“El perfume: historia de un asesino es la primera novela del escritor alemán Patrick Süskind, publicada en 1985 bajo el título original Das Parfüm, die Geschichte eines Mörders. Inmediatamente se convirtió en un best-seller, y es la obra de la literatura alemana más traducida: a más de cuarenta lenguas en todo el mundo. El perfume, dividido en cuatro partes y cincuenta y un capítulos, transporta al lector a un mundo con el que no está familiarizado, "el evanescente reino de los olores", a través de su protagonista, Jean-Baptiste Grenouille (grenouille significa rana en francés)” WIKIPEDIA.
Como lo venía haciendo desde muchas semanas atrás, se acomodó en el estribo del puente, lo más cerca del curso de agua, donde sintiera sobre su cara una lluvia de diminutas gotas que pronto la humedecían y lo transportaban hacia lugares que solo la imaginación de quien ha vivido la verdadera historia puede modelar sus recuerdos con mucha cercanía a la realidad. El río Rímac era un libro, una enciclopedia que transportaba entre sus aguas historias de muerte, de sufrimiento, de lucha bravía y también de amor sublime que él ya había percibido durante su pasada vida.
Todas las mañanas muy temprano dejaba la casa donde solía pasar la noche y luego se echaba a andar, su itinerario eran los puentes sobre el río Rímac, había descubierto una nueva actividad, sentarse a orillas del río y escribir poemas, poesías, cuentos, lo que sea, pero escribir. Su inseparable viejo bolso de cuero, recogido en alguno de los basurales que abundan muy cerca de las aguas, le colgaba del hombro como si se tratara de un apéndice más de su cuerpo, además de llevar muchas botellas pequeñitas, de diferentes formas y colores, guardaba un cuaderno donde escribía lo que se le ocurría, trataba de hacerlo en verso pero no siempre lo lograba. En ocasiones, una vez que terminaba de escribir, arrancaba la hoja que contenía lo escrito y lo acomodaba dentro de una botella de vidrio que luego aventaba al río, con la esperanza de que alguien la encontrara y leyera, lo que quizás, como en el caso de Robinson Crusoe, en realidad era un llamado de auxilio.
Recordaba con claridad su vida pasada, hasta el día aquel en que fue atacado por una horda de gitanos que comenzaron a comerlo vivo, pero en un evidente acto de supervivencia consiguió sacar un frasquito con un perfume que aún no había terminado de desarrollar, contenía la fragancia de la invisibilidad más el miedo a la muerte, lo esparció con la violencia que el momento de agresión lo pedía y como se expande una gota de aceite sobre el agua los gitanos se espantaron y tomaron distancia sin siquiera mirarlo. Luego se vio con la ropa convertida en remiendos, ensangrentado, adolorido, indefenso, desvalido, abandonado a su suerte, que no era otra que la muerte, tratando de sobrevivir; y, después de eso no recuerda nada. Despertó un día en otro lugar, otro tiempo, tirado a la orilla de este río que lo trasladaba por recuerdos y nuevas vivencias que percibía con el mejor de sus sentidos, el olfato.
Apenas darse cuenta que había desarrollado las ganas de escribir también se dio cuenta que en este aspecto tenía mucho por descubrir aún.
Quizás por que sentarse muy cerca del río, en aquellos sitios peligrosos donde se formaban remolinos que revolvían el agua de adentro hacia afuera y liberaban olores con reminiscencias a las tullerías y desagues de París, le traían como un deja vu trozos de su pasado, había decidido vivir aferrado al río Rímac, de el tomaba la energía que cada día le permitía levantarse en una casa desconocida, con personas desconocidas, que realizaban sus ritos y tareas familiares sin percatarse de su presencia; cuando por las noches se sentía cansado y necesitaba comer y dormir, simplemente elegía una casa la que invadía pues todo el día andaba cubierto con la fragancia de la invisibilidad y sin importarle nada se acomodaba en una cama, si había una disponible o en un sofá o mueble que le permitiera descansar adecuadamente y tomaba las cosas que le permitían mantenerse vivo.
Aprovechaba las horas del amanecer para producir los diferentes perfumes cuyos aromas le ayudaban a mantenerse vivo y desapercibido, los cuales acomodaba siempre en el viejo bolso de cuero, que era su equipaje. Había perdido el interés por desarrollar nuevas fragancias, copiadas del mundo, su mundo, pero ocasionalmente encontraba una nueva fragancia que copiaba y luego le buscaba una utilidad.
Consideraba que todavía tenía mucho que aprender, a veces sentía miedo caminar por lugares nuevos pues las cosas que nunca había visto le atemorizaban..
Tampoco tenía aquella sensación permanente de desasosiego que lo impulsó en su búsqueda del perfume, que finalmente descubrió, aquel que nacía en el interior de una mujer virgen, ahora su vida era más apacible, sabía que buscaba algo, que tenía que encontrar algo más allá de ésta insignificante existencia. ¿Acaso todas las personas no buscaban algo? Si, todas. Había olido la inquietud que empuja a la gente a seguir adelante inclusive con todas las fuerzas de la naturaleza en su contra, ese empeño por seguir, por salir del propio lugar y avanzar solo podía significar que la vida del hombre era una búsqueda constante, no sabía qué, pero era evidente que más adelante había algo que se convertía en una fuente de atracción universal. Estaba convencido que existía una fuerza superior, quizás el destino, a veces intentó pensar que era la voluntad de Dios y desechaba esta idea cuando recordaba sus primeros años de vida entre los cerdos, al lado de madame Bussie, con monsieur Baldini, si Dios existiera no hubiera permitido todo este sufrimiento.
La noche anterior, de navidad, escogió una de las casas mejor decoradas e iluminada con motivos navideños, pasó la noche con sus ocupantes sin que ellos lo supieran, acompañó a la familia durante el abrazo de la noche buena, oró con ellos antes de cenar y también disfrutó de la alegría de abrazar a familiares después de mucho tiempo sin ellos, tomó dos copas de champán y como siempre el alcohol le afinó los sentidos.
Percibió con agudeza todos los olores de la gente en los que sobresalía notoriamente el de la alegría, la fraternidad, la felicidad repentina, eran fragancias que las conocía muy bien, quizás las primeras que aprendió a identificar junto al odio, la desesperación y la venganza, pero apenas se acostaron y apagaron las luces de la casa comenzó a esparcirse muy lentamente una fragancia que antes había percibido pero que no se había preocupado de identificar. Intentó dormir un poco pero la creciente intensidad del olor lo inquietaron, no esperó a que terminara de amanecer y salió a caminar por las orillas del río. Aunque estaba lejos decidió caminar hasta el puente Balta o quizás hasta el Huánuco, había encontrado que en estos dos lugares los olores eran más variados, muchos de ellos por descubrir, aunque su instinto le aseguraba que no eran nuevos, que quizás estaban allí por siglos, guardando episodios de las historias que seguro se vivieron en torno al río Rímac, fragancias que habían quedado como improntas que las aguas se encargaban de conservar y sacar a la superficie con cierta regularidad.
Se subió a una de las barandas del puente Balta y comenzó a olisquear, el viento que venía como impulsado a través del corredor de la avenida Abancay, se mezclaba con los efluvios que brotaban del río y formaban un caleidoscopio de sentimientos que nacían del tamiz de sus fosas nasales y poco a poco colmaban todo su cuerpo y lo transportaban por imágenes que no sabía que existieran en sus recuerdos. Cerró los ojos y aspiró con fuerza y luego contuvo la respiración mientras su cerebro buscaba a qué correspondía la fragancia que había identificado esa madrugada.
Se vio trabajando en un circo, luego en medio de un juicio en donde parecía que sería condenado, en ceremonias fúnebres de personas que seguro había conocido, sintió un gran vacío, una tristeza que parecía haber arrastrado siempre, dura, cruel, longeva. Quizás no había podido identificar ese olor porque también lo llevaba encima, quizás olía así y no se había dado cuenta hasta ahora. Abrió los ojos cuando ya no pudo sostener la respiración contenida y junto con la luz apareció en su cerebro la respuesta: melancolía.
¿Melancolía? Pero si todos olían a felicidad, felicidad por la navidad, ¿porqué tendrían que estar melancólicos? ¿no son estos dos sentimientos antagónicos? hasta donde sé no pueden mezclarse sentimientos contrarios, como la felicidad y la tristeza.
Fue entonces que le vinieron ganas de escribir, bajó por el estribo del puente, se acomodó muy cerca del agua y comenzó a anotar en el cuaderno arrugado que llevaba en ese bolso de cuero viejo, olvidado, agonizante.
¡… Diciembre, mes de Navidad!
Mes de los niños, de regalos, de dulces-
Mes de melancolía, para algunos.
De recuerdos dolorosos para otros.
Pero es navidad, las luces de la Navidad
Nos hacen olvidar todo.
Las risas de los niños, de nuestros hijos,
Sus sonrisas, su alegría nos contagian
Nos trasladan hacia tierras felices.
Sin sufrimiento, sin frío.
¿Y qué hay de aquellos que en verdad si sufren?
Los desahuciados, los olvidados.
Los que decidieron dejar este mundo por propia mano
Los cobardes ¿O valientes?
Los olvidados, los que no reciben ni un abrazo
Los desterrados por propia voluntad
En busca de mejora.
Los sentenciados sin prueba suficiente
Los deudos de los que partieron por voluntad ajena
Los hijos de los que murieron defendiendo a otros
Los sufridos que nunca se quejan
Porque se les calló a tiempo.
Los miserables cuyo techo y abrigo es la noche.
¿Para ellos también es Navidad?
Si, porque la Navidad además de alegría es dolor.
Dolor como ninguno, el de la madre que sabe
que quien nació debe acabar en una cruz.
Si, la Navidad también es dolor…
Jean Baptiste Grenouille