Día
domingo, pese a haberse acostado pocas horas antes se levantó temprano y
después de un duchazo rápido y un café con tostadas “para tener algo en las
tripas”, que pensó para consolarse, arrancó el pequeño auto que tenía, lo
calentó por un par de minutos, miró la aguja de combustible y leyó la cantidad
de kilómetros que había avanzado desde su última visita al surtidor de
gasolina:
-
Tengo para un par
de días todavía – se dijo, mientras encendía la radio para acompañarse con
música, como siempre.
Tenía que
conducir hasta Chorrillos, hoy decidió usar la ruta larga para evitar el pago
de doble peaje, estaba en los últimos días del mes, aquellos en que su
presupuesto comenzaba a estirarse en espera del pago siguiente. No tocaría sus
ahorros porque sabía que hacerlo rompería esta costumbre de “guardar pan para
mayo” y podría convertirse en una acción habitual. “ Me conozco perfectamente”.
Llegó a la
casa de reposo, eufemismo para asilo de ancianos como se les llamaba antes; esta vez no había traído ningún paquete sino que
se dirigió a la cafetería en donde compró un par de empanadas, otro de tamales, una torta helada
pequeña y una botella grande de Coca Cola de dieta, las hizo poner dentro de una bolsa decorada por el día del padre mientras retiraba efectivo de un cajero electrónico, calculando el
monto más cercano al que necesitaba para pagar tres meses de atrazo a la casa de
reposo – “Si no pago lo echan” pensó” - luego, se dirigió resuelta hacia el interior del pequeño y bien cuidado
edificio. Mostró sus documentos a un portero que atendía tras una luna
oscurecida mientras pensaba cómo sería el tipo que seguro la miraba, quizás se
trate de un padre de familia que tiene que trabajar justo en el día del padre,
como policías y bomberos que lo hacen en su día, quizás estaría
cansado “¿habrá tomado desayuno?” “¿habrá cenado la noche anterior” “¿le
esperará alguien en casa o estará olvidado como muchos padres?” El chasquido de
la cerradura eléctrica abriéndole la puerta le arrancó de sus cavilaciones.
Ingresó y tras caminar por un extenso jardín adornado por una glorieta rodeada
de bancas de madera donde tres ancianos parecían disfrutar de la mañana
templada, llegó a la habitación de su padre.
Parada
ante la puerta de la habitación, antes de sacar la llave, la empujó, pues sabía que
si ya había pasado la asistente con el desayuno ésta estaría junta. No se
abrió, quizás todavía dormía, pensó, mientras usaba su llave para entrar evitando cualquier ruido
innecesario.
Se acercó a la cama y levantó
despacio la cobija y verificó que su padre todavía dormía, se quedó mirándolo
por un momento mientras sus recuerdos revoloteaban dentro de su cabeza como un
remolino sin fin, trató de coger una imagen de las muchas que pasaban
velozmente para quedarse con ella pero después de suspirar volvió a cubrirle el rostro y
moviéndose cuidadosamente encendió la cafetera. Se dio cuenta que el café era
el que había preparado en su visita anterior, un domingo antes.
-
Puta madre, o
sea, una semana más que nadie viene a verlo.
Se sintió
molesta pues esperaba que estando cerca el día del padre uno de sus tres
hermanos hubiera visitado al anciano.
Se sacó
los zapatos que crujían de nuevos, para moverse cómodamente. Después de ordenar algunas cosas, más bien cambiarlas de
lugar, por que el orden y la limpieza de aquel recinto parecían perfectos, se acomodó en la poltrona que se
encontraba a un lado de la cabecera de la cama, sacó su celular y revisó si tenía pendientes, por varios
minutos se distrajo revisando las redes sociales e internet, comenzó a sentirse cansada, la
respiración rítmica del anciano hacían las veces de un mantra hipnótico que poco a poco
terminaron por dormirla.
Se despertó alarmada, desorientada e inmediatamente miró su reloj había dormido
casi dos horas, resopló y con la muñeca se limpió la saliva que tenía alrededor de la boca, se
levantó, se alisó la ropa y se dio cuenta que su papá la miraba atentamente, en voz baja se recriminó:
- Carajo, qué manera de dormir, no he
sentido ni a la enfermera - de inmediato y levantando la voz - Hola papá ¿Sabes quién soy?.
Era una pregunta que siempre le hacía para saber si estaba
en un momento de lucidez, con la edad, además de la diabetes, le había llegado una demencia
senil a poco de cumplir 80 años, que lo ponía en una especie de
estado catatónico por eepacios, que al principio fueron cortos y poco a poco se
hacían más prolongados; cuando se encontraba afectado se quedaba inmóvil a
veces durante casi todo el día sin tener conciencia de lo que pasaba a su
alrededor, su mirada al frente sin ver, o quizás viendo más allá de lo
que él resto no podía ver.
- Hola
hija - le escuchó decir - Te quedaste dormida - mientras levantaba la mano derecha muy
lentamente y temblorosa, a manera de saludo.
- ¿Cómo me llamo? - replicó ella.
- Jaqui, como te puso tu madre, aunque yo
siempre quise que te llamarás como ella Jaquelyn.
Ella pensó cómo era posible que la demencia senil le
permitiera estos momentos de lucidez, como diáfanos amaneceres después de
noches oscurecidas por tormentas.
- ¿Cómo estás, viejo? ¿Te siguen tratando bien?
¿Cómo te recibió el día del padre? - mientras colocaba la torta helada
en la mesita redonda que luego empujó al lado de la cama sin dejar de mirarlo.
- De la enfermera no me puedo quejar, de la
vida, todavía no estoy seguro si fue generosa conmigo, sobretodo por el final, que estoy
seguro no me merezco - contestó el anciano, suspirando al final de sus palabras.
Jaqui no se sorprendió de la elaborada
respuesta de su padre, sin duda estaba en un momento de lucidez, siempre había
sido un hombre de respuestas inteligentes, recordaba que cuando ella era
bastante pequeña no entendía el significado de muchas palabras y sobre
todo no podia darse cuenta de las
ironías y sarcasmos que habitualmente usaba.
Jaló la poltrona y la acomodó cerca de la mesa,
se sentó y comenzó a cortar la torta en pequeños trozos mientras
siguió conversando.
- Veo que ninguno de tus hijos se acordó de
visitarte,
- Deben estar con problemas o quizás vinieron
mientras dormía - se apuró en responder el papá.
- ¡ Jaaa...! ¿No será que los estas defendiendo como siempre?
Siempre lo haces, hasta ahora no comprendo por qué les permites que se porten
así contigo - tomó aire y continuó como recriminándose - bueno, en realidad ya
no puedes hacer nada.
Después siguió un gran silencio interrumpido por
el sonido de los cubiertos mientras seguía cortando la torta y en segundo plano
la música del televisor que permanecía prendido casi todo el día.
Conversaron hasta después del medio día. Ella le
comentó de sus logros, sus proyectos, sus pequeños sueños, porque había aprendido
que es mejor soñar cosas pequeñas que puedan lograrse pronto, porque los otros
sueños, aquellos que quedan pendientes, se van convirtiendo en intenciones y
fracasos, de travesías que nunca
emprendíste y que se convierten en culpas por ofensas que no cometiste y en
condena que tendrás que pagar toda la vida.
La enfermera entró a la habitación empujando un carrito de
comidas, la saludó cortesmente, era una joven nueva, posiblemente soltera, por
que a las casadas se les suele dar permiso por el día del padre, la recién
llegada atendió amablemente a su papá y le dejó el almuerzo; Jaqui,
dirigiéndose al anciano, mientras le acomodaba para que pudiera alcanzar el
almuerzo sin problemas le preguntó
- ¿Vas a orinar antes o después del almuerzo? Para
llevarte al baño, supongo que no puedes ir solo.
- Todavía puedo hacerlo, hija, ya fui mientras
dormias. A veces no puedo levantarme, en esos casos si necesito ayuda.
- ¿Quieres que te desmenuce la comida? - preguntó ella.
- No es necesario.
El anciano comenzó a almorzar lentamente,
llevaba la cuchara a la boca temblando y dejando caer comida en el camino, ella
le limpiaba con papel toalla la cara y las manos y también los restos de comida
que caían.
De pronto Jaqui recordó haber visto a su madre
darle de comer cuando él se enfermaba
y no se levantaba de la cama, sintió un poco de cólera reprimida por preguntas
que nunca hizo y entonces le preguntó
- ¿Recuerdas que cuando te enfermabas mi mamá te
daba los alimentos de esta manera? pero nunca se lo agradeciste, más bien más
de una vez le botaste los platos al piso. -¿Te acuerdas? – y le pegó
la mirada, sentía curiosidad por su próxima reacción.
- ¿Yo? Nunca! – casi gritando contestó el
anciano – estás loca, seguro que lo has soñado.
- Claro, ahora es fácil para ti negarlo todo,
eres el bueno de la película, no reconoces todas las cagadas que nos hacías a
mamá y a mi, eras un abusivo de mierda, un pega mujeres, un verdadero crápula –
mirándolo fijamente a los ojos, esperando una respuesta inteligente, pero nada
- ¿Te acuerdas de ésta cicatriz? – continuó agitada mientras se estiraba el
cuello de la blusa para mostrar una cicatriz de unos cinco centímetros sobre la
parte más redonda de su hombro derecho.
Jaqui tomó aire lentamente, no quería perder la
calma, pero sucedió otra vez, como tantas veces, como aquellas en que quería
descargar recuerdos de su dolorosa vida de hija, de única hija mujer, su padre,
tenía la mirada perdida, mirando a ningún lugar, las manos caídas, trémulas,
con el cubierto y la comida derramada sobre la colcha blanca, la boca
entreabierta, tiesa, con la saliva anunciando la intención de caer.
- Qué, ya te fuiste otra vez, como cobarde -
mientras abanicaba su mano por la cara del anciano, intentando provocar que
cerrará los ojos pero él no daba señal de estar presente - y siguió hablando,
vociferando, como si ahora pudiera escucharla.
- Tu nos odiabas, a mamá y yo. Desde que tengo
uso de razon, sólo recuerdo golpes, abusos, maltratos ¿O no? Solo te
interesaban tus tres hijos, para ellos todo, ellos recibieron cada una de tus
tres casas y ahora ni siquiera se preocupan de ti, no se acuerdan ni de tu
santo - Jaqui sintió el calor de la cólera que inunda las almas de
las personas injustamente desplazadas - y crees que podré sacar de mi mente aquella
vez que te negaste a matricularme en un instituto por que yo te daría nietos
que acabarían con la continuidad de tu apellido, como si fueras un gentil.
Acomodó la poltrona, se sentó parsimoniosomente
y siguió con su soflama.
- ¿Te acuerdas la cantidad de golpes que me diste
mientras me "enseñabas y corregias" mis tareas? ¿Cuántas veces golpeaste
a mamá por atreverse a defenderme? ¿Y aquella vez que me
pegaste con aquella flauta, que era tu "herramienta" favorita, que se
rompió en mi hombro y me quedé marcada para siempre por que la tremenda herida
que me hiciste me la tuvieron que curar en casa?.
Se reacomodó, tomó aire, cerró
los ojos por unos instantes, una lágrima resbaló por su cara, se la
limpió con el puño de la blusa un poco molesta por qué sería otra lágrima intrascendente
como las millones que había derramado. Pensó quedarse callada como siempre pero
esta vez prefirió seguir hablando.
- Tampoco entendí nunca por qué mis hermanos
siempre tenían todas las preferencias, a ellos les permitiste tener amistades,
salir a fiestas y jugar en la calle en cambio yo crecí enclaustrada - se
levantó pesadamente, quizás las penas le pesaban demasiado, se sirvió la Coca
cola en un vaso de plástico y bebió sorbos pequeños.
- No sabes cómo me dolió aquella vez que le tiraste la puerta en la
cara al único muchacho que logró interesarme
entonces, incluso sobre las patadas que nos diste a mamá y a mi, culpándonos de haberlo
invitado sin autorización - tragó saliva y continuó - nos hiciste esclavas
de tus prejuicios, vivíamos aterrorizadas por tus cambios de ánimo, éramos manojos de
nervios, nuestros cuerpos saltaban, convulsionaban, apenas levantabas la voz.
La joven se sentó pesadamente, estrujó el vaso con la mano que
lo sostenía y lo lanzó a un tacho de basura con movimientos de baloncesto, el vaso quedó tirado
cerca del cesto.
- Siempre me despierto a media noche recordando
aquellas veces en las que a golpes me hacías estudiar hasta una o dos de la mañana, pese a que tenía las tareas resueltas o
la lección aprendida, luego me llevabas a la cama y me apagabas la luz del
cuarto. Después me levantabas muy
temprano, siempre antes que mis hermanos para que ayudará a mamá a preparar el desayuno.
Se restregó los ojos con ambas manos, era una alegoría irónica de El pensador de
Rodín sentada en la poltrona, parecía estar pensando que más decir o intentado
callar algo que la atormentaba, respiró profundamente y preguntó:
- ¿Ya regresaste? - mientras auscultaba en los ojos de su padre una señal que le diera la certeza
que se encontraba lúcido - ¿todavía? - volvió a guardar silencio y su
respiración evidenciaba una gran agitación, por su mente corría una cantidad
grande de recuerdos, empujándose entre ellos, como el caudal embravecido de un
río que arrastra todo a su paso, ella, impotente, a merced de aquella corriente
pretendía coger un recuerdo para echarle en cara a la estatua en que parecía
haberse convertido su padre.
- Y ahora entiendo por qué te preocupabas en que
estudiara tanto, el sueño aquel que tuve muchas noches de mi niñez, soñaba que
querías ahogarme metiéndome no se qué en la boca, pero apenas despertaba
parecía que huías – sollozó, escupió como si de pronto recordara el sabor de
algo muy amargo y se restregó los labios casi hasta sangrarlos – lo comprendí
después ¿no?, cuando me llevaste al médico por unos granos que me salieron en
la cara y el doctor te dijo, apartándote de mi para que no escuchara, que eran
cándidas cutáneas y que tenías que vigilarme por que alguien podría estar
abusando de mi.
Se le quebró la voz, se quebró ella, su cuerpo
parecía disolverse sobre la poltrona, pero recordó qué había venido a hablar y
continuó:
- Dejaste de
golpearnos unos días, hasta pensé que sería el final del sufrimiento, pero no,
luego te pusiste peor, el maltrato se agravó, preferías llamarme puta antes que
hija, me denigraste, me obligaste a irme de casa justo antes de cumplir
dieciocho, lo lograste a base de golpes que descargabas sobre mamá – dejó
escapar un gemido que se apresuró a silenciar – la pobre la pasaba mal defendiéndome,
decidí irme antes que la mataras a golpes.
Jaqui se
levantó, se acomodó la ropa, se limpió la cara, se arregló el cabello, luego
cogió su pequeña cartera, dejó el dinero que había sacado del cajero y lo puso
al centro de la mesa, cogió un pequeño florero, sin flores, de una repisa y lo colocó sobre los billetes. Se dirigió a la puerta, cogió el tirador de la
puerta y se detuvo, sin voltearse a mirar a su padre continuó hablando:
- Y ahora pareces indefenso, ni siquiera tienes
esa mueca en los labios, mueca irónica con la que acompañabas cada agresión, no
se qué era primero, la mueca o la agresion,
pero llegué a temerla y odiarla tanto -
se levantó un mechón de pelo que caía sobre su cara - ahora se que fue
esa mueca la que aceleró mi partida, pero me fue muy bien, me acomodé en la casa de mi amiga y la vida me
dio una oportunidad y viajé a Estados Unidos, fueron los mejores cinco años de mi vida,
trabajando, trabajando para mi y por mi y ahorrando, hasta que me encontraste.
Volvió la mirada por sobre su hombro y vio que
su padre seguía inmóvil.
- Me obligaste a regresar con el pretexto de que
mamá estaba grave y que solo yo podía salvarla, necesitaba un trasplante de
médula - la voz quebrada de Jaqui hacía evidente su llanto - y regresé, pero
mamá murió cuando nos preparaban para el transplante, ella quiso morir, era su
forma de fugar. Tus hijos y tu parecieron celebrarlo, hasta sospeché de ustedes
cuando me enteré que cualquiera de sus hijos pudo ser donante - se secó las
lágrimas con el puño de la blusa y soltó como cuando el juez
sentencia - ¡Algún día lo pagarás!.
Jaqui rebusca en su pequeña cartera y voltea
bruscamente.
- Chucha, mis llaves -
Por un instante le pareció reconocer esa sonrisa
de su padre que odiaba tanto, se acercó a la mesa y sin dejar de mirarlo
recogió lo que parecía buscar.
Parsimoniosomente y con la frente altiva se
retiró de la habitación dejando la puerta abierta, un leve y frío viento
vespertino recorrió el cuarto moviendo apenas las cortinas mientras el pequeño florero, solitario,
proyectaba su sombra sobre la limpia superficie de la mesa.
PD. Esta historia demoró por que fue escrita completamente en mi viejo Huawei P9.