LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

martes, 7 de abril de 2020

POSTRE DE CUARENTENA


Pese a encontrarse en posición de casi sentado fue necesario que irguiera su tronco para alcanzar a ver por la ventana del cuarto hacia la calle, pero solo logró divisar los techos de algunas casas, las mismas de todos sus intentos, pues se encontraba en el piso décimo cuarto, se contentó con  un par de segundos, no tanto por que se sintiera satisfecho sino porque el cansancio que lo invadía casi por completo no le permitía más y se había cerciorado que aún no anochecía; había despertado hace unos instantes por enésima vez sin noción de si era de día, tarde o noche, le resultaba imposible llevar la cuenta del tiempo, no le interesaba tampoco, pensó que quizás el desánimo lo estaba invadiendo pero prefirió convencerse que era por la fiebre que no lo dejaba ¿cuántos días?, tres, cuatro, cinco. Tampoco le importaba demasiado solo tenía una pequeña preocupación por que le estaba durando demasiado.
La vida, su vida, o lo que le quedaba de ella, para Eduardo García se había convertido en una sucesión interminable de segundos, como un monótono rosario de mantras que le brotaban con dolor en alguna parte de la cabeza y se instalaban permanentemente en sus oídos; pero no tenía miedo, quizás el sentir que de pronto se había quedado sin futuro le había despojado de todo temor. Se esforzó por inhalar aire pese a que el respirador le ayudaba bastante, le habían dicho que si no mejoraba le tenían que entubar. Pensó que rezar de nuevo le haría sentirse mejor, lo dudaba, había rezado tanto desde que se enfermó, no recordaba que fue primero, sus oraciones compulsivas o el barullo de sus oídos; comenzó a mover los dedos de sus manos de uno en uno, luego siguió con los de sus pies, era un ejercicio que realizaba cada que despertaba, tenía la certeza que antes de que le llegara la muerte le llegaría la inmovilidad total de su cuerpo. Inhaló, expiró, lentamente, varias veces, evaluó si su dificultad para respirar se había agravado, le pareció que seguía igual, esto lo tranquilizaba. Tomó la botella de agua de la mesa con bastante trabajo, solo podía mover el brazo izquierdo porque el derecho lo tenia inmovilizado por las agujas de las vías conectadas a dos botellas extrañamente asimétricas, una grande la otra pequeña,  una transparente como agua la otra turbia como clara de huevo, sorbió un trago y sintió su boca amarga, como nunca, cada día más amarga que el anterior, intentó pensar en algún sabor para mejorar esta sensación tan angustiosa pero no pudo, últimamente comía tan poco que no recordaba exactamente cuando lo había hecho por última vez.
Quiso seguir bebiendo pero su cuerpo lo rechazó, a lo lejos el ulular de las ambulancias que entraban y salían frenéticamente del hospital lo devolvieron a su propia realidad. Se entristeció al punto que sintió que le brotaban lágrimas, desde que estaba internado nadie lo había visitado, nadie podía visitarlo, la emergencia sanitaria no permitía visitas, la intención era no arriesgar a mas personas al contagio, eso le hizo sentirse mejor, así ninguno de sus familiares se contagiaría ¿cuál de ellos? ¿había alguno? ¿le quedaba familia a sus cuarenta y dos años? Cuarenta y dos años, es la edad en la que esta enfermedad comienza a hacerse peligrosa, ¿por qué los jóvenes la superan sin problemas?.
Reparó que se hacía mas pesado el cansancio en sus ojos, iba a quedarse dormido, entonces una breve sonrisa, o una mueca que pretendía serlo, se dibujó en su macilento rostro, antes de dormirse le hacía feliz acordarse de ella, de la persona que lo había hecho muy feliz los días previos a su hospitalización, la que le dejó los recuerdos que hoy guarda como el mayor, el único, tesoro de su existencia, aquella a la que no culpa por nada y por la que gustoso podía dar su vida, aunque su vida ya no fuera una atractiva promesa.
Amelia Ramos era la mujer que le había robado el corazón, mas bien él se lo había entregado voluntariamente. Era una mujer joven, alta, espigada, con un rostro dulce que expresaba confianza, inteligencia y tenía la mirada que acompaña a las mujeres indescifrables, exóticas, inmortales. Ella, se sabía una mujer interesante y decidida, segura de lo que quería en la vida; provenía de una familia asentada en Huacho, en la que no se conocían las carencias, había decidido estudiar contabilidad en una universidad de Lima a donde se trasladó sin mayores dramas pese a que sabía que tenía que vivir sola, estudiando y trabajando. Trabajaba aunque no tenía necesidad de hacerlo, su padre podía costear sus estudios y su manutención pero ella quería siempre sentirse independiente, libre de ataduras, sobre todo económicas; le resultaba imprescindible ser independiente, no por que pudiera hacer lo que quisiera sino por que tenía la necesidad de sentirse igual que todos, tener las mismas posibilidades de triunfar y de fracasar, de ser la responsable de su destino, eso la animaba a ser fuerte y decidida.
Era una mujer sofisticada que sentía que iba por buen camino, se daba cuenta que la trataban con respeto, en algunos casos con admiración, siempre se cuidaba de ser amable con todos; por el lado sentimental había aprendido a tomarse las cosas no muy en serio, por lo menos a no parecer apresurada por establecer una relación, había tenido algunos compromisos y antes de involucrarse con Eduardo García entabló una relación, la más prolongada de su corta vida, tenía veintiocho años, con Jónathan. Los que los vieron juntos pensaron que estaban destinados a formar un hogar, parecían el uno para el otro, pero sin embargo terminó. Ella lo superó rápidamente, levantó la cabeza dignamente iniciando su siguiente relación mientras que el tal Jónathan parecía haberse llevado la peor parte, haber perdido a una mujer tan trascendente habían abreviado sus ganas de vivir, se le notaba muy desmejorado. ¿Pero en realidad Amelia lo había superado? Se sorprendió muchas veces haciéndose esa pregunta, inmediatamente reconocía que si, era un capítulo culminado y desviaba sus pensamientos pero sabía que el solo haberse preguntado era porque quedaba algo por saldar dentro de si, los recuerdos no se invocan sin alguna voluntad, se demandan porque tenemos algún interés, no nacen como las flores, los animales y cualquier ser vivo, que previamente fue concebido y sabes que en algún momento emergerá, no, los haces nacer tú en el tiempo deseado, cuando los necesitas o por lo menos crees que los necesitas; sin embargo, ella nunca reconoció interés alguno más bien puso empeño en reforzar su actual relación.
Eduardo y Amelia se habían conocido un año antes, desde que el la vio por primera vez se sintió impactado por su belleza pero prefirió mantener su distancia porque entonces ella era la enamorada oficial de Jónathan, Eduardo era un hombre maduro que provenía de una familia cañetana, su padre era el dueño de un restaurante muy exitoso y preferido por los turistas, en clara oposición a la tradición familiar, eligió no dedicarse al mismo negocio, aunque desde pequeño cocinaba prefirió la ingeniería y se graduó de ingeniero pesquero, se casó muy joven y se divorció veinte años después, llevaba dos años como divorciado oficialmente y cinco separado de su ex esposa con la que tuvo una hija, ellas se quedaron residiendo en Cañete mientras el buscó que rehacer su vida en Lima, en realidad solo buscaba huir del ambiente aquel que creía le hacía daño; había cultivado un extraño respeto por su esposa e hija y por eso vivía solo, en realidad solitario, tenía pocos amigos y no tenía muy claro si sería bueno para el un nuevo episodio sentimental hasta que la conoció a ella, a Amelia.
Se dedicó a admirarla y cultivar con mucho cuidado ese sentimiento que crecía dentro de si cuidándose de mantenerlo oculto, pensó si no sería necesario hacer algo que lo evidenciara, quizás algo extremo, hasta que se enteró que Amelia había terminado con Jónathan, entonces se decidió a conquistarla y después de ocho meses se hicieron enamorados.
Acababan de cumplir un mes cuando el gobierno anunció el inicio de una cuarentena como medida para combatir la pandemia del coronavirus o COVID-19, el vio los detalles de la noticia la noche de un domingo, después de dejar a Amelia en el cuarto donde ella vivía tras disfrutar de un día a su lado celebrando estos primeros treinta días de relación.
Tirado en la cama, intentando adivinar cómo influiría esta situación en su relación, la mayoría de personas no sabía qué cosas tendrían que modificarse en su comportamiento durante un estado de necesidad como el que les tocaba vivir, se le vino la idea que era una buena ocasión para aprovechar, para tener por más tiempo a Amelia a su lado, quizás era la oportunidad para convencerla que le dejara quedarse en su departamento, ella siempre evitaba invitarle a pasar, hasta había creado una regla que les impedía a ambos quedarse en el departamento del otro, pese a que ya habían tenido relaciones en hoteles.
No esperó más, la llamó por teléfono y después de media hora de conversación le propuso pasar la cuarentena juntos, en el departamento de él, con cierto recelo por el temor de recibir una respuesta negativa; pero no, ella aceptó de buena gana, con la condición de que pudiera retirarse en cualquier momento porque pensaba que en estos quince días que duraría la cuarentena se podría presentar algún problema familiar que la obligara a viajar a Huacho pues desde algunas semanas atrás su padre la reclamaba.
Esa noche Eduardo García no durmió, buscaba aprovechar esta ocasión para demostrar el gran compañero que podía ser, quería fortalecer su vínculo afectivo, atraparla para siempre, hacerla dependiente de el, convertirse en la pareja inolvidable, imprescindible, obligatoria, quizás inevitable.
Se había dado cuenta que a ella le encantaban los hombres hogareños, sobre todo los que cocinaban. Preparó un plan, calculó los tiempos y memorizó las cosas que tendría que hacer desde muy temprano, la emoción que sentía le puso impaciente, no durmió repasando cada una de las tareas del plan y hasta pensó en las formas de corregir las cosas sobre la marcha si acaso alguna de las tareas fallaran, para todo tenía un plan b.
La llamó muy temprano, apenas después de levantarse y se pusieron de acuerdo en que ella llegaría para almorzar juntos después de arreglar algunos asuntos pendientes en su trabajo. Sin desayunar salió al mercado cercano a su casa para comprar las cosas que necesitaba para cumplir todo lo planeado; durante las largas conversaciones que tuvieron se había dado cuenta que a Amelia no solo le gustaba un hombre que supiera cocinar sino que también supiera preparar dulces y postres, ella decía que la parte más importante de un almuerzo era el postre, porque concentraba no solo el arte y la experiencia del cocinero sino sus sentimientos, su espíritu todo metido en una porción que además terminaba transformándose de poesía en sabor, pasaba de ser una cantidad de ingredientes a la marca del espíritu del cocinero, encerraba y transmitía la calidez del alma de su autor. Tal era la importancia que ella le daba al postre.
Al mediodía Eduardo terminaba de preparar el almuerzo con el que esperaba encantar a Amelia, en el horno, recién apagado, reposaba una porción de lasagna. Por algún razonamiento que nació en su corazón o tal vez porque conocía poco de postres había decidido preparar lo único que le salía bien, dulce de camote o “camotillo”, como se le conoce en la región a una especie de mermelada endurecida hecha con camote, chancaca y especias, además, a última hora se le ocurrió también preparar unos vasos de un postre conocido como “carlota”, un batido con un poco de gelatina de diferentes sabores, ambos en el mismo recipiente pero separados.
Amelia llegó antes de lo esperado, él se desvivió en atenciones por ella y era notoria su emoción por pasar esta aventura juntos, sin darse cuenta se entregaron al amor como si fuera un ritual de iniciación, como una ceremonia por un servinacuy tácito.
Se ducharon juntos y en paños menores se sirvieron el almuerzo. La lasagna aún caliente fue el preámbulo perfecto para esta temporada de amor.
Cuando ella retiró el plato muy elegantemente hacia el centro de la mesa como señal de haber terminado el le dijo:
-       Te he preparado un dulce muy sencillo que me enseñó mi abuela, me parece que es una buena elección para un almuerzo familiar, por lo menos yo lo elegiría siempre.
-       ¿Qué es? – preguntó ella emocionada.
-       Un poco de “camotillo”, es un dulce de camote muy tradicional en mi región.
-       Ahhh…”camotillo” – replicó ella tratando de mostrarse más emocionada de lo que estaba – desde mi época de escolar que no lo he vuelto a probar, si me encanta.
El se levantó de la mesa lentamente, sin dejar de observarla para percibir su reacción, tratando de ser misterioso se acercó caminando, como si bailara, al fríobar que tenía en el departamento, lo abrió lentamente y por completo para que ella viera el dulce y los vasitos descartables llenos del batido con gelatina que nunca se juntaban. Esperaba una reacción favorable pero alcanzó a notar que el efecto fue mayor, ella se mostró más que sorprendida, quedó encantada y su rostro irradiaba mucha felicidad, sus ojos brillosos eran el reflejo de una gran emoción y despedían  gotas de luz que llenaban la habitación alejando la oscuridad de todos sus rincones; Eduardo sintió que había acertado, su corazón se enterneció y se llenó de tanto amor como nunca había sentido por aquella mujer que a pesar de su delgada pero formada figura transmitía una gran fuerza y un optimismo que contagiaba fácilmente a quien la mirara. Y el no dejó de mirarla por un gran rato pues una interrogante se incrustó en sus pensamientos ¿en dónde había visto esa mirada? quizás se parecía a la mirada de felicidad de su hija, no, este brillo en los ojos de Amelia es más de mujer, de pasión, de deseo en crecimiento, de corazón que pide amor, de mujer que sabe que ya lo encontró.
Pasaron tres días durante los cuales solo les interesó amarse y entregarse olvidándose de todo y de todos, solo les quedaba lugar para una pequeña noción del tiempo para preparar el almuerzo y el postre; él cocinaba mientras ella lo miraba extasiada como si quisiera guardar cada uno de estos momentos para toda la vida.
En la noche del tercer día, mientras ambos fumaban después de hacer el amor, tirados sobre la cama formando un nudo con sus cuerpos ella le dijo:
-       En verdad eres lo mejor que me ha pasado, eres el mejor que he conocido.
-       Creo que una mujer como tu vale cualquier esfuerzo, gracias por el halago querida, no podría decirte que tienes la razón porque sólo conocí a Jónathan y tendría que haber conocido a todos los que fueron en tu vida para evaluar aquello de lo mejor que te ha pasado – le contestó tratando de ser divertido.
-       Es mejor no hablar de él, ya es cosa del pasado, ya fue…
-       Bueno, bueno…pero recuerda que no hablar de el no quiere decir que no existe, al pobre lo vi hace unos días y parece que todavía no te supera, es más, no se si me miró con odio o con envidia – insistió Eduardo.
-       Si pues…– parecía como si ella acabara de echar a volar su pensamiento hacia un lugar lejano mientras lanzaba el humo del cigarrillo y su mirada se opacaba como si  una niebla, que baja del alma, la invadiera, pareció sobreponerse de inmediato  y alcanzó a decir – Pero contigo estoy mejor, Edú, eres mejor.
-       Sácame de una duda Ami – la llamó así para ponerse a tono con los diminutivos que a ella le encantaba usar y le desembuchó – ¿Por qué terminaron? ¿por qué lo dejaste? ¿o el te dejó?
-       Me llegó un correo con una foto donde estaba con otra en una situación complicada, me engañaba y yo cojudamente detrás de el – simultáneamente apagaba el cigarro metiéndolo en un vaso que todavía tenía un poco de vino del que habían tomado con la cena.
-       Qué buenos amigos tienes que se preocupan por ti – dijo Eduardo mientras besaba suavemente su nuca.
-       Fue un anónimo, un correo desconocido, no se quién podría haber sido, pero en todo caso se lo agradezco, de no ser por el todavía tendría una venda en los ojos y la oportunidad de conocerte se hubiera perdido, solo tengo agradecimientos para esa persona – le contestó empleando el tono que se emplea para acabar una conversación; pero Eduardo insistió:
-       Ah…¿y cambiaría algo si te enteras quién te envió esa foto? – preguntó con una extraña inquietud que quebraba su voz, era evidente que no había sido fácil hacerla y que la respuesta le preocupaba, ella le contestó rápidamente para ayudarlo a superar este momento embarazoso.
-       No, nada, para esa persona solo tengo mi agradecimiento – entonces se acomodó entre los brazos de el y le besó los labios, con un beso cálido, casi desesperado, mientras su respiración se agitaba como se agitan las olas en el preámbulo de las tormentas.
Muy temprano, mientras se bañaba Eduardo García ordenaba sus pensamientos, aprovechando la frescura del agua, esperaba no despertarla para hacerle un desayuno sorpresa, como una forma de prepararla para contarle un secreto; toda la noche una duda había martillado sus pensamientos, era de esas dudas que se convierten en un peso o una muralla que advertimos al menor movimiento y por eso precede a todos nuestros actos llenando nuestro espíritu de dudas mayores. No se sentía seguro aún, quizás observándola durante el desayuno podría percibir una señal que le animara o desanimara, no tenía una decisión todavía y se conformó pensando que podría postergar cualquiera sin ningún problema.
Mientras se secaba alcanzó a ver por la pequeña ventana del baño una figura de mujer que cruzaba la calzada alejándose, la comparó con la figura y el caminar de Amelia, se le había hecho una costumbre compararla con toda mujer bonita que se le atravesaba, siempre ganaba, no había mujer que le opacara su belleza, pensó que este sentimiento por ella era nuevo en el ¿sería por la diferencia de edades? ¿es lo que siente un hombre maduro por el amor de una mujer tan joven? Evitó responderse para no ampliar las dudas que esta mañana enfrentaba.
Sintió frío, como aquel que lo hace tiritar cuando está con fiebre, mientras salía del baño, se sorprendió de no ver a Amelia en la cama pues suponía que todavía dormía, el departamento solo tenía dos habitaciones y casi se inmediato se dio cuenta que no estaba ¿se habría marchado? Buscó con la mirada las cosas de ella y no vio ninguna. Sintió más frío, se tocó la frente y estaba sudando, hervía, definitivamente tenía fiebre. Abrió la ventana que daba a la calle de par en par y sacó el torso, buscó a ambos lados de la calle la figura de Amelia, aunque en el fondo presentía que se había ido.
Una corriente de aire frío de improviso le dio en la cara y apreció que la garganta le ardía, no era un ardor nuevo, advirtió que toda la noche lo había sentido pero la imagen de Jónathan derrotado, destruido, había disimulado toda sensación, cerró la ventana y se tiró en la cama escondiendo la cara en la almohada. Comenzó a toser desesperadamente, en cada convulsión de su pecho la imagen de Amelia lo invadía, lo consumía, Presintió que esta enfermedad no lo dejaría huir fácilmente, quizás ya estaba grave. Total ¿quién podría estar sano después de su partida?.

domingo, 15 de marzo de 2020

MIS SESENTA


Es común escuchar la expresión que el Perú  es un país de contrastes, donde los casos de antagonismos son frecuentes, tenemos los lugares más bellos pero ellos se convirtieron en refugio de terroristas y narcotraficantes cada cual mas sanguinario, tenemos las mentes más lúcidas, que son admiración del mundo pero también somos cuna de cada imbécil (la conformación del Congreso 2016-2019 dan fe de ello), contamos con la burguesía más refinada pero también con uno de los colchones mas grandes de pobreza extrema, tenemos colegios privados donde tu pensión mensual alcanzaría para pagar a todos los profesores de una escuela rural; y, así por el estilo, los contrastes se dan cada nada en nuestro querido país.
Y ahora que están de moda los destapes por los grandes casos de corrupción nos damos cuenta que esta especie de polaridad se puede demostrar más fácilmente con los políticos, algunos de ellos presos; lo podemos graficar con el caso de nuestro ex alcalde apodado “el mudo”, él, ha sido incluido recientemente en las investigaciones del caso Lava Jato, por haber recibido dinero sucio proveniente de Odebrecht para su campaña política (es evidente que algo le quedó para sus bolsillos), sin embargo, pese a las pruebas y a lo indudable de su accionar delincuencial, muchas personas todavía creen en el, o si no creen por lo menos justifican su accionar diciendo “roba pero construye”, y esas mismas personas son las que critican y piden el linchamiento de otros políticos quizás menos corruptos, como si existiera una escala para medir la corrupción.
O sea, los peruanos estamos normalizando una doble apreciación sobre un mismo punto, no me atrevería a decir doble moral porque me parece que no es intencional, es como una moda, como una protesta, como si quisiéramos gritar “basta”, entonces nos ponemos del lado de quien creemos que es una persona honesta, digna, sin conocer su otro lado (ahora estamos casi seguros que todos lo tenemos) o simplemente nos ponemos del lado de quien es diferente sin importar nada mas, como queriendo decir “yo elijo a quien me de la gana”; esta apreciación personal la confirmo con el resultado de las elecciones para congresistas 2020-2021, podría afirmar que quienes se harán cargo de lo que queda del ciclo legislativo del Congreso disuelto ni siquiera tienen las condiciones mínimas para representarnos, los escogimos en un rapto de sinrazón, de desprecio por el establishment impuesto por los defenestrados. En todo caso falta poco tiempo para saber si tengo o no razón.
Somos el país de “Pepe el vivo”, el país del “lorna”, del “caído del palto”, lo curioso es que la misma persona puede pasar de “Pepe el vivo” a “lorna” y después a “caído del palto”. Desde muy pequeños somos educados en nuestras familias con los moldes de “Pepe el vivo”. Cuando viajamos en el transporte público nuestros padres nos obligan a ocupar un asiento delante de ancianos o personas con alguna discapacidad, metiéndonos en la cabeza que eso es una viveza. Nos llevan al cine cuando ya hemos pasado la edad mínima para ser menores y nos obligan a mentir sobre ello para pagar menos, en nuestras casa se justifica la piratería de libros, música y videos porque esto es de vivos. Si cuando nos dan el vuelto el vendedor se equivoca y nos da más, jamás devolvemos el dinero, no serías un “vivazo” sino un “caído del palto”.
Entonces el peruano que es honesto, que cumple con sus obligaciones ciudadanas, que no se pasa el semáforo en rojo, que paga sus deudas regularmente, que es disciplinado y respeta a los demás y a si mismo es un “caído del palto”.
Hace algunos días cuando pasaba por el cine Tacna, en la avenida del mismo nombre se me vino a la memoria que por esas calles, el personaje “nobelesco” (si, con b, no con v, porque me refiero a que se merecía un premio Nobel), de Conversación en la Catedral, una de las mejores obras de Vargas Llosa, Santiago Zavala se preguntó “¿En qué momento se había jodido el Perú?”; y, con esa pregunta nos había vuelto a joder porque hasta ahora no encontramos una respuesta que pueda ser considerada correcta por todos, o por la mayoría  de peruanos. No tenemos noción de cuándo exactamente nos jodimos pero actuamos para seguir jodiéndonos entre nosotros.
Lo peor de este asunto es que hemos perdido la capacidad de darnos cuenta cuáles de nuestros actos son los que nos joden, no lo sabemos a ciencia cierta.
En el Perú se dan leyes para que se cumplan pero el peruano cree que antes de cumplirlas debe buscar la manera de evitarlas, si la encuentra entonces si está ejerciendo su rol de “Pepe el vivo”, solo a un vivazo se le puede permitir incumplir las normas, los que las cumplen son los otros, los “lornas” y los “caídos del palto”.
Hace unos días, conversando con un familiar, médico, me comentaba que durante sus guardias en el servicio de emergencias del hospital donde trabaja se había dado cuenta que en días lluviosos llegaban entre 1 a 5 personas adultas, algunos ancianos, a atenderse por golpes, a veces fracturas al haberse resbalado cuando caminaban sobre las rampas construidas en las aceras y que según reglamento tienen que estar señalizadas, pintadas de amarillo.
-       Creo que voy a hacer un informe para pedirle a la municipalidad que cuando construyan estas rampas las hagan con una superficie antideslizante para que las personas no se resbalen – me dijo orgulloso.
Me miró a los ojos esperando mi aprobación, o quizás un gesto de admiración por tan loable proceder, pero, lamentablemente estoy curtido con esto de las leyes que se cumplen y las que no, instintivamente me doy cuenta cuando alguien está quebrando alguna norma, no se por qué desarrollé esta cualidad. Entonces le respondí.
-       Creo que esas rampas están construidas para ser empleadas por las personas que se movilizan en sillas de ruedas. Lo que deberías hacer es llamar la atención de todos esos “lornas” por caminar sobre ellas, pues no les corresponde.
Vi la sorpresa reflejada en el rostro de mi interlocutor, es más, yo mismo me sorprendí de haber hecho un comentario casi autómata, ni siquiera lo había meditado, me salió así de repente.
Allí estaba probado otra vez que un mismo hecho es explicado, de acuerdo a la interpretación de cada quien, para algunos puede ser una “viveza” y para otros una “gran cojudez”.
Pero la cosa se agrava cuando se siguen dando leyes y normas que parecieran haberse diseñado para incumplirlas, para que la mayoría de peruanos, porque la mayoría nos creemos “pepes”, inmediatamente busquen y encuentren la manera de evitarlas o de favorecerse con ellas.
Una de estas es la ley de atención preferencial que otorga un derecho especial en la atención de mujeres embarazadas, personas discapacitadas y del adulto mayor (LEY Nº 28683) Esta norma es la que obliga, entre otras cosas, a separar cierta cantidad de asientos en todo transporte público para el uso de estas personas y de atenderlos en forma preferente tratando de evitarles las largas colas durante las gestiones de todo tipo.
Desde su entrada en vigencia he sido testigo de muchas formas que inventamos los peruanos par favorecernos de la ley.
He sido testigo de innumerables casos, algunos muy bien planeados, en los bancos, en las oficinas de servicios públicos, en los cines, en los hospitales, en las cajas del supermercado y hasta para subir a las “combis”, de “pepes” sacándole la vuelta al resto.
Peruanos vivazos que son capaces de prestarse el hijo de la vecina o usar a un sobrino para concurrir a hacer gestiones y acomodarse en las colas preferenciales; también vendarse un brazo o emplear un bastón para fingir alguna discapacidad que les permita este privilegio.
Recuerdo que una vez, mientras hacía una larga cola para actualizar mi DNI, atrás mío se encontraba una señora, joven aún, quizás de 38 o 40 años, que llamó con su celular a un familiar y le pidió que lo más rápido trajera a Paquita por que la necesitaba. Una hora después, cuando el sol nos torturaba en esta cola que parecía no avanzar, llegó otra joven trayendo de la mano a una niña con síndrome de Down, la mujer que había pedido su presencia, sin ningún rubor, la tomó de la mano y pasó de frente a la ventanilla. Nadie le dijo nada, yo tampoco, porque era evidente que una protesta no encontraría eco teniendo en cuenta la situación de la menor. Tanta fue mi cólera, que después de esa gestión tuve una cefalea que me duró dos días.
También he visto a muchos adultos mayores superar milagrosamente una cojera después de haber culminado su gestión por la directa, muchas veces, cuando estaba a punto de ser atendido se presentaban uno o dos personas en situación preferencial que eran atendidos antes que yo y me dejaban una extraña sensación de odio, odio a todo el mundo, a las leyes, a los vivazos. ¿Porqué tengo tan mala suerte?.
Por eso, cuando por la mañana llegué a la clínica dental, casi de urgencia porque tenía un dolor de muelas, de esos insoportables, que están prendidos todo el día, que intentaba paliar con pastillas para el dolor y anti inflamatorios auto medicados, sentí otra vez este odio que estoy seguro salía de mis genes, de mi estructura más interna, al retirar el clásico papelito para esperar mi turno. Mi número era el 63 y el televisor al frente con el sonido de campanitas navideñas anunciaba que era el turno del 39 para acercarse a una de las dos ventanillas y ser derivado a un consultorio. Esperé tragando abundante saliva y tratando de poner mi mente en blanco para perder voluntariamente la noción del tiempo, cosa que iba a lograr, cuando me di cuenta que había una cola preferencial que nunca pasaba de tres personas a quienes se les atendía casi de inmediato, tuve que cerrar los ojos e intentar cantar mentalmente para evitar pensamientos nocivos con tendencia a convertirme en asesino.
Después de mucho sufrimiento y un par de horas de por medio llegó mi turno. El televisor anunciaba que al 63 le correspondía la ventanilla 2, aunque esta vez no hubo campanita (podría haber jurado que hasta el televisor estaba en mi contra), respiré profundamente y me acerqué a la ventanilla mirando a mis costados, preparado para meterle un codazo de necesidad mortal a cualquier “preferencial” que intentara ganarme el turno.
Como era la primera vez que me atendían procedieron a generarme una historia clínica, me pidieron mis datos, y entre estos mi edad.
-              Sesenta recién cumplidos…- dije, lo más serio posible. La señorita que me atendía levantó la vista para mirarme mejor.
Si me dice “no parece” le meto un “combo” entre ceja y ceja, gracias a Dios, no me dijo nada y continuó con su trabajo. Me entregó otro papelito como contraseña para dirigirme al consultorio 703. Tomé aquel pequeño papel de la puntita esperando que no se ajara porque de pronto sentí temor, como una premonición de que algo tenía que pasar para que las cosas no me salieran tan bien.
-              Es un consultorio preferencial y le van a atender ahora mismo – me dijo. ¿Qué? No puedo creerlo, yo preferencial. Se iluminó todo el recinto, la voz era un arrullo angelical, me levanté y una nube me llevó hasta el consultorio 703, porque caminando no fui.
La puerta estaba entreabierta, cuando iba a tocar con los nudillos se abrió y el mismo odontólogo, ataviado con su ropaje verde y un tapaboca que le cubría más de medio rostro me indicó sin preámbulos – Tome asiento – señalándome la silla dental que ahora se me hacía como un cómodo diván en donde se quedaría mi dolor de muelas.
Media hora después, cuando salía de la clínica con el cachete izquierdo todavía adormecido por la anestesia, completamente aliviado de ese dolor que sonaba en el fondo de mi cabeza, me sentía otra persona, una entidad superior, un campeón, con la certeza que a partir de ahora no habría cola que pueda conmigo.
Agárrense el común de los mortales que todavía tiene que hacer colas, si agárrense de donde puedan por que acaba de nacer un “Pepe el vivo”.


sábado, 22 de febrero de 2020

23 DE ENERO, MUY TEMPRANO


El Ministerio de Salud (Minsa) informó que se elevó a 29 la cifra de muertos por la deflagración en Villa El Salvador (VES), tras el fallecimiento en las últimas horas de tres de los heridos. El pasado jueves 23 de enero, un camión cisterna sufrió la rotura de una de sus tuberías, lo que produjo una fuga de gas, que generó una deflagración en la avenida Pastor Sevilla, en Villa El Salvador. Al menos 50 personas, entre heridos y fallecidos, fueron víctimas de la tragedia que afectó a varias viviendas.
El Comercio – 20 de febrero de 2020.

Era una mañana fría y un tanto húmeda como los últimos días, pese al verano caluroso que había anunciado el SENAMHI, para Jaime era el inicio de un día más en Lima, impredecible, quizás con lluvia, aunque probablemente cálido, el verano en cualquier desierto tiene que ser cálido, así funcionan las cosas. Era un hombre de lógica práctica, no necesitaba muchas explicaciones para encontrarle respuestas a las cosas, estamos en Lima, verano sin lluvias, sin huaycos, sin inundaciones, friajes o desgracias similares no es verano, su estado de ánimo estaba ya preparado para sufrir aniegos, cortes de agua, tráfico endemoniado por las emergencias y también días de playa, fines de semana con los amigos que terminaban con bastante cerveza después del obligado ceviche; en fin, en Lima siempre tenemos que vivir preparados, si no es la naturaleza son los choros, los estafadores, los fumones o por último los políticos. En Lima todo el mundo jode, hasta los propios limeños.
Terminó de alistar a su hijo Jhonatan, el niño de diez años estaba matriculado en un programa de vacaciones útiles de la municipalidad de Villa El Salvador donde recibía clases de computación y matemáticas y también practicaba natación y fútbol, cursos elegidos por el mismo Jaime, por su lógica práctica, un profesional actual debe dominar la computación, las matemáticas; y, saber nadar y jugar fútbol debe complementarse con bailar salsa para ser una persona exitosa, era lo que le señalaba su lógica práctica.
Esta mañana su hijo tendría que ir a las siete de la mañana a su curso porque tenía su primera clase de natación en la piscina municipal y se debía empezar muy temprano.
Mientras Jaime preparaba la mesa y se servía un café negro imprescindible para comenzar el día preparaba la lonchera que el niño llevaría.
-       Mira Jhonatan, aquí te pongo chicha y dos panes con tortilla en tu lonchera y en esta bolsita junto a la ventana estoy poniendo dos panes más, si ves que Andrés no lleva buena lonchera regresas a casa y abres por fuera la ventana y sacas los panes.
-       No te preocupes pa, Cynthia ya sabe todo lo que tiene que llevar él, me ha hecho jurarle que no me voy a descuidar de Andrés.
Cynthia, la pobre mujer la está pasando feo, ojalá que las cosas mejoren pronto. Se acordó de ella una sonrisa, casi una mueca, se dibujó en su boca al recordarla.
Se habían conocido cinco años antes, en el colegio donde ambos trabajaban, el era profesor de matemáticas y ella era administrativa, era la mujer más atractiva que había pasado por ese colegio en muchos años, se convirtió también en la más asediada apenas se separó de su pareja, pues era conviviente de un tipo que no le daba buena vida y la maltrataba, una historia muy común en Villa El Salvador.
Jaime también vivía enamorado de ella, todos los días buscaba cualquier motivo para visitarla en su oficina, a la entrada y salida buscaba coincidir con ella y siempre sostenían una conversación larga y tendida, a ambos les gustaba conversar y congeniaban pues poco a poco descubrieron que tenían mucho en común. Como ella lo decía, lo más común que tenían ambos eran sus hijos. Cynthia tenía un hijo, ahora de siete años, Andrés, mientras que Jhonatan, de diez, era hijo de Jaime.
Se casaron pronto, casi al año de relación, cuando Andrés tenía tres y Jhonatan seis años, pero ahora, llevaban seis meses de separados, en realidad no hubo infidelidad ni maltratos ni violencia, fue una decisión de ambos, ella comenzaba a dudar del amor de él y Jaime comenzó a sentir que no le estaba dando a ella lo que merecía, que la estaba haciendo vivir un calvario innecesario que parecía haberse iniciado el día en que se casaron.
A partir de entonces muchas puertas se les habían cerrado, las necesidades aumentaron, ambos hijos sufrieron enfermedades seguidas que terminaron con los ahorros que habían  recolectado, el ambiente en el colegio se hizo insoportable, sobre todo para Cynthia. Un día ella le dijo que se sentía acosada por hombres y mujeres pues mientras percibía que los hombres la miraban como una mujer fácil por haberse casado tan pronto con el y las mujeres la miraban como una oportunista que había embaucado al profesor con el futuro más brillante del colegio. Cuando él la escuchó le dio la razón pero además concluyó que quien tenía el futuro mas brillante era ella y que el era un lastre, un sobrepeso en la vida de ella, quizás era el ancla que no le permitía avanzar. Su lógica práctica le hizo decidir pronto por la separación temporal por lo menos, y también le ayudó a conseguir trabajo en otro colegio, donde ingresó ganando menos, así era de práctica la vida. El le dejó la casa donde vivían y se hizo cargo del alquiler porque la seguía queriendo pero no podía atarla a su lado, lo que se quiere no se ofende ni se hiere, no se le perjudica de ninguna manera. Pese a quererla tenía que hacerse a un lado, lógica práctica como siempre.
Durante el tiempo que vivieron juntos Jhonatan y Andrés se hicieron muy amigos, se querían como verdaderos hermanos, la relación entre los niños se fortaleció; como iban al mismo colegio, Jhonatan se encargaba de llevar y recoger a Andrés y verlos caminar juntos era ver la expresión máxima del amor filial, del amor de hermanos. Todo lo compartían, antes de gastar su propina se aseguraban de que el otro también tuviera, sino, la que tenían la compartían en partes iguales, intentaban estar juntos todo el día y seguro que separarse los afectaría enormemente, para evitarlo, con el consentimiento de Cynthia, Jaime alquiló un departamentito cerca, a una cuadra de donde vivía ella, en la Avenida Mariano Pastor, a unos metros de la Avenida Villa del Mar, para que sus hijos se siguieran viendo, el inmueble era pequeño pero cómodo, se encontraba en el segundo piso de un edificio de tres.
El amor y la preocupación de Jaime por su todavía esposa los asumía de la mejor manera, la apoyaba en todo lo que podía, los fines de semana la invitaba a salir a pasear con los niños, como generalmente ella no aceptaba él se hacía cargo de ellos. Ahora que los dos pequeños se encontraban en las vacaciones útiles se afanaba de que no les faltara nada y al salir de clases se quedaban en su casa hasta que Cynthia recogía a Andrés después del trabajo.
La sonrisa que había delineado antes desapareció de golpe cuando vio que eran las seis y media, apagó la tv, se aseguró que la ventana de la cocina que daba a la escalera del edificio en donde vivía podía abrirse por fuera pero que no permitía entrar o salir  nadie.
-       Vamos hijo, ya es hora, Andrés ya debe estar listo.
Salieron a la calle y sintieron el viento que parecía tener vida, que venía de la Avenida Villa del mar y subía ordenadamente, como un río que sigue su cauce, refrescando cada una de las viviendas de la Avenida Mariano Pastor. Caminaron los pocos metros que los separaban de la casa de Cynthia en donde se despidieron, Jaime se inclinó para recibir el beso en la mejilla de su hijo mientras le hacía la señal de la cruz a manera de bendición, ritual que se repetía siempre que se despedían.
-       Chau pa, no te preocupes, yo espero a Andrés.
El padre continuó su camino para cruzar la Avenida Villa del Mar rumbo a su colegio. Vaya, hoy llegaré temprano. Aprovechó la caminata de cinco cuadras para pensar en Cynthia. Era definitivo, la quería mucho y la extrañaba como no había extrañado a nadie. Es una mujer magnífica, su belleza solo es la parte que se ve de ella, el tiempo que vivieron juntos sirvió para confirmar que tenía muchas cualidades, aguerrida, irreverente, lúcida, atrevida, de risa fácil y llanto difícil, de nunca estar quieta si había algo por hacer, romántica, enamorada de la vida, inteligente y de fácil conversación, con una claridad de ideas que a veces era fácil convencerla cuando aceptaba estar errada, era una compañera de esas que todos los hombres queremos para toda la vida. Ella necesita ser feliz, debe ser feliz, es joven, un hijo para una mujer como ella es una oportunidad, el tiempo se separación le va a aclarar las ideas, si decide no seguir conmigo lo aceptaré y siempre la apoyaré. Suspiró profundamente.
-       Buenos días cholito – saludó cariñosamente al sexagenario encargado de la portería del colegio e ingresó dispuesto a hacer de este día otro gran día, así de práctico.
Jhonatan esperó pocos minutos, Cynthia salió llevando de la mano a Andrés.
-       Hola Cynthia – la saludó, sintiendo otra vez esas ganas que siempre se quedaban muy dentro de él, de llamarla mamá.
-       Hola amor – le dijo Cynthia – cuídalo por favor, confío en ti – mientras se doblaba para darles un beso en la frente y despedirse de ambos.
Jhonatan puso su mano sobre el hombro de Andrés y se echaron a andar bajo la mirada de Cynthia, unos instantes después ella volvió a ingresar a la casa para terminar de alistarse para asistir a su trabajo.
Caminaron casi hasta el final de la cuadra sintiendo el viento inusual chocar en sus caras, Jhonatan detuvo a Andrés y le pidió su lonchera para revisarla, tenía un toma todo con agua hervida, tibia, y un paquete de galletas.
-       Vamos a mi casa, tengo un par de sánguches para ti – le dijo y volvieron sobre sus pasos en dirección hacia el departamento, sigilosos, asegurándose que Cynthia no los viera pues podría molestarse.
Pasaron por el frente de la casa de ella y cuando entraban al edificio en búsqueda de los sánguches les llamó la atención los gritos de una persona allá en el cruce con la Avenida Villa del Mar, era el chofer de un camión que estaba detenido en medio de la pista, el vehículo comenzaba a botar un humo blanco, espeso pero que se expandía fácilmente llevado por el viento, como uno de esos dragones que se ven en las fiestas de los chinos, que amenazantes avanzan onduleando su cuerpo de serpiente.
No llegaron a entender lo que decía el hombre gritando y moviendo los brazos como aspas de molino ni a comprender de qué se trataba, subieron al segundo piso y Jhonatan extrajo la bolsita que antes había preparado su papá, cerró la ventana cuidadosamente y metió los panes con tortilla de huevo en la lonchera de Andrés, bajaron y cuando pretendieron salir a la calle, a través de la puerta de vidrio del edificio vieron que el humo blanco cubría la entrada, oscureciéndola, como una fría neblina de aquellas que anuncian un mal clima, como la bruma cotidiana que cubre el amanecer de Villa El Salvador, impredecible que hacía imposible predecir si vendría un día caluroso o uno frío. Ambos niños se tomaron de la mano instintivamente cuando sintieron que una luz venía subiendo por la calle trayendo tras de si un extraño sonido, uno que nunca habían escuchado, como si el dragón arrastrara grandes cadenas, de esas cadenas que en los cuentos de terror se construyen con los pecados de las personas.
Jaime se encontraba en la cafetería del colegio viendo la televisión y tomando otro café pues la mañana estaba extrañamente fría, el alumnado estaba de vacaciones pero a el se le habían asignado las clases de matemáticas para los desaprobados, no le caían mal los ingresos extras. Esperaba que dieran las ocho de la mañana. Miró su taza y le quedaba un último sorbo de café.
El noticiero de la tv comenzó a transmitir en vivo, las primeras imágenes le llamaron la atención, le parecían conocidos los lugares que se enfocaban, el reportero decía, con palabras apresuradas por la emoción – Se ha producido una deflagración aquí en el distrito de Villa el Salvador….
La vida le había hecho un hombre práctico, Jaime era de las personas que nunca se preocupaban innecesariamente por suposiciones sino por hechos concretos, probablemente el “hasta no ver no creer” Santo Tomás lo había pensado para gente como él; sin embargo, un hilo de viento helado que apareció de la nada le enfrió el cuerpo, primero, luego el alma, sintió miedo, miedo, más miedo, pánico, sus signos vitales se aceleraron descontrolados, quería salir corriendo hacia su casa, gritar, maldecir, llorar. Todo su cuerpo se humedeció con el sudor frío que no nacía en sus poros sino en lo más profundo de su ser y que atravesando sus huesos y músculos salían hacia su piel enfriándolo por completo.
Intentó recuperar la calma. Inspiró, expiró lentamente, inspiró, expiró varias veces, las suficientes hasta sentirse tranquilo. Comenzó a aclarar sus ideas mientras sus ojos se fijaban en aquellas imágenes que la televisión mostraba. Era en la esquina de su casa, no pudo pensar más. Le pareció que el piso se abría, que caía en un pozo profundo, como una garganta gigante, oscura, húmeda y cálida que se lo tragaba, mientras una tristeza indescriptible, eterna, se apoderaba de él, lenta e inexorablemente, centímetro a centímetro, su cuerpo ya no era materia, era emoción, sentimiento, desolación, congoja desamparo eterno, presentimiento, presentimiento sobre todo. Su vida se terminaba, o por lo menos la parte más importante de ella.

miércoles, 12 de febrero de 2020

HILANDO FINITO


Cuando Toribio le reconoció se llevó una gran impresión, jamás se hubiera imaginado que volvería a verlo, había pasado a su lado mientras se dirigía a sacar su automóvil del estacionamiento, siguió de largo y cruzó la calzada, pero luego, al voltear a verlo pudo percibir algunos movimientos que le permitieron asegurarse que era el. “Efraín, es el…” pensó, como si gritara el nombre, dio media vuelta y regresó para conversar con el, para abrazarlo después de tiempo; sin salir del estado en el que la sorpresa lo había dejado, en esos pocos metros que le faltaban caminar recordó cosas que, pese a los años transcurridos, parecían haber sucedido recientemente.
Toribio era de aquellas personas que siempre están dando consejos, apoyando al compañero, metiéndose en cosas que no le interesan, pero con la sana intención de ayudar. Era médico, uno de los médicos más jóvenes en recibirse en la Universidad de San Marcos. Con tan solo veintiséis años ya era un especialista en pediatría y a los treinta fundó una de las mejores academias de preparación pre universitaria para postulantes a medicina. Los que lo conocían quedaban encantados con su personalidad, era optimista, alegre, con una sonrisa permanente en los labios y las palabras exactas para tratar a las personas, sumamente práctico, daba la impresión que su vida se regía por refranes y sentencias que durante el día repetía y se le había pegado la expresión “hilando finito”. La usaba para generar interés en alguna cosa que quería que se hiciera, para expresar que el trabajo que se venía requería mucho esfuerzo o para motivar a sus estudiantes a que desarrollaran todas sus capacidades para conseguir su ingreso a medicina.
Recordó que fue en la academia que conoció a Efraín, un muchacho provinciano de escasos recursos que vino a Lima con la intención de estudiar medicina; era habitual en Toribio, que además de director era docente, identificarse con aquellos alumnos de pocos recursos, pero en quienes reconocía cierto potencial, a los que les brindaba muchas facilidades para estudiar, no solo exonerándolos de algunos pagos sino con una orientación personalizada que el se encargaba de dirigir.
La primera vez que conversaron Toribio se dio cuenta que Efraín no tenía la preparación suficiente para postular a la universidad, había estudiado primaria y secundaria en su tierra en un ambiente educativo muy precario.
-       Doctorcito, yo también quiero estudiar medicina, quiero ser médico, pero soy pobre – le había dicho.
-       No te preocupes Efraín, todo se puede, pero desde ahora tienes que hilar finito, tienes que esforzarte bastante, tener mucha fe y vas a ver que con voluntad todo se puede.
La experiencia le había enseñado a advertir cuando un joven no tenía la base escolar adecuada como soporte para la preparación pre universitaria, definitivamente, Efraín se encontraba en este grupo desfavorecido, sin embargo, decidido a ayudarle, le recomendó una estrategia. Le ofreció prepararlo intensivamente para postular a la facultad de Enfermería, luego, continuar con la preparación, en este caso especial, para trasladarse a la facultad de medicina, esto le ocasionaría hasta dos años más de estudios pero le garantizaba conseguir recibirse de médico. Cuando Efraín recibió la oferta de que sus estudios en la academia serían gratis no pudo negarse a seguir este plan trazado por Toribio.
El periodo de preparación para la escuela de enfermería no resultó nada fácil pero ambos nunca dejaron de esforzarse, siempre hilando finito, fueron seis meses de trabajo diario con evaluaciones permanentes que le permitirían a Efraín ingresar a la escuela de enfermería en el primer intento; para Toribio, fue la puesta en práctica de una serie de simuladores como parte del proyecto de preparación en su academia.
Se hicieron muy amigos, ambos parecían haber convertido el ingreso a medicina de Efraín el objetivo más importante por conseguir, se notaba que desarrollaban una estrategia planificada, los fines de semana Toribio evaluaba los avances de Efraín y le recomendaba las materias que debía revisar durante la semana, sus días se iniciaban a las ocho de la mañana y siempre terminaban después de las diez de la noche.
Cuando llegó la fecha del examen de admisión a la escuela de enfermería el más emocionado era Toribio pues le había agarrado mucho afecto al muchacho provinciano y sabía que si fracasaba sería doloroso para ambos; muy temprano le había dicho, cuando partía hacia la evaluación.
-       Acuérdate que hoy comienza la verdadera prueba, pase lo que pase, a partir de ahora las cosas no serán las mismas, por eso, tienes que hilar finito, confío plenamente en ti por que he visto cómo te vienes esforzando. La vida no te va a regalar nada ni te va a hacer las cosas fáciles, todo lo tienes que conseguir con tu esfuerzo.
Le pareció ver que los ojos de Efraín se humedecieron y desvió su mirada para evitar que le brotaran las lágrimas, creía que llorar a poco tiempo del examen podría alterarlo y perjudicarlo; pero esa mirada se quedó con el para toda la vida, una mirada de esperanza, de valentía, como la de un soldado que va a la guerra sabiendo que va a ganar, de agradecimiento y de compromiso, como diciendo “este triunfo será de ambos” pero también de vacilación porque un fracaso sería malversar  el tiempo, el esfuerzo y todo el apoyo recibido, una mirada de responsabilidad por asumir.
Y esta fue la primera victoria para ambos. Efraín alcanzó una de las últimas vacantes pero teniendo en cuenta el estado inicial con que había emprendido esta tarea era un logro descomunal.
Se matriculó en los cursos recomendados por Toribio de tal manera que tuviera tiempo de seguir con su preparación para poder enfrentar los exámenes para su traslado a la facultad de medicina. Para conseguir un traslado era necesario estudiar cuatro ciclos de enfermería, no se especificaba cuántos cursos o créditos se necesitaban y se aprovecharon de esta situación legal.
Iniciaron un nuevo plan de estudios quizás más estricto que el anterior, Efraín ya  no sólo recibía información sino algunas técnicas que le permitían retener los nuevos conocimientos; ambos se mantenían optimistas y por todo lo que hacían el triunfo estaba descontado.
Al inicio del cuarto ciclo de estudios, cuando los esfuerzos por la preparación de Efraín se hicieron más severos llegó a la academia una muchacha, intentó recordar el apellido de ella, “Colón , Cano, Polo, Darwin…no se cual de ellos” sólo recordaba que era el apellido de un gran descubridor. Lo que si recordaba claramente es que era una muchacha bonita a la que todos decían “Barbie” por su figura delgada y casi perfecta, por la dulzura de su rostro y sobre todo porque siempre vestía como aquella muñeca que por entonces estuvo de moda.
Toribio la vio por primera vez una mañana cuando entró al aula donde Efraín estudiaba y donde le tocaba dar clases, la chica estaba parada sola al lado de la pizarra, como si estuviera analizando a todos los otros alumnos, estaba vestida para otra ocasión, quizás una fiesta o un evento social, llevaba un vestido de una pieza bastante corto, color concho de vino, ajustado especialmente para replicar cada una de sus curvas delicadamente formadas, los tacones altos le daban un aspecto de mujer fatal, la hacían mayor, cuando en realidad todavía no alcanzaba la mayoría de edad.
Durante toda la mañana, después de clases, buscó la forma de conversar con ella, la encontró en la cafetería, sentada en la mesa más alejada, sola, como si no necesitara de nadie para sentirse cómoda, o quizás, como suele suceder, la belleza de las mujeres también espanta a los hombres. Aunque nunca dejó de tratarle de Usted logró sacarle bastante información, se hizo una idea general, niña rica, procedente de un buen colegio, con un nivel intelectual deficiente porque consideraba que tenía su futuro asegurado.
Ese encuentro fue suficiente para sentirse enamorado, profundamente atraído por la bella muchacha, aunque no sabía qué hacer exactamente pues sus prejuicios morales y su sólida formación le imposibilitaban tener una relación con una de sus alumnas.
Después de unos días comprobó que la muchacha comenzaba a integrarse con sus compañeros de aula, le pareció perfecto pues la soledad de ella había sido una de sus preocupaciones los últimos días, entonces retomó los trabajos con la preparación de Efraín, ya solo faltaban poco más de dos meses para el examen de traslado.
Se le ocurrió que después de conseguir el ingreso podría dedicarse, con un poco más de tiempo libre, a conquistar a la Barbie, ¿por qué no? También tenía derecho a enamorarse, como cualquier hombre soltero. El conocerla y verla de cerca le habían convencido de dar un paso más, consideraba que la diferencia de casi doce años no era un impedimento, mas bien era una oportunidad de poder establecer una relación seria, por lo menos eso estaba comenzando a planear, lo soñaba algunas noches, pero también evitaba exteriorizar sus emociones a fin de que nadie se diera cuenta, se esforzaba por manejarse lo mas formal posible, como todas las cosas en su vida, todavía podía controlar sus emociones, sabía que cuando se enamorara de verdad ya no podría hacerlo.
Una noche, cuando buscó a Efraín para evaluar los avances de la semana, lo encontró en la cafetería junto a la Barbie, estaban tomados de la mano, lo vieron venir y no hicieron nada por separarse, por el contrario, parecían querer demostrar a todos que tenían una relación, que andaban juntos.
-       Puedo acompañarlos – lo dijo sin dirigirse a nadie y a ambos a la vez mientras retiraba una silla para poder sentarse, sintió un ruido extraño, no logró identificar si fue la silla o algo que se rompió dentro de el.
-       Por favor profe – dijo ella, hablando por los dos.
-       Toribio, disculpa si no te lo dije antes, aunque hoy es una buena ocasión para que sepas que somos enamorados – señaló Efraín mientras acariciaba la barbilla de la muchacha.
-       Bueno, permítanme felicitarles por esto, creo que hacen un a linda pareja y espero de corazón que les vaya bien – luego se sintió tan hipócritamente vació que su mente se nubló y no encontró palabras para seguir hablando.
-       También permíteme aprovechar este momento Toribio, para agradecerte por todo lo que me has brindado, sin tu apoyo no estaría donde estoy…y ahora esto – hizo una pausa para tomar aire y darse el valor para decir lo que seguía – Lo nuestro es serio, tan serio que hace un par de semanas que estamos viviendo juntos, su familia ya lo sabe, ahora mismo estamos poniéndonos de acuerdo para cambiarnos a otro sitio más cómodo y gentilmente cedido por su papá, mi futuro suegro – tomando las manos de la chica entre las suyas.
-       Me parece bien si ambos están de acuerdo, pero, ¿cómo harás con tu examen para el traslado a medicina? – preguntó Toribio verdaderamente intrigado.
-       A partir de ahora te libro de toda responsabilidad, no es justo que sigas sacándote la mierda por mi, además, estoy seguro de encontrarme ya en condiciones de poder aprobar cualquier examen – nuevamente la pausa para tomar aire – mi suegro también me va a apoyar y dice que mi ingreso está garantizado; él es médico también y tiene muchos contactos.
-       Si, es cierto – replicó Toribio mientras calculaba que decir.
Se produjo un silencio de algunos segundos eternos que parecía incomodar sólo a Toribio, calculaba qué decir para salir de esta situación que se estaba convirtiendo en incómoda.
-       Bueno, solo me queda desearles lo mejor de lo mejor, se que con el esfuerzo que haces el éxito está asegurado en todo lo que hagas – quiso pararse entonces pero se le ocurrió mirar a la Barbie por última vez, quizás.
Ella también lo miró y el pudo ver en esos ojos una mirada de felicidad que intentaba gritarle al mundo que había encontrado al hombre de su vida, el que la llenaría de orgullo siempre, el que podría acompañarla en cualquier ocasión, el que siempre estaría comiendo de su mano y que poco a poco sería grande, tan grande como ella quisiera; el brillo especial de esa mirada, aunque franca, no parecía completa.
-       Bueno chicos, hasta cualquier momento – recordó que fue lo último que dijo mientras se ponía de pie arrastrando la silla que nuevamente producía aquel sonido que parecía venir de su interior.

No volvió a saber más de el hasta hoy que de casualidad lo acababa de encontrar.
-       Efraín – gritó, mientras apresuraba su paso al encuentro del amigo.
La sorpresa inicial se iba convirtiendo en una gran emoción. Tenía tantas preguntas por hacerle. De sorpresa a emoción y ahora hasta un poco de desconcierto.
A medida que tenía más cerca a Efraín se iba dando cuenta de lo mal trajeado que estaba, el pelo descuidado, la barba de tres o cuatro días sin afeitarse ocultaban el rostro que no había recibido agua y jabón probablemente por algunos días, antes de abrazarlo sintió el olor fuerte a alcohol barato, al que huelen los alcohólicos por las mañanas. Al abrazarlo pudo sentir cada uno de sus huesos, descarnados, como veía a menudo en pacientes con enfermedades terminales. Sintió una pena profunda y lo apretó mas fuerte. Ahora sintió miedo de hacerle daño. Extendió sus brazos mientras tomaba sus hombros para poder observarlo mejor.
Toribio sintió ganas de llorar. Se acordó del día que conoció a Efraín, de las horas que pasaron juntos leyendo, de las noches que caminaban por las calles buscando donde comer, de todas las pollerías y chifas que visitaron, de los cines que visitaron y los parques en cuyas bancas rememoraban todo lo recientemente aprendido. También se acordó de la Barbie, y de aquella mirada de orgullo y llena de esperanza que fue lo último que guardó de ella en el momento mismo que renunció a enamorarse.
-       Toribio, que tonto fui – escucho decir a Efraín, o lo que quedaba de el.
Le miró a los ojos, comenzaron a humedecerse y esta vez le faltó valor para desviar la mirada, quiso verlos llorar, pero no vio llanto, vio una luz que se apagaba, un grito por perdón, una aceptación de culpa, dolor, profundo dolor por haber dejado lo que nunca debió, por haber cambiado el éxito por el fracaso, más culpa, error, caída, pecado, abandono. Detrás de todo esto una luz que ilumina la oscuridad de su mirada, una luz de odio, de rencor, de resentimiento, de aquellos que no matan, que te hacen sufrir eternamente, de aquellos que solo una bella mujer puede causar.

miércoles, 22 de enero de 2020

GUILLERMINA Y RAMÓN.


Es indudable que la vida familiar trae consigo la división de responsabilidades, al principio entre esposos, luego, entre cada uno de los integrantes, éstas se asignan en la mayoría de veces por acuerdos tácitos, no pactados, como por ejemplo en mi caso, sin habérnoslo propuesto, con todos mis hijos siempre he sido el encargado de prepararles el biberón de las madrugadas hasta que dejaron de usarlos. Nunca lo debatimos de quien sería ésta responsabilidad, la asumí y así quedó pactada desde la primera vez. Además, estas responsabilidades son cambiantes, tácita o explícitamente, debido a consecuencias fortuitas o solo al hecho de que alguien considera que ya es tiempo de asignársela a algún otro. Nuevamente, en mi caso, sacar la basura todas las noches era responsabilidad de mi hijo mayor, pero desde hace unos meses ha pasado a ser la responsabilidad del menor por que el hermano mayor, además de los estudios universitarios ahora se encuentra realizando prácticas profesionales.
No recuerdo tampoco desde cuándo me plancho mi propia ropa, creo que es una costumbre que la incorporé cuando trabajaba en el interior del país. Poco a poco fui aprendiendo las diferentes técnicas para cada tipo de prenda, las camisas de manga corta, las de manga larga, los pantalones y las camisetas y prendas menores. A pesar de que tengo gran experiencia por los años en que lo vengo haciendo, hasta hace poco tomé interés en planchar las camisas para terno con almidón. Al principio fue de gran ayuda el Youtube ® pero finalmente terminé consultando con mi madre, que pese a su edad me dio los principales tips para conseguir un acabado, diría yo, casi profesional.
Debo decir que es una tremenda tortura, un esfuerzo asimétrico, teniendo en cuenta que planchar una camisa correctamente, doblarla sobre la tabla de planchar de tal manera que se noten las marcas del tablero en la espalda de la camisa y que la manga no lleve una ralla ocasionada por la plancha me toma por lo menos unos treinta minutos de duro esfuerzo, de error y corrección, mientras que a veces uso la camisa solo por un par de horas.
Estaba atareado y concentrado planchando la segunda camisa cuando me vino a la mente Guillermina.
Con un tremendo sabor a nostalgia, quizás por aquello de que los años pasados siempre fueron los mejores o simplemente porque era evocar mi infancia y mi adolescencia transcurridos en el interior del país, llegaron a mi mente como una oleada de inexplicables emociones los recuerdos aquellos de Guillermina, la empleada del hogar que nos acompañó durante muchos años, la que se batía junto a mi madre en los quehaceres de la casa, que no eran pocos para una familia de cinco hijos, que además siempre contaba con visitantes casi permanentes que podía aumentar, no ocasionalmente, hasta en cuatro personas más.
Guillermina era la típica mujer serrana que siempre llevaba polleras pero que intentaba combinar con ropa más citadina casi siempre de segundo uso y regalada por mi madre, era fuerte, nunca supe que se enfermara de nada, hablaba con el dejo de los quechua hablantes, era dicharachera y siempre se ofrecía para cualquier tarea, la recuerdo como una mujer de unos cuarenta años. Sabía cocinar, coser, lavar y planchar, tareas principales e importantes para una buena empleada, además barría, mantenía la casa limpia y parecía odiar no encontrarse ocupada, pese a lo cual nunca la vi sudar o incomodarse por el clima, ni siquiera cuando cocinaba o planchaba. También parecía odiar la siesta, porque mientras otros dormían ella estaba hilando o cosiendo, a la vez que chacchaba unas hojas de coca que primero seleccionaba después de regarlas en la falda de sus polleras.
En aquella época mi padre era director de un colegio y su ropa de trabajo era siempre de terno y corbata, por lo que era menester tener siempre su ropero debidamente proveído con camisas correctamente dobladas. Sé de ocasiones en que usaba hasta tres camisas al día, entonces, el planchado de camisas con almidón eran tareas casi diarias para Guillermina y de largo aliento, porque además, también planchaba blusas, pantalones, ropa interior y hasta sábanas.
En realidad, pese a lo ajetreado de su quehacer cotidiano éste se hacía monótono. Hasta que apareció en nuestras vidas Ramón.
Llegó de un momento a otro a la casa reclamando por su esposa Guillermina, apenas se apareció mi madre hizo su mejor esfuerzo por espantarlo pues intuía que venía con la intención de llevársela, pero la historia era otra.
Ramón y Guillermina eran esposos oficialmente casados por religioso, en aquella época el matrimonio religioso tenía tanta validez como el civil, con acta, fotos y fiesta incluidos, vivieron felices por casi veinte años tiempo en el que tuvieron una sola hija, de la cual no recuerdo su nombre o nunca nos lo dijo. Esta muchacha se fugó de la casa de sus padres apenas cumplidos los dieciocho, se fue con un cholo transportista, y, ya hacía algunos años que los había hecho abuelos.
Las primeras semanas Ramón se aparecía en la casa a media mañana, sucio, con las huellas de la resaca de la noche anterior, maloliente y macilento, lograba que mi madre o mi padre le abrieran la puerta y luego se sentaba tras el zaguán, en una actitud casi suplicante con mirada perdida incluida, esperando que lo atendiera su esposa; sin embargo, cada día parecía que ella lo ignoraba más. Creo que mis padres tardaron en darse cuenta de la situación, lo que el quería era que lo apoyaran pues estaba atravesando una etapa desgraciada de su vida, sin trabajo, sin familia, sin futuro se estaba entregando a la bebida desenfrenada, no para acabar con su vida sino para intentar la ayuda que necesitada de su esposa, de quien se veía todavía enamorado.
Así que cuando mi madre logró interpretar que Ramón no venía por Guillermina un día lo invitó a almorzar, después de que todos ya lo habíamos hecho y mi padre había regresado a su trabajo, se sentó con ambos a la mesa. Recuerdo bien aquel día pues aunque ellos ni me miraban yo estaba atento a todo mientras acondicionaba una batea como pecera improvisada para unos pececillos recién traídos del mercado en una bolsita de plástico.
El se puso a llorar ni bien mi madre le preguntó que era lo que quería, entre suspiros con frases cortadas por el intento de llorar, respirar, hablar y hacerse entender a la vez, le hizo saber que quería ser aceptado en la casa como el esposo de la empleada, lo cual quizás le aseguraba un rinconcito en donde dormir. Ni hablar, imposible, Guillermina no lo aceptó, no quería ni verlo, por lo menos por ahora. Mi madre se encontraba en un apuro pues ante esta respuesta el llanto del pobre hombre se desbordó y comenzó a inundar toda la casa con los sonidos ásperos que hacia cuando desesperadamente tomaba aire a bocanadas mientras se sonaba las narices en un pañuelo sucio y arrugado que guardaba y volvía a sacar repetidamente del bolsillo trasero de sus pantalones; y, al ver que su llanto no convencía a la empleada se arrodilló frente a ella a suplicarle su perdón. Este  acontecimiento me recordaba a una grotesca puesta en escena del nombramiento de un caballero frente a la reina, en este caso Guillermina, que podía decidir entre la vida y la muerte del caballero.
Después de una hora mi madre tomó la decisión, como jueza y patrona, que Ramón tendría una oportunidad, resolvió que mi padre le conseguiría trabajo como albañil o estibador, que era lo único para lo que calificaba y que podía entrar a la casa para alimentarse a cualquier hora del día, pero no le estaba permitido quedarse a dormir, Guillermina no lo quería.
Y así fue como comenzó la vida con Ramón y Guillermina. Antes de las siete de la mañana se aparecía el cholo a tomar su desayuno y cambiarse la ropa, dejaba la sucia y se ponía pantalones y camisa correctamente almidonados y planchados, se iba a trabajar, regresaba a almorzar a las doce y media como si tuviera un reloj incorporado, entonces llevaba ropa de trabajo, sudada, sucia, empolvada con el polvo de ladrillos de las construcciones, se lavaba en un lavatorio que Guillermina acomodaba en el jardín, se sentaba solo en la mesa de la cocina y almorzaba todo lo que su esposa le alcanzara. Terminaba y se fumaba un cigarrillo “Inca” o “Nacional” dejando toda la casa perfumada como si recién hubieran quemado estiércol, así de fuertes eran esos cigarrillos, se volvía a lavar la cara y las manos y se marchaba a continuar con su jornada diaria. Regresaba después de las seis de la tarde, con la ropa que se había puesto por la mañana, peinado y perfumado con una loción “Crevani”, que juraría era de las que mi padre odiaba y que mi madre recogía cuando el los desechaba después de haberlas recibido como regalos de cumpleaños; se sentaba en el mismo rincón de la casa todos los días y esperaba que Guillermina le “invitara” a cenar dentro de la cocina, después ambos regresaban al rincón anterior y conversaban y fumaban hasta las nueve o nueve y media en que se retiraba hasta el día siguiente.
Los sábados y domingos que no trabajaba sólo se le veía por la casa a la hora de la cena, con frecuencia llegaba borracho, entonces comía en silencio y en silencio se retiraba hasta el día siguiente.
Así transcurrieron algunos años, no puedo calcular cuantos, con esta misma rutina, lo que tengo presente en mis recuerdos es que, por cuestiones de trabajo de mi padre, tuvimos que mudarnos a otra ciudad y ellos no pudieron venir con nosotros. En realidad, la llegada de Ramón le agregó a la rutina de Guillermina más ropa para planchar, era increíble verla dedicarse casi todas las tardes a planchar ropa previamente almidonada que Ramón se encargaba de renovar todos los días. Aunque el tenía su ropero conformado en su mayor parte por camisas y pantalones que mi padre le había regalado porque no le gustaban o porque ya no le quedaban, se cambiaba tan seguido que todos los días tenían que plancharle una muda por lo menos, era interminable este círculo que se había construido y que no debía dejar de funcionar para que Ramón pudiera lucir limpio.
Pese a mis pocos años me di cuenta que quien llevó la peor parte en esta situación fue Guillermina. Se notaba que el planchado comenzó a afectarla, a molestarla, su esfuerzo era ahora doble, sudaba, se cambiaba la ropa sudada por ropa seca, nunca más la volví a ver chacchar apaciblemente después del almuerzo, siempre estaba ocupada recogiendo ropa recién lavada, pasándola por almidón, planchándola con mucho esfuerzo, luego la doblaba y le volvía a pasar la plancha a la vez que la seleccionaba en grupos de acuerdo a su propietario; lo curioso es que los grupos de ropa variaban cada día pero nunca faltaba la ropa de Ramón, podía faltar de cualquiera de nosotros menos la de el.
Creo que la pobre mujer envejeció más de la cuenta durante estos años, siempre tuve la impresión que la ropa planchada con almidón pesaba el doble, las sábanas almidonadas que nunca más volví a usar en mi vida parecían más agradables, cuando hacía frío se calentaban rápido y cuando hacía calor siempre estaban frías, entonces, el esfuerzo de Guillermina era enorme para tener la casa como ella la tenía, pues el planchado era una de sus tantas tareas. Ahora me imagino el tremendo esfuerzo diario de la pobre mujer por tenernos a todos contentos, por llevar una vida casi forzada al lado de su esposo y porque siendo tan pequeña, tan menuda, tan frágil se ponía en los hombros la administración de la casa, que sin ella seguro que no funcionaría.
Muchos años después, tuve la oportunidad de regresar a la casa donde crecí y mi madre me encargó visitar a Guillermina. Me costó trabajo pero la encontré. En un pequeño cuarto de un callejón de un solo caño, dependiendo de los ingresos de su yerno y su hija, con quien gracias a Dios se había reconciliado.
Era una anciana que a primera impresión me pareció mucho más pequeña de como la recordaba, mucho más menuda, casi escuálida. Pude ver una lágrima soltarse sobre su cara cuando le dije quién era y le entregué una gran bolsa con ropa y víveres de parte de mi madre. Conversamos un rato y me invitó un poco de mazamorra de tocosh cuyo sabor y olor me trajo de inmediato miles de recuerdos de mi niñez, matizados todos por esta mazamorra de extraño olor pero de un gran paladar que hace mucho no probaba, cada cucharada era un brote de emociones como si se tratara de una bebida efervescente que hacía explotar en mi mente burbujas coloridas de recuerdos. Al rato de disfrutar este plato bajo la callada mirada de Guillermina le pregunté por Ramón, entonces, me hizo pasar al otro ambiente que tenía el cuarto y tirado en una cama estaba Ramón, más viejo aún, casi inmóvil, con la piel seca como cuero, el cabello completamente desordenado y la barba rala y crecida, podría decir que apestaba pero el olor del tocosh lo disimulaba. Me sorprendí cuando me enteré que había tenido un accidente cerebral y había quedado hemipléjico. Guillermina le gritó “¿No sabes saludar?” mientras le daba una cachetada en la cabeza inusualmente fuerte para un enfermo. Intentó hablarme después que se enterara de quien era pero su enfermedad no le permitía hablar claro, por cada palabra mal dicha recibía una nueva cachetada, en la cabeza, en la cara, en el estómago, decidí volver al ambiente anterior para evitar que el pobre hombre siguiera recibiendo cachetadas, entonces no le encontré explicación al comportamiento de Guillermina, me pareció un trato muy agresivo y demasiado violento que preferí no contárselo a mi madre.
Hoy recuerdo la mirada anciana y cansada de Guillermina hacia su esposo, en ella no había cariño, no había amor, escaseaba la compasión mas bien podía interpretarse que el brillo de esos ojos eran de cansancio, de desprecio pero no de odio, no podía interpretar que era lo que exactamente reflejaba esa mirada. Para mi la visita se convirtió en un hecho desagradable que no esperaba.
Ahora, frente a estas dos camisas que acabo de almidonar y planchar, con la sensación de cansancio y de esfuerzo innecesario, malgastado en un intento por mantener una apariencia al vestir, recuerdo esa mirada de Guillermina y aún me pregunto qué misterio encerraba, que sentimiento mantenía ese brillo fugaz pero intenso en ella.
Fuerzo a mi memoria y también recuerdo la mirada triste, atemorizada, sin esperanzas, como quien sabe que lo inevitable está cerca de Ramón, enrojecida por el llanto derramado y también por el llanto contenido, a punto de soltar lágrimas otra vez, por enésima vez; en mi mente la cruzo con la mirada de Guillermina y entonces me doy cuenta que el brillo en sus ojos, ese brillo casi insolente, ese que apenas verlo uno se da cuenta que es lo que te mantiene con vida solo podía ser una cosa, venganza.
Este descubrimiento me pone la piel de gallina y me produce un extraño vértigo, se me cae una de las camisas recién planchadas justo sobre un pequeño charco.
-       Puta madre, tendré que lavarla y plancharla de nuevo.


LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...