nos proporcionen la felicidad completa. La pondré a estudiar ¿Acaso no hay ciegos profesionales? Será una mujer feliz, si, lo será, lo juro por Dios. Yo seré su sostén y viviré en su mente tal cual me vea por última vez.

Siempre la había recogido de la puerta de su trabajo pero esta vez ella no quiso, se negó rotundamente y le pidió que él la esperara. "No soy una criatura para que me estés recogiendo siempre, déjame esta vez que yo te recoja" había argumentado; solo le quedó complacerla y se sintió feliz de tener una mujer de carácter a su lado.

 

Aspiró profundamente hasta donde su pecho lo permitió, entrecerró los ojos para verla venir, para disfrutar de su caminar, de su belleza. Le dio un beso en los labios como saludo y la estrujó por la cintura como queriendo aspirar de su respiración. Su corazón vibró como pocas veces, tomó su mano y caminaron como cualquier pareja de enamorados que las sombras de la noche acompañan en el preludio de una noche importante.

Caminaron un buen rato conversando de muchas cosas, él evitaba mirarla directamente a los ojos pues podría notar su gran ansiedad, ella, bonita como siempre, caminaba despreocupada y feliz mientras el aire frío jugaba con el vuelo de su hermoso vestido smock. El la miraba a contraluz de cada escaparate que pasaban solo para comprobar lo bonita que era, hasta parecía brillar.

- Nunca te dije que mi nombre no era Valentina ¿No? - dijo ella con un mohín de fantasía y con ese tono que le recordaba a su tierra y que a Joseph le encantaba, ella era tumbesina.

- ¿Ah? ¿Y cómo te llamabas, huambrilla?

- Mi papá me puso Cristal - y mirándolo con un guiño encantador agregó - no creo que fuera por la cerveza.

- Seguro por qué brillabas mucho - le respondió él, feliz por qué le compartieran el secreto.

- Creo que era transparente - acotó ella mostrando su dentadura perfecta en una sonrisa de ángel - Si creo que era eso.

- No, seguro que no eres transparente pero eres bien blanca, hermosamente blanca - se relamió los labios dejando que ella lo viera para que sepa cuánto la amaba.

Compraron un par de arepas a una vendedora venezolana y se sentaron a comer en las gradas de un gran centro comercial. El miraba su reloj casi impulsivamente.

Después de un rato siguieron su camino y llegaron a Larco Mar, caminaron mirando y bromeando frente a los escaparates, Joseph la tomó de la mano para atravesar sin separase a un grupo de gente que salía del cine.

Llegaron a una pequeña plaza, calculó que el eclipse ya era parcial, la detuvo, la tomó de la cintura y doblándole la espalda le estampó otro gran beso que ella evidentemente disfrutaba, hasta parecía necesitarlo.

Se arrodilló, sacó del bolsillo el estuche que contenía el anillo de compromiso con el cual le pediría matrimonio.

Ella le tocó la cabeza como hace uno habitualmente cuando una mascota se porta mal.

- No, eso no se puede dar, es imposible, creo que es muy pronto – con el rostro sorprendido habló ella.

Joseph se quedó boquiabierto, se le heló todo el cuerpo y dejó caer el estuche entre los pies de la chica. Se agachó para recogerlo y un mareo, como un torbellino que acababa de salir bajo sus pies le envolvió, todo giraba violentamente y en cada giro su cuerpo se helada más.  En su cabeza muchas cosas cobraron distinto y cruel significado, ¿Por qué no dejó que la recogiera como siempre? ¿Le pusieron Cristal por algo especial?   Quiso apartar sus ojos de los pies de ella pero justo cuando su visión comenzaba a ponerse borrosa se dio cuenta que, definitivamente, la muchacha no tenía sombra.

  

viernes, 17 de marzo de 2023

PERJURIO

 “Minutos antes del mediodía de este lunes 6 de febrero, se reportó el asesinato de seis personas en los exteriores del centro comercial Plaza San Miguel. Se trataba de una familia que iba a bordo de un vehículo blanco, el cual se detuvo por unos minutos en el semáforo del cruce de las avenidas La Marina con Riva Agüero. Ahí, aprovechando la luz roja, tres sicarios les propinaron múltiples disparos en plena vía pública. Dentro de auto se encontraban dos menores, de 10 y 12 años, junto a sus padres y sus abuelos. Agentes de la PNP indicaron que podría tratarse de un ajuste de cuentas.”

 

LA PATRONA

Miró su celular de manera rutinaria y comprobó que no había recibido mensajes importantes, eran importantes los de su “batería”, de su entorno principal dentro del gran grupo criminal que lideraba, aquellos con los que se planeaban las acciones y que los consideraba de su familia. Su “negocio” era la extorsión, pero si existía la posibilidad de una ganancia apreciable y sobre todo fácil, entraban a los asaltos de todo tipo, robo de vehículos, asesinatos por encargo y últimamente había decidido también entrar de lleno en la trata de personas. Había analizado y llegado a la conclusión, que la prostitución sería el negocio del futuro.

Volvió a revisar su celular para cerciorarse que estaba corriendo la aplicación en donde se podía ver su ubicación casi exacta, eran pocos los que estaban autorizados para compartir esta información, los que conocían su último número telefónico; había ordenado a sus esbirros que no lo llamaran cuando se encontraba en casa y, si era necesario verlo personalmente, así sabrían dónde encontrarlo. Todos los asuntos, aún los de mayor importancia, se veían en la calle o en una cevichería, club o bar donde ocasionalmente podían asistir. Esto garantizaba la seguridad de su organización.

Desde temprano sabía que durante el día se reuniría con algunos importantes miembros de su organización, pues tenía que recibir algunos “encargos” pendientes, especialmente por el nuevo emprendimiento de la prostitución y uno muy especial, el más fuerte, el pago mensual por “protección” de las empresas de construcción civil que tenían obras en ejecución y a las que “protegía”.

Se peinó con aquella loción que le recomendaron para el cabello teñido, se miró en el espejo y sintió algo de molestia pues sentía que había subido de peso, se echó bastante “1 Millón” de Paco Rabanne y el aroma lo tranquilizó, se sentía mejor saber que olía a uno de los perfumes más caros que le habían regalado. Obsequio por navidad de su esposa, claro que él tenía que pagarlo, “Las mujeres saben lo que hacen” pensó.

Se acercó al pequeño altar que tenía en un rincón de su dormitorio, con una imagen de Sarita Colonia al centro, se persignó, rezó a media lengua un padre nuestro y extrajo una pistola con cacerina artesanal de 40 municiones que estaba cubierta con un mantel doblado, con el arma volvió a hacer la señal de la Cruz sobre la imagen, tocándola cuatro veces, la acomodó en la parte posterior del cinturón y se persignó tres veces, con devoción pero de manera acelerada, quizás una demostración de su vida agitada. Abrió su billetera y sacó una estampita enmicada de Sarita, la besó con fruición y la acercó a la altura de su corazón, luego la devolvió con cuidado a la billetera que regresó al mismo bolsillo.

Encendió su carro, el menos “rochoso”, un Honda comprado de ocasión con el motor tuneado, también usaba una camioneta Audi blindada cuando se movilizaba con su familia, más por ostentación que por seguridad, después de un atentado que sufriera mucho tiempo atrás, solo había tenido pequeñas discusiones con otros de su nivel de otras bandas, debido a su incursión en la prostitución, problemas, que estaba seguro, pronto se zanjarían.

Todavía en la cochera de la casa, llamó a su señora para despedirse. Ella se acercó casi corriendo y tomándolo del cuello, como siempre hacía para convencerlo de algo, le dijo casi susurrando:

-       Gordo, danos una vuelta por la playa, mis suegros quieren tomarse algunas fotos como recuerdo.

Tuvo sus dudas pero considerando que sus padres se encontraban de visita por unos días y sobre todo calculando que tenía tiempo para encontrarse con sus “muchachos” aceptó.

Pasó por su mente cambiar de carro, usar la Audi, pero al ver la alegría en el rostro de su mujer se convenció que no era necesario, ¿por qué no? podrían comerse un ceviche cerca a la orilla del mar, disfrutar de la brisa por un momento y hasta tomarse un par de cervezas bien frías.

-       Nosotros nos acomodamos, Gordo – y terminó convencido.

Puso el celular en mute para que no le interrumpieran las llamadas, tenía la costumbre de tratar sus asuntos de “negocio” fuera de su entorno familiar, ellos no tenían por qué enterarse de las cosas que hacía, por experiencia sabía que las llamadas mal interpretadas originaban grandes sospechas que generalmente terminaban en discusiones; respiró profundamente pues se sentía protegido por la fuerza de su fe en Sarita Colonia..

-       Listo, dijo su esposa como señal de partida.

Se habían ubicado, a su derecha su padre, en el asiento trasero su esposa, su madre al centro y su hijo mayor en la ventanilla derecha, sus otros dos hijos menores estaban sentados en las rodillas de las dos mujeres.

Puso el celular sobre el tablero, se tocó cerca del hombro derecho y sintió un leve dolor, agradable, el tatuaje de Sarita Colonia que se había hecho ya estaba cicatrizando, tocó la imagen que colgaba del espejo retrovisor y luego se persignó y arrancó hacia la avenida Faucett, desde donde tomaría la ruta que Google Maps eligiera para él.

Manejó veinte minutos, el sol calentaba cada vez más y de rato en rato tenía que pasarse el pañuelo por la cara, pese a llevar todas las lunas abiertas, inspiró tres veces rápidas para sentir que aquel fino olor todavía lo acompañaba, el semáforo se había puesto en rojo y se detuvo. Aprovechó el tiempo para revisar su teléfono, tenía nueve llamadas perdidas de dos de sus más cercanos compinches, lo volvió a poner en el tablero “Apenas lleguemos les contesto” pensó. Volvió a tocarse el hombro derecho y presionó más fuerte hasta hacerse doler, quizás como un tributo a la protección que recibía.

Sintió un estallido cerca de su oreja izquierdo, se paralizó, pese al esfuerzo para sacar el arma que llevaba tras la cintura. Escuchó otros disparos, quiso pensar en algo rápido pero parecía caer en un pozo negro y profundo, gritó con todas sus fuerzas pero no escuchó ni su voz ni la de los demás, solo reconoció en algún lugar de su mente algo que probablemente le habían gritado recién “Es lo que te mereces concha de tu madre” mezclado con una extraña danza de siluetas en arabescos macabros que entraban y salían por las ventanas del carro. Luego, el vacío total.

 

EL FETICHE

Estaba preocupado, no había dormido casi nada, quizás los porros, le habían quitado el sueño, era raro, siempre que terminaba con bastante licor encima, como la noche anterior, dormía plácidamente. El sonido de mensaje entrando en su celular terminó por despabilarlo, se frotó los ojos para leer mejor "Es la hora" dijo.

Bajó al primer piso de la casa y dos muchachos con la misma expresión lo esperaban sentados frente a una mesa en lo que parecía la cocina de un pequeño departamento. Ambos tenían una lata de cerveza en una de sus manos, el que parecía el menor de los tres le ofreció una, la recibió, la abrió acercándola a su cara para que el estallido de la lata le rociara la cara con espuma helada, la estrujó y la tiró al centro de la mesa, entre muchas botellas de licor a medio tomar, se frotó la cara con ambas manos esparciendo la humedad hacia su cabello.

Se escuchó el celular haciendo un bisbiseo que anunciaba la llegada de un mensaje, lo revisó y mirando a los dos jóvenes les preguntó “¿Están listos para el trabajo?”. Ambos asintieron con sonrisas en sus rostros. Casi de inmediato se pusieron de pie y se abrazaron los tres como los deportistas lo hacen antes de una competencia importante y al unísono corearon “Lo que tenga que suceder sucederá. Bueno o malo pero siempre con tu protección”.

Sacó un cigarrillo de marihuana de su bolsillo, donde tenía algunos más acomodados dentro de un pañuelo, lo encendió y aspiró profundamente como la primera bocanada de aire de un neonato recién parido, luego, poniéndolo en los labios de sus compañeros les invitó a fumar; fumaron en ese orden hasta terminarlo, los residuos que quedaron entre sus dedos se los metió a la boca y con una señal partieron, enfundados en el valor alimentado con la droga.

Antes de salir a la calle, levantó un gran tapete de color amarillo detrás de la puerta, que descubrió un extraño altar, en el centro un muñeco con una expresión amenazante, diabólica, tenía la cara atravesada por muchas cicatrices y costuras de heridas salvajes, un ojo cerrado y atravesado por una costura de cirugía, el pelo anaranjado e hirsuto dejaba ver algunas suturas sobre el cuero cabelludo, sujetaba una pistola y una daga antigua en sus manos que con los brazos abiertos parecían invitar a un abrazo mortal, eterno, espantoso. A sus pies una paloma disecada, calaveras y huesos de aves y mamíferos pequeños, junto a velas negras a medio consumir, una lata llena de balas pintadas de rojo simulando ser sangre, un carrito patrullero de juguete, chancado y volteado, una cerámica en forma de cráneo abierto, conteniendo monedas de diferentes países y varios frascos con insectos y lagartijas sumergidos en pócimas de diversos colores, le daban una apariencia infernal a lo que parecía un altar de santería creado por alguna mente satánica.

Vaciaron sus bolsillos, las billeteras con dinero, documentos, teléfonos que llevaban y los dejaron entre las cosas del altar, pasaron sus dedos por el muñeco, como si con ello se integraran a una gran presencia, que a partir de entonces ya no serían tres, sino uno. Con un encendedor que tomaron de la mesa encendieron una a una todas las velas, después de apagar cada quien una con el centro de la palma de la mano, salieron hacia la calle.

Afuera los esperaba un taxi, los dos muchachos jóvenes subieron en la parte de atrás mientras que el se acomodaba la lado del chofer. “Buenos días, hagamos bien esto” dijo impostando su voz, sabía que los pequeños detalles son los que sirven a la policía para identificarlos. Como respuesta, el taxista le entregó un morral, de él sacó tres pistolas y un celular, se quedó con la que tenía la cacerina más grande y las otras dos les dio a sus dos compañeros. Leyó los mensajes del teléfono y con una expresión copiada de alguna película gansteril noir le ordenó al chofer “Vamos, es la hora”.

Rodaron por las calles de San Miguel durante veinte minutos y se detuvieron en una esquina, muy cerca del cruce, con el equipo del carro a bajo volumen escuchaban cumbias y reggaetón de moda, a pesar de las ventanas abiertas el calor del carro era infernal, todos sudaban y tenían las axilas marcadas por la humedad; impacientes, se movían de lado a lado rítmicamente, como zombis atrapados por el vudú emergido de las cicatrices del muñeco.

El teléfono comenzó a ronronear, revisó el mensaje y lo dejó caer en el piso del carro, instantes después chilló “Ese es, ese es, no lo pierdas” golpeando con una mano el tablero del vehículo, señalando con la pistola al auto Honda que acababa de pasar, volteó y mirando a los dos muchachos, con los ojos inyectados de droga les dijo “Lo que tenga que suceder sucederá…”.

Minutos después se produjo la matanza.

 

sábado, 31 de diciembre de 2022

LA TÍA LUCY

 

-       ¡La tía Lucy viene la próxima semana!

Hasta hoy suenan en mis oídos las palabras de mi madre cuando nos anunció la visita de su hermana antes de la navidad de hace dos años.

Eran los últimos días de noviembre y en Lima ya se vivían aires de navidad, especialmente en los grandes centros comerciales, malls y otras instalaciones capitalistas que utilizan las fiestas religiosas, en realidad cualquier ocasión, para convertirnos en compradores compulsivos.

Mi primera reacción fue intentar pasar desapercibida la noticia, mi madre nos había hablado tanto de ella que nos hizo perder la emoción que debe sentir cualquier sobrino cuando una tía viene de Estados Unidos después de diez años. La tía Lucy era la segunda de nueve hermanos, mi mamá era la tercera, de una familia pobre y no todos los hermanos pudieron terminar siquiera la secundaria. Como en muchas familias pobres, donde no existe la presencia de un padre, tuvieron que buscar trabajo siendo aún adolescentes.

Se me vinieron a la mente todas las anécdotas y aventuras que mamá contó sobre la tía Lucy. Las dos hermanas eran inseparables, pero apenas terminada la adolescencia tuvieron que apartarse. Mi madre salió en cinta y se marchó a vivir con mi padre mientras que Lucy comenzó a trabajar en una fábrica textil donde ganaba lo suficiente para mantenerse y apoyar a toda la familia, especialmente a los que aún no habían conseguido trabajo.

Después de tener su cuarto hijo mi padre salió un día de casa, sin haber superado la resaca del día anterior, para buscar dinero para el desayuno y no regresó jamás, lo mejor que le pudo haber pasado es que el alcohol de pronto lo privó de la memoria y lo alejó de su familia, cosa que no nos entristeció mucho, teniendo en cuenta la vida de maltrato y miseria que nos daba.

Pero fue después de esto que la tía Lucy cobró importancia. Primero se auto tituló madrina mía y de mis tres hermanos y colaboró con la educación de cada uno de nosotros. Le consiguió trabajo a mamá, en la misma fábrica, claro que con un sueldo menor, insuficiente para las necesidades de un hogar disfuncional con cuatro hijos por mantener, todos en edad escolar; por eso, cada fin de mes, la tía llevaba a mamá de compras y la apoyaba con aquellas cosas que nos permitieran seguir sobreviviendo. Para los cumpleaños y las fiestas ella siempre estaba presente, a veces con la torta, el panetón o el pollo a la brasa, otras veces con un regalito por algún onomástico o una propina por haber terminado el colegio, en sus visitas casi semanales siempre traía algo de ropa para uno de nosotros.

El haberlo vivido, valgan verdades, no lo recuerdo, todo llegó a mi a través de los relatos de mamá.

Cuando la tía Lucy se casó, las cosas cambiaron por completo, se volvió una tacaña y miserable, nunca más aparecieron las propinas o los pollos a la brasa, siempre que nos visitaba llegaba con las manos vacías, para entonces, mi madre y mis hermanos, trabajaban en lo que podían para poder mantener la pequeña casa en donde vivíamos.

Yo la recordaba siempre con la misma ropa, al lado de un señor con lentes oscuros que no se los sacaba ni en noches de lluvia. Era su esposo, un tipo que no trabajaba, que vivía de los ingresos de la tía, del que se decía que era “un choro plantado”, por suerte no tuvieron hijos.

Mi madre perdió su trabajo por quiebra de la empresa y entonces se vinieron años muy difíciles para todos nosotros, dependíamos casi exclusivamente del sueldo de mi hermano mayor, aún después de que éste ya formara su nueva familia.

La tía Lucy jamás nos visitó, nunca nos volvió a traer nada y cuando coincidíamos en alguna reunión familiar ella estaba con la misma ropa siempre y nunca le vi gastar un sol, recuerdo que en algunas reuniones familiares se quedaba hasta el final, recién a partir de las seis de la mañana se retiraba, tomando su combi para evitar el gasto del taxi; su fama de miserable se extendió más allá del ámbito familiar.

Un día nos enteramos que el motivo de su extrema tacañería era ahorrar y poder viajar a Estados Unidos. Vaya que lo consiguió, le dieron visa de turista para ella y su marido, ¿cómo lo hizo?, hasta ahora es un misterio. Pero se fueron en busca de fortuna, como ilegales, con las esperanzas con las que miles de peruanos se fueron para allá.

Esto que cuento fue hace unos veinte años, hoy, la tía ya es ciudadana con todos sus derechos, tiene una casa de su propiedad en Orlando, sigue viviendo con su marido, no tuvo ningún hijo pero se dedicó a trabajar muy duro consiguiendo ser toda una ciudadana norteamericana que puede pasearse libremente por el mundo.

Mi madre vive con dos de mis hermanos en casa de uno de ellos, yo ya me independicé hace años pero creo que sigo siendo una persona en busca de un futuro solvente, sin apremios económicos, por ahora vivo en un departamento alquilado y soy, como millones de limeños, un sufrido usuario del transporte público.

Hace unos cinco años, la tía Lucy regresó al Perú por primera vez desde que se marchó. Vino sola sin su marido, se hospedó en casa de mi madre y su visita duró un mes y medio. Las referencias que tengo es que sigue igual de tacaña, enemiga de dar propinas, solo toma desayuno y almuerza, era evidente que  no cenaba para no gastar, su apoyo en los días que estuvo en casa fue el de comprar pan para el lonche, cuando alguien la visitaba y de proveer cajitas de té filtrante para que nunca faltara algo de tomar. Al marcharse le regaló un cenicero a mi madre, que decía que era de loza china, sabiendo que en casa nadie fuma.

Se imaginan entonces que con esas referencias nadie se alegró cuando mamá anunció su llegada.

Pero pronto las cosas cambiaron, la tía Lucy comenzó a comunicarse por WhatsApp con mamá y otros familiares. Increíblemente les pedía las tallas de sus hijos para traerles ropa y zapatillas “de marca”.

La conmoción fue general. Familiares cercanos y no tan cercanos comenzaron a anotarse y para todos tenía una respuesta, “¿Qué color te gusta? ¿Eres talla chica o grande? ¿Quieres una marca en especial? ¿Eso es todo?” Era increíble cómo todos nos olvidamos del pasado reciente de la tía.

Y me tocó vivir una parte muy especial de esta historia. Fue el destino, cuando pedí mis vacaciones para diciembre nunca pensé que me iban a designar como chaperón de la tía Lucy. Fui designado para recogerla del aeropuerto y para apoyarla en todo aquello que la hiciera feliz durante su estadía; así que me comuniqué con ella para coordinar su llegada y lo primero que me preguntó era que quería que me trajera:

-       Cualquier cosa tía – le dije, pero me acordé que necesitaba una Tablet y había visto una al alcance de mi presupuesto, así que agregué – Más bien tía, te voy a depositar 290 dólares para que me compres una Tablet que venden por delivery.

Ella se comprometió a traerme una más cara y me sentí afortunado porque de pronto la navidad se coloreó para mi.

Su llegada estuvo prevista para la una de la mañana de una madrugada helada, estuve en el aeropuerto muriéndome de frío desde las once de la noche, sin embargo el avión llegó casi a las tres y la tía salió de la sala de embarque a las cuatro.

Éramos un grupo de algo más de diez familiares los que la recibimos, abrazos con todos, lo extraño fue que en el porta equipaje traía dos maletas pequeñas, todos nos preguntamos con las miradas ¿y las cosas para nosotros?.

Después de las acostumbradas bienvenidas y los besos y saludos, la tía sacó un ticket de uno de sus bolsillos y enseñándolos a todos nos advirtió:

-       Estamos con mala suerte, las dos maletas con las cosas no han llegado, se quedaron por error de la aerolínea en Panamá, pero no se preocupen, en máximo una semana estarán aquí para recogerlas.

Esto que pudo ser una noticia desalentadora fue mas bien una suerte de renovación de la esperanza que nuestras navidades vendrían con un regalo especial, a todos nos pareció un hecho anecdótico pues recientemente otro familiar llegado de Estados Unidos tuvo el mismo percance que fue superado en pocos días.

Como guía oficial de la tía Lucy me correspondió embarcarme en el taxi con ella hacia la casa donde vivía mi madre, a unos quince minutos del aeropuerto. Al llegar se produjo uno de aquellos hechos que son parte de las muchas contradicciones en torno a su visita. Me dijo antes de bajar:

-       ¿Podrías pagar el taxi por favor? Después te devuelvo, con tanto ajetreo me olvidé de cambiar mis dólares – en lugar de quedar sorprendido o perplejo un extraño aire navideño me envolvió, convirtiéndome en una suerte de duende que ante la proximidad de Papa Noel no tenía otra alternativa que sentirse feliz.

Claro que pagué y nunca me devolvió, era como una pequeña penitencia en tanto mi Tablet llegara.

Esa madrugada se celebró la visita de la tía hasta pasado el mediodía, luego no recuerdo mucho, solo el café cargado que tuve que tomar para despabilarme al día siguiente, apenas levantarme y poder acudir a acompañar y atenderla.

La llevé a curarse los dientes, a medirse la vista, a visitar a uno y otro familiar. Me quedaba en casa de mi madre, donde estaba cómodamente hospedada, hasta que se acostaba, al día siguiente llegaba temprano para poderla acompañar a atender diversos asuntos; había uno al que la tía le estaba dedicando mucho tiempo, era la gestión para recibir una pensión por el tiempo que había trabajado en aquella fábrica textil, visitamos muchas oficinas, abogados y notarios para completar los trámites, pero me hizo saber que tendría que gestionar unos documentos en Estados Unidos para completar su expediente.

Lo cierto es que, había pasado más de una semana y ya estaba cansado, los continuos viajes en combi, en el metropolitano o en tren y las interminables caminatas me estaban consumiendo, ella nunca viajaba en taxi, pero creo que la esperanza de recibir las maletas olvidadas en Panamá mantenía vivo mi interés en servirle de lazarillo.

Hasta una mañana en que me dijo que nos tocaba ir al aeropuerto para recoger las benditas maletas. Mi excitación se fue al límite, el día tan esperado estaba aquí.

-       Tengo un amigo que nos puede alquilar una camioneta – le ofrecí emocionado.

-       No es necesario, creo que las podemos traer cómodamente en un taxi.

Para mi no había diferencia, las expectativas por tener aquella Tablet soñada en mis manos calmaba cualquier arresto de incomodidad.

Nos fuimos al aeropuerto, ella ingresó sola, tuve que esperarla afuera porque la  seguridad se había extremado después de un paro del personal que operaba el aeropuerto. No me importó en absoluto, esperé casi dos horas. Y me llamó mucho la atención verla salir con un sobre un poco abultado y nada más.

-       ¿Qué pasó? – pregunté algo tolondro.

-       No sabes, las maletas han sido devueltas a Orlando y ya las han entregado en casa, acabo de hablar con tu tío y están conforme; gracias a Dios me envió los documentos que me faltaban.

Esa tarde las comunicaciones entre los familiares fue de grado militar, iban y venían de un lado y de otro, todos se preguntaban cómo haría la tía para pedir las maletas, unos sugerían hacer “una chancha” para pagar  el envío, otros decían que era responsabilidad de la tía; hasta que ella misma lo explicó.

-       Antes de irme les voy a devolver su dinero a todos aquellos que me encargaron algo, como ya compré todo lo que me pidieron, apenas llegue a casa les voy a enviar las maletas para que repartan todas las cosas que pensaba entregarles personalmente, a los que me enviaron dinero sus pedidos les va a salir gratis, es la forma en que se me ocurre compensarles por el mal rato que les hice pasar.

Nada que discutir, todos nos mostramos conformes. Y así fue, dos días antes de su partida, después de haber celebrado un año nuevo como se debe, donde la tía tomó, bailó y comió como nadie, nos volvimos a reunir.

Estaba casi la familia completa, la casa de mi madre resultó pequeña para tanta gente, la tía comenzó a llamar a cada uno de los que le habíamos enviado dinero y nos lo devolvía con un gesto angelical, con una expresión que todavía resumía navidad por todos sus poros. Al terminar no se nos ocurrió mejor idea que comprar trago, comida y poner música para despedirla. Celebramos hasta las diez de la mañana porque tenía que viajar a la medianoche, sino la seguíamos.

Me devolvió los 290 dólares pero gasté 150 en su despedida, recuerdo que me volví solvente y mandé pedir tres pollos a la brasa, qué importaba, total, pronto tendría mi Tablet y 140 dólares ahorrados.

Con el mismo entusiasmo de siempre, la llevé al aeropuerto, me volví a comer el frío de la madrugada pero sentía un calor interno que me mantenía optimista, cada hora que pasaba estaba más cerca de mi sueño tecnológico.

No dormí y me mantuve pendiente de los mensajes de la tía, me consumía la ansiedad, había calculado su tiempo de vuelo, el transporte hasta su casa, el tiempo que le tomaría descansar, las cosas urgentes que tendría que resolver después de su viaje y la hora en que tenía que comunicarse con nosotros.

Unas horas después de mis cálculos por fin tuvimos noticias de ella.

Con bastante dolor nos comunicaba que mientras su esposo fue a recogerla al aeropuerto unos ladrones se metieron a su casa y la desvalijaron, se llevaron electrodomésticos, joyas, dinero en efectivo, muebles, adornos, hasta la ropa de cama, es decir los dejaron con lo que traían puesto en ese momento. Ah! por supuesto, su dolor era tanto que nadie se atrevió a preguntar por las maletas, todos intuimos que también se las llevaron los ladrones.

Personalmente me sentí perplejo, confuso, no lograba cuajar en mi un vil pensamiento que culpara injustamente los esfuerzos de la tía Lucy, ella era quizás el resultado de una situación desgraciada que no merecía vivir.

Le escuché decir entre dientes a mi madre:

-       Pobre Lucy, no ha cambiado.

jueves, 10 de noviembre de 2022

TEMBLOR DE PIERNAS

 Acabo de terminar la llamada y me siento más tranquila, como más aliviada, sabiendo que puedo tomarme el tiempo para hacer mis cosas. Mi novio actual acaba de pedirme que el desayuno de hoy domingo, previsto desde un par de días atrás, lo posterguemos, es difícil ser pareja de un ingeniero que trabaja en una mina no tan cercana, no todos los días puede visitarme, algunas ocasiones, generalmente entre semana, tiene que quedarse a dormir en el campamento minero; así que, respiro profundo con el alivio que ya no tendré que estar pendiente de la hora.

Como ya hice lo más difícil, ordenar el outfit casual de domingo, decido que después de peinarme con calma iré a misa de mediodía y de la iglesia a almorzar, así me ahorro el desayuno, como lo he hecho muchas veces estos últimos meses.

Se me escapa un suspiro al recordar, más por costumbre que por otra razón, que ya tengo más de medio año desde que terminé mi convivencia, de dos años, con aquel otro hombre, el maltratador, que, según todos, me estaba asfixiando. Yo misma no logro entender por qué soporté tanto, éramos tan incompatibles, aunque nunca llegamos a la agresión física, lo que al principio parecía un paraíso con los días se trocaba en infierno, ambos sabíamos que teníamos que cortar, hasta ahora no puedo asegurar quién dio el primer paso, demasiado postergado, tanto que tampoco nos pondríamos de acuerdo en quien dejó a quien. Los dos años vividos en medio de conflictos originados por sus celos parecen muchos menos, como si los problemas de pareja de alguna manera hubieran diluido la noción del tiempo en mi memoria, los días, semanas y meses de permanente pendencia los había fusionado como un tumor inocuo que pasaba desapercibido en la dinámica de mi cerebro.

Bueno, ahora tengo que seguir viviendo. Tengo más de un mes saliendo con mi reciente compromiso, mi ingeniero, a quien confío mi tiempo y mi lealtad, cada día voy descubriendo en él cosas que había olvidado que un hombre puede dar.

Caramba, cómo pasan los minutos cuando pienso en lo vivido. Si no me apuro voy a llegar al final de la misa aunque también odio llegar antes de que se inicie, no me gusta esperar. Es domingo y pienso caminar hasta allá, si voy con mi auto es probable que mientras encuentre un lugar seguro para estacionar la misa haya terminado.

Las calles están menos concurridas, debo caminar unas seis cuadras, las miradas de hombres y mujeres con los que me cruzo me indican que mi outfit casual podría no ser tan aparente para ir a misa, menos mal que traje una chaqueta larga y ligera con la cual me cubro para abreviar mi sensualidad; se que soy una mujer atractiva, a veces muy sugestiva. Muchas amigas me han dicho que envidian esta cualidad con la que he tenido que batallar para aprender a vivir, la misma que generaba los celos de mi ex conviviente, el maltratador.

La puerta de la iglesia está llena de fieles en oración y decidida me abro paso hacia el interior. Hay dos cosas que me gustan de las misas. Llegar y buscar donde sentarme sabiendo que, pese a estar llena, siempre habrá un lugar el que muchos por extrañas razones renuncian a ocupar; decidí ubicarme en una de las bancas más lejanas del altar, mientras miro a los ojos a las personas a las que pido permiso llego a ocupar mi lugar y  percibo en las miradas expresiones claramente diferenciables; es fácil darse cuenta de la envidia, la admiración y el deseo, que son las emociones que rápidamente he aprendido a identificar. También me gusta y me causa una agradable sensación el rito de la paz, aquel momento sublime en que las personas esconden tras la mirada el evidente deseo de acercarse y tocarse entre ellas, la mayoría premeditadas y que disimuladamente rozan la lascivia y, otras que van hacia el otro extremo, hacia los límites del santo respeto.

El sacerdote recién comienza con la Gloria, no me he perdido mucho. Empiezo a ordenar mis ideas para tener centrado a quién o qué dedicar mis oraciones, qué pedir, con la poca fe que me queda, cierro los ojos para rezar el Padre Nuestro y el Ave María, que son las únicas oraciones que he aprendido.

Me vuelvo a persignar y al abrir los ojos mi vista queda clavada en el hombre que está un par de filas delante de mí. Mi corazón salta. Es una silueta conocida, única. Por un momento vivo mi aleluya personal. Cierro los ojos con fuerza, hasta sentir dolor, los abro, enfoco mi mirada, si, es el.

Es el hombre al que en un momento consideré el más grande de mi vida, aquel que me aguantó tres años como su novia, aquel con el que hice planes, con el que tuve grandes sueños que nacieron, crecieron y murieron. Mi primer gran amor, todos tenemos un gran amor que nos cuesta olvidar, aunque no es mi caso porque ya lo superé.

Pero me costó, vaya que me costó.

Trabajábamos en el mismo edificio y casi siempre le veía de lejos, sobre todo cuando salíamos a almorzar y ocasionalmente a la entrada o salida, nos cruzábamos en el ascensor donde algunas veces  nos sorprendimos mirándonos por los espejos.

Apenas había cumplido los veintidós, él cuatro años mayor. Fue en el cumpleaños de mi mejor amiga que por fin nos conocimos, mi alcahuete, mi correveidile, ella fue la que me apañó y me consoló muchas veces durante esa relación.

Cómo olvidar la primera cita, planeada por mi trotaconventos, nunca me sentí tan emocionada, lo esperé en la esquina del trabajo y hasta ahora recuerdo cómo me temblaban las piernas. Intentaba pararme alejando mis rodillas una de otra porque era evidente el choque entre ellas, nunca me había pasado. Lo curioso es que muchos meses después de iniciada nuestra relación, cuando tenía que esperarlo, el temblor de piernas era evidente. Recuerdo cuando se lo comenté a mi confidente y me contestó “Ahí es, si te dejó las piernas temblando, ahí es” con evidente malicia.

Era muy ilustrado, detallista y atento, su preocupación por enseñarme “las cosas de la vida” era permanente, me parecía romántico pero bastante maduro para su edad, me acostumbró a esperar cada mañana su particular saludo con palabras de ánimo,  definitivamente, construyó y elevó mii autoestima, me hizo suficiente y audaz, no le temía a nada con él y, me preparó para grandes cosas. Era un ávido lector y siempre tenía las palabras perfectas para arreglar cualquier diferencia, decía que la vida era una aventura con pequeñas metas para alcanzar día a día. “Los problemas son oportunidades que la vida nos da” y “mi segundo nombre es solución” lo aprendí de él. Definitivamente un soñador.

Vivimos muy enamorados, viajamos algunas veces e hicimos planes para toda la vida. Como es normal tuvimos algunas peleas siempre terminábamos reconciliándonos unos días después, gracias a los esfuerzos que él ponía. Quizás esto me hizo sentir que lo tenía en la palma de la mano, que el vínculo entre nosotros era indestructible. Estaba segura que había hallado a la persona correcta, aquella que se encuentra al otro lado del hilo rojo.

Siempre me pareció inaudita nuestra última pelea, con actitud autosuficiente le tiré la puerta en la cara porque, por segunda vez consecutiva canceló una salida dejándome ya lista, con los crespos hechos; me llamó para explicarme los motivos y después de escucharlo seguí con mi actitud. Quería darle una lección. No le contesté los siguientes mensajes y cuando nos cruzábamos le rehuía, calculé que podía mantener esta situación dos semanas, luego nos reconciliaríamos y todo volvería a la felicidad. Estaba tan segura de lo que hacía que planifiqué la reconciliación para un sábado, cumpleaños de mi mejor amiga, el no se negaría a acompañarme a la fiesta y seguro que la reconciliación sería de antología.

Algo salió mal, el sábado al levantarme leí su mensaje que decía “Bueno, si así lo quieres, así será”. Recién al mediodía, muy segura de mi misma le contesté con otro mensaje, le dije que había recapacitado y quería verlo. No me contestó, ni siquiera lo vio, tardé hasta la noche para darme cuenta que me había bloqueado y ya no figuraba ni siquiera entre sus amigos. Más por rabia que por otra cosa esa noche no dormí, me sentía muy humillada. Pero, si lo tenía calculado al milímetro ¿Qué pasó? ¿Se cansó de la espera? ¿También se sintió humillado? ¿Herí tan profundo su orgullo? ¿O simplemente se quebró el amor?

Al día siguiente comencé a vivir una de las etapas más dramáticas de mi existencia. No comí nada ese día, me levanté, me bañé y regresé a la cama. Una melancolía extraña me consumía, muchas dudas saltaban desde mi interior con cada latido, con cada pulso. Con el paso de las horas mi desconcierto se comió a mi autoestima y mi orgullo. La pena se hizo intensa y el sufrimiento por amor, que nunca había experimentado, parecía acabar conmigo.

Lloré como nunca lo había hecho, no podía sacármelo de la cabeza, todo el día pensaba en él y mis continuos suspiros daban evidencia de mi sufrimiento. Evitaba regresar a casa muy temprano porque tener mucho tiempo sin hacer nada me sumía en lagunas de recuerdos donde lo único que existía eran nuestras vivencias, me prohibí escuchar la música que nos gustaba y de visitar los lugares que recorrimos pero invariablemente terminaba pensando en él. Me refugié en la comida y engordé algunos kilos, apenas me di cuenta que la ropa me ajustaba demasiado adopté una actitud bulímica, vomitaba después de comer y lloraba a escondidas.

Fue, cuando en lo más profundo de esta crisis, mi mejor amiga me llevó a rastras a un psiquiatra, allí tomé conciencia que mi situación se estaba saliendo de control, las terapias me sirvieron y recuperé mis ganas de vivir, mi autoestima y hasta podría decir que, empecé de cero y era otra mujer. “Un clavo saca otro clavo” fue la mejor recomendación que recibí del siquiatra y tal vez por hacerle caso me involucré con mi maltratador, aun contra la opinión de mi celestina, que desde que lo conoció no le dio muchas posibilidades a esa relación.

Siempre lo tuve claro, use la relación para superar mi fracaso. Durante ese tiempo siempre estuve pendiente de la vida de mi novio anterior, por eso cuando me enteré que se había comprometido busqué una oportunidad para cruzármelo en el restaurante donde almorzaba, me fue mal, me pareció que todavía no lo superaba pues apenas verlo me comenzaron a temblar las piernas.

A partir de esta vez, lo volví a ver muchas otras, pero siempre me sucedía lo mismo, me temblaban las piernas, para mi era la clara evidencia de que aún no lo superaba. Tenía que conseguirlo, todavía estaba herida, mortificada con él pero tenía que olvidarlo, sacarlo de mi vida, olvidarlo sería la prueba para demostrar mi absoluta independencia de cualquier hombre.

Recuerdo ese día que justo coincidimos a la salida de esta iglesia con mi gran amor, al verlo venir acompañado de una joven simpática, tomados de la mano, consideré normal sentir temblar mis rodillas, con mucho esfuerzo me asenté bien sobre mis zapatos para evitar cualquier muestra de debilidad. Como si fuera de rutina me saludó con un beso en la mejilla y me presentó a su novia señalándome y diciéndole “Mi ex”.

“Qué fresco”, recuerdo haber pensado, evité entrar en shock e intentaba mostrarme atenta, en el acto me dije que esa muchacha no podía ser mejor que yo, la miré a los ojos sin parpadear obligándola a bajar la mirada, cual rito atávico, tomé esta señal como la aceptación de mi superioridad y, entonces sucedió, mis piernas dejaron de temblar y supe que jamás temblarían por él.

 

La misa va a terminar y de manera silenciosa salgo para cruzarme con el fuera de la iglesia, ya me di cuenta que está solo, ésta será la última oportunidad para comprobar que ya lo superé, tengo la necesidad de verificar que mis rodillas jamás volverán a temblar. Por él no.

Ya en la calle busco su auto, lo ubico por el color y por esa pegatina tan particular que lleva en una de sus ventanas. Camino dando vueltas lentamente, como cuando una fiera enfrenta a una presa peligrosa antes del ataque final. Lo veo salir y camino directamente hacia él, cuidando de no cruzar su mirada hasta el último instante, como si se tratara de un encuentro casual.

Así sucede, veo su sonrisa sincera por encontrarme y también verifico que las rodillas no me tiemblan. Una sensación de satisfacción me invade. Conversamos cosas sin importancia durante unos minutos, le cuento mis cosas, estoy tentada de decir que también estoy en una relación pero lo evito, mejor le pregunto por su novia. Su sonrisa se estremece por un segundo pero la recupera, con mucha naturalidad me dice que hace más de un mes terminó con ella. El brillo en sus ojos que acompañan esa mirada sincera es el mismo que iluminó mi vida durante un tiempo muy feliz. Pienso que es mejor despedirnos, pero ofrece acompañarme, le acepto pero tengo que tomarle el brazo porque casi caigo, me tambaleo, ese maldito temblor de piernas otra vez.

LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...