LA PENSION

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miércoles, 22 de enero de 2020

GUILLERMINA Y RAMÓN.


Es indudable que la vida familiar trae consigo la división de responsabilidades, al principio entre esposos, luego, entre cada uno de los integrantes, éstas se asignan en la mayoría de veces por acuerdos tácitos, no pactados, como por ejemplo en mi caso, sin habérnoslo propuesto, con todos mis hijos siempre he sido el encargado de prepararles el biberón de las madrugadas hasta que dejaron de usarlos. Nunca lo debatimos de quien sería ésta responsabilidad, la asumí y así quedó pactada desde la primera vez. Además, estas responsabilidades son cambiantes, tácita o explícitamente, debido a consecuencias fortuitas o solo al hecho de que alguien considera que ya es tiempo de asignársela a algún otro. Nuevamente, en mi caso, sacar la basura todas las noches era responsabilidad de mi hijo mayor, pero desde hace unos meses ha pasado a ser la responsabilidad del menor por que el hermano mayor, además de los estudios universitarios ahora se encuentra realizando prácticas profesionales.
No recuerdo tampoco desde cuándo me plancho mi propia ropa, creo que es una costumbre que la incorporé cuando trabajaba en el interior del país. Poco a poco fui aprendiendo las diferentes técnicas para cada tipo de prenda, las camisas de manga corta, las de manga larga, los pantalones y las camisetas y prendas menores. A pesar de que tengo gran experiencia por los años en que lo vengo haciendo, hasta hace poco tomé interés en planchar las camisas para terno con almidón. Al principio fue de gran ayuda el Youtube ® pero finalmente terminé consultando con mi madre, que pese a su edad me dio los principales tips para conseguir un acabado, diría yo, casi profesional.
Debo decir que es una tremenda tortura, un esfuerzo asimétrico, teniendo en cuenta que planchar una camisa correctamente, doblarla sobre la tabla de planchar de tal manera que se noten las marcas del tablero en la espalda de la camisa y que la manga no lleve una ralla ocasionada por la plancha me toma por lo menos unos treinta minutos de duro esfuerzo, de error y corrección, mientras que a veces uso la camisa solo por un par de horas.
Estaba atareado y concentrado planchando la segunda camisa cuando me vino a la mente Guillermina.
Con un tremendo sabor a nostalgia, quizás por aquello de que los años pasados siempre fueron los mejores o simplemente porque era evocar mi infancia y mi adolescencia transcurridos en el interior del país, llegaron a mi mente como una oleada de inexplicables emociones los recuerdos aquellos de Guillermina, la empleada del hogar que nos acompañó durante muchos años, la que se batía junto a mi madre en los quehaceres de la casa, que no eran pocos para una familia de cinco hijos, que además siempre contaba con visitantes casi permanentes que podía aumentar, no ocasionalmente, hasta en cuatro personas más.
Guillermina era la típica mujer serrana que siempre llevaba polleras pero que intentaba combinar con ropa más citadina casi siempre de segundo uso y regalada por mi madre, era fuerte, nunca supe que se enfermara de nada, hablaba con el dejo de los quechua hablantes, era dicharachera y siempre se ofrecía para cualquier tarea, la recuerdo como una mujer de unos cuarenta años. Sabía cocinar, coser, lavar y planchar, tareas principales e importantes para una buena empleada, además barría, mantenía la casa limpia y parecía odiar no encontrarse ocupada, pese a lo cual nunca la vi sudar o incomodarse por el clima, ni siquiera cuando cocinaba o planchaba. También parecía odiar la siesta, porque mientras otros dormían ella estaba hilando o cosiendo, a la vez que chacchaba unas hojas de coca que primero seleccionaba después de regarlas en la falda de sus polleras.
En aquella época mi padre era director de un colegio y su ropa de trabajo era siempre de terno y corbata, por lo que era menester tener siempre su ropero debidamente proveído con camisas correctamente dobladas. Sé de ocasiones en que usaba hasta tres camisas al día, entonces, el planchado de camisas con almidón eran tareas casi diarias para Guillermina y de largo aliento, porque además, también planchaba blusas, pantalones, ropa interior y hasta sábanas.
En realidad, pese a lo ajetreado de su quehacer cotidiano éste se hacía monótono. Hasta que apareció en nuestras vidas Ramón.
Llegó de un momento a otro a la casa reclamando por su esposa Guillermina, apenas se apareció mi madre hizo su mejor esfuerzo por espantarlo pues intuía que venía con la intención de llevársela, pero la historia era otra.
Ramón y Guillermina eran esposos oficialmente casados por religioso, en aquella época el matrimonio religioso tenía tanta validez como el civil, con acta, fotos y fiesta incluidos, vivieron felices por casi veinte años tiempo en el que tuvieron una sola hija, de la cual no recuerdo su nombre o nunca nos lo dijo. Esta muchacha se fugó de la casa de sus padres apenas cumplidos los dieciocho, se fue con un cholo transportista, y, ya hacía algunos años que los había hecho abuelos.
Las primeras semanas Ramón se aparecía en la casa a media mañana, sucio, con las huellas de la resaca de la noche anterior, maloliente y macilento, lograba que mi madre o mi padre le abrieran la puerta y luego se sentaba tras el zaguán, en una actitud casi suplicante con mirada perdida incluida, esperando que lo atendiera su esposa; sin embargo, cada día parecía que ella lo ignoraba más. Creo que mis padres tardaron en darse cuenta de la situación, lo que el quería era que lo apoyaran pues estaba atravesando una etapa desgraciada de su vida, sin trabajo, sin familia, sin futuro se estaba entregando a la bebida desenfrenada, no para acabar con su vida sino para intentar la ayuda que necesitada de su esposa, de quien se veía todavía enamorado.
Así que cuando mi madre logró interpretar que Ramón no venía por Guillermina un día lo invitó a almorzar, después de que todos ya lo habíamos hecho y mi padre había regresado a su trabajo, se sentó con ambos a la mesa. Recuerdo bien aquel día pues aunque ellos ni me miraban yo estaba atento a todo mientras acondicionaba una batea como pecera improvisada para unos pececillos recién traídos del mercado en una bolsita de plástico.
El se puso a llorar ni bien mi madre le preguntó que era lo que quería, entre suspiros con frases cortadas por el intento de llorar, respirar, hablar y hacerse entender a la vez, le hizo saber que quería ser aceptado en la casa como el esposo de la empleada, lo cual quizás le aseguraba un rinconcito en donde dormir. Ni hablar, imposible, Guillermina no lo aceptó, no quería ni verlo, por lo menos por ahora. Mi madre se encontraba en un apuro pues ante esta respuesta el llanto del pobre hombre se desbordó y comenzó a inundar toda la casa con los sonidos ásperos que hacia cuando desesperadamente tomaba aire a bocanadas mientras se sonaba las narices en un pañuelo sucio y arrugado que guardaba y volvía a sacar repetidamente del bolsillo trasero de sus pantalones; y, al ver que su llanto no convencía a la empleada se arrodilló frente a ella a suplicarle su perdón. Este  acontecimiento me recordaba a una grotesca puesta en escena del nombramiento de un caballero frente a la reina, en este caso Guillermina, que podía decidir entre la vida y la muerte del caballero.
Después de una hora mi madre tomó la decisión, como jueza y patrona, que Ramón tendría una oportunidad, resolvió que mi padre le conseguiría trabajo como albañil o estibador, que era lo único para lo que calificaba y que podía entrar a la casa para alimentarse a cualquier hora del día, pero no le estaba permitido quedarse a dormir, Guillermina no lo quería.
Y así fue como comenzó la vida con Ramón y Guillermina. Antes de las siete de la mañana se aparecía el cholo a tomar su desayuno y cambiarse la ropa, dejaba la sucia y se ponía pantalones y camisa correctamente almidonados y planchados, se iba a trabajar, regresaba a almorzar a las doce y media como si tuviera un reloj incorporado, entonces llevaba ropa de trabajo, sudada, sucia, empolvada con el polvo de ladrillos de las construcciones, se lavaba en un lavatorio que Guillermina acomodaba en el jardín, se sentaba solo en la mesa de la cocina y almorzaba todo lo que su esposa le alcanzara. Terminaba y se fumaba un cigarrillo “Inca” o “Nacional” dejando toda la casa perfumada como si recién hubieran quemado estiércol, así de fuertes eran esos cigarrillos, se volvía a lavar la cara y las manos y se marchaba a continuar con su jornada diaria. Regresaba después de las seis de la tarde, con la ropa que se había puesto por la mañana, peinado y perfumado con una loción “Crevani”, que juraría era de las que mi padre odiaba y que mi madre recogía cuando el los desechaba después de haberlas recibido como regalos de cumpleaños; se sentaba en el mismo rincón de la casa todos los días y esperaba que Guillermina le “invitara” a cenar dentro de la cocina, después ambos regresaban al rincón anterior y conversaban y fumaban hasta las nueve o nueve y media en que se retiraba hasta el día siguiente.
Los sábados y domingos que no trabajaba sólo se le veía por la casa a la hora de la cena, con frecuencia llegaba borracho, entonces comía en silencio y en silencio se retiraba hasta el día siguiente.
Así transcurrieron algunos años, no puedo calcular cuantos, con esta misma rutina, lo que tengo presente en mis recuerdos es que, por cuestiones de trabajo de mi padre, tuvimos que mudarnos a otra ciudad y ellos no pudieron venir con nosotros. En realidad, la llegada de Ramón le agregó a la rutina de Guillermina más ropa para planchar, era increíble verla dedicarse casi todas las tardes a planchar ropa previamente almidonada que Ramón se encargaba de renovar todos los días. Aunque el tenía su ropero conformado en su mayor parte por camisas y pantalones que mi padre le había regalado porque no le gustaban o porque ya no le quedaban, se cambiaba tan seguido que todos los días tenían que plancharle una muda por lo menos, era interminable este círculo que se había construido y que no debía dejar de funcionar para que Ramón pudiera lucir limpio.
Pese a mis pocos años me di cuenta que quien llevó la peor parte en esta situación fue Guillermina. Se notaba que el planchado comenzó a afectarla, a molestarla, su esfuerzo era ahora doble, sudaba, se cambiaba la ropa sudada por ropa seca, nunca más la volví a ver chacchar apaciblemente después del almuerzo, siempre estaba ocupada recogiendo ropa recién lavada, pasándola por almidón, planchándola con mucho esfuerzo, luego la doblaba y le volvía a pasar la plancha a la vez que la seleccionaba en grupos de acuerdo a su propietario; lo curioso es que los grupos de ropa variaban cada día pero nunca faltaba la ropa de Ramón, podía faltar de cualquiera de nosotros menos la de el.
Creo que la pobre mujer envejeció más de la cuenta durante estos años, siempre tuve la impresión que la ropa planchada con almidón pesaba el doble, las sábanas almidonadas que nunca más volví a usar en mi vida parecían más agradables, cuando hacía frío se calentaban rápido y cuando hacía calor siempre estaban frías, entonces, el esfuerzo de Guillermina era enorme para tener la casa como ella la tenía, pues el planchado era una de sus tantas tareas. Ahora me imagino el tremendo esfuerzo diario de la pobre mujer por tenernos a todos contentos, por llevar una vida casi forzada al lado de su esposo y porque siendo tan pequeña, tan menuda, tan frágil se ponía en los hombros la administración de la casa, que sin ella seguro que no funcionaría.
Muchos años después, tuve la oportunidad de regresar a la casa donde crecí y mi madre me encargó visitar a Guillermina. Me costó trabajo pero la encontré. En un pequeño cuarto de un callejón de un solo caño, dependiendo de los ingresos de su yerno y su hija, con quien gracias a Dios se había reconciliado.
Era una anciana que a primera impresión me pareció mucho más pequeña de como la recordaba, mucho más menuda, casi escuálida. Pude ver una lágrima soltarse sobre su cara cuando le dije quién era y le entregué una gran bolsa con ropa y víveres de parte de mi madre. Conversamos un rato y me invitó un poco de mazamorra de tocosh cuyo sabor y olor me trajo de inmediato miles de recuerdos de mi niñez, matizados todos por esta mazamorra de extraño olor pero de un gran paladar que hace mucho no probaba, cada cucharada era un brote de emociones como si se tratara de una bebida efervescente que hacía explotar en mi mente burbujas coloridas de recuerdos. Al rato de disfrutar este plato bajo la callada mirada de Guillermina le pregunté por Ramón, entonces, me hizo pasar al otro ambiente que tenía el cuarto y tirado en una cama estaba Ramón, más viejo aún, casi inmóvil, con la piel seca como cuero, el cabello completamente desordenado y la barba rala y crecida, podría decir que apestaba pero el olor del tocosh lo disimulaba. Me sorprendí cuando me enteré que había tenido un accidente cerebral y había quedado hemipléjico. Guillermina le gritó “¿No sabes saludar?” mientras le daba una cachetada en la cabeza inusualmente fuerte para un enfermo. Intentó hablarme después que se enterara de quien era pero su enfermedad no le permitía hablar claro, por cada palabra mal dicha recibía una nueva cachetada, en la cabeza, en la cara, en el estómago, decidí volver al ambiente anterior para evitar que el pobre hombre siguiera recibiendo cachetadas, entonces no le encontré explicación al comportamiento de Guillermina, me pareció un trato muy agresivo y demasiado violento que preferí no contárselo a mi madre.
Hoy recuerdo la mirada anciana y cansada de Guillermina hacia su esposo, en ella no había cariño, no había amor, escaseaba la compasión mas bien podía interpretarse que el brillo de esos ojos eran de cansancio, de desprecio pero no de odio, no podía interpretar que era lo que exactamente reflejaba esa mirada. Para mi la visita se convirtió en un hecho desagradable que no esperaba.
Ahora, frente a estas dos camisas que acabo de almidonar y planchar, con la sensación de cansancio y de esfuerzo innecesario, malgastado en un intento por mantener una apariencia al vestir, recuerdo esa mirada de Guillermina y aún me pregunto qué misterio encerraba, que sentimiento mantenía ese brillo fugaz pero intenso en ella.
Fuerzo a mi memoria y también recuerdo la mirada triste, atemorizada, sin esperanzas, como quien sabe que lo inevitable está cerca de Ramón, enrojecida por el llanto derramado y también por el llanto contenido, a punto de soltar lágrimas otra vez, por enésima vez; en mi mente la cruzo con la mirada de Guillermina y entonces me doy cuenta que el brillo en sus ojos, ese brillo casi insolente, ese que apenas verlo uno se da cuenta que es lo que te mantiene con vida solo podía ser una cosa, venganza.
Este descubrimiento me pone la piel de gallina y me produce un extraño vértigo, se me cae una de las camisas recién planchadas justo sobre un pequeño charco.
-       Puta madre, tendré que lavarla y plancharla de nuevo.


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