Es indudable
que la vida familiar trae consigo la división de responsabilidades, al
principio entre esposos, luego, entre cada uno de los integrantes, éstas se
asignan en la mayoría de veces por acuerdos tácitos, no pactados, como por
ejemplo en mi caso, sin habérnoslo propuesto, con todos mis hijos siempre he
sido el encargado de prepararles el biberón de las madrugadas hasta que dejaron
de usarlos. Nunca lo debatimos de quien sería ésta responsabilidad, la asumí y
así quedó pactada desde la primera vez. Además, estas responsabilidades son
cambiantes, tácita o explícitamente, debido a consecuencias fortuitas o solo al
hecho de que alguien considera que ya es tiempo de asignársela a algún otro.
Nuevamente, en mi caso, sacar la basura todas las noches era responsabilidad de
mi hijo mayor, pero desde hace unos meses ha pasado a ser la responsabilidad
del menor por que el hermano mayor, además de los estudios universitarios ahora
se encuentra realizando prácticas profesionales.
No recuerdo
tampoco desde cuándo me plancho mi propia ropa, creo que es una costumbre que
la incorporé cuando trabajaba en el interior del país. Poco a poco fui
aprendiendo las diferentes técnicas para cada tipo de prenda, las camisas de
manga corta, las de manga larga, los pantalones y las camisetas y prendas
menores. A pesar de que tengo gran experiencia por los años en que lo vengo
haciendo, hasta hace poco tomé interés en planchar las camisas para terno con
almidón. Al principio fue de gran ayuda el Youtube ® pero finalmente terminé consultando
con mi madre, que pese a su edad me dio los principales tips para conseguir un
acabado, diría yo, casi profesional.
Debo decir
que es una tremenda tortura, un esfuerzo asimétrico, teniendo en cuenta que
planchar una camisa correctamente, doblarla sobre la tabla de planchar de tal
manera que se noten las marcas del tablero en la espalda de la camisa y que la
manga no lleve una ralla ocasionada por la plancha me toma por lo menos unos
treinta minutos de duro esfuerzo, de error y corrección, mientras que a veces
uso la camisa solo por un par de horas.
Estaba
atareado y concentrado planchando la segunda camisa cuando me vino a la mente
Guillermina.
Con un
tremendo sabor a nostalgia, quizás por aquello de que los años pasados siempre
fueron los mejores o simplemente porque era evocar mi infancia y mi
adolescencia transcurridos en el interior del país, llegaron a mi mente como
una oleada de inexplicables emociones los recuerdos aquellos de Guillermina, la
empleada del hogar que nos acompañó durante muchos años, la que se batía junto
a mi madre en los quehaceres de la casa, que no eran pocos para una familia de
cinco hijos, que además siempre contaba con visitantes casi permanentes que podía
aumentar, no ocasionalmente, hasta en cuatro personas más.
Guillermina
era la típica mujer serrana que siempre llevaba polleras pero que intentaba
combinar con ropa más citadina casi siempre de segundo uso y regalada por mi
madre, era fuerte, nunca supe que se enfermara de nada, hablaba con el dejo de
los quechua hablantes, era dicharachera y siempre se ofrecía para cualquier
tarea, la recuerdo como una mujer de unos cuarenta años. Sabía cocinar, coser, lavar
y planchar, tareas principales e importantes para una buena empleada, además
barría, mantenía la casa limpia y parecía odiar no encontrarse ocupada, pese a
lo cual nunca la vi sudar o incomodarse por el clima, ni siquiera cuando
cocinaba o planchaba. También parecía odiar la siesta, porque mientras otros
dormían ella estaba hilando o cosiendo, a la vez que chacchaba unas hojas de
coca que primero seleccionaba después de regarlas en la falda de sus polleras.
En aquella
época mi padre era director de un colegio y su ropa de trabajo era siempre de terno
y corbata, por lo que era menester tener siempre su ropero debidamente proveído
con camisas correctamente dobladas. Sé de ocasiones en que usaba hasta tres
camisas al día, entonces, el planchado de camisas con almidón eran tareas casi
diarias para Guillermina y de largo aliento, porque además, también planchaba
blusas, pantalones, ropa interior y hasta sábanas.
En realidad,
pese a lo ajetreado de su quehacer cotidiano éste se hacía monótono. Hasta que
apareció en nuestras vidas Ramón.
Llegó de un
momento a otro a la casa reclamando por su esposa Guillermina, apenas se
apareció mi madre hizo su mejor esfuerzo por espantarlo pues intuía que venía
con la intención de llevársela, pero la historia era otra.
Ramón y
Guillermina eran esposos oficialmente casados por religioso, en aquella época
el matrimonio religioso tenía tanta validez como el civil, con acta, fotos y
fiesta incluidos, vivieron felices por casi veinte años tiempo en el que
tuvieron una sola hija, de la cual no recuerdo su nombre o nunca nos lo dijo.
Esta muchacha se fugó de la casa de sus padres apenas cumplidos los dieciocho,
se fue con un cholo transportista, y, ya hacía algunos años que los había hecho
abuelos.
Las primeras
semanas Ramón se aparecía en la casa a media mañana, sucio, con las huellas de
la resaca de la noche anterior, maloliente y macilento, lograba que mi madre o
mi padre le abrieran la puerta y luego se sentaba tras el zaguán, en una
actitud casi suplicante con mirada perdida incluida, esperando que lo atendiera
su esposa; sin embargo, cada día parecía que ella lo ignoraba más. Creo que mis
padres tardaron en darse cuenta de la situación, lo que el quería era que lo
apoyaran pues estaba atravesando una etapa desgraciada de su vida, sin trabajo,
sin familia, sin futuro se estaba entregando a la bebida desenfrenada, no para
acabar con su vida sino para intentar la ayuda que necesitada de su esposa, de
quien se veía todavía enamorado.
Así que
cuando mi madre logró interpretar que Ramón no venía por Guillermina un día lo
invitó a almorzar, después de que todos ya lo habíamos hecho y mi padre había
regresado a su trabajo, se sentó con ambos a la mesa. Recuerdo bien aquel día
pues aunque ellos ni me miraban yo estaba atento a todo mientras acondicionaba
una batea como pecera improvisada para unos pececillos recién traídos del
mercado en una bolsita de plástico.
El se puso a
llorar ni bien mi madre le preguntó que era lo que quería, entre suspiros con
frases cortadas por el intento de llorar, respirar, hablar y hacerse entender a
la vez, le hizo saber que quería ser aceptado en la casa como el esposo de la
empleada, lo cual quizás le aseguraba un rinconcito en donde dormir. Ni hablar,
imposible, Guillermina no lo aceptó, no quería ni verlo, por lo menos por
ahora. Mi madre se encontraba en un apuro pues ante esta respuesta el llanto
del pobre hombre se desbordó y comenzó a inundar toda la casa con los sonidos
ásperos que hacia cuando desesperadamente tomaba aire a bocanadas mientras se
sonaba las narices en un pañuelo sucio y arrugado que guardaba y volvía a sacar
repetidamente del bolsillo trasero de sus pantalones; y, al ver que su llanto
no convencía a la empleada se arrodilló frente a ella a suplicarle su perdón.
Este acontecimiento me recordaba a una
grotesca puesta en escena del nombramiento de un caballero frente a la reina,
en este caso Guillermina, que podía decidir entre la vida y la muerte del
caballero.
Después de
una hora mi madre tomó la decisión, como jueza y patrona, que Ramón tendría una
oportunidad, resolvió que mi padre le conseguiría trabajo como albañil o
estibador, que era lo único para lo que calificaba y que podía entrar a la casa
para alimentarse a cualquier hora del día, pero no le estaba permitido quedarse
a dormir, Guillermina no lo quería.
Y así fue
como comenzó la vida con Ramón y Guillermina. Antes de las siete de la mañana
se aparecía el cholo a tomar su desayuno y cambiarse la ropa, dejaba la sucia y
se ponía pantalones y camisa correctamente almidonados y planchados, se iba a
trabajar, regresaba a almorzar a las doce y media como si tuviera un reloj
incorporado, entonces llevaba ropa de trabajo, sudada, sucia, empolvada con el
polvo de ladrillos de las construcciones, se lavaba en un lavatorio que
Guillermina acomodaba en el jardín, se sentaba solo en la mesa de la cocina y
almorzaba todo lo que su esposa le alcanzara. Terminaba y se fumaba un
cigarrillo “Inca” o “Nacional” dejando toda la casa perfumada como si recién
hubieran quemado estiércol, así de fuertes eran esos cigarrillos, se volvía a
lavar la cara y las manos y se marchaba a continuar con su jornada diaria.
Regresaba después de las seis de la tarde, con la ropa que se había puesto por
la mañana, peinado y perfumado con una loción “Crevani”, que juraría era de las
que mi padre odiaba y que mi madre recogía cuando el los desechaba después de
haberlas recibido como regalos de cumpleaños; se sentaba en el mismo rincón de
la casa todos los días y esperaba que Guillermina le “invitara” a cenar dentro
de la cocina, después ambos regresaban al rincón anterior y conversaban y
fumaban hasta las nueve o nueve y media en que se retiraba hasta el día
siguiente.
Los sábados
y domingos que no trabajaba sólo se le veía por la casa a la hora de la cena,
con frecuencia llegaba borracho, entonces comía en silencio y en silencio se
retiraba hasta el día siguiente.
Así
transcurrieron algunos años, no puedo calcular cuantos, con esta misma rutina,
lo que tengo presente en mis recuerdos es que, por cuestiones de trabajo de mi
padre, tuvimos que mudarnos a otra ciudad y ellos no pudieron venir con
nosotros. En realidad, la llegada de Ramón le agregó a la rutina de Guillermina
más ropa para planchar, era increíble verla dedicarse casi todas las tardes a
planchar ropa previamente almidonada que Ramón se encargaba de renovar todos
los días. Aunque el tenía su ropero conformado en su mayor parte por camisas y
pantalones que mi padre le había regalado porque no le gustaban o porque ya no
le quedaban, se cambiaba tan seguido que todos los días tenían que plancharle
una muda por lo menos, era interminable este círculo que se había construido y
que no debía dejar de funcionar para que Ramón pudiera lucir limpio.
Pese a mis
pocos años me di cuenta que quien llevó la peor parte en esta situación fue
Guillermina. Se notaba que el planchado comenzó a afectarla, a molestarla, su
esfuerzo era ahora doble, sudaba, se cambiaba la ropa sudada por ropa seca,
nunca más la volví a ver chacchar apaciblemente después del almuerzo, siempre
estaba ocupada recogiendo ropa recién lavada, pasándola por almidón,
planchándola con mucho esfuerzo, luego la doblaba y le volvía a pasar la plancha
a la vez que la seleccionaba en grupos de acuerdo a su propietario; lo curioso
es que los grupos de ropa variaban cada día pero nunca faltaba la ropa de
Ramón, podía faltar de cualquiera de nosotros menos la de el.
Creo que la
pobre mujer envejeció más de la cuenta durante estos años, siempre tuve la
impresión que la ropa planchada con almidón pesaba el doble, las sábanas
almidonadas que nunca más volví a usar en mi vida parecían más agradables,
cuando hacía frío se calentaban rápido y cuando hacía calor siempre estaban
frías, entonces, el esfuerzo de Guillermina era enorme para tener la casa como
ella la tenía, pues el planchado era una de sus tantas tareas. Ahora me imagino
el tremendo esfuerzo diario de la pobre mujer por tenernos a todos contentos,
por llevar una vida casi forzada al lado de su esposo y porque siendo tan
pequeña, tan menuda, tan frágil se ponía en los hombros la administración de la
casa, que sin ella seguro que no funcionaría.
Muchos años
después, tuve la oportunidad de regresar a la casa donde crecí y mi madre me
encargó visitar a Guillermina. Me costó trabajo pero la encontré. En un pequeño
cuarto de un callejón de un solo caño, dependiendo de los ingresos de su yerno
y su hija, con quien gracias a Dios se había reconciliado.
Era una
anciana que a primera impresión me pareció mucho más pequeña de como la
recordaba, mucho más menuda, casi escuálida. Pude ver una lágrima soltarse
sobre su cara cuando le dije quién era y le entregué una gran bolsa con ropa y
víveres de parte de mi madre. Conversamos un rato y me invitó un poco de
mazamorra de tocosh cuyo sabor y olor me trajo de inmediato miles de recuerdos
de mi niñez, matizados todos por esta mazamorra de extraño olor pero de un gran
paladar que hace mucho no probaba, cada cucharada era un brote de emociones
como si se tratara de una bebida efervescente que hacía explotar en mi mente
burbujas coloridas de recuerdos. Al rato de disfrutar este plato bajo la
callada mirada de Guillermina le pregunté por Ramón, entonces, me hizo pasar al
otro ambiente que tenía el cuarto y tirado en una cama estaba Ramón, más viejo
aún, casi inmóvil, con la piel seca como cuero, el cabello completamente
desordenado y la barba rala y crecida, podría decir que apestaba pero el olor
del tocosh lo disimulaba. Me sorprendí cuando me enteré que había tenido un
accidente cerebral y había quedado hemipléjico. Guillermina le gritó “¿No sabes
saludar?” mientras le daba una cachetada en la cabeza inusualmente fuerte para
un enfermo. Intentó hablarme después que se enterara de quien era pero su
enfermedad no le permitía hablar claro, por cada palabra mal dicha recibía una
nueva cachetada, en la cabeza, en la cara, en el estómago, decidí volver al
ambiente anterior para evitar que el pobre hombre siguiera recibiendo cachetadas,
entonces no le encontré explicación al comportamiento de Guillermina, me
pareció un trato muy agresivo y demasiado violento que preferí no contárselo a
mi madre.
Hoy recuerdo
la mirada anciana y cansada de Guillermina hacia su esposo, en ella no había
cariño, no había amor, escaseaba la compasión mas bien podía interpretarse que
el brillo de esos ojos eran de cansancio, de desprecio pero no de odio, no
podía interpretar que era lo que exactamente reflejaba esa mirada. Para mi la
visita se convirtió en un hecho desagradable que no esperaba.
Ahora,
frente a estas dos camisas que acabo de almidonar y planchar, con la sensación
de cansancio y de esfuerzo innecesario, malgastado en un intento por mantener
una apariencia al vestir, recuerdo esa mirada de Guillermina y aún me pregunto
qué misterio encerraba, que sentimiento mantenía ese brillo fugaz pero intenso
en ella.
Fuerzo a mi
memoria y también recuerdo la mirada triste, atemorizada, sin esperanzas, como
quien sabe que lo inevitable está cerca de Ramón, enrojecida por el llanto
derramado y también por el llanto contenido, a punto de soltar lágrimas otra
vez, por enésima vez; en mi mente la cruzo con la mirada de Guillermina y
entonces me doy cuenta que el brillo en sus ojos, ese brillo casi insolente,
ese que apenas verlo uno se da cuenta que es lo que te mantiene con vida solo
podía ser una cosa, venganza.
Este
descubrimiento me pone la piel de gallina y me produce un extraño vértigo, se
me cae una de las camisas recién planchadas justo sobre un pequeño charco.
- Puta
madre, tendré que lavarla y plancharla de nuevo.
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