LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

sábado, 26 de diciembre de 2020

OLISQUEANDO

 “El perfume: historia de un asesino es la primera novela del escritor alemán Patrick Süskind, publicada en 1985 bajo el título original Das Parfüm, die Geschichte eines Mörders. Inmediatamente se convirtió en un best-seller, y es la obra de la literatura alemana más traducida: a más de cuarenta lenguas en todo el mundo. El perfume, dividido en cuatro partes y cincuenta y un capítulos, transporta al lector a un mundo con el que no está familiarizado, "el evanescente reino de los olores", a través de su protagonista, Jean-Baptiste Grenouille (grenouille significa rana en francés)” WIKIPEDIA.



Como lo venía haciendo desde muchas semanas atrás, se acomodó en el estribo del puente, lo más cerca del curso de agua, donde sintiera sobre su cara una lluvia de diminutas gotas que pronto la humedecían y lo transportaban hacia lugares que solo la imaginación de quien ha vivido la verdadera historia puede modelar sus recuerdos con mucha cercanía a la realidad. El río Rímac era un libro, una enciclopedia que transportaba entre sus aguas historias de muerte, de sufrimiento, de lucha bravía y también de amor sublime que él ya había percibido durante su pasada vida. 

Todas las mañanas muy temprano dejaba la casa donde solía pasar la noche y luego se echaba a andar, su itinerario eran los puentes sobre el río Rímac, había descubierto una nueva actividad, sentarse a orillas del río y escribir poemas, poesías, cuentos, lo que sea, pero escribir. Su inseparable viejo bolso de cuero, recogido en alguno de los basurales que abundan muy cerca de las aguas, le colgaba del hombro como si se tratara de un apéndice más de su cuerpo, además de llevar muchas botellas pequeñitas, de diferentes formas y colores, guardaba un cuaderno donde escribía lo que se le ocurría, trataba de hacerlo en verso pero no siempre lo lograba. En ocasiones, una vez que terminaba de escribir, arrancaba la hoja que contenía lo escrito y lo acomodaba dentro de una botella de vidrio que luego aventaba al río, con la esperanza de que alguien la encontrara y leyera, lo que quizás, como en el caso de Robinson Crusoe, en realidad era un llamado de auxilio.

Recordaba con claridad su vida pasada, hasta el día aquel en que fue atacado por una horda de gitanos que comenzaron a comerlo vivo, pero en un evidente acto de supervivencia consiguió sacar un frasquito con un perfume que aún no había terminado de desarrollar, contenía la fragancia de la invisibilidad más el miedo a la muerte, lo esparció con la violencia que el momento de agresión lo pedía y como se expande una gota de aceite sobre el agua los gitanos se espantaron y tomaron distancia sin siquiera mirarlo. Luego se vio con la ropa convertida en remiendos, ensangrentado, adolorido, indefenso, desvalido, abandonado a su suerte, que no era otra que la muerte, tratando de sobrevivir; y, después de eso no recuerda nada. Despertó un día en otro lugar, otro tiempo, tirado a la orilla de este río que lo trasladaba por recuerdos y nuevas vivencias que percibía con el mejor de sus sentidos, el olfato.

Apenas darse cuenta que había desarrollado las ganas de escribir también se dio cuenta que en este aspecto tenía mucho por descubrir aún. 

Quizás por que sentarse muy cerca del río, en aquellos sitios peligrosos donde se formaban remolinos que revolvían el agua de adentro hacia afuera y liberaban olores con reminiscencias a las tullerías y desagues de París, le traían como un deja vu trozos de su pasado, había decidido vivir aferrado al río Rímac, de el tomaba la energía que cada día le permitía levantarse en una casa desconocida, con personas desconocidas, que realizaban sus ritos y tareas familiares sin percatarse de su presencia; cuando por las noches se sentía cansado y necesitaba comer y dormir, simplemente elegía una casa la que invadía pues todo el día andaba cubierto con la fragancia de la invisibilidad y sin importarle nada se acomodaba en una cama, si había una disponible o en un sofá o mueble que le permitiera descansar adecuadamente y tomaba las cosas que le permitían mantenerse vivo. 

Aprovechaba las horas del amanecer para producir los diferentes perfumes cuyos aromas le ayudaban a mantenerse vivo y desapercibido, los cuales acomodaba siempre en el viejo bolso de cuero, que era su equipaje. Había perdido el interés por desarrollar nuevas fragancias, copiadas del mundo, su mundo, pero ocasionalmente encontraba una nueva fragancia que copiaba y luego le buscaba una utilidad.

Consideraba que todavía tenía mucho que aprender, a veces sentía miedo caminar por lugares nuevos pues las cosas que nunca había visto le atemorizaban..

Tampoco tenía aquella sensación permanente de desasosiego que lo impulsó en su búsqueda del perfume, que finalmente descubrió, aquel que nacía en el interior de una mujer virgen, ahora su vida era más apacible, sabía que buscaba algo, que tenía que encontrar algo más allá de ésta insignificante existencia. ¿Acaso todas las personas no buscaban algo? Si, todas. Había olido la inquietud que empuja a la gente a seguir adelante inclusive con todas las fuerzas de la naturaleza en su contra, ese empeño por seguir, por salir del propio lugar y avanzar solo podía significar que la vida del hombre era una búsqueda constante, no sabía qué, pero era evidente que más adelante había algo que se convertía en una fuente de atracción universal. Estaba convencido que existía una fuerza superior, quizás el destino, a veces intentó pensar que era la voluntad de Dios y desechaba esta idea cuando recordaba sus primeros años de vida entre los cerdos, al lado de madame Bussie, con monsieur Baldini, si Dios existiera no hubiera permitido todo este sufrimiento.

La noche anterior, de navidad, escogió una de las casas mejor decoradas e iluminada con motivos navideños, pasó la noche con sus ocupantes sin que ellos lo supieran, acompañó a la familia durante el abrazo de la noche buena, oró con ellos antes de cenar y también disfrutó de la alegría de abrazar a familiares después de mucho tiempo sin ellos, tomó dos copas de champán y como siempre el alcohol le afinó los sentidos.

Percibió con agudeza todos los olores de la gente en los que sobresalía notoriamente el de la alegría, la fraternidad, la felicidad repentina, eran fragancias que las conocía muy bien, quizás las primeras que aprendió a identificar junto al odio, la desesperación y la venganza, pero apenas se acostaron y apagaron las luces de la casa comenzó a esparcirse muy lentamente una fragancia que antes había percibido pero que no se había preocupado de identificar. Intentó dormir un poco pero la creciente intensidad del olor lo inquietaron, no esperó a que terminara de amanecer y salió a caminar por las orillas del río. Aunque estaba lejos decidió caminar hasta el puente Balta o quizás hasta el Huánuco, había encontrado que en estos dos lugares los olores eran más variados, muchos de ellos por descubrir, aunque su instinto le aseguraba que no eran nuevos, que quizás estaban allí por siglos, guardando episodios de las historias que seguro se vivieron en torno al río Rímac, fragancias que habían quedado como improntas que las aguas se encargaban de conservar y sacar a la superficie con cierta regularidad.

Se subió a una de las barandas del puente Balta y comenzó a olisquear, el viento que venía como impulsado a través del corredor de la avenida Abancay, se mezclaba con los efluvios que brotaban del río y formaban un caleidoscopio de sentimientos que nacían del tamiz de sus fosas nasales y poco a poco colmaban todo su cuerpo y lo transportaban por imágenes que no sabía que existieran en sus recuerdos. Cerró los ojos y aspiró con fuerza y luego contuvo la respiración  mientras su cerebro buscaba a qué correspondía la fragancia que había identificado esa madrugada. 

Se vio trabajando en un circo, luego en medio de un juicio en donde parecía que sería condenado, en ceremonias fúnebres de personas que seguro había conocido, sintió un gran vacío, una tristeza que parecía haber arrastrado siempre, dura, cruel, longeva. Quizás no había podido identificar ese olor porque también lo llevaba encima, quizás olía así y no se había dado cuenta hasta ahora. Abrió los ojos cuando ya no pudo sostener la respiración contenida y junto con la luz apareció en su cerebro la respuesta: melancolía.

¿Melancolía? Pero si todos olían a felicidad, felicidad por la navidad, ¿porqué tendrían que estar melancólicos? ¿no son estos dos sentimientos antagónicos? hasta donde sé no pueden mezclarse sentimientos contrarios, como la felicidad y la tristeza.

Fue entonces que le vinieron ganas de escribir, bajó por el estribo del puente, se acomodó muy cerca del agua y comenzó a anotar en el cuaderno arrugado que llevaba en ese bolso de cuero viejo, olvidado, agonizante.


¡… Diciembre, mes de Navidad!

Mes de los niños, de regalos, de dulces-

Mes de melancolía, para algunos.

De recuerdos dolorosos para otros.

Pero es navidad, las luces de la Navidad

Nos hacen olvidar todo.

Las risas de los niños, de nuestros hijos,

Sus sonrisas, su alegría nos contagian

Nos trasladan hacia tierras felices.

Sin sufrimiento, sin frío.

¿Y qué hay de aquellos que en verdad si sufren?

Los desahuciados, los olvidados.

Los que decidieron dejar este mundo por propia mano

Los cobardes ¿O valientes?

Los olvidados, los que no reciben ni un abrazo

Los desterrados por propia voluntad

En busca de mejora.

Los sentenciados sin prueba suficiente

Los deudos de los que partieron por voluntad ajena

Los hijos de los que murieron defendiendo a otros

Los sufridos que nunca se quejan

Porque se les calló a tiempo.

Los miserables cuyo techo y abrigo es la noche.

¿Para ellos también es Navidad?

Si, porque la Navidad además de alegría es dolor.

Dolor como ninguno, el de la madre que sabe

que quien nació debe acabar en una cruz.

Si, la Navidad también es dolor…

Jean Baptiste Grenouille


jueves, 3 de diciembre de 2020

CAMINO A CASA

 Bajó las estrechas escaleras que llevaban del segundo piso a la calle y parado bajo el umbral de la puerta tuvo que entrecerrar sus ojos para acostumbrarlos al brillo solar de la una de la tarde, había  entrado al hostal en la madrugada. Con la mirada buscó un ambulante para comprar una botella de agua y apagar la resaca que tenía, la calle le pareció extrañamente vacía, no había un alma; con aspecto cansado inició el camino a su casa pero prefirió regresar al hotel tras recordar haber visto en el segundo piso una máquina expendedora de refrescos. Introdujo las monedas suficientes para dos botellas de agua, y su atención fue atraída por las imágenes que se veían en un televisor que parecía clavado en la pared, olvidado como un viejo crucifijo clamando por oraciones, se sentó en un viejo sofá cubierto con un protector de una tela difícil de identificar que parecía haber sido encerada y se acabó una de las botellas mientras veía las noticias que en ese momento se transmitían.

Una turba se enfrentaba a la policía intentando traspasar unas rejas colocadas en alguna calle del centro de Lima mientras el reportero corría de un lado a otro tratando de evitar los gases lacrimógenos; no logró identificar cuál era la calle pese a que Marco había nacido en Barrios Altos y desde su niñez había transitado por todos los recovecos del centro de Lima a partir de finales del gobierno militar. Era impresionante la fuerza con que la policía repelía la violenta manifestación, la protesta se había iniciado el día anterior, lo recordaba vagamente porque tuvo la intención de asistir, se pedía la renuncia del presidente recientemente asumido como consecuencia de una vacancia promovida por un Congreso deslegitimado.

Se paró, destapó la botella de agua que le quedaba, dio un sorbo y la cerró, se quedó un momento inmóvil en el rellano de la escalera, parecía meditar como cuando se va a tomar una decisión importante en la vida, escupió hacia un lado y con un gesto de desaire bajó las escaleras casi a la carrera.

Marco tenía una relación clandestina de casi dos años con Caeli, compañera de trabajo, el día anterior, como muchos sábados, salieron a almorzar y contra su costumbre de despedirse después de pasar unas horas en algún motel fueron a una discoteca, bailaron, tomaron hasta emborracharse, como nunca, como cuando se sabe que es la última vez. Pero era la primera vez que pasaban una noche completa, él siempre había llegado a su casa antes de las cuatro de la mañana para que su esposa no sospechara de esta relación, las excusas que había inventado en cada ocasión, si bien al principio parecían increíbles, terminaron siempre siendo ciertas para la mujer porque tenía mucha confianza en su esposo, aunque ahora él no sabía que excusa daría y si se la creerían. 

Al alcanzar la primera esquina el aire seco de la tarde le trajo el aroma del gas lacrimógeno que usaba la policía, había participado en tantas manifestaciones que todos sus sentidos lo identificaban de inmediato, sintió un leve escozor en la piel, especialmente en las partes humedecidas; tenía decidido caminar hasta la Av. Emancipación y de allí hacia Tacna, pero prefirió voltear en la esquina a la que acababa de llegar porque el camino hacia la Emancipación podría ser riesgoso.

Mientras le llegaba el bochinche lejano de algún enfrentamiento entre policías y manifestantes, en el que destacaba el sonido de las bombas y petardos pensó en Caeli, en la última mirada que le había dado al salir de la habitación mientras ella continuaba dormida. Su cuerpo atractivo, llamativo y voluptuoso yacía descuidadamente cubierto por una sábana mientras que su cara descansaba sobre su brazo derecho con el cual abrazaba una gran almohada, con la abundante cabellera negra recogida sobre su cabeza le vino a la mente “La Venus del Espejo”. La miró extasiado y apenado, tratando de grabar en una última mirada cada una de las formas de ese bello cuerpo, cada uno de los matices que despedía aquella piel blanca y apenado porque sabía que sería la última vez que la vería.

Apuró el paso mientras mentalmente calculaba la ruta que tomaría hacia su casa; había decidido ir caminando para que en el trayecto se le quitara el olor a licor y a noche de hotel que llevaba encima.

- Sólo son unas veinte cuadras – se dio ánimo – llego a Tacna, luego hasta el Paseo Colón, de allí a la Plaza Bolognesi, entro a la Av. Arica y en media hora más estoy en casa.


Pocos años antes se había mudado de Barrios Altos a Breña después de evaluar muchas posibilidades y precisamente había escogido Breña porque consideraba que era un punto al cual podía llegar fácilmente a pie.

Llevaba muchas cosas en mente pero difícilmente lograba concentrarse en otra que no fuera Caeli, los momentos que habían pasado juntos durante esta aventura comenzaron a mezclarse en su mente, todos eran de felicidad, la habían pasado bien; entonces ¿por qué tenemos que dejar de vernos? ¿es necesario? ¿no habrá otra manera de sobrellevar esta situación? ¿si le explico mi condición actual ella me seguirá queriendo igual?

Su cuerpo se estremecía con interrogantes que por el momento no tenían respuestas conocidas o porque las respuestas no lo favorecerían. Eran tiempos muy difíciles no solo para ellos, para todo el mundo. Después de estar encerrados por la pandemia, periodo durante el cual habían sorteado muchas situaciones a veces peligrosas para poder verse, por fin podían hacerlo casi a diario, como antes, al recuperarse las actividades laborales. Ambos habían sido considerados para seguir trabajando en la empresa aunque con recortes significativos de sus ingresos. Quizás por culpa de esta nueva situación, con nuevas necesidades ella había comenzado a pedirle algunas cosas. Era muy extraño para ambos, hasta ahora, por decisión de Caeli, todos los gastos habían sido compartidos, incluidos los almuerzos, cenas, hoteles y tragos, no era su estilo pedirle dinero, lo que hacían, ambos lo hacían por amor.

- Eres una gran mujer, Caeli, única, inteligente, hermosa, gracias por elegirme.

Ahora caminaba por la avenida Tacna, como otras veces, al pasar por la iglesia donde antes funcionaba el cine Tacna, se le vino a la memoria Zavalita, el alter ego de Vargas Llosa, preguntándose “¿En qué momento se jodió el Perú?” Pregunta que tampoco nunca tendría respuesta. Cruzó la avenida Emancipación y la cantidad de piedras tiradas, pedazos de ladrillos y baldosas extraídas de las mismas veredas, trapos, papeles y palos a medio quemar le indicaron que la manifestación cuyo barullo todavía le llegaba a los oídos había sido de gran magnitud. Aligeró su paso entre piquetes de policías y algunos transeúntes que evidentemente no formaban parte de la protesta, para alcanzar la avenida Wilson.

Su mente alborotada seguía trabajando y todo su ser se ensombrecía a cada momento por la tristeza que con la ayuda del aire recién comenzaba a aquilatar. ¿Podría dejarla fácilmente? Le parecía imposible. La conversación con ella la noche anterior antes de embriagarse por completo había sido sencilla, habían quedado que ésta sería la última vez que se verían, y se entregaron a la noche sabiendo que no habría otra. Pero ya la extrañaba, parecía que parte de su vida se quedaba con ella, era recomenzar una nueva vida, no una etapa, sino toda una vida sin Caeli. ¿Cómo serían los siguientes días si ahora por cada cuadra que se alejaba el sentimiento de angustia y de pena crecía, proporcionalmente a la distancia que avanzaba hacia su casa?

Sacó el pañuelo limpio y bien planchado del bolsillo y se secó el sudor que comenzaba a brotar en su frente, la delicadeza de la tela sobre su piel le hizo recordar su familia, su casa, sus hijos, sus responsabilidades; comenzó a rebuscar qué excusa usaría ahora, enumeraba las que recordaba para evitar repetir y quizás ser descubierto, aunque ya casi no le importaba pues no habría necesidad de una siguiente excusa. O quizás haría como en muchas ocasiones, le diría a su esposa que luego le contaría y se iría a dormir mientras se le ocurría la justificación adecuada.

Pensó otra vez en Caeli, aspiró desesperadamente como si acabara de salir de aguas profundas con la esperanza de que le llegara alguna molécula del aroma de ella, no distinguió nada. Volvió a aspirar pero esta vez cerró fuertemente los ojos mientras fijaba la imagen de ella en su mente, ahora si, le llegó hasta el fondo del alma el aroma de ella, su pelo, sus manos, su cuerpo, su mirada, su sonrisa, todo tenía un aroma que hacía que sintiera su interior iluminarse. ¿Cómo haría para vivir sin estas emociones que lo motivaban a seguir las rutinas de días casi siempre aburridos sin ella? ¿Cómo quitarse esta sensación de encontrarse a punto de llorar que comenzó a crecer dentro de él apenas dejó aquella habitación de hotel? ¿Cómo superar la ausencia de la mujer que se quiere con todo el corazón? ¿Cómo resignarse a vivir sin verla, sin tocarla, sin tenerla? ¿Cómo soportar los días pensando que estará siendo feliz en los brazos de otro? ¿Cómo sobrellevar la idea de que con cada día que pasa la distancia entre ellos será mayor? ¿Cómo no perder interés en la vida sabiendo que nunca más la verás?

Sintió el sabor frío y salado que cubría sus labios, pasó su lengua pensando que sería sudor, comprendió que estaba llorando. Se detuvo y se arrinconó contra una ventana inmensa tras la cual se veía un viejo televisor encendido y a todo volumen, su idea era quedarse parado un rato hasta que el viento secara por completo el rastro de las lágrimas que seguían cayendo por su mejilla, con la mente en blanco veía las imágenes que pasaban, la policía resistiendo, la policía disparando, la multitud tirando piedras inmensas cuyo sonido al caer sobre las pistas o los escudos de los policías imaginaba a la perfección. Alcanzó a leer el banner sobre las imágenes “Renunció Merino”. ¿Se alegró? más que alegría sintió un extraño alivio. Quizás le diría a su señora que estuvo detenido erróneamente por la policía. Si, podría ser. Se animó y continuó su camino. Pasó por un edificio en el cual muchas personas golpeaban ollas y cacerolas por las ventanas. Sonrió y se preguntó:

- ¿Cuándo se jodió el Perú otra vez?



miércoles, 28 de octubre de 2020

DE PORCELANA

 Miró el reloj sobre la mesita de noche que marcaba las cinco y veinte y le pareció una eternidad la media hora que había pasado desde que lo mirara por última vez, cambió de posición cuidadosamente sobre su otro costado para no despertar a su consorte, no se sentía incómodo por la falta de sueño, ya estaba acostumbrado, recordaba que los padecía desde siempre en forma cíclica, desde muy joven, solo que ahora podía identificar la causa y a veces hasta combatirlo.

El origen de esta nueva etapa insomne de su vida se debía a la proximidad de la celebración de su aniversario matrimonial, sus bodas de porcelana. No sentía que hubieran pasado veinte años desde que se casara, en cambio, le parecía tan cerca el día en que entró a la iglesia del brazo de su madre para esperar en el altar a la que sería su esposa, tenía veintiocho años de edad y la había conocido a los veinticinco; increíble que sean tantos años de casado, su señora prefería sumarle los tres años desde que se conocieron y se hicieron pareja, él le llevaba cinco años y además ella parecía mucho más joven, no aparentaba ser la madre de dos jóvenes ni la señora próxima a los veinte años de casada, todavía era una mujer lozana. Era la que más se emocionaba con la celebración de los aniversarios, a él se le olvidaban frecuentemente pero para ella esto parecía muy importante como si se tratara de un mecanismo para mantener la llama del amor durante tantos años, a fin de cuentas, ella se enamoró cuando bordeaba los 20 años e iniciaba sus estudios universitarios, no pensó que le duraría tanto el encanto, ahora esperaba que fuera para toda la vida.

Nuevamente cambió de posición en la cama con el mismo cuidado; apenas se le iba el sueño por las madrugadas, para sentir correr el tiempo le gustaba hacer un inventario de su vida, cada vez recordaba un nuevo aspecto que sumaba o restaba a sus logros, pero siempre terminaba sintiendo que su vida no estaba todavía completa, sus resultados no eran suficientes para todo lo que se había esforzado. Le pasó la mano por la frente a su pareja con mucho cuidado tratando de identificar la ternura que debía recorrer su cuerpo y se dijo

-       Carajo, que rápido han pasado veinte años de nuestras vidas juntos.

Cinco años atrás, para sus bodas de cristal, le pasó lo mismo, tuvo una crisis de insomnio desde unas semanas antes de la celebración, solía despertarse apenas pasada las cuatro de la mañana y ya no conseguía conciliar el sueño. En aquella ocasión después de admitir que el motivo del insomnio era la cercana celebración del aniversario, lo superó apenas terminó de memorizar durante esas largas jornadas sin poder pegar los ojos “El poema de la espera” de José Angel Buesa y de filosofar profundamente sobre aquello de que “en amor el último vale más que el primero” y “mi amor es tan largo y la vida tan corta”; pero, a diferencia de aquella ocasión, ahora se pasaba las horas de desvelo pensando en su gran amor.

Se le había dado por recordar muchos detalles de aquella época, de improviso se le venían recuerdos que no sabía que había guardado, confundido, constantemente se preguntaba si era pena, frustración o simplemente la evocación que sospechaba seguramente a todos les pasa cuando un aniversario tan importante se acerca.

Sentía su cuerpo acelerarse cuando recordaba la figura de ella, casi perfecta, una permanente tentación que lo atraía, lo ataba, lo domesticaba. A su lado no pasaba el tiempo, siempre encontraban un motivo para prolongar cualquier conversación o justificar un encuentro inmediato, se preguntaba cuánto mejor le hubiera ido si en aquella época hubieran contado con la tecnología actual. Los celulares, internet, las redes sociales se habrían puesto de su lado, seguramente, para inmortalizar el amor que se profesaban.

Cada una de estas madrugadas de insomnio le habían servido para iniciar el tránsito por sus recuerdos desde el primer encuentro con ella, aquella ocasión en que de forma inesperada, sin nada planeado se conocieron, “todo fluyó”, era la expresión que le gustaba para la relación, como fluyen las cosas que están destinadas a durar, como seguramente fluye el verdadero amor, el eterno.

Consumía su tiempo con gusto reviviendo cada instante de su vida amorosa pasada, las citas a escondidas como seguro lo hacen los amantes, pero ellos lo hacían por simplemente ocultar su amor de los ojos de sus padres, familiares y amigos, no deseaban someterse al juicio de nadie, lo que hacían era puro y no necesitaba el consentimiento más que de ellos.

Mentalmente, en ese estado en el que se sumerge el desvelo, volvía a recorrer las calles por donde andaban abrazados y de pronto apartarse el uno del otro por la presencia cercana de algún sospechoso de ser conocido, que por lo general resultaba un ignoto, para luego arrancar las risas por el susto. Las visitas a los huariques caletas donde después de saborear algún gustito se regalaban caricias y arrumacos hasta que los obligaban a salir porque se mostraban atrevidos o porque iban a cerrar el lugar; esos mismos huariques donde aprendieron a fumar. Las veces que tuvieron que esperar el uno al otro, bajo el sol, la lluvia o atravesados por los estiletes del viento invernal limeño con la angustia de que la espera fuera vana. Las justificaciones que tuvieron que inventar con sus respectivas familiar para poder verse. Las veces que subían a los buses con un destino elegido pero cambiaban su rumbo porque se sentían muy a gusto entre la gente o cobijándose mutuamente por lo general en el último asiento.

Se le venían a la mente muchos momentos de emoción que evitaban que pudiera conciliar el sueño, las veces que habían ido al cine, las películas que habían visto juntos, o aquella ocasión en que salieron de la tienda Monterrey sin pagar las gafas que a ella le gustaban y el había escondido en el bolsillo interior de su casaca. Aquellas ocasiones en que sus familias coincidían en alguna fiesta y se la pasaban bailando de lo más serio intentando evitar las señales que pudieran advertir que entre ellos había una relación, las muchas formas que ella tuvo que resistir a otros muchachos interesados en su belleza o en bailar más de una vez para poder pedirle su número de teléfono o su dirección con la esperanza de conquistarla. También recordó cómo aprovechaban para escaparse aunque sea por minutos a un lugar en donde solos pudieran disfrutar de la compañía del otro.

Ahora, después de mucho, volvía a recorrer con su imaginación cada centímetro de piel, cada lunar, cada curva, cada imperfección que había guardado del cuerpo de ella en las contadas noches en que podían convertir su amor puro en un emocionante intercambio de caricias lúbricas antes de entregarse al placer, amor del verdadero, de ese que queda grabado como un tatuaje indeleble en algún lugar de cada célula y que no se hará visible sino a través de nuestros recuerdos, ese que será la percepción que tendrás por siempre del primer amor.

En el silencio de su amanecer, solamente interrumpido por la respiración calmada de la esposa dormida, a ratos parecían invadir todos sus sentidos los gemidos de ella, gemidos que aún ahora le enervan por completo hasta dejarlo en un estado de subconciencia de donde solo podía retornar avivado por las caricias de aquellas manos,  delicadas manos, frágiles, fibrosas, que parecían tener vida propia cuando bailaba.

Se esforzaba por traer a su mente los diálogos que habían sostenido y trataba de reconstruirlos palabra por palabra, como si fuera un arqueólogo armando pieza por pieza el rompecabezas que finalmente sería un templo ancestral y conseguía conversaciones muy sublimes y elaboradas, inusuales para jóvenes como ellos, que no podía precisar si las había recordado o acababa de inventarlas y que sin importar ello, cada noche evaluaba qué hubiera pasado si cambiaba alguna de aquellas palabras, se preguntaba con ansia dónde estarían hoy, seguro que podría estar mejor, como decía ella ésta era una relación de ganar-ganar, no había otra opción; y de seguro tendrían más hijos.

Suspiró hasta exhalar el último hálito para poder inhalar a gusto y llenar sus pulmones con aire nuevo, aire que parecía desintoxicarlo de sus pensamientos y que eran reemplazados por la preocupación de terminar con estos insomnios, sabía que podía combatirlos, ya lo había hecho.

Dedujo que, si antes lo había superado analizando los versos de un poema, llevándolos a la observación filosófica desde su particular punto de vista, quizás ahora, con un ejercicio similar podría conseguir conciliar el sueño y curarse de esta vigilia que aunque no lo quisiera reconocer terminaba alterando sus emociones.

Tomó lo que tenía a la mano, acababa de leer “La llama doble” de Octavio Paz y comenzó a llenar su cabeza de preguntas que pudiera contestar con algún argumento extraído de aquella obra y mezclado con lo que había leído de Schopenhauer y de Platón respecto al amor.

Se hacía pregunta tras pregunta y ensayaba muchas respuestas hasta quedarse con la que parecía ser la mejor, trataba de elaborar una conclusión por cada una de estas respuestas finales para memorizarlas, tal vez así conseguiría no solo terminar con su falta de sueño sino con encontrarle alguna explicación a estas emociones que se despertaban con sus recuerdos.

Había normalizado que cada día se levantara memorizando una idea que luego retomaba la madrugada siguiente para declararla irrebatible o continuar con su análisis filosófico.

-      Por hoy queda: el primer amor no es el que por lo general te desvirga ni el que llega en ese orden - se dijo, lo repitió mentalmente varias veces para hacerlo perdurable en su recuerdo y comenzar con el la siguiente madrugada.

Se sentó al borde de la cama para terminar de estirarse como era su costumbre, a punto de levantarse se le vino de la nada una pregunta a la mente, la última del insomnio, aquella que parecía haber estado luchando por salir y recién lo conseguía, de aquellas que por lo general no quieres hacerla aunque ya sabes la respuesta. Su cuerpo se llenó de la extraña energía que generan los buenos recuerdos.

-      ¿Cuántos años teníamos cuando empezamos a amarnos? Yo quince y tu diecisiete.

 

viernes, 25 de septiembre de 2020

DE AMOR NO SE MUERE O A VECES.

 

Parecía dormir sobre mis rodillas como si hubiera recuperado la confianza que me tenía, cada cierto tiempo entreabría uno de sus ojos para cerciorarse de que todavía seguía allí. El matiz de grises que cubría su cuerpo parecía haber perdido la claridad que tenía. Era joven, recién había cumplido cinco años, estoy consciente de que los gatos pueden vivir de doce a dieciséis años en cautiverio así que espero que este decaimiento que se le nota pronto desaparezca. Habíamos llegado del veterinario unos minutos antes, donde estuvo cuarenta y ocho horas en observación, los análisis no le encontraron nada malo pero le diagnosticaron una depresión que posiblemente pronto le pasaría. Por supuesto que esta depresión se la había contagiado yo.

Lo saqué de la canastilla porta gatos y aunque esperé encontrarlo molesto como en otras ocasiones en que ni bien se sintió libre corría hacia el interior de la casa, resentido conmigo y se escondía por algunas horas hasta que el hambre lo obligaba a venir hacia mi, ahora, parecía no querer moverse, así que me acomodé en el sillón que le gustaba, prendí la televisión, puse Animal Planet que tanto le atraía, lo eché sobre mis rodillas y comencé a acariciarle el lomo.

-       ¿Qué pasó, Pumita? ¿Te duele algo? ¿No tienes hambre?...

El gato, movió sus orejas hacia atrás, clara señal de que estaba atento, cerró sus ojos y se reacomodó en mis rodillas con la clara intención de no moverse.

Mientras esperaba que el animalito pronto atendería la televisión me puse los audífonos conectados a mi celular y escogí mi lista de canciones para aquellas ocasiones en que hago viajar mi mente entre mis recuerdos con la certeza de que ésta música estimula mi memoria.

Sigo acariciando a Espuma, que es su nombre, mientras veo lo esplendoroso de las rayas y figuras grises en diferentes tonalidades que adornan todo su cuerpo a excepción del pecho y vientre, donde el color es uniformemente gris claro, como el polvo de ceniza que queda en el cenicero después de una noche de cigarrillos.

Parecía ayer cuando hace cinco años cruzando el parque más cercano a mi casa escuché los maullidos desesperados de tres gatitos abandonados dentro de una caja de zapatos, el cartón de la caja se había humedecido y los animalitos temblaban por el frío que la humedad les transmitía, los saqué de la caja y los puse dentro del bolsillo tipo canguro de la polera que llevaba y los traje a casa. Recuerdo la fecha, era ocho de julio; cómo no recordarlo si el día anterior había salido por primera vez con Fabiana y eso me tenía contento, aunque aquel día, como casi todos los días de ese julio, fue lluvioso y frío, ese invierno llegó con muchas semanas sin un rayo de sol.

Los llevé a casa y al día siguiente fueron el pretexto perfecto para invitar a Fabiana a conocerlos, ya en ese tiempo vivía solo, casi enclaustrado, detrás del sueño de convertirme en un escritor, aunque hasta ahora sigo escribiendo cuentos que casi nadie lee, entonces sólo éramos amigos aunque era evidente mi interés por ella; mi primera intención fue deshacerme de los tres gatitos, regalarlos, pero fui fácil de convencer cuando me propuso que me quedara con el último en ser adoptado, los dos primeros en irse fueron dos hembritas multicolor, tenían pelaje blanco, marrón, negro y gris en combinaciones diferentes pero perfectas, también tuve que mentir diciendo que las tres eran hembritas, cuando lo cierto es que uno era macho, Espuma.

El nombre también se le ocurrió a Fabiana, era un juego de palabras evidente que me convenció.

Con los ojos cerrados acaricio el lomo del gato deprimido mientras en mi mente se dibuja la figura del pequeño gato tierno y juguetón de sus primeros meses.

Apenas se decidió que se quedaría en casa me organicé de la forma que me pareció la correcta. Compré una cama y algunos accesorios para gatos, como un tronco forrado de cuerdas para que pudiera afilar sus uñas, una bandeja especial que llenaba con cinco kilos de arena para que hiciera sus deposiciones y que al principio religiosamente cambiaba cada treinta días, un equipo para su comida y algunas pelotas de goma. Con el tiempo descubrí que la arena debía cambiarla antes, cuando Espuma así me lo hacía saber, el animalito dejaba de usar la bandeja y hacía sus necesidades en el techo y solo regresaba cuando cambiaba la arena. Lo bañaba una vez al mes pero en el verano era a veces cada semana, parecía gustarle el agua y lo primero que hacía después del secado era arrastrarse en el jardín.

Le enseñé algunos trucos básicos como acompañarme durante las comidas sentado en una silla, sin subirse a la mesa, aprendió a arrastrar su plato por el suelo de la cocina cuando tenía hambre y le asigné su lugar en la sala, sobre un tapete especial que llevaba su nombre, que renovaba cada seis meses y siempre del mismo color. Aprendió a respetar mi dormitorio, aunque hacía resistencia acompañándome unos minutos después que me acostaba, nunca lo dejé que durmiera en mi cama. Cuando nos sentábamos a ver televisión y no le gustaba lo que veía me miraba fijamente hasta que cambiaba de canal, comenzaba a zapear y cuando entrecerraba los ojos, como si quisiera ver mejor, me detenía pues entendía que eso era lo que le gustaba. Las veces que se me daba por escuchar música me sentaba al lado del equipo y el animalito comenzaba a ronronear frotándose en mis pies, entonces lo subía a mi lado o sobre mis rodillas y lo convertía en oyente obligado de mis peroratas largas sobre lo que me había pasado en el día, los problemas que traía en la cabeza o sobre mi incipiente vida amorosa. Me miraba atentamente moviendo las orejas al ritmo de mi conversación y para mi era una clara señal de que comprendía lo que le decía.

Había leído sobre los gatos para entenderlo y criarlo de la mejor manera, así supe que era territorial y que los lugares que yo le había enseñado en realidad él los había elegido, supe que cuando oliera una gata en celo lo más probable era que se desapareciera por días, nunca se desapareció más de tres.

Cuando llegaba a casa me esperaba detrás de la puerta, antes de abrirla a propósito hacía tintinear mi manojo de llaves y él empezaba a maullar del otro lado. Sabía que cuando salía de casa con un tipo de ropa era para ir a comprar y regresar pronto, entonces me seguía hasta unos cien metros de la casa y se escondía debajo de los carros hasta que regresara, cuando iba trajeado rumbo al trabajo simplemente no me prestaba atención y se dedicaba a lo suyo.

Así vivimos felices durante poco más de un año, casi con rutinas marciales y acomodadas a mi ritmo de vida, parecía encontrarse cómodo y perfectamente adaptado.

A los dos meses que Fabiana conoció y bautizó a Espuma nos hicimos enamorados, así que ella lo vio crecer aunque no muy de cerca, pues más frecuentaba yo la casa de ella, al año decidimos dar un paso más y ella se vino a vivir conmigo.

Y desde entonces Espuma comenzó a convertirse en otro. Empezó a olvidarse de las cosas que había aprendido conmigo y aprendió otras, las que le enseñaba Fabiana, cuando yo llegaba primero a casa, que era casi siempre, a el no le interesaba, ya no me prestaba atención, pero cuando ella llegaba la recibía maullando de alegría y parecía querer hablar cuando le acariciaba.

Fabiana es una mujer bastante atractiva, inteligente e irreverente, era todo lo contrario a mi, quizás por eso nos habíamos enamorado, ante la posibilidad de aprender el uno del otro. No le gustaba la cocina y yo me divertía cocinando, yo podía amanecer viendo televisión y ella solo miraba un poco de algún noticiero y listo, a pesar de esto estaba al día con los acontecimientos y la política, quizás porque su trabajo le exigía horas de investigación en internet. Ella era muy romántica cuando escuchaba música, a mi me parecía que exageraba pues le gustaba Arjona, en cambio yo prefería escuchar rock, merengues, salsa, cumbias y hasta música urbana; yo era formal no solo para vestirme sino en mis actividades sociales, ella era más bien despreocupada pero nunca dejaba de lucir sensual hasta atrevida, tenía unos modales muy suaves y encantadores pero mundanos, su conversación era muy agradable y siempre interesante, a ambos nos gustaba la lectura, ella prefería a Shakespeare, Hesse y Süskind yo me quedaba con  Lovecraft, Asimov y Vargas Llosa; finalmente terminábamos intercambiando lo que leíamos y nos entregábamos a interminables comentarlos y discusiones.

Era difícil no enamorarse de una mujer decidida, que camina con la actitud de quien va por la vida para reclamar lo que le corresponde, por lo que merece, sin pedir permiso para ello y que además era bella.

Y Espuma no era la excepción.

Me di cuenta que cuando Fabiana estaba en casa Espuma andaba detrás de ella, maullando para llamar su atención hasta que lo conseguía y terminaba su esfuerzo en unos “piojitos” que le ponían el pelaje esponjoso o en caricias a su lomo que convertían su cola en una especie de gancho de carnicero que se movía al ritmo de las caricias. La seguía por toda la casa incluso al baño, parecía su sombra, esperando que ella se sentara para treparse de inmediato sobre sus rodillas.

No comía si Fabiana no le preparaba el plato y después de terminar corría hacia los tobillos de ella para frotarse y mostrarse así agradecido, aprendió a dormir en nuestra cama y preferentemente se colocaba entre ambos, como si fuera un primogénito deseado, no se levantaba mientras no lo hacía Fabiana.

Cuando deseábamos intimidad, al principio ella lo engañaba metiéndose al baño y saliendo antes para dejarlo encerrado hasta que se dio cuenta del engaño y aprendió a salir entre sus piernas, entonces, tuve que ser duro con él y hacer lo único que quedaba, lo cargaba y lo encerraba en cualquier habitación. Cada que hacía eso recibía una mirada penetrante y profunda, con las orejas hacia atrás que interpretaba como si quisiera decirme “...ya vas a ver”.

Muchas veces, cuando nos poníamos románticos, lo sorprendí mirándonos como si esperara el momento para saltar sobre nosotros, si dejábamos de prestarle atención por mucho tiempo nos lo recordaba, primero pasando suavemente sus uñas por nuestros pies, como un león jugando con su comida, luego maullando y frotándose contra nosotros.

Fabiana también tuvo el efecto de desaparecer todos los rastros de disciplina en Espuma, hacía lo que quería y me dejaba entender que lo que quería era estar al lado de ella sin que yo los interrumpiera; por supuesto que yo lo tomaba todo de la única forma correcta, de buen humor.

No se porqué mi relación con Fabiana terminó de improviso, hasta ahora no entiendo cómo tan rápido ella me sacó de su vida y la reinició al lado de otro. Siempre lo tuve claro, yo no la elegí a ella, ella me escogió para acompañarla en esta parte de su camino hacia el éxito, quizás como quien suma experiencia y entonces le correspondía a ella también la decisión de terminar cuando quisiera. Yo, profundamente enamorado tendría que aprender a superarlo, se que es difícil olvidar a alguien como ella, todavía no lo asimilo y me aterra pensar cuánto tiempo se quedará en mi.

Han pasado cuatro meses de su partida pero parecen muchísimos más, la casa ha envejecido unos veinte años, Espuma unos diez y yo no sé cuántos.

Tengo la sensación de que mi tristeza, mi melancolía, la constante evocación de recuerdos de momentos al lado de Fabiana se la he contagiado a Espuma, lo que no sé es si él tendrá más o menos fortaleza para superarlo porque yo siento que estoy perdiendo, los días se me hacen difíciles sin ella. Después que se fue recordé sus palabras “la vida tiene que continuar y de amor nadie se muere”, todo sería cuestión de proponérselo pero por ahora casi no duermo y mis pensamientos solo se los dedico a ella.

¿Dónde estás? ¿Con quién estás? ¿Quién contestará mis preguntas?  me sorprendí preguntándome en voz alta, Espuma no pareció inmutarse o quizás no le interesaban las respuestas porque seguía inmóvil sobre mis rodillas.

-              ¿Qué pasa amigo, la extrañas mucho? Tienes que superarla, no será la primera ni la última chica en tu vida - le dije.

¿Se dará cuenta que le estoy mintiendo? ¿Podrá intuir lo que estoy sufriendo? ¿También tendrá la certeza de haber perdido lo mejor de su vida como la tengo yo? Sentí temblar levemente el cuerpo del felino, como si me respondiera afirmativamente.

Me propuse reanimarlo, busqué en el teléfono la foto más reciente que tenía de ella, una que bajé de su perfil antes que me bloqueara, me había bloqueado hasta de su agenda telefónica, era imposible saber de ella y eso me desconcertaba y me llenaba de ansiedad, esta realidad sin ella no la había imaginado nunca. Encontré la foto, se le veía feliz al lado de él ¿Sería su nuevo amor, un amigo o quizás un familiar? lo que fuera lo envidiaba porque podía disfrutar de su sonrisa. Estaban sentados en lo que parecía una mesa de un jardín, se podían ver los árboles, los cabellos negros cruzándole la cara evidenciaban el viento cuando corre en espacios abiertos, ella tenía en una mano una copa de vino y con la otra sostenía una gata. Definitivamente era una gata porque la habían acicalado y llevaba puesta una corbatita al cuello de color rosado.

Agrandé la imagen y se la enseñé a Espuma.

-       Mira Pumita, ella siempre estará bonita.

El gato, aparentemente con mucho esfuerzo, irguió un poco la cabeza y abrió los ojos, miró la foto y me di cuenta que sus ojos se humedecieron, se volvieron vidriosos, tiró sus orejas para adelante como jamás le vi hacerlo y volvió a acomodarse en mis rodillas con la misma paciencia con la que lo hacen los que perdieron toda esperanza y ya nada les importa.

Me sentí miserable porque me parecía que le había hecho pasar un momento innecesario, innoble, teniendo en cuenta que recién regresaba del veterinario y que seguía enfermo.

-       Pumita dime ¿Si sabes que te estoy mintiendo? ¿no? todavía la extraño y no te imaginas cuánto.

Me quedé en blanco unos minutos tratando re recordar los momentos más felices de mi vida sentimental; y, de pronto tuve una horrible sensación, me dieron ganas de llorar pero preferí no hacerlo, no por valiente sino porque nunca me atrevería a aceptar la causa de mis lágrimas, no podría zanjar si la pena profunda era por Fabiana o por el cuerpo inmóvil y helado que sentía bajo mi mano.

sábado, 29 de agosto de 2020

CHOCOLATES PA MI PRIMO

 Se acomodó la mascarilla más por causa del frío viento que parecía haber escogido a propósito correr por toda la avenida Los Próceres que por una real conciencia de seguridad, a sus diez años no comprendía perfectamente la gravedad de la pandemia ni lo que significaba contagiarse. Había calculado su viaje hasta el Hospital del Niño preguntando a sus amigos, era la primera vez que se alejaría tanto de su casa solo, inicialmente pretendió usar el tren eléctrico pero cuando comprobó que el control era mayor para impedir que los niños menores de catorce circulen sin sus padres en las estaciones del tren, decidió viajar en la línea “E”, que él conocía como “los morados”. Palpó en el interior de su bolsillo las monedas que usaría para viajar mientras que con la otra mano presionó debajo de la casaca cortavientos asegurando la bolsa de plástico que contenía el tesoro que había conseguido reunir durante cuatro meses.

Parado en una esquina esperaba el micro junto a un grupo de personas, cada uno concentrado en sus problemas, cada uno preocupado de mantener la distancia, pero todos dispuestos a olvidarse de las precauciones con tal de viajar rápido. Los miró de uno en uno tratando de identificar a algún conocido del barrio y le sorprendió lo parecidas que resultaban las personas cuando se cubrían medio rostro, lo desconocido que se podía hacer cualquiera sin necesidad de ocultarse y cómo se perdía la expresión del rostro. Le atribuyó alguna propiedad mágica a los cubrebocas porque conseguían que todos tuvieran una expresión muy parecida, triste, melancólica, con mirada vidriosa, sin esperanzas, sin alegría. Prefirió concluir que esto sería el resultado más bien de la permanente zozobra por evitar el contagio. El COVID 19, con su amenaza mortal había venido no solo para dejar muerte sino también para llevarse la alegría, la frescura, la esperanza de los rostros y dejarnos a todos como los zombies que tanto le gustaba ver en la televisión.

Subió al micro confundido entre la gente apurada, nadie le tomó en cuenta, se dejó caer en el asiento del fondo, ancho y cómodo, donde podían sentarse hasta seis personas pero ahora solo lo hacían tres. Aseguró el paquete que llevaba bajo la casaca y separó dos soles cincuenta para el pasaje, que era lo que los amigos del barrio le habían dicho costaba.

Contemplando el rápido paso de los edificios por las grandes ventanas comenzó a adormecerse y algunos recuerdos quisieron asomar en su memoria, parecía que el sueño lo vencería, cosa que quería evitar para no pasarse del destino, aunque sabía que era un viaje largo; entonces el sonido de las monedas tintineando en las manos del cobrador le volvieron a la realidad, le entregó dos soles cincuenta por el pasaje pero el cobrador le siguió mirando esperando que le dijera hasta dónde iba.

-       Hospital del niño – dijo, pretendiendo una voz más gruesa y sin atreverse a mirarle a los ojos.

-       Hospital – dijo el cobrador mientras arrancaba un boleto con mucha destreza de uno de tantos taloncitos que llevaba en la mano y se lo entregaba.

La cantidad de talonarios con boletos que había acomodado en una mano el cobrador le llamó la atención, parecía una suerte de tahúr jugando con las cartas antes de lanzar la que significaba ganar o perder.

 

Para Moisés, la vida como hijo único y abandonado por su padre no había sido tan sufrida como es frecuente en estos casos, sobre sus diez años se notaba el trabajo de su madre como mujer sola al mando del hogar sin un marido a su lado, se tendría que tomar como exitosa, tenía una existencia feliz, por lo menos para el. Frecuentemente cuestionaba la mala suerte de no tener un hermano más que la falta de un padre, la vida escolar le había hecho sentir esta ausencia con mayor notoriedad. Sentía envidia de aquellos compañeros cuando se referían a sus hermanos, se sentía vacío, incompleto, intrascendente por la falta de amor filial, mientras que, el amor por su padre lo había sustituido por completo con el cariño a su mamá. No necesitaba querer a su papá, para qué.

Había llegado a los diez años solo, inventando personajes imaginarios con quienes llenaba sus horas de juego que de otra manera hubieran sido vacías, se había acostumbrado a la compañía etérea de amigos inexistentes que le aconsejaban coincidentemente las mismas cosas en que pensaba.

Había encontrado que los momentos más difíciles del día eran aquellos instantes previos a levantarse y después de acostarse, antes de conciliar el sueño, era entonces que una melancolía fría que trasuntaba las sábanas y cobijas, una pena que equivalía a las esperanzas rotas que pueden atormentar el alma de un niño lo invadían y, aunque luchaba contra ello le condicionaban el día, peor si durante el colegio o algún encuentro con los amigos se hacía una referencia a los hermanos.

Cuántas veces trató de encontrar culpables de que su vida fuera así. ¿Quizás su madre? ¿Su ausente padre? ellos debieron prever que la vida no era fácil para un hijo único ¿Quizás él mismo? por dejarse abrumar por la necesidad de un hermano que lo apoye, que lo oriente, o porqué no, a quien enseñar, a quien proteger, a quien contarle cada uno de los secretos que ahora guardaba y no sabía para qué ¿No es mejor tener un secreto compartido con un hermano?

Todo lo que sabía lo había aprendido por propio esfuerzo, con sus riesgos, enfrentando al barrio, al colegio, de la manera que su madre le había enseñado, la única con la que un niño resuelto podría atreverse. El barrio le había moldeado el carácter y el espíritu y su madre lo había encausado dentro del camino por donde debe transitar una persona de bien. Era considerado por la pandilla como un compañero con futuro a quien se tenía que cultivar y preparar, así se sentía, y se había comprometido a no defraudar esa consideración con su “mancha”, casi toda la pandilla estaba conformada por niños que bordeaban los quince años, todos mayores que él.

La vida con su madre, provechosa, pese a que nunca había sentido mayores necesidades, no había dejado de tener el sufrimiento que acarrea ser hijo único en una familia disfuncional. A su papá lo había reemplazado con los amigos, los tíos y los compañeros de clase, pero no había podido reemplazar la falta de un hermano.

Quizás esta necesidad fue la que hizo que se encariñara con Gabriel.

Gabriel era su primo, hijo de la hermana de su mamá. Lo había conocido unos meses atrás, en enero, cuando ambos llegaron de Cerro de Pasco y se alojaron en su casa mientras su tía, profesora, realizaba unos trámites ante el ministerio de educación.

De inmediato congeniaron, aunque Gabriel tenía un hermano y una hermana parecía haber encontrado el primo perfecto en Moisés, a él le confió muchas cosas que no había confiado a sus hermanos.

Fueron las mejores vacaciones de sus vidas pero fue Moisés quien más las disfrutó, para él eran las primeras vacaciones con un compañero permanente, casi a dedicación exclusiva, como un ensayo de lo que sería la vida con un hermano.

Se dedicó a él. Las noches se volvieron divertidas pues se acostaban tarde porque aprovechaba hasta el último minuto que les permitían sus padres para ver televisión comentando o explicándole a Gabriel los detalles que veían, pues en Cerro de Pasco no tenían televisión por cable. Sus horas de sueño se habían acortado pues se despertaba impaciente por levantarse y comenzar el día de aventuras al lado del nuevo primo, había dejado de sentir el frío que antes sentía al cobijarse en la cama.

Apenas terminado el desayuno se ponían a ordenar y asear la casa acompañado siempre de Gabriel, conforme le había enseñado su mamá, después hacían los mandados corriendo a la tienda o al mercado de Ciudad de Dios, que quedaba a cinco cuadras de la casa y siempre terminaban rápido para tener más tiempo para “sus cosas”.

Moisés trataba siempre de enseñarle algo nuevo a su primo, le agradaba ver como se mostraba sorprendido por cosas tan triviales como las técnicas para “gorrear” un carro, el esperar después de un rompe muelles o de algún bache grande para subirse y agarrarse de los parachoques posteriores del carro y viajar colgado hasta el siguiente bache o semáforo en donde tenían que bajarse evitando que los choferes, especialmente cobradores, se dieran cuenta.

Les gustaba subir al tren eléctrico y cruzar Lima muchas veces de ida y vuelta por el costo de un pasaje, Moisés había memorizado las estaciones en las que se podía cambiar de sentido de viaje sin abandonar las instalaciones, esto lo habían hecho muchas mañanas hasta que el hambre los hacía regresar a casa para almorzar.

Durante algunas mañanas también acompañaban a sus mamás al mercado de Ciudad de Dios, para ver a las “hermanas verdura”, dos simpáticas muchachas de trece y quince años que ayudaban a su mamá en la venta de verduras, ellas, ni bien ver llegar a Gabriel comenzaban a llamarlo “novio” o “colorado”, destacando los extraños ojos celestes, aunque tristes, que tenía. Gabriel era uno de los integrantes de la familia materna que había sacado los ojos celestes de su abuelo, aunque la mirada triste era exclusiva de él; además tenía la cara llena de pecas,el cabello casi rubio y ensortijado.

Durante muchas tardes se habían dedicado a pasear en la bicicleta de Moisés a la que tuvieron que acomodar un par de tubos en la corona posterior para poder andar juntos habiéndose aventurado a pedalear hasta los cerros que limitaban con Lurín en donde  chapotearon en los pocos canales que quedaban y después de atrapar lagartijas y algunos alacranes, las soltaban por las tardes en un parque cerca de su casa antes de ir a tomar el lonche; en estas visitas a las zonas casi campestres de Lima, Moisés le enseñó a su primo el arte secreto de hacer “hondas” o “jebes” para cazar palomas utilizando una cámara de bicicleta vieja, y se divertían haciendo “tiro al blanco” con latas y botellas que recogían de entre la basura, que era también abundante por esa zona. Se habían esforzado mucho en intentar cazar alguna paloma pero solo habían conseguido victimar un par de gaviotas, que finalmente resultaban un blanco fácil cuando se encontraban amontonadas entre los basurales.

Los sábados después del almuerzo caminaban unas diez cuadras hasta una carpa al costado de un colegio donde se dedicaban a interminables horas de lectura de historietas y “chistes” pagando treinta céntimos por el alquiler, solían ponerse uno a espalda del otro para intercambiarlas después de haberlas leído y pagar menos. Para conseguir el dinero, cuando los mandaban a comprar en la tienda de la esquina ellos se iban corriendo hasta el mercado conseguían las cosas más baratas y se quedaban con la diferencia.

Los primos disfrutaban juntos cada momento del día, eran reclamados para “pelotear” junto a la pandilla pues con Gabriel completaban dos equipos de seis que se enfrentaban en épicos partidos en la canchita de “La Estaca”, la iglesia Mormona del barrio; también lo eran para sentarse en cualquier vereda y dejar pasar las horas mientras se conversaba de todo y se agarraba de punto a alguien para “hacer hora”; para sentarse en las tardes en las gradas del Instituto de Capacitación Municipal, esperando que llegue la noche y “cochinear” a las muchachas que salían, en su mayoría empleadas del hogar y para ir a las fiestas infantiles en las que eran los más bailarines y “armaban” la jarana causando la algarabía y admiración de los otros chicos.

Los días pasaron volando como pasan las horas cuando estás en buena compañía, hasta que llegó la despedida al terminar la primera quincena de marzo.

Esa mañana amaneció nublada en el corazón de ambos primos, en las calles todavía hacía calor, parecía que evitaban hablar entre ellos, ya durante la noche previa se habían puesto de acuerdo de cómo se iban a comunicar, hicieron planes para cuando se volvieran a ver durante las vacaciones del mes de julio, ya sabían que la mamá de Gabriel tenía que regresar a Lima por asuntos profesionales, y habían conversado hasta después de que cantó el gallo anunciando el nuevo amanecer.

Cuando partió el bus llevándose a su tía y a su primo Moisés sintió una pena tan profunda como nunca había sentido, las lágrimas que rodaron por su cara hasta la comisura de sus labios le parecieron más saladas que nunca. Se extrañó pues como hijo único criado por una madre luchadora se había prometido que sólo lloraría cuando ella muriera. Y por nadie más.

El viaje en la mototaxi junto a su madre de regreso a casa fue en absoluto silencio, ambos miraban hacia la ventana de su lado, parecía que no querían cruzar sus miradas.

Cuando se encontraron dentro de la casa ella le dijo:

-     ¡Qué triste parece la casa ahora! -

El le contestó, secándose las lágrimas con la manga de la camisa sin que ella lo viera y ocultando una mascarilla humedecida que siempre llevaba cuando salía a la calle.

-     Ni creas...

 

Llegó el mes de julio, julio de fiestas patrias, de mensajes presidenciales, de desfiles, de circo, de vacaciones, pero también de creciente pandemia. Todos los viajes se postergaron y con ellos muchas esperanzas, muchos encuentros, muchas despedidas, muchas ilusiones.

 

Dos días antes había escuchado a su madre conversando por celular con la mamá de Gabriel, le oyó decir que era una pena lo que había pasado, él no comprendía o prefirió no comprenderlo, pero se enteró del resto de la conversación haciéndose al dormido. Así pudo saber que llegarían en la mañana, pero se irían de frente al hospital del niño, calculaban que su llegada sería a las cuatro de la mañana. Entonces decidió que tenía que ir a verlos, tenía que saludar a Gabriel, contarle cómo había aprendido a bailar salsa, contarle que ahora tenía una pelota y zapatillas Adidas® como la mayoría de muchachos de la patota, enseñarle el celular que su mamá le había comprado y los juegos que había descargado, hasta le prestaría el celular todo el día para que aprendiera.

¡Ah! pero decidió que llevaría los dulces que con tanto esfuerzo había acumulado. A Gabriel le gustaban mucho los chocolates Sorrento® y los CuáCuá® y juntando centavo a centavo, guardando los vueltos y los pasajes que le quedaban y la propina que su mamá le daba había conseguido comprar de uno en uno una bolsa con estos chocolates además de caramelos y otros dulces que recibía en las fiestas infantiles. Al principio su mamá se preocupó, cuando le veía con chocolates y dulces que guardaba en los bolsillos de los que nunca encontraba los restos que indicaran que los había comido, hasta que un día mientras hacía limpieza encontró entre las tablas de la cama, debajo del colchón, varias bolsas acondicionadas que guardaban chocolates y dulces que Moisés había juntado, por el calor algunos se habían derretido y embarrado una parte de su contenido, ella, en su afán de limpiar, abrió las bolsas y arrojó a la basura los que consideraba malogrados, no tenía idea del propósito de su hijo. Cuando Moisés se enteró se enfadó con su madre, pero luego de calmarse le confesó que eran dulces que estaba juntando para la visita de Gabriel, eran para él.

 

Moisés se bajó del “moradito” entre un grupo de personas, todas parecían ir en la misma dirección, se dejó llevar por este pequeño tropel. Cuando llegó al hospital no supo qué hacer, deambuló durante una hora entre grandes salas de espera y pasadizos hasta que llevado por su intuición calculó que se encontraba en el hall por donde todos tenían que entrar o salir, el cansancio le obligó a sentarse en una gran banca pegada a la pared.

Estaba cavilando qué hacer o simplemente dejaba pasar el tiempo cuando advirtió la silueta conocida de su tía, contento se levantó y fue hacia ella, la abrazó y sintió caer sobre su hombro algunas lágrimas. Pensó que su tía también se encontraba emocionada como él por este encuentro. Ella, dejó las cosas que tenía en las manos sobre un macetero sin plantas, le tomó la cara con ambas manos y acercó la suya: Allí estaban los mismos ojos de Gabriel. ¡Gabriel!...¿porqué no estaba con ella?. Quiso preguntarle pero entonces reparó en lo que le estaba susurrando al oído.

Todo su ser se paralizó, luego comenzó a temblar repentinamente, Moisés se había prometido no volver a llorar y no tuvo la sensación de estar haciéndolo pero entonces porqué ese sabor entre los labios. Su cabeza se llenó de recuerdos y momentos que aparecieron violentamente como el flash de una cámara, sabía que los estaba repasando para grabarlos para siempre, para eternizarlos, para guardarlos en su memoria y disfrutarlos en cualquier momento, para que nunca se escaparan.

Las palabras de su tía le atravesaban por todos lados haciendo difícil entenderlas, además de que la voz entrecortada de una madre triste las convierte en filosas espinas que vuelan y te traspasan una y otra vez.

¿Cuando tiempo estuvieron abrazados o atados por un llanto mútuo? Era imposible calcularlo. Solo entendió lo necesario. Nunca más vería a Gabriel, no volvería a disfrutar de aquellos momentos que pensaba repetir, jamás tendría el hermano que quería, la imagen de Gabriel que encajaba perfecta en esa silueta del hermano ideal se desvanecía, solo quedaban sombras, dolor, mucho dolor.

Había salido del hospital y caminado casi inconscientemente por la avenida Brasil hasta la plaza Bolognesi, le dio algunas vueltas mientras esperaba que sus ojos dejaran de llorar como si las lágrimas estuvieran limitadas a una capacidad que el intentaba alcanzar.

Ya había oscurecido cuando decidió cruzar la pista hacia el paradero del “moradito”. Dejó pasar dos o tres porque estaban muy llenos y quería ir sentado. Había decidido subir en el próximo. Se limpió la cara levantando la camisa y acomodándose la mascarilla porque las mangas las tenía muy húmedas y se dio cuenta que tenía la bolsa con dulces y chocolates que había juntado para Gabriel. Se desconcertó por un instante, quizás su tía se los habría recibido.

Entonces se dio cuenta del niño que se encontraba a su lado.

Como todos llevaba una mascarilla, pero a diferencia de aquellos su rostro tenía una expresión, mejor dicho sus ojos, de profunda tristeza, le hicieron recordar la extraña y triste mirada de Gabriel, quedaron mirándose inmóviles durante interminables segundos.

Extendiéndole la bolsa le dijo:

-       Toma, te los regalo - y subió casi corriendo al “moradito”.

 

LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...