LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

viernes, 25 de septiembre de 2020

DE AMOR NO SE MUERE O A VECES.

 

Parecía dormir sobre mis rodillas como si hubiera recuperado la confianza que me tenía, cada cierto tiempo entreabría uno de sus ojos para cerciorarse de que todavía seguía allí. El matiz de grises que cubría su cuerpo parecía haber perdido la claridad que tenía. Era joven, recién había cumplido cinco años, estoy consciente de que los gatos pueden vivir de doce a dieciséis años en cautiverio así que espero que este decaimiento que se le nota pronto desaparezca. Habíamos llegado del veterinario unos minutos antes, donde estuvo cuarenta y ocho horas en observación, los análisis no le encontraron nada malo pero le diagnosticaron una depresión que posiblemente pronto le pasaría. Por supuesto que esta depresión se la había contagiado yo.

Lo saqué de la canastilla porta gatos y aunque esperé encontrarlo molesto como en otras ocasiones en que ni bien se sintió libre corría hacia el interior de la casa, resentido conmigo y se escondía por algunas horas hasta que el hambre lo obligaba a venir hacia mi, ahora, parecía no querer moverse, así que me acomodé en el sillón que le gustaba, prendí la televisión, puse Animal Planet que tanto le atraía, lo eché sobre mis rodillas y comencé a acariciarle el lomo.

-       ¿Qué pasó, Pumita? ¿Te duele algo? ¿No tienes hambre?...

El gato, movió sus orejas hacia atrás, clara señal de que estaba atento, cerró sus ojos y se reacomodó en mis rodillas con la clara intención de no moverse.

Mientras esperaba que el animalito pronto atendería la televisión me puse los audífonos conectados a mi celular y escogí mi lista de canciones para aquellas ocasiones en que hago viajar mi mente entre mis recuerdos con la certeza de que ésta música estimula mi memoria.

Sigo acariciando a Espuma, que es su nombre, mientras veo lo esplendoroso de las rayas y figuras grises en diferentes tonalidades que adornan todo su cuerpo a excepción del pecho y vientre, donde el color es uniformemente gris claro, como el polvo de ceniza que queda en el cenicero después de una noche de cigarrillos.

Parecía ayer cuando hace cinco años cruzando el parque más cercano a mi casa escuché los maullidos desesperados de tres gatitos abandonados dentro de una caja de zapatos, el cartón de la caja se había humedecido y los animalitos temblaban por el frío que la humedad les transmitía, los saqué de la caja y los puse dentro del bolsillo tipo canguro de la polera que llevaba y los traje a casa. Recuerdo la fecha, era ocho de julio; cómo no recordarlo si el día anterior había salido por primera vez con Fabiana y eso me tenía contento, aunque aquel día, como casi todos los días de ese julio, fue lluvioso y frío, ese invierno llegó con muchas semanas sin un rayo de sol.

Los llevé a casa y al día siguiente fueron el pretexto perfecto para invitar a Fabiana a conocerlos, ya en ese tiempo vivía solo, casi enclaustrado, detrás del sueño de convertirme en un escritor, aunque hasta ahora sigo escribiendo cuentos que casi nadie lee, entonces sólo éramos amigos aunque era evidente mi interés por ella; mi primera intención fue deshacerme de los tres gatitos, regalarlos, pero fui fácil de convencer cuando me propuso que me quedara con el último en ser adoptado, los dos primeros en irse fueron dos hembritas multicolor, tenían pelaje blanco, marrón, negro y gris en combinaciones diferentes pero perfectas, también tuve que mentir diciendo que las tres eran hembritas, cuando lo cierto es que uno era macho, Espuma.

El nombre también se le ocurrió a Fabiana, era un juego de palabras evidente que me convenció.

Con los ojos cerrados acaricio el lomo del gato deprimido mientras en mi mente se dibuja la figura del pequeño gato tierno y juguetón de sus primeros meses.

Apenas se decidió que se quedaría en casa me organicé de la forma que me pareció la correcta. Compré una cama y algunos accesorios para gatos, como un tronco forrado de cuerdas para que pudiera afilar sus uñas, una bandeja especial que llenaba con cinco kilos de arena para que hiciera sus deposiciones y que al principio religiosamente cambiaba cada treinta días, un equipo para su comida y algunas pelotas de goma. Con el tiempo descubrí que la arena debía cambiarla antes, cuando Espuma así me lo hacía saber, el animalito dejaba de usar la bandeja y hacía sus necesidades en el techo y solo regresaba cuando cambiaba la arena. Lo bañaba una vez al mes pero en el verano era a veces cada semana, parecía gustarle el agua y lo primero que hacía después del secado era arrastrarse en el jardín.

Le enseñé algunos trucos básicos como acompañarme durante las comidas sentado en una silla, sin subirse a la mesa, aprendió a arrastrar su plato por el suelo de la cocina cuando tenía hambre y le asigné su lugar en la sala, sobre un tapete especial que llevaba su nombre, que renovaba cada seis meses y siempre del mismo color. Aprendió a respetar mi dormitorio, aunque hacía resistencia acompañándome unos minutos después que me acostaba, nunca lo dejé que durmiera en mi cama. Cuando nos sentábamos a ver televisión y no le gustaba lo que veía me miraba fijamente hasta que cambiaba de canal, comenzaba a zapear y cuando entrecerraba los ojos, como si quisiera ver mejor, me detenía pues entendía que eso era lo que le gustaba. Las veces que se me daba por escuchar música me sentaba al lado del equipo y el animalito comenzaba a ronronear frotándose en mis pies, entonces lo subía a mi lado o sobre mis rodillas y lo convertía en oyente obligado de mis peroratas largas sobre lo que me había pasado en el día, los problemas que traía en la cabeza o sobre mi incipiente vida amorosa. Me miraba atentamente moviendo las orejas al ritmo de mi conversación y para mi era una clara señal de que comprendía lo que le decía.

Había leído sobre los gatos para entenderlo y criarlo de la mejor manera, así supe que era territorial y que los lugares que yo le había enseñado en realidad él los había elegido, supe que cuando oliera una gata en celo lo más probable era que se desapareciera por días, nunca se desapareció más de tres.

Cuando llegaba a casa me esperaba detrás de la puerta, antes de abrirla a propósito hacía tintinear mi manojo de llaves y él empezaba a maullar del otro lado. Sabía que cuando salía de casa con un tipo de ropa era para ir a comprar y regresar pronto, entonces me seguía hasta unos cien metros de la casa y se escondía debajo de los carros hasta que regresara, cuando iba trajeado rumbo al trabajo simplemente no me prestaba atención y se dedicaba a lo suyo.

Así vivimos felices durante poco más de un año, casi con rutinas marciales y acomodadas a mi ritmo de vida, parecía encontrarse cómodo y perfectamente adaptado.

A los dos meses que Fabiana conoció y bautizó a Espuma nos hicimos enamorados, así que ella lo vio crecer aunque no muy de cerca, pues más frecuentaba yo la casa de ella, al año decidimos dar un paso más y ella se vino a vivir conmigo.

Y desde entonces Espuma comenzó a convertirse en otro. Empezó a olvidarse de las cosas que había aprendido conmigo y aprendió otras, las que le enseñaba Fabiana, cuando yo llegaba primero a casa, que era casi siempre, a el no le interesaba, ya no me prestaba atención, pero cuando ella llegaba la recibía maullando de alegría y parecía querer hablar cuando le acariciaba.

Fabiana es una mujer bastante atractiva, inteligente e irreverente, era todo lo contrario a mi, quizás por eso nos habíamos enamorado, ante la posibilidad de aprender el uno del otro. No le gustaba la cocina y yo me divertía cocinando, yo podía amanecer viendo televisión y ella solo miraba un poco de algún noticiero y listo, a pesar de esto estaba al día con los acontecimientos y la política, quizás porque su trabajo le exigía horas de investigación en internet. Ella era muy romántica cuando escuchaba música, a mi me parecía que exageraba pues le gustaba Arjona, en cambio yo prefería escuchar rock, merengues, salsa, cumbias y hasta música urbana; yo era formal no solo para vestirme sino en mis actividades sociales, ella era más bien despreocupada pero nunca dejaba de lucir sensual hasta atrevida, tenía unos modales muy suaves y encantadores pero mundanos, su conversación era muy agradable y siempre interesante, a ambos nos gustaba la lectura, ella prefería a Shakespeare, Hesse y Süskind yo me quedaba con  Lovecraft, Asimov y Vargas Llosa; finalmente terminábamos intercambiando lo que leíamos y nos entregábamos a interminables comentarlos y discusiones.

Era difícil no enamorarse de una mujer decidida, que camina con la actitud de quien va por la vida para reclamar lo que le corresponde, por lo que merece, sin pedir permiso para ello y que además era bella.

Y Espuma no era la excepción.

Me di cuenta que cuando Fabiana estaba en casa Espuma andaba detrás de ella, maullando para llamar su atención hasta que lo conseguía y terminaba su esfuerzo en unos “piojitos” que le ponían el pelaje esponjoso o en caricias a su lomo que convertían su cola en una especie de gancho de carnicero que se movía al ritmo de las caricias. La seguía por toda la casa incluso al baño, parecía su sombra, esperando que ella se sentara para treparse de inmediato sobre sus rodillas.

No comía si Fabiana no le preparaba el plato y después de terminar corría hacia los tobillos de ella para frotarse y mostrarse así agradecido, aprendió a dormir en nuestra cama y preferentemente se colocaba entre ambos, como si fuera un primogénito deseado, no se levantaba mientras no lo hacía Fabiana.

Cuando deseábamos intimidad, al principio ella lo engañaba metiéndose al baño y saliendo antes para dejarlo encerrado hasta que se dio cuenta del engaño y aprendió a salir entre sus piernas, entonces, tuve que ser duro con él y hacer lo único que quedaba, lo cargaba y lo encerraba en cualquier habitación. Cada que hacía eso recibía una mirada penetrante y profunda, con las orejas hacia atrás que interpretaba como si quisiera decirme “...ya vas a ver”.

Muchas veces, cuando nos poníamos románticos, lo sorprendí mirándonos como si esperara el momento para saltar sobre nosotros, si dejábamos de prestarle atención por mucho tiempo nos lo recordaba, primero pasando suavemente sus uñas por nuestros pies, como un león jugando con su comida, luego maullando y frotándose contra nosotros.

Fabiana también tuvo el efecto de desaparecer todos los rastros de disciplina en Espuma, hacía lo que quería y me dejaba entender que lo que quería era estar al lado de ella sin que yo los interrumpiera; por supuesto que yo lo tomaba todo de la única forma correcta, de buen humor.

No se porqué mi relación con Fabiana terminó de improviso, hasta ahora no entiendo cómo tan rápido ella me sacó de su vida y la reinició al lado de otro. Siempre lo tuve claro, yo no la elegí a ella, ella me escogió para acompañarla en esta parte de su camino hacia el éxito, quizás como quien suma experiencia y entonces le correspondía a ella también la decisión de terminar cuando quisiera. Yo, profundamente enamorado tendría que aprender a superarlo, se que es difícil olvidar a alguien como ella, todavía no lo asimilo y me aterra pensar cuánto tiempo se quedará en mi.

Han pasado cuatro meses de su partida pero parecen muchísimos más, la casa ha envejecido unos veinte años, Espuma unos diez y yo no sé cuántos.

Tengo la sensación de que mi tristeza, mi melancolía, la constante evocación de recuerdos de momentos al lado de Fabiana se la he contagiado a Espuma, lo que no sé es si él tendrá más o menos fortaleza para superarlo porque yo siento que estoy perdiendo, los días se me hacen difíciles sin ella. Después que se fue recordé sus palabras “la vida tiene que continuar y de amor nadie se muere”, todo sería cuestión de proponérselo pero por ahora casi no duermo y mis pensamientos solo se los dedico a ella.

¿Dónde estás? ¿Con quién estás? ¿Quién contestará mis preguntas?  me sorprendí preguntándome en voz alta, Espuma no pareció inmutarse o quizás no le interesaban las respuestas porque seguía inmóvil sobre mis rodillas.

-              ¿Qué pasa amigo, la extrañas mucho? Tienes que superarla, no será la primera ni la última chica en tu vida - le dije.

¿Se dará cuenta que le estoy mintiendo? ¿Podrá intuir lo que estoy sufriendo? ¿También tendrá la certeza de haber perdido lo mejor de su vida como la tengo yo? Sentí temblar levemente el cuerpo del felino, como si me respondiera afirmativamente.

Me propuse reanimarlo, busqué en el teléfono la foto más reciente que tenía de ella, una que bajé de su perfil antes que me bloqueara, me había bloqueado hasta de su agenda telefónica, era imposible saber de ella y eso me desconcertaba y me llenaba de ansiedad, esta realidad sin ella no la había imaginado nunca. Encontré la foto, se le veía feliz al lado de él ¿Sería su nuevo amor, un amigo o quizás un familiar? lo que fuera lo envidiaba porque podía disfrutar de su sonrisa. Estaban sentados en lo que parecía una mesa de un jardín, se podían ver los árboles, los cabellos negros cruzándole la cara evidenciaban el viento cuando corre en espacios abiertos, ella tenía en una mano una copa de vino y con la otra sostenía una gata. Definitivamente era una gata porque la habían acicalado y llevaba puesta una corbatita al cuello de color rosado.

Agrandé la imagen y se la enseñé a Espuma.

-       Mira Pumita, ella siempre estará bonita.

El gato, aparentemente con mucho esfuerzo, irguió un poco la cabeza y abrió los ojos, miró la foto y me di cuenta que sus ojos se humedecieron, se volvieron vidriosos, tiró sus orejas para adelante como jamás le vi hacerlo y volvió a acomodarse en mis rodillas con la misma paciencia con la que lo hacen los que perdieron toda esperanza y ya nada les importa.

Me sentí miserable porque me parecía que le había hecho pasar un momento innecesario, innoble, teniendo en cuenta que recién regresaba del veterinario y que seguía enfermo.

-       Pumita dime ¿Si sabes que te estoy mintiendo? ¿no? todavía la extraño y no te imaginas cuánto.

Me quedé en blanco unos minutos tratando re recordar los momentos más felices de mi vida sentimental; y, de pronto tuve una horrible sensación, me dieron ganas de llorar pero preferí no hacerlo, no por valiente sino porque nunca me atrevería a aceptar la causa de mis lágrimas, no podría zanjar si la pena profunda era por Fabiana o por el cuerpo inmóvil y helado que sentía bajo mi mano.

sábado, 29 de agosto de 2020

CHOCOLATES PA MI PRIMO

 Se acomodó la mascarilla más por causa del frío viento que parecía haber escogido a propósito correr por toda la avenida Los Próceres que por una real conciencia de seguridad, a sus diez años no comprendía perfectamente la gravedad de la pandemia ni lo que significaba contagiarse. Había calculado su viaje hasta el Hospital del Niño preguntando a sus amigos, era la primera vez que se alejaría tanto de su casa solo, inicialmente pretendió usar el tren eléctrico pero cuando comprobó que el control era mayor para impedir que los niños menores de catorce circulen sin sus padres en las estaciones del tren, decidió viajar en la línea “E”, que él conocía como “los morados”. Palpó en el interior de su bolsillo las monedas que usaría para viajar mientras que con la otra mano presionó debajo de la casaca cortavientos asegurando la bolsa de plástico que contenía el tesoro que había conseguido reunir durante cuatro meses.

Parado en una esquina esperaba el micro junto a un grupo de personas, cada uno concentrado en sus problemas, cada uno preocupado de mantener la distancia, pero todos dispuestos a olvidarse de las precauciones con tal de viajar rápido. Los miró de uno en uno tratando de identificar a algún conocido del barrio y le sorprendió lo parecidas que resultaban las personas cuando se cubrían medio rostro, lo desconocido que se podía hacer cualquiera sin necesidad de ocultarse y cómo se perdía la expresión del rostro. Le atribuyó alguna propiedad mágica a los cubrebocas porque conseguían que todos tuvieran una expresión muy parecida, triste, melancólica, con mirada vidriosa, sin esperanzas, sin alegría. Prefirió concluir que esto sería el resultado más bien de la permanente zozobra por evitar el contagio. El COVID 19, con su amenaza mortal había venido no solo para dejar muerte sino también para llevarse la alegría, la frescura, la esperanza de los rostros y dejarnos a todos como los zombies que tanto le gustaba ver en la televisión.

Subió al micro confundido entre la gente apurada, nadie le tomó en cuenta, se dejó caer en el asiento del fondo, ancho y cómodo, donde podían sentarse hasta seis personas pero ahora solo lo hacían tres. Aseguró el paquete que llevaba bajo la casaca y separó dos soles cincuenta para el pasaje, que era lo que los amigos del barrio le habían dicho costaba.

Contemplando el rápido paso de los edificios por las grandes ventanas comenzó a adormecerse y algunos recuerdos quisieron asomar en su memoria, parecía que el sueño lo vencería, cosa que quería evitar para no pasarse del destino, aunque sabía que era un viaje largo; entonces el sonido de las monedas tintineando en las manos del cobrador le volvieron a la realidad, le entregó dos soles cincuenta por el pasaje pero el cobrador le siguió mirando esperando que le dijera hasta dónde iba.

-       Hospital del niño – dijo, pretendiendo una voz más gruesa y sin atreverse a mirarle a los ojos.

-       Hospital – dijo el cobrador mientras arrancaba un boleto con mucha destreza de uno de tantos taloncitos que llevaba en la mano y se lo entregaba.

La cantidad de talonarios con boletos que había acomodado en una mano el cobrador le llamó la atención, parecía una suerte de tahúr jugando con las cartas antes de lanzar la que significaba ganar o perder.

 

Para Moisés, la vida como hijo único y abandonado por su padre no había sido tan sufrida como es frecuente en estos casos, sobre sus diez años se notaba el trabajo de su madre como mujer sola al mando del hogar sin un marido a su lado, se tendría que tomar como exitosa, tenía una existencia feliz, por lo menos para el. Frecuentemente cuestionaba la mala suerte de no tener un hermano más que la falta de un padre, la vida escolar le había hecho sentir esta ausencia con mayor notoriedad. Sentía envidia de aquellos compañeros cuando se referían a sus hermanos, se sentía vacío, incompleto, intrascendente por la falta de amor filial, mientras que, el amor por su padre lo había sustituido por completo con el cariño a su mamá. No necesitaba querer a su papá, para qué.

Había llegado a los diez años solo, inventando personajes imaginarios con quienes llenaba sus horas de juego que de otra manera hubieran sido vacías, se había acostumbrado a la compañía etérea de amigos inexistentes que le aconsejaban coincidentemente las mismas cosas en que pensaba.

Había encontrado que los momentos más difíciles del día eran aquellos instantes previos a levantarse y después de acostarse, antes de conciliar el sueño, era entonces que una melancolía fría que trasuntaba las sábanas y cobijas, una pena que equivalía a las esperanzas rotas que pueden atormentar el alma de un niño lo invadían y, aunque luchaba contra ello le condicionaban el día, peor si durante el colegio o algún encuentro con los amigos se hacía una referencia a los hermanos.

Cuántas veces trató de encontrar culpables de que su vida fuera así. ¿Quizás su madre? ¿Su ausente padre? ellos debieron prever que la vida no era fácil para un hijo único ¿Quizás él mismo? por dejarse abrumar por la necesidad de un hermano que lo apoye, que lo oriente, o porqué no, a quien enseñar, a quien proteger, a quien contarle cada uno de los secretos que ahora guardaba y no sabía para qué ¿No es mejor tener un secreto compartido con un hermano?

Todo lo que sabía lo había aprendido por propio esfuerzo, con sus riesgos, enfrentando al barrio, al colegio, de la manera que su madre le había enseñado, la única con la que un niño resuelto podría atreverse. El barrio le había moldeado el carácter y el espíritu y su madre lo había encausado dentro del camino por donde debe transitar una persona de bien. Era considerado por la pandilla como un compañero con futuro a quien se tenía que cultivar y preparar, así se sentía, y se había comprometido a no defraudar esa consideración con su “mancha”, casi toda la pandilla estaba conformada por niños que bordeaban los quince años, todos mayores que él.

La vida con su madre, provechosa, pese a que nunca había sentido mayores necesidades, no había dejado de tener el sufrimiento que acarrea ser hijo único en una familia disfuncional. A su papá lo había reemplazado con los amigos, los tíos y los compañeros de clase, pero no había podido reemplazar la falta de un hermano.

Quizás esta necesidad fue la que hizo que se encariñara con Gabriel.

Gabriel era su primo, hijo de la hermana de su mamá. Lo había conocido unos meses atrás, en enero, cuando ambos llegaron de Cerro de Pasco y se alojaron en su casa mientras su tía, profesora, realizaba unos trámites ante el ministerio de educación.

De inmediato congeniaron, aunque Gabriel tenía un hermano y una hermana parecía haber encontrado el primo perfecto en Moisés, a él le confió muchas cosas que no había confiado a sus hermanos.

Fueron las mejores vacaciones de sus vidas pero fue Moisés quien más las disfrutó, para él eran las primeras vacaciones con un compañero permanente, casi a dedicación exclusiva, como un ensayo de lo que sería la vida con un hermano.

Se dedicó a él. Las noches se volvieron divertidas pues se acostaban tarde porque aprovechaba hasta el último minuto que les permitían sus padres para ver televisión comentando o explicándole a Gabriel los detalles que veían, pues en Cerro de Pasco no tenían televisión por cable. Sus horas de sueño se habían acortado pues se despertaba impaciente por levantarse y comenzar el día de aventuras al lado del nuevo primo, había dejado de sentir el frío que antes sentía al cobijarse en la cama.

Apenas terminado el desayuno se ponían a ordenar y asear la casa acompañado siempre de Gabriel, conforme le había enseñado su mamá, después hacían los mandados corriendo a la tienda o al mercado de Ciudad de Dios, que quedaba a cinco cuadras de la casa y siempre terminaban rápido para tener más tiempo para “sus cosas”.

Moisés trataba siempre de enseñarle algo nuevo a su primo, le agradaba ver como se mostraba sorprendido por cosas tan triviales como las técnicas para “gorrear” un carro, el esperar después de un rompe muelles o de algún bache grande para subirse y agarrarse de los parachoques posteriores del carro y viajar colgado hasta el siguiente bache o semáforo en donde tenían que bajarse evitando que los choferes, especialmente cobradores, se dieran cuenta.

Les gustaba subir al tren eléctrico y cruzar Lima muchas veces de ida y vuelta por el costo de un pasaje, Moisés había memorizado las estaciones en las que se podía cambiar de sentido de viaje sin abandonar las instalaciones, esto lo habían hecho muchas mañanas hasta que el hambre los hacía regresar a casa para almorzar.

Durante algunas mañanas también acompañaban a sus mamás al mercado de Ciudad de Dios, para ver a las “hermanas verdura”, dos simpáticas muchachas de trece y quince años que ayudaban a su mamá en la venta de verduras, ellas, ni bien ver llegar a Gabriel comenzaban a llamarlo “novio” o “colorado”, destacando los extraños ojos celestes, aunque tristes, que tenía. Gabriel era uno de los integrantes de la familia materna que había sacado los ojos celestes de su abuelo, aunque la mirada triste era exclusiva de él; además tenía la cara llena de pecas,el cabello casi rubio y ensortijado.

Durante muchas tardes se habían dedicado a pasear en la bicicleta de Moisés a la que tuvieron que acomodar un par de tubos en la corona posterior para poder andar juntos habiéndose aventurado a pedalear hasta los cerros que limitaban con Lurín en donde  chapotearon en los pocos canales que quedaban y después de atrapar lagartijas y algunos alacranes, las soltaban por las tardes en un parque cerca de su casa antes de ir a tomar el lonche; en estas visitas a las zonas casi campestres de Lima, Moisés le enseñó a su primo el arte secreto de hacer “hondas” o “jebes” para cazar palomas utilizando una cámara de bicicleta vieja, y se divertían haciendo “tiro al blanco” con latas y botellas que recogían de entre la basura, que era también abundante por esa zona. Se habían esforzado mucho en intentar cazar alguna paloma pero solo habían conseguido victimar un par de gaviotas, que finalmente resultaban un blanco fácil cuando se encontraban amontonadas entre los basurales.

Los sábados después del almuerzo caminaban unas diez cuadras hasta una carpa al costado de un colegio donde se dedicaban a interminables horas de lectura de historietas y “chistes” pagando treinta céntimos por el alquiler, solían ponerse uno a espalda del otro para intercambiarlas después de haberlas leído y pagar menos. Para conseguir el dinero, cuando los mandaban a comprar en la tienda de la esquina ellos se iban corriendo hasta el mercado conseguían las cosas más baratas y se quedaban con la diferencia.

Los primos disfrutaban juntos cada momento del día, eran reclamados para “pelotear” junto a la pandilla pues con Gabriel completaban dos equipos de seis que se enfrentaban en épicos partidos en la canchita de “La Estaca”, la iglesia Mormona del barrio; también lo eran para sentarse en cualquier vereda y dejar pasar las horas mientras se conversaba de todo y se agarraba de punto a alguien para “hacer hora”; para sentarse en las tardes en las gradas del Instituto de Capacitación Municipal, esperando que llegue la noche y “cochinear” a las muchachas que salían, en su mayoría empleadas del hogar y para ir a las fiestas infantiles en las que eran los más bailarines y “armaban” la jarana causando la algarabía y admiración de los otros chicos.

Los días pasaron volando como pasan las horas cuando estás en buena compañía, hasta que llegó la despedida al terminar la primera quincena de marzo.

Esa mañana amaneció nublada en el corazón de ambos primos, en las calles todavía hacía calor, parecía que evitaban hablar entre ellos, ya durante la noche previa se habían puesto de acuerdo de cómo se iban a comunicar, hicieron planes para cuando se volvieran a ver durante las vacaciones del mes de julio, ya sabían que la mamá de Gabriel tenía que regresar a Lima por asuntos profesionales, y habían conversado hasta después de que cantó el gallo anunciando el nuevo amanecer.

Cuando partió el bus llevándose a su tía y a su primo Moisés sintió una pena tan profunda como nunca había sentido, las lágrimas que rodaron por su cara hasta la comisura de sus labios le parecieron más saladas que nunca. Se extrañó pues como hijo único criado por una madre luchadora se había prometido que sólo lloraría cuando ella muriera. Y por nadie más.

El viaje en la mototaxi junto a su madre de regreso a casa fue en absoluto silencio, ambos miraban hacia la ventana de su lado, parecía que no querían cruzar sus miradas.

Cuando se encontraron dentro de la casa ella le dijo:

-     ¡Qué triste parece la casa ahora! -

El le contestó, secándose las lágrimas con la manga de la camisa sin que ella lo viera y ocultando una mascarilla humedecida que siempre llevaba cuando salía a la calle.

-     Ni creas...

 

Llegó el mes de julio, julio de fiestas patrias, de mensajes presidenciales, de desfiles, de circo, de vacaciones, pero también de creciente pandemia. Todos los viajes se postergaron y con ellos muchas esperanzas, muchos encuentros, muchas despedidas, muchas ilusiones.

 

Dos días antes había escuchado a su madre conversando por celular con la mamá de Gabriel, le oyó decir que era una pena lo que había pasado, él no comprendía o prefirió no comprenderlo, pero se enteró del resto de la conversación haciéndose al dormido. Así pudo saber que llegarían en la mañana, pero se irían de frente al hospital del niño, calculaban que su llegada sería a las cuatro de la mañana. Entonces decidió que tenía que ir a verlos, tenía que saludar a Gabriel, contarle cómo había aprendido a bailar salsa, contarle que ahora tenía una pelota y zapatillas Adidas® como la mayoría de muchachos de la patota, enseñarle el celular que su mamá le había comprado y los juegos que había descargado, hasta le prestaría el celular todo el día para que aprendiera.

¡Ah! pero decidió que llevaría los dulces que con tanto esfuerzo había acumulado. A Gabriel le gustaban mucho los chocolates Sorrento® y los CuáCuá® y juntando centavo a centavo, guardando los vueltos y los pasajes que le quedaban y la propina que su mamá le daba había conseguido comprar de uno en uno una bolsa con estos chocolates además de caramelos y otros dulces que recibía en las fiestas infantiles. Al principio su mamá se preocupó, cuando le veía con chocolates y dulces que guardaba en los bolsillos de los que nunca encontraba los restos que indicaran que los había comido, hasta que un día mientras hacía limpieza encontró entre las tablas de la cama, debajo del colchón, varias bolsas acondicionadas que guardaban chocolates y dulces que Moisés había juntado, por el calor algunos se habían derretido y embarrado una parte de su contenido, ella, en su afán de limpiar, abrió las bolsas y arrojó a la basura los que consideraba malogrados, no tenía idea del propósito de su hijo. Cuando Moisés se enteró se enfadó con su madre, pero luego de calmarse le confesó que eran dulces que estaba juntando para la visita de Gabriel, eran para él.

 

Moisés se bajó del “moradito” entre un grupo de personas, todas parecían ir en la misma dirección, se dejó llevar por este pequeño tropel. Cuando llegó al hospital no supo qué hacer, deambuló durante una hora entre grandes salas de espera y pasadizos hasta que llevado por su intuición calculó que se encontraba en el hall por donde todos tenían que entrar o salir, el cansancio le obligó a sentarse en una gran banca pegada a la pared.

Estaba cavilando qué hacer o simplemente dejaba pasar el tiempo cuando advirtió la silueta conocida de su tía, contento se levantó y fue hacia ella, la abrazó y sintió caer sobre su hombro algunas lágrimas. Pensó que su tía también se encontraba emocionada como él por este encuentro. Ella, dejó las cosas que tenía en las manos sobre un macetero sin plantas, le tomó la cara con ambas manos y acercó la suya: Allí estaban los mismos ojos de Gabriel. ¡Gabriel!...¿porqué no estaba con ella?. Quiso preguntarle pero entonces reparó en lo que le estaba susurrando al oído.

Todo su ser se paralizó, luego comenzó a temblar repentinamente, Moisés se había prometido no volver a llorar y no tuvo la sensación de estar haciéndolo pero entonces porqué ese sabor entre los labios. Su cabeza se llenó de recuerdos y momentos que aparecieron violentamente como el flash de una cámara, sabía que los estaba repasando para grabarlos para siempre, para eternizarlos, para guardarlos en su memoria y disfrutarlos en cualquier momento, para que nunca se escaparan.

Las palabras de su tía le atravesaban por todos lados haciendo difícil entenderlas, además de que la voz entrecortada de una madre triste las convierte en filosas espinas que vuelan y te traspasan una y otra vez.

¿Cuando tiempo estuvieron abrazados o atados por un llanto mútuo? Era imposible calcularlo. Solo entendió lo necesario. Nunca más vería a Gabriel, no volvería a disfrutar de aquellos momentos que pensaba repetir, jamás tendría el hermano que quería, la imagen de Gabriel que encajaba perfecta en esa silueta del hermano ideal se desvanecía, solo quedaban sombras, dolor, mucho dolor.

Había salido del hospital y caminado casi inconscientemente por la avenida Brasil hasta la plaza Bolognesi, le dio algunas vueltas mientras esperaba que sus ojos dejaran de llorar como si las lágrimas estuvieran limitadas a una capacidad que el intentaba alcanzar.

Ya había oscurecido cuando decidió cruzar la pista hacia el paradero del “moradito”. Dejó pasar dos o tres porque estaban muy llenos y quería ir sentado. Había decidido subir en el próximo. Se limpió la cara levantando la camisa y acomodándose la mascarilla porque las mangas las tenía muy húmedas y se dio cuenta que tenía la bolsa con dulces y chocolates que había juntado para Gabriel. Se desconcertó por un instante, quizás su tía se los habría recibido.

Entonces se dio cuenta del niño que se encontraba a su lado.

Como todos llevaba una mascarilla, pero a diferencia de aquellos su rostro tenía una expresión, mejor dicho sus ojos, de profunda tristeza, le hicieron recordar la extraña y triste mirada de Gabriel, quedaron mirándose inmóviles durante interminables segundos.

Extendiéndole la bolsa le dijo:

-       Toma, te los regalo - y subió casi corriendo al “moradito”.

 

jueves, 30 de julio de 2020

MORENA O UNA HISTORIA COMÚN


Hubo un tiempo en el que fui supervisor de una gran empresa, una de las primeras y principales franquicias instaladas en Lima, en la que pese al puesto que ocupaba, más cerca de la primera línea que de las gerencias, tuve tiempo para conocer historias de personas que terminan por convencernos que mucho de la literatura fantástica o mágica-real es una realidad que a veces ocurre en nuestras narices, pero también, de aquellas cosas casi intrascendentes que pasan muy cerca nuestro y que arrastran tras de si impresionantes historias de personas, de vidas, de situaciones increíbles por tan básicas pero trascendentes para quienes les tocó vivirlas, historias sorprendentes que están allí pero no lo sabemos.
Pese a tener pocos años trabajando fui muy afortunado al vivir uno de los eventos más tradicionales de la empresa, una renovación de personal de planta. Era una política establecida que los gerentes y empleados de alto nivel extranjeros se renovaban cada dos años, provenientes de algunas de las plantas generalmente en Estados Unidos, mientras que cada diez años se hacía una selección de personal para reemplazar a los que se habían jubilado y a los eventuales contratados por alguna emergencia, todos obreros y empleados de nivel operativo, de los cuales siempre más de la mitad eran previamente seleccionados en el interior del país. En mi caso, había ascendido a supervisor recientemente y fueron asignados a mi responsabilidad quince “calichines”, como solíamos llamarlos los trabajadores más antiguos, eran cinco señoritas y diez muchachos, todos ellos tenían que ser entrenados bajo mi supervisión.
Han pasado muchos años desde aquella vez y ahora recuerdo todas las historias que trajeron consigo y aquellas que se construyeron durante el tiempo que trabajé con ellos, fueron muchas e increíbles, sin embargo, siempre recuerdo una en particular, la de Morena Morales, quizás porque fue una de las primeras en las que me tocó representar mi papel de supervisor y jefe.
La política era que todos ellos serían asignados a las labores de producción, en estas áreas se formaban dos grupos de trabajadores, nosotros los llamábamos los “punches” y los “burócratas”. Los primeros eran llamados así porque eran los operarios de las máquinas de la empresa, eran quienes tenían la responsabilidad de mantener la producción constante de la empresa y trabajaban en tres turnos rotativos quincenalmente de ocho horas, mientras que los “burócratas”, tenían a su cargo las tareas de apoyo para que la producción no se detuviera, tenían un horario de oficina cuya entrada era entre las siete y diez de la mañana y la salida ocho horas y cuarenta minutos después, es decir si un trabajador elegía entrar a las diez su hora de salida era minutos antes de las siete de la noche, ellos trabajaban ocho horas más el tiempo de su refrigerio.
Morena Morales era una jovencita que no aparentaba tener veinticuatro años, parecía de diecisiete o dieciocho, era bonita, mas bien callada, muy dedicada a las tareas que se le asignaba y me había pedido que le asignara el turno de entrada a las diez de la mañana porque pretendía estudiar diseño y marketing, lo conversamos y accedí, pese a que mi política era asignarles el horario desde las siete de la mañana a todos los “calichines”. No era yo un jefe de buen carácter, todos los que estaban a mi cargo me consideraban un jefe drástico, de pocas palabras, recto, que no aguantaba pulgas. Quizás esta muchacha fue una oportunidad que tomé para que la gente humanizara más mi imagen y dejaran de mostrarse temerosos cuando conversábamos.
Después de unos tres o cuatro meses me encontré con Morena en el comedor, ella estaba sola en una mesa para cuatro personas y me senté a su lado; cuando era yo el que estaba solo nunca se sentaba nadie en mi mesa, por eso que siempre que visitaba la cafetería prefería ocupar una mesa en la que ya había uno o dos trabajadores con la intención de que percibieran que ser recto y disciplinado no significaba ser malvado.
-      ¡Qué tal! ¿Cómo van los estudios – pregunté para entrar en confianza con la chica, a la que escruté bien y con agrado me di cuenta que en realidad era una mujer muy bonita.
-      Bien – me dijo – aunque debería esperar las notas finales de este primer ciclo, pero por el momento todo bien.
-      Qué bueno, tienes que tener presente siempre que es una inversión, tu inversión, para tu futuro – siempre yo tratando de dar consejos para la posteridad.

Así fue como iniciamos una larga conversación en la que me contó gran parte de su vida, me enteré que era la única mujer de tres hermanos, que cuando tenía dos años sus padres se separaron, sus dos hermanos se fueron a vivir con su papá mientras ella quedaba al cuidado de su madre y que antes de cumplir los ocho su mamá se volvió a casar con Augusto, un ingeniero divorciado y con un hijo que estudiaba en un colegio tipo internado. Me reseñó que sus problemas comenzaron apenas cumplir los catorce años, cuando el hijo de su padrastro, Frank, comenzó a molestarla, se mostraba muy interesado en ella y aprovechaba cualquier ocasión para intentar declararle su admiración por su belleza, su amor infinito y tentarla o restregarse en ella, cuando lo acusó con su madre ella le pidió que no le dijera nada a su padrastro porque conversaría con ambos para corregir esta situación. Pero nunca hubo un cambio, por el contrario los arrestos de Frank se hacían más seguidos y se vio obligada a capear esta situación por bastante tiempo, a los dieciséis huyó de su casa y se fue a vivir con su abuela paterna.
Me enseñó las fotos de sus redes sociales y me mostró a toda su familia, así conocí a su padre, que vivía en la selva, a sus hermanos que ahora estaban casados y tenían familia, a su madre, de quien había heredado mucho de su alborozada belleza, a su padrastro y a su hermanastro Frank. Me mostró la foto del medio hermano y abundó en detalles comentándome que hacía un año se había recibido de médico y que pese a haberse casado y tener una hijita de pocos meses aún seguía acosándola, la llamaba casi todos los días y hasta en las madrugadas, prometiéndole que seguiría enamorado de ella toda la vida y que solo esperaba un si para correr a su lado; claro que ella nunca quiso nada con el pero entendió que mejor era “hacerse a la loca” que darle mucha importancia al asunto.
-      ¡Pobrecita! –recuerdo haber pensado, pero no lo dije porque no estaba seguro de cuál sería su reacción. Aquella reunión la terminamos intercambiando nuestras redes sociales, cosa poco frecuente con mis subordinados.
Unos meses después de este evento ella vino a mi oficina y me pidió oficialmente dos días de permiso a partir de esa misma mañana, se notaba un poco consternada y nerviosa, no mencionó el asunto pero dijo que era muy importante y urgente; sin ningún problema accedí y me ofrecí a ayudarla en todo lo que fuera necesario para solucionar el asunto que la aquejaba e intenté aprovechar este encuentro para darle más consejos para la posteridad.
-       He notado que has cambiado tu horario y estás entrando a las siete ¿Terminaste tu ciclo? ¿algún problema.
-       No, ninguno, lo que pasa es que he tomado cursos en la noche y prefiero  salir temprano para prepararme – me contestó sin alterarse.
-       Otra cosa, algunos chismosos me han dicho que estás saliendo con el sub gerente de producción, te han visto en su carro varias veces ¿sabes que el es casado, no?
Se sonrojó y su rostro más que expresar sorpresa expresaba un gran desconcierto y un desencanto como si jamás hubiera esperado esa pregunta de mi; me arrepentí de haberla hecho, me dolió verla desamparada, sola, luchando contra los comentarios de algunos chismosos y el permanente acoso de su hermanastro. Para intentar corregir la situación le dije:
-       Si tienes algún problema solo dímelo y te ayudo, cualquier cosa...
-      Muchas gracias jefe, pero es algo que solo yo puedo solucionar – y salió apurada como quien va a enfrentar la pelea final de su vida.
Ese día me sentí sucio, urgido de un buen baño y apenas culminé mi horario salí disparado a casa en busca de ese anhelado duchazo.
Cuando me dirigía al estacionamiento fui testigo de un suceso, vi a  Morena Morales, junto a un hombre unos años mayor que ella, parando un taxi en la esquina, ella iba contrita sosteniendo una gran cartera contra su pecho con ambas manos, a su lado el hombre, con un pantalón verde agua, chaqueta blanca y con un maletín colgado del hombro, definitivamente indumentaria de hospital, apuradamente transaba con el chofer del taxi antes de subir. A lo lejos distinguí la figura del hermanastro, era Frank, estaba igual a las fotos que me había mostrado Morena, se le notaba abusivo, imponente, déspota, inicuo, acosador tal como me lo imaginaba; antes de subir al taxi Morena se le acercó intentando claramente darle un beso de despedida pero él le puso una mano sobre el hombro para mantenerla alejada. El taxi partió y me apresuré a darle el encuentro a aquel abusivo.
-       ¡Hola, que tal! Tú debes ser el hermano de Morena – le dije a manera de saludo.
-       Si, el mismo, mucho gusto, Frank – estirando una mano y esperando que me presentara.
-       Soy su jefe y ella me ha contado algunos problemas que la tienen intranquila – le dije mientras examinaba su rostro en busca de una expresión que me permitiera interpretar su estado de ánimo.
-       ¡Ah, caramba!...entonces le sugiero que le de un par de días más de permiso.
-       Si claro, para que abuses de ella y sigas acosándola, para que te tires como un animal de presa sobre su víctima y saciar sus instintos, para que te aproveches de una mujer joven y sola…acosador de mierda… - pensé decirle.
Frank me seguía mirando con sus ojos profundos y oscuros, sin fin, cansados, y entiendo que la expresión de mi rostro eran el reflejo de ese odio que acababa de descubrir contra el, me imagino las interrogantes que acudieron a su mente en ese momento.
-       Pensé que trabajabas en provincias – le dije, intentando hilvanar una conversación.
-       Así es, tuve que venir de emergencia hoy por el llamado de Morena, hace casi dos años que no nos veíamos.
-       ¿Por el llamado de Morena o porque no puedes controlar tus instintos?...bestia – lo callé otra vez, mis labios no se movieron.
Continuó mirándome y después de exhalar un suspiro con el cual pareció irse parte de su cansancio me dijo como evitando que alguien lo escuchara.
-       Por favor concédale dos días más de permiso. Vine a ayudarla por que está en cinta…bueno…ya no lo está  más.


lunes, 6 de julio de 2020

LOS NUEVOS CAMPEONES

Estaba apurado, la entrevista para la cadena MBC Sports había demorado demasiado, se sentía un poco molesto pues pensaba que por ser una empresa coreana la entrevista pactada dos meses atrás tendría que haber sido más fluida, sin embargo, se presentaron algunos inconvenientes que alargaron el evento y regresaba a su hotel con cuatro horas de retraso.
Al llegar se encontró con un grupo de periodistas locales y tuvo que declarar por media hora más y cuando por fin pudo subir al piso donde estaba concentrado su equipo respiró con tranquilidad al comprobar que todos los jugadores se encontraban en sus habitaciones, se dirigió a su suite dispuesto a dormir hasta tarde, pero primero se daría una remojada en el jacuzzi.
Con pocas ganas dejó el agua tibia para acostarse, sentía tan bien el hidromasaje que envolvía su cuerpo con potentes chorros de agua que era un sacrificio desistir de este placer, después de acomodar la ropa deportiva que usaría el día siguiente se puso el pijama y se acomodó en la gran cama King size apenas cubierto por una sábana y mientras se persignaba y oraba casi rutinariamente revisó los mensajes de su celular, más pedidos de entrevistas, felicitaciones para el y sus jugadores, algunos mensajes subidos de tono, todo lo que usualmente recibía. Apagó el celular y se arrellanó entre un grupo de níveas y grandes almohadas, cinco o seis y cerró los ojos para dormir, mañana tendría un día ajetreado.
Si, mañana. No pudo evitar la ansiedad de pensar en lo que podría suceder mañana, quizás saldría todo de acuerdo a lo planificado o podría ser mejor, le gustaba pensar en forma optimista, soñar; si las cosas salían mal, que también era una posibilidad, no le gustaba planear algo para este caso, era su cábala, lo malo siempre se corrige sobre la marcha, es mejor, si lo planificas, sin querer estás invocándolas, pensaba. El silencio de la habitación se sentía como un lejano viento que atravesaba sus oídos poniéndolo alerta, como si se tratara de una voz que le traía distantes augurios, tensaba todo su cuerpo intentando entender que le quería decir esta brisa que se sentía fría dentro de su cabeza, era la indicación de que sería una noche de insomnio, de aquellas en las que al llegar el sueño no encontraba el límite entre estar lúcido o dormido, cuerdo o ido, como un astronauta en el espacio sin saber dónde es arriba o abajo.
Suspiró cuando recordó que tan solo tres años atrás su equipo de fútbol, el equipo que dirigía como entrenador se encontraba en la liga de tercera distrital, en un año campeonó en la tercera división y al siguiente en la segunda, lo que le permitió llegar a la liga profesional, estaba terminando su primer año y a punto de disputar la final, dependía del resultado de mañana para que su equipo saliera campeón de la primera división. Aunque sabía que campeonar era posible no lo veía como una meta cercana, todos los objetivos que se habían trazado, junto con la dirigencia del equipo, habían sido ya conseguidos. Los dirigentes, al inicio del campeonato le encargaron que trabajara para evitar la baja, como sucedía con los equipos “chicos” como el suyo, en cambio, ya habían logrado un cupo para el principal torneo internacional de clubes y tenía la posibilidad de ser el campeón nacional. Lo de mañana era imposible, ya había enfrentado dos veces al mismo rival y las dos habían perdido, no esperaba ganar ahora, total, nadie llega en un año desde la segunda a un campeonato internacional.
Sabía que esta noche no dormiría y se puso a recordar, memorias que hace mucho no evocaba pero que tal vez ahora le servirían para poder dormir.
Después de veinte años como profesor de educación física y de diez de haber recibido su autorización para dirigir un equipo de fútbol profesional, César García consiguió el tan ansiado segundo trabajo que había buscado para superar su casi permanente estado de carencia económica, el colegio particular donde estudiaba su hijo, que tenía un equipo de fútbol que por enésima vez participaba en el campeonato de tercera división, lo contrató como entrenador; a medio año, después de cuatro derrotas sucesivas, los dueños del colegio despidieron al entrenador que tenían, además de los malos resultados porque consideraban que ganaba demasiado, con la esperanza de recuperarse un poco y conservar la categoría cuando todavía faltaba la mitad del campeonato. Tuvo una suerte increíble, a eso atribuyó siempre este primer logro de su carrera, pero siempre había peleado a puño limpio y con la camisa remangada.
Cuando faltaban tres partidos para culminar el campeonato en la tercera división ya había campeonado, ningún rival podría alcanzarlo, era una gran hazaña pocas veces vista, pero el se lo atribuía siempre al destino, la prensa conoció a este modesto equipo y lo bautizó como “los campeones” en clara alusión al anime japonés. Y fue cuando sucedió el gran cambio que lo llevaría a donde se encuentra hoy.
Dando vueltas en la cama con la seguridad de que no podría dormir volvió a sentirse emocionado recordando aquel domingo, día en que jugaban su primer partido después de haberse declarado campeones de la tercera división tres fechas antes del final, ese domingo se celebraba el “Día internacional de la persona con discapacidad”; como quiera que ya estaba asegurado el primer puesto, los dirigentes pidieron permiso para que durante ese partido se incluyera en su equipo a un representante de los discapacitados, un alumno del colegio que pudiera jugar como actividad central del aniversario y así convocar más gente y más prensa al encuentro deportivo, se les concedió el permiso y le dieron la autorización para que pudiera ingresar durante los últimos minutos del partido. En el primero que pensó el entrenador fue en su propio hijo, Gabriel, un adolescente de diecisiete años que era autista, pero el colegio le exigió que además escogiera a uno de sus estudiantes, para resaltar el mensaje de que eran un colegio inclusivo, en este caso, cada uno jugaría algunos minutos. Recordó cuando se presentó aquel padre de familia con su hijo de diecisiete años para ponerlo a prueba en el equipo, había visto ya a dos muchachos con síndrome de down y si las cosas iban como hasta ahora jugarían su hijo y uno de ellos. Pero la conversación que tuvo ese día con el padre del muchacho hizo que cambiara de decisión.
-      ¿De qué padece su hijo señor? – preguntó César García al padre del muchacho mientras tocaba el hombro del joven para entrar en confianza.
-      Discúlpeme profesor pero mi hijo no padece de nada – le contestó con voz firme y agradable el padre – Mi hijo más que padecer disfruta del síndrome de moebius, si, lo disfruta, y nos hace disfrutar a todos en casa, nos mantiene alegres, unidos, es una fuente interminable de momentos felices, nos da paz, es un ejemplo para nosotros, porque conociendo sus limitaciones nunca dice no puedo si es que antes no lo intentó varias veces, no tiene miedo a tropezar o caer porque confía que se levantará, solo o con ayuda, y tiene un corazón donde no hay cabida para la mentira, la envidia o la maldad, es como tener un ángel en casa, nunca terminaremos de agradecer a Dios por habernos encargado su crianza.
Quedó conmovido por esta declaración y reconoció que tenía razón el padre de familia, el adolescente irradiaba felicidad, confianza, un halo de tranquilidad y paz lo cubría, mirar sus ojos era mirar un alma limpia e inocente a través de un cristal que reflejaba la luz que venía de su alma.
Así empezó esta gran aventura para César García que lo condujo a este momento, a esta situación.
Con tan solo tres cortos entrenamientos aquel día al iniciar el segundo tiempo puso a su hijo, el partido lo ganaban fácilmente tres por cero, el joven autista alcanzó a recibir un pase y luego perdió el interés en la pelota, era lo esperado, lo reemplazó diez minutos después por Luis Ernesto, el joven moebius.
Lo que pasó fue increíble, el muchacho no tenía las habilidades del resto de futbolistas pero el empeño que ponía era evidente, sus movimientos, muchos más lentos y predecibles que los demás jugadores, más forzados, parecía que inevitablemente le harían perder la pelota, pero lograba salir de la jugada y luego entregaba la pelota a un compañero, uno de sus pases les permitió terminar el  partido con cuatro goles a favor; cuando terminó el partido salió ovacionado y en hombros de sus compañeros.
Los dirigentes volvieron a solicitar que Luis Ernesto jugara los siguientes partidos. Así lo hizo, jugó los últimos quince minutos de cada uno de ellos y demostró la misma entrega, la misma habilidad para devolver la pelota y ponerla casi en el pie o en el lugar exacto para que uno de sus compañeros lo aprovechara. Aunque el equipo perdió los puntos “en mesa”, pues las autoridades deportivas no autorizaron su presentación, el equipo ganó una gran hinchada pues muchos se identificaron con este muchacho, se ganó el cariño de la prensa deportiva.
El éxito conseguido fue tal que cuando “los campeones” iniciaron su presentación en la segunda división llevaron como jugador oficialmente inscrito a Luis Ernesto.
Para César García los primeros partidos fueron de un gran dilema, una gran duda, no tenía la confianza para poner al joven moebius ni siquiera los diez minutos finales, para el era más importante asegurar los puntos, ponerlo, en este nivel deportivo, era dar ventajas al adversario, era como si se jugara con uno menos. Se calmó un poco y decidió ponerlo los últimos diez o quince minutos en cada partido cuando encontró estadísticas que señalaban que más del 80% de equipos que habían sufrido la expulsión de un jugador durante los 20 minutos finales terminaban sin variar el resultado; además, Luis Ernesto había demostrado tener una efectividad del 100% de pases realizados y decidió, pasara lo que pasara, ponerlo en todos los partidos.
En la quietud de su dormitorio con el insomnio galopante sintió como si de pronto las almohadas de su gran cama se enfriaran al recordar aquellos días, podría deberse al aire acondicionado.
Ese segundo año a cargo del equipo para César García fue otro año perfecto, logró campeonar otra vez cuatro fechas antes del final del campeonato, ganó en premios lo que nunca había soñado, apenas conseguir su clasificación a primera los dirigentes consiguieron que firmara por el siguiente año, ya en la máxima división profesional, con una prima de doscientos mil dólares, dinero pagado por publicidad de la UNICEF en las camisetas, su sueldo mensual y los premios eran asumidos por donaciones destinadas a ese organismo internacional.
Su vida había cambiado, de vivir en un cuarto de una azotea, alquilada, en la avenida Granda en San Martín de Porres había pasado a un condominio de su propiedad en Monterrico, vivía con holgura y sus hijos estudiaban en las mejores universidades privadas. Su equipo era uno de los que más patrocinadores tenía interesados, los problemas económicos habían desaparecido y toda esta bonanza había llegado con la decisión de hacer jugar a Luis Ernesto.
Pero hasta ahora no podía identificar cuál era la base de este éxito, intentaba atribuírselo a César García pero no era suficiente, tenía que ser algo más, también pensó que era debido a las estrategias que había aplicado, esto lo señalaba la prensa también, decían que era un mago, le pusieron el sobrenombre de “el hechicero”; para el, tampoco era suficiente esta condición, sabía que algunas de las estrategias no habían dado el resultado esperado, se había equivocado y bastante, los partidos perdidos eran la consecuencia directa. Y debieron ser más los resultados negativos sin los pases acertados del joven moebius. Le parecía sorprendente que el muchacho no errara ningún pase. En aquellos en los que parecía que había fallado, en realidad, después de analizarlos en los videos, habían sido perfectos sino que el compañero a quien estaban dirigidos no había puesto el empeño necesario o no había entendido a tiempo sus intenciones. Por César García estaba seguro que las ocho inteligencias que proponía la teoría de las inteligencias múltiples existían, el joven tenía una Inteligencia corporal-cinestésica, innata, que le permitía resolver las situaciones difíciles durante el fútbol mejor que muchos. Sin embargo esto tampoco explicaba el éxito alcanzado.
Suspiró y decidió pensar en otra cosa porque era mejor mantener esto en el misterio.
Entonces trajo a su mente las publicaciones aparecidas en la mañana, habían coincidido en gran parte los principales diarios deportivos en considerarlo como un candidato futuro para dirigir la selección, algunos pidieron que se le asignara un cargo al lado del entrenador oficial para que fuera “aprendiendo”, mientras que otros más atrevidos señalaban que ya estaba para dirigir el primer equipo nacional. Por primera vez comenzó a considerar esta idea en serio. Y le agradaba, bastante.
Cerró los ojos y se paseó por estadios imaginarios, llenos de fanáticos, que coreaban su nombre y el de la selección, se vio bien trajeado como aquellos entrenadores europeos que admiraba, respondiendo a la prensa a través de intérpretes. No pudo evitar sentir un escalofrío de satisfacción. Se dijo “ya veremos mañana, que sea lo que Dios quiera”.
Y comenzó a llegarle el sueño, quizás un poco tarde, otra vez esa sensación de vacío, como perdido en el espacio sin identificar el arriba o el abajo, al cerrar los ojos sentía que mas bien los abría.

LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...