LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

sábado, 22 de febrero de 2020

23 DE ENERO, MUY TEMPRANO


El Ministerio de Salud (Minsa) informó que se elevó a 29 la cifra de muertos por la deflagración en Villa El Salvador (VES), tras el fallecimiento en las últimas horas de tres de los heridos. El pasado jueves 23 de enero, un camión cisterna sufrió la rotura de una de sus tuberías, lo que produjo una fuga de gas, que generó una deflagración en la avenida Pastor Sevilla, en Villa El Salvador. Al menos 50 personas, entre heridos y fallecidos, fueron víctimas de la tragedia que afectó a varias viviendas.
El Comercio – 20 de febrero de 2020.

Era una mañana fría y un tanto húmeda como los últimos días, pese al verano caluroso que había anunciado el SENAMHI, para Jaime era el inicio de un día más en Lima, impredecible, quizás con lluvia, aunque probablemente cálido, el verano en cualquier desierto tiene que ser cálido, así funcionan las cosas. Era un hombre de lógica práctica, no necesitaba muchas explicaciones para encontrarle respuestas a las cosas, estamos en Lima, verano sin lluvias, sin huaycos, sin inundaciones, friajes o desgracias similares no es verano, su estado de ánimo estaba ya preparado para sufrir aniegos, cortes de agua, tráfico endemoniado por las emergencias y también días de playa, fines de semana con los amigos que terminaban con bastante cerveza después del obligado ceviche; en fin, en Lima siempre tenemos que vivir preparados, si no es la naturaleza son los choros, los estafadores, los fumones o por último los políticos. En Lima todo el mundo jode, hasta los propios limeños.
Terminó de alistar a su hijo Jhonatan, el niño de diez años estaba matriculado en un programa de vacaciones útiles de la municipalidad de Villa El Salvador donde recibía clases de computación y matemáticas y también practicaba natación y fútbol, cursos elegidos por el mismo Jaime, por su lógica práctica, un profesional actual debe dominar la computación, las matemáticas; y, saber nadar y jugar fútbol debe complementarse con bailar salsa para ser una persona exitosa, era lo que le señalaba su lógica práctica.
Esta mañana su hijo tendría que ir a las siete de la mañana a su curso porque tenía su primera clase de natación en la piscina municipal y se debía empezar muy temprano.
Mientras Jaime preparaba la mesa y se servía un café negro imprescindible para comenzar el día preparaba la lonchera que el niño llevaría.
-       Mira Jhonatan, aquí te pongo chicha y dos panes con tortilla en tu lonchera y en esta bolsita junto a la ventana estoy poniendo dos panes más, si ves que Andrés no lleva buena lonchera regresas a casa y abres por fuera la ventana y sacas los panes.
-       No te preocupes pa, Cynthia ya sabe todo lo que tiene que llevar él, me ha hecho jurarle que no me voy a descuidar de Andrés.
Cynthia, la pobre mujer la está pasando feo, ojalá que las cosas mejoren pronto. Se acordó de ella una sonrisa, casi una mueca, se dibujó en su boca al recordarla.
Se habían conocido cinco años antes, en el colegio donde ambos trabajaban, el era profesor de matemáticas y ella era administrativa, era la mujer más atractiva que había pasado por ese colegio en muchos años, se convirtió también en la más asediada apenas se separó de su pareja, pues era conviviente de un tipo que no le daba buena vida y la maltrataba, una historia muy común en Villa El Salvador.
Jaime también vivía enamorado de ella, todos los días buscaba cualquier motivo para visitarla en su oficina, a la entrada y salida buscaba coincidir con ella y siempre sostenían una conversación larga y tendida, a ambos les gustaba conversar y congeniaban pues poco a poco descubrieron que tenían mucho en común. Como ella lo decía, lo más común que tenían ambos eran sus hijos. Cynthia tenía un hijo, ahora de siete años, Andrés, mientras que Jhonatan, de diez, era hijo de Jaime.
Se casaron pronto, casi al año de relación, cuando Andrés tenía tres y Jhonatan seis años, pero ahora, llevaban seis meses de separados, en realidad no hubo infidelidad ni maltratos ni violencia, fue una decisión de ambos, ella comenzaba a dudar del amor de él y Jaime comenzó a sentir que no le estaba dando a ella lo que merecía, que la estaba haciendo vivir un calvario innecesario que parecía haberse iniciado el día en que se casaron.
A partir de entonces muchas puertas se les habían cerrado, las necesidades aumentaron, ambos hijos sufrieron enfermedades seguidas que terminaron con los ahorros que habían  recolectado, el ambiente en el colegio se hizo insoportable, sobre todo para Cynthia. Un día ella le dijo que se sentía acosada por hombres y mujeres pues mientras percibía que los hombres la miraban como una mujer fácil por haberse casado tan pronto con el y las mujeres la miraban como una oportunista que había embaucado al profesor con el futuro más brillante del colegio. Cuando él la escuchó le dio la razón pero además concluyó que quien tenía el futuro mas brillante era ella y que el era un lastre, un sobrepeso en la vida de ella, quizás era el ancla que no le permitía avanzar. Su lógica práctica le hizo decidir pronto por la separación temporal por lo menos, y también le ayudó a conseguir trabajo en otro colegio, donde ingresó ganando menos, así era de práctica la vida. El le dejó la casa donde vivían y se hizo cargo del alquiler porque la seguía queriendo pero no podía atarla a su lado, lo que se quiere no se ofende ni se hiere, no se le perjudica de ninguna manera. Pese a quererla tenía que hacerse a un lado, lógica práctica como siempre.
Durante el tiempo que vivieron juntos Jhonatan y Andrés se hicieron muy amigos, se querían como verdaderos hermanos, la relación entre los niños se fortaleció; como iban al mismo colegio, Jhonatan se encargaba de llevar y recoger a Andrés y verlos caminar juntos era ver la expresión máxima del amor filial, del amor de hermanos. Todo lo compartían, antes de gastar su propina se aseguraban de que el otro también tuviera, sino, la que tenían la compartían en partes iguales, intentaban estar juntos todo el día y seguro que separarse los afectaría enormemente, para evitarlo, con el consentimiento de Cynthia, Jaime alquiló un departamentito cerca, a una cuadra de donde vivía ella, en la Avenida Mariano Pastor, a unos metros de la Avenida Villa del Mar, para que sus hijos se siguieran viendo, el inmueble era pequeño pero cómodo, se encontraba en el segundo piso de un edificio de tres.
El amor y la preocupación de Jaime por su todavía esposa los asumía de la mejor manera, la apoyaba en todo lo que podía, los fines de semana la invitaba a salir a pasear con los niños, como generalmente ella no aceptaba él se hacía cargo de ellos. Ahora que los dos pequeños se encontraban en las vacaciones útiles se afanaba de que no les faltara nada y al salir de clases se quedaban en su casa hasta que Cynthia recogía a Andrés después del trabajo.
La sonrisa que había delineado antes desapareció de golpe cuando vio que eran las seis y media, apagó la tv, se aseguró que la ventana de la cocina que daba a la escalera del edificio en donde vivía podía abrirse por fuera pero que no permitía entrar o salir  nadie.
-       Vamos hijo, ya es hora, Andrés ya debe estar listo.
Salieron a la calle y sintieron el viento que parecía tener vida, que venía de la Avenida Villa del mar y subía ordenadamente, como un río que sigue su cauce, refrescando cada una de las viviendas de la Avenida Mariano Pastor. Caminaron los pocos metros que los separaban de la casa de Cynthia en donde se despidieron, Jaime se inclinó para recibir el beso en la mejilla de su hijo mientras le hacía la señal de la cruz a manera de bendición, ritual que se repetía siempre que se despedían.
-       Chau pa, no te preocupes, yo espero a Andrés.
El padre continuó su camino para cruzar la Avenida Villa del Mar rumbo a su colegio. Vaya, hoy llegaré temprano. Aprovechó la caminata de cinco cuadras para pensar en Cynthia. Era definitivo, la quería mucho y la extrañaba como no había extrañado a nadie. Es una mujer magnífica, su belleza solo es la parte que se ve de ella, el tiempo que vivieron juntos sirvió para confirmar que tenía muchas cualidades, aguerrida, irreverente, lúcida, atrevida, de risa fácil y llanto difícil, de nunca estar quieta si había algo por hacer, romántica, enamorada de la vida, inteligente y de fácil conversación, con una claridad de ideas que a veces era fácil convencerla cuando aceptaba estar errada, era una compañera de esas que todos los hombres queremos para toda la vida. Ella necesita ser feliz, debe ser feliz, es joven, un hijo para una mujer como ella es una oportunidad, el tiempo se separación le va a aclarar las ideas, si decide no seguir conmigo lo aceptaré y siempre la apoyaré. Suspiró profundamente.
-       Buenos días cholito – saludó cariñosamente al sexagenario encargado de la portería del colegio e ingresó dispuesto a hacer de este día otro gran día, así de práctico.
Jhonatan esperó pocos minutos, Cynthia salió llevando de la mano a Andrés.
-       Hola Cynthia – la saludó, sintiendo otra vez esas ganas que siempre se quedaban muy dentro de él, de llamarla mamá.
-       Hola amor – le dijo Cynthia – cuídalo por favor, confío en ti – mientras se doblaba para darles un beso en la frente y despedirse de ambos.
Jhonatan puso su mano sobre el hombro de Andrés y se echaron a andar bajo la mirada de Cynthia, unos instantes después ella volvió a ingresar a la casa para terminar de alistarse para asistir a su trabajo.
Caminaron casi hasta el final de la cuadra sintiendo el viento inusual chocar en sus caras, Jhonatan detuvo a Andrés y le pidió su lonchera para revisarla, tenía un toma todo con agua hervida, tibia, y un paquete de galletas.
-       Vamos a mi casa, tengo un par de sánguches para ti – le dijo y volvieron sobre sus pasos en dirección hacia el departamento, sigilosos, asegurándose que Cynthia no los viera pues podría molestarse.
Pasaron por el frente de la casa de ella y cuando entraban al edificio en búsqueda de los sánguches les llamó la atención los gritos de una persona allá en el cruce con la Avenida Villa del Mar, era el chofer de un camión que estaba detenido en medio de la pista, el vehículo comenzaba a botar un humo blanco, espeso pero que se expandía fácilmente llevado por el viento, como uno de esos dragones que se ven en las fiestas de los chinos, que amenazantes avanzan onduleando su cuerpo de serpiente.
No llegaron a entender lo que decía el hombre gritando y moviendo los brazos como aspas de molino ni a comprender de qué se trataba, subieron al segundo piso y Jhonatan extrajo la bolsita que antes había preparado su papá, cerró la ventana cuidadosamente y metió los panes con tortilla de huevo en la lonchera de Andrés, bajaron y cuando pretendieron salir a la calle, a través de la puerta de vidrio del edificio vieron que el humo blanco cubría la entrada, oscureciéndola, como una fría neblina de aquellas que anuncian un mal clima, como la bruma cotidiana que cubre el amanecer de Villa El Salvador, impredecible que hacía imposible predecir si vendría un día caluroso o uno frío. Ambos niños se tomaron de la mano instintivamente cuando sintieron que una luz venía subiendo por la calle trayendo tras de si un extraño sonido, uno que nunca habían escuchado, como si el dragón arrastrara grandes cadenas, de esas cadenas que en los cuentos de terror se construyen con los pecados de las personas.
Jaime se encontraba en la cafetería del colegio viendo la televisión y tomando otro café pues la mañana estaba extrañamente fría, el alumnado estaba de vacaciones pero a el se le habían asignado las clases de matemáticas para los desaprobados, no le caían mal los ingresos extras. Esperaba que dieran las ocho de la mañana. Miró su taza y le quedaba un último sorbo de café.
El noticiero de la tv comenzó a transmitir en vivo, las primeras imágenes le llamaron la atención, le parecían conocidos los lugares que se enfocaban, el reportero decía, con palabras apresuradas por la emoción – Se ha producido una deflagración aquí en el distrito de Villa el Salvador….
La vida le había hecho un hombre práctico, Jaime era de las personas que nunca se preocupaban innecesariamente por suposiciones sino por hechos concretos, probablemente el “hasta no ver no creer” Santo Tomás lo había pensado para gente como él; sin embargo, un hilo de viento helado que apareció de la nada le enfrió el cuerpo, primero, luego el alma, sintió miedo, miedo, más miedo, pánico, sus signos vitales se aceleraron descontrolados, quería salir corriendo hacia su casa, gritar, maldecir, llorar. Todo su cuerpo se humedeció con el sudor frío que no nacía en sus poros sino en lo más profundo de su ser y que atravesando sus huesos y músculos salían hacia su piel enfriándolo por completo.
Intentó recuperar la calma. Inspiró, expiró lentamente, inspiró, expiró varias veces, las suficientes hasta sentirse tranquilo. Comenzó a aclarar sus ideas mientras sus ojos se fijaban en aquellas imágenes que la televisión mostraba. Era en la esquina de su casa, no pudo pensar más. Le pareció que el piso se abría, que caía en un pozo profundo, como una garganta gigante, oscura, húmeda y cálida que se lo tragaba, mientras una tristeza indescriptible, eterna, se apoderaba de él, lenta e inexorablemente, centímetro a centímetro, su cuerpo ya no era materia, era emoción, sentimiento, desolación, congoja desamparo eterno, presentimiento, presentimiento sobre todo. Su vida se terminaba, o por lo menos la parte más importante de ella.

miércoles, 12 de febrero de 2020

HILANDO FINITO


Cuando Toribio le reconoció se llevó una gran impresión, jamás se hubiera imaginado que volvería a verlo, había pasado a su lado mientras se dirigía a sacar su automóvil del estacionamiento, siguió de largo y cruzó la calzada, pero luego, al voltear a verlo pudo percibir algunos movimientos que le permitieron asegurarse que era el. “Efraín, es el…” pensó, como si gritara el nombre, dio media vuelta y regresó para conversar con el, para abrazarlo después de tiempo; sin salir del estado en el que la sorpresa lo había dejado, en esos pocos metros que le faltaban caminar recordó cosas que, pese a los años transcurridos, parecían haber sucedido recientemente.
Toribio era de aquellas personas que siempre están dando consejos, apoyando al compañero, metiéndose en cosas que no le interesan, pero con la sana intención de ayudar. Era médico, uno de los médicos más jóvenes en recibirse en la Universidad de San Marcos. Con tan solo veintiséis años ya era un especialista en pediatría y a los treinta fundó una de las mejores academias de preparación pre universitaria para postulantes a medicina. Los que lo conocían quedaban encantados con su personalidad, era optimista, alegre, con una sonrisa permanente en los labios y las palabras exactas para tratar a las personas, sumamente práctico, daba la impresión que su vida se regía por refranes y sentencias que durante el día repetía y se le había pegado la expresión “hilando finito”. La usaba para generar interés en alguna cosa que quería que se hiciera, para expresar que el trabajo que se venía requería mucho esfuerzo o para motivar a sus estudiantes a que desarrollaran todas sus capacidades para conseguir su ingreso a medicina.
Recordó que fue en la academia que conoció a Efraín, un muchacho provinciano de escasos recursos que vino a Lima con la intención de estudiar medicina; era habitual en Toribio, que además de director era docente, identificarse con aquellos alumnos de pocos recursos, pero en quienes reconocía cierto potencial, a los que les brindaba muchas facilidades para estudiar, no solo exonerándolos de algunos pagos sino con una orientación personalizada que el se encargaba de dirigir.
La primera vez que conversaron Toribio se dio cuenta que Efraín no tenía la preparación suficiente para postular a la universidad, había estudiado primaria y secundaria en su tierra en un ambiente educativo muy precario.
-       Doctorcito, yo también quiero estudiar medicina, quiero ser médico, pero soy pobre – le había dicho.
-       No te preocupes Efraín, todo se puede, pero desde ahora tienes que hilar finito, tienes que esforzarte bastante, tener mucha fe y vas a ver que con voluntad todo se puede.
La experiencia le había enseñado a advertir cuando un joven no tenía la base escolar adecuada como soporte para la preparación pre universitaria, definitivamente, Efraín se encontraba en este grupo desfavorecido, sin embargo, decidido a ayudarle, le recomendó una estrategia. Le ofreció prepararlo intensivamente para postular a la facultad de Enfermería, luego, continuar con la preparación, en este caso especial, para trasladarse a la facultad de medicina, esto le ocasionaría hasta dos años más de estudios pero le garantizaba conseguir recibirse de médico. Cuando Efraín recibió la oferta de que sus estudios en la academia serían gratis no pudo negarse a seguir este plan trazado por Toribio.
El periodo de preparación para la escuela de enfermería no resultó nada fácil pero ambos nunca dejaron de esforzarse, siempre hilando finito, fueron seis meses de trabajo diario con evaluaciones permanentes que le permitirían a Efraín ingresar a la escuela de enfermería en el primer intento; para Toribio, fue la puesta en práctica de una serie de simuladores como parte del proyecto de preparación en su academia.
Se hicieron muy amigos, ambos parecían haber convertido el ingreso a medicina de Efraín el objetivo más importante por conseguir, se notaba que desarrollaban una estrategia planificada, los fines de semana Toribio evaluaba los avances de Efraín y le recomendaba las materias que debía revisar durante la semana, sus días se iniciaban a las ocho de la mañana y siempre terminaban después de las diez de la noche.
Cuando llegó la fecha del examen de admisión a la escuela de enfermería el más emocionado era Toribio pues le había agarrado mucho afecto al muchacho provinciano y sabía que si fracasaba sería doloroso para ambos; muy temprano le había dicho, cuando partía hacia la evaluación.
-       Acuérdate que hoy comienza la verdadera prueba, pase lo que pase, a partir de ahora las cosas no serán las mismas, por eso, tienes que hilar finito, confío plenamente en ti por que he visto cómo te vienes esforzando. La vida no te va a regalar nada ni te va a hacer las cosas fáciles, todo lo tienes que conseguir con tu esfuerzo.
Le pareció ver que los ojos de Efraín se humedecieron y desvió su mirada para evitar que le brotaran las lágrimas, creía que llorar a poco tiempo del examen podría alterarlo y perjudicarlo; pero esa mirada se quedó con el para toda la vida, una mirada de esperanza, de valentía, como la de un soldado que va a la guerra sabiendo que va a ganar, de agradecimiento y de compromiso, como diciendo “este triunfo será de ambos” pero también de vacilación porque un fracaso sería malversar  el tiempo, el esfuerzo y todo el apoyo recibido, una mirada de responsabilidad por asumir.
Y esta fue la primera victoria para ambos. Efraín alcanzó una de las últimas vacantes pero teniendo en cuenta el estado inicial con que había emprendido esta tarea era un logro descomunal.
Se matriculó en los cursos recomendados por Toribio de tal manera que tuviera tiempo de seguir con su preparación para poder enfrentar los exámenes para su traslado a la facultad de medicina. Para conseguir un traslado era necesario estudiar cuatro ciclos de enfermería, no se especificaba cuántos cursos o créditos se necesitaban y se aprovecharon de esta situación legal.
Iniciaron un nuevo plan de estudios quizás más estricto que el anterior, Efraín ya  no sólo recibía información sino algunas técnicas que le permitían retener los nuevos conocimientos; ambos se mantenían optimistas y por todo lo que hacían el triunfo estaba descontado.
Al inicio del cuarto ciclo de estudios, cuando los esfuerzos por la preparación de Efraín se hicieron más severos llegó a la academia una muchacha, intentó recordar el apellido de ella, “Colón , Cano, Polo, Darwin…no se cual de ellos” sólo recordaba que era el apellido de un gran descubridor. Lo que si recordaba claramente es que era una muchacha bonita a la que todos decían “Barbie” por su figura delgada y casi perfecta, por la dulzura de su rostro y sobre todo porque siempre vestía como aquella muñeca que por entonces estuvo de moda.
Toribio la vio por primera vez una mañana cuando entró al aula donde Efraín estudiaba y donde le tocaba dar clases, la chica estaba parada sola al lado de la pizarra, como si estuviera analizando a todos los otros alumnos, estaba vestida para otra ocasión, quizás una fiesta o un evento social, llevaba un vestido de una pieza bastante corto, color concho de vino, ajustado especialmente para replicar cada una de sus curvas delicadamente formadas, los tacones altos le daban un aspecto de mujer fatal, la hacían mayor, cuando en realidad todavía no alcanzaba la mayoría de edad.
Durante toda la mañana, después de clases, buscó la forma de conversar con ella, la encontró en la cafetería, sentada en la mesa más alejada, sola, como si no necesitara de nadie para sentirse cómoda, o quizás, como suele suceder, la belleza de las mujeres también espanta a los hombres. Aunque nunca dejó de tratarle de Usted logró sacarle bastante información, se hizo una idea general, niña rica, procedente de un buen colegio, con un nivel intelectual deficiente porque consideraba que tenía su futuro asegurado.
Ese encuentro fue suficiente para sentirse enamorado, profundamente atraído por la bella muchacha, aunque no sabía qué hacer exactamente pues sus prejuicios morales y su sólida formación le imposibilitaban tener una relación con una de sus alumnas.
Después de unos días comprobó que la muchacha comenzaba a integrarse con sus compañeros de aula, le pareció perfecto pues la soledad de ella había sido una de sus preocupaciones los últimos días, entonces retomó los trabajos con la preparación de Efraín, ya solo faltaban poco más de dos meses para el examen de traslado.
Se le ocurrió que después de conseguir el ingreso podría dedicarse, con un poco más de tiempo libre, a conquistar a la Barbie, ¿por qué no? También tenía derecho a enamorarse, como cualquier hombre soltero. El conocerla y verla de cerca le habían convencido de dar un paso más, consideraba que la diferencia de casi doce años no era un impedimento, mas bien era una oportunidad de poder establecer una relación seria, por lo menos eso estaba comenzando a planear, lo soñaba algunas noches, pero también evitaba exteriorizar sus emociones a fin de que nadie se diera cuenta, se esforzaba por manejarse lo mas formal posible, como todas las cosas en su vida, todavía podía controlar sus emociones, sabía que cuando se enamorara de verdad ya no podría hacerlo.
Una noche, cuando buscó a Efraín para evaluar los avances de la semana, lo encontró en la cafetería junto a la Barbie, estaban tomados de la mano, lo vieron venir y no hicieron nada por separarse, por el contrario, parecían querer demostrar a todos que tenían una relación, que andaban juntos.
-       Puedo acompañarlos – lo dijo sin dirigirse a nadie y a ambos a la vez mientras retiraba una silla para poder sentarse, sintió un ruido extraño, no logró identificar si fue la silla o algo que se rompió dentro de el.
-       Por favor profe – dijo ella, hablando por los dos.
-       Toribio, disculpa si no te lo dije antes, aunque hoy es una buena ocasión para que sepas que somos enamorados – señaló Efraín mientras acariciaba la barbilla de la muchacha.
-       Bueno, permítanme felicitarles por esto, creo que hacen un a linda pareja y espero de corazón que les vaya bien – luego se sintió tan hipócritamente vació que su mente se nubló y no encontró palabras para seguir hablando.
-       También permíteme aprovechar este momento Toribio, para agradecerte por todo lo que me has brindado, sin tu apoyo no estaría donde estoy…y ahora esto – hizo una pausa para tomar aire y darse el valor para decir lo que seguía – Lo nuestro es serio, tan serio que hace un par de semanas que estamos viviendo juntos, su familia ya lo sabe, ahora mismo estamos poniéndonos de acuerdo para cambiarnos a otro sitio más cómodo y gentilmente cedido por su papá, mi futuro suegro – tomando las manos de la chica entre las suyas.
-       Me parece bien si ambos están de acuerdo, pero, ¿cómo harás con tu examen para el traslado a medicina? – preguntó Toribio verdaderamente intrigado.
-       A partir de ahora te libro de toda responsabilidad, no es justo que sigas sacándote la mierda por mi, además, estoy seguro de encontrarme ya en condiciones de poder aprobar cualquier examen – nuevamente la pausa para tomar aire – mi suegro también me va a apoyar y dice que mi ingreso está garantizado; él es médico también y tiene muchos contactos.
-       Si, es cierto – replicó Toribio mientras calculaba que decir.
Se produjo un silencio de algunos segundos eternos que parecía incomodar sólo a Toribio, calculaba qué decir para salir de esta situación que se estaba convirtiendo en incómoda.
-       Bueno, solo me queda desearles lo mejor de lo mejor, se que con el esfuerzo que haces el éxito está asegurado en todo lo que hagas – quiso pararse entonces pero se le ocurrió mirar a la Barbie por última vez, quizás.
Ella también lo miró y el pudo ver en esos ojos una mirada de felicidad que intentaba gritarle al mundo que había encontrado al hombre de su vida, el que la llenaría de orgullo siempre, el que podría acompañarla en cualquier ocasión, el que siempre estaría comiendo de su mano y que poco a poco sería grande, tan grande como ella quisiera; el brillo especial de esa mirada, aunque franca, no parecía completa.
-       Bueno chicos, hasta cualquier momento – recordó que fue lo último que dijo mientras se ponía de pie arrastrando la silla que nuevamente producía aquel sonido que parecía venir de su interior.

No volvió a saber más de el hasta hoy que de casualidad lo acababa de encontrar.
-       Efraín – gritó, mientras apresuraba su paso al encuentro del amigo.
La sorpresa inicial se iba convirtiendo en una gran emoción. Tenía tantas preguntas por hacerle. De sorpresa a emoción y ahora hasta un poco de desconcierto.
A medida que tenía más cerca a Efraín se iba dando cuenta de lo mal trajeado que estaba, el pelo descuidado, la barba de tres o cuatro días sin afeitarse ocultaban el rostro que no había recibido agua y jabón probablemente por algunos días, antes de abrazarlo sintió el olor fuerte a alcohol barato, al que huelen los alcohólicos por las mañanas. Al abrazarlo pudo sentir cada uno de sus huesos, descarnados, como veía a menudo en pacientes con enfermedades terminales. Sintió una pena profunda y lo apretó mas fuerte. Ahora sintió miedo de hacerle daño. Extendió sus brazos mientras tomaba sus hombros para poder observarlo mejor.
Toribio sintió ganas de llorar. Se acordó del día que conoció a Efraín, de las horas que pasaron juntos leyendo, de las noches que caminaban por las calles buscando donde comer, de todas las pollerías y chifas que visitaron, de los cines que visitaron y los parques en cuyas bancas rememoraban todo lo recientemente aprendido. También se acordó de la Barbie, y de aquella mirada de orgullo y llena de esperanza que fue lo último que guardó de ella en el momento mismo que renunció a enamorarse.
-       Toribio, que tonto fui – escucho decir a Efraín, o lo que quedaba de el.
Le miró a los ojos, comenzaron a humedecerse y esta vez le faltó valor para desviar la mirada, quiso verlos llorar, pero no vio llanto, vio una luz que se apagaba, un grito por perdón, una aceptación de culpa, dolor, profundo dolor por haber dejado lo que nunca debió, por haber cambiado el éxito por el fracaso, más culpa, error, caída, pecado, abandono. Detrás de todo esto una luz que ilumina la oscuridad de su mirada, una luz de odio, de rencor, de resentimiento, de aquellos que no matan, que te hacen sufrir eternamente, de aquellos que solo una bella mujer puede causar.

miércoles, 22 de enero de 2020

GUILLERMINA Y RAMÓN.


Es indudable que la vida familiar trae consigo la división de responsabilidades, al principio entre esposos, luego, entre cada uno de los integrantes, éstas se asignan en la mayoría de veces por acuerdos tácitos, no pactados, como por ejemplo en mi caso, sin habérnoslo propuesto, con todos mis hijos siempre he sido el encargado de prepararles el biberón de las madrugadas hasta que dejaron de usarlos. Nunca lo debatimos de quien sería ésta responsabilidad, la asumí y así quedó pactada desde la primera vez. Además, estas responsabilidades son cambiantes, tácita o explícitamente, debido a consecuencias fortuitas o solo al hecho de que alguien considera que ya es tiempo de asignársela a algún otro. Nuevamente, en mi caso, sacar la basura todas las noches era responsabilidad de mi hijo mayor, pero desde hace unos meses ha pasado a ser la responsabilidad del menor por que el hermano mayor, además de los estudios universitarios ahora se encuentra realizando prácticas profesionales.
No recuerdo tampoco desde cuándo me plancho mi propia ropa, creo que es una costumbre que la incorporé cuando trabajaba en el interior del país. Poco a poco fui aprendiendo las diferentes técnicas para cada tipo de prenda, las camisas de manga corta, las de manga larga, los pantalones y las camisetas y prendas menores. A pesar de que tengo gran experiencia por los años en que lo vengo haciendo, hasta hace poco tomé interés en planchar las camisas para terno con almidón. Al principio fue de gran ayuda el Youtube ® pero finalmente terminé consultando con mi madre, que pese a su edad me dio los principales tips para conseguir un acabado, diría yo, casi profesional.
Debo decir que es una tremenda tortura, un esfuerzo asimétrico, teniendo en cuenta que planchar una camisa correctamente, doblarla sobre la tabla de planchar de tal manera que se noten las marcas del tablero en la espalda de la camisa y que la manga no lleve una ralla ocasionada por la plancha me toma por lo menos unos treinta minutos de duro esfuerzo, de error y corrección, mientras que a veces uso la camisa solo por un par de horas.
Estaba atareado y concentrado planchando la segunda camisa cuando me vino a la mente Guillermina.
Con un tremendo sabor a nostalgia, quizás por aquello de que los años pasados siempre fueron los mejores o simplemente porque era evocar mi infancia y mi adolescencia transcurridos en el interior del país, llegaron a mi mente como una oleada de inexplicables emociones los recuerdos aquellos de Guillermina, la empleada del hogar que nos acompañó durante muchos años, la que se batía junto a mi madre en los quehaceres de la casa, que no eran pocos para una familia de cinco hijos, que además siempre contaba con visitantes casi permanentes que podía aumentar, no ocasionalmente, hasta en cuatro personas más.
Guillermina era la típica mujer serrana que siempre llevaba polleras pero que intentaba combinar con ropa más citadina casi siempre de segundo uso y regalada por mi madre, era fuerte, nunca supe que se enfermara de nada, hablaba con el dejo de los quechua hablantes, era dicharachera y siempre se ofrecía para cualquier tarea, la recuerdo como una mujer de unos cuarenta años. Sabía cocinar, coser, lavar y planchar, tareas principales e importantes para una buena empleada, además barría, mantenía la casa limpia y parecía odiar no encontrarse ocupada, pese a lo cual nunca la vi sudar o incomodarse por el clima, ni siquiera cuando cocinaba o planchaba. También parecía odiar la siesta, porque mientras otros dormían ella estaba hilando o cosiendo, a la vez que chacchaba unas hojas de coca que primero seleccionaba después de regarlas en la falda de sus polleras.
En aquella época mi padre era director de un colegio y su ropa de trabajo era siempre de terno y corbata, por lo que era menester tener siempre su ropero debidamente proveído con camisas correctamente dobladas. Sé de ocasiones en que usaba hasta tres camisas al día, entonces, el planchado de camisas con almidón eran tareas casi diarias para Guillermina y de largo aliento, porque además, también planchaba blusas, pantalones, ropa interior y hasta sábanas.
En realidad, pese a lo ajetreado de su quehacer cotidiano éste se hacía monótono. Hasta que apareció en nuestras vidas Ramón.
Llegó de un momento a otro a la casa reclamando por su esposa Guillermina, apenas se apareció mi madre hizo su mejor esfuerzo por espantarlo pues intuía que venía con la intención de llevársela, pero la historia era otra.
Ramón y Guillermina eran esposos oficialmente casados por religioso, en aquella época el matrimonio religioso tenía tanta validez como el civil, con acta, fotos y fiesta incluidos, vivieron felices por casi veinte años tiempo en el que tuvieron una sola hija, de la cual no recuerdo su nombre o nunca nos lo dijo. Esta muchacha se fugó de la casa de sus padres apenas cumplidos los dieciocho, se fue con un cholo transportista, y, ya hacía algunos años que los había hecho abuelos.
Las primeras semanas Ramón se aparecía en la casa a media mañana, sucio, con las huellas de la resaca de la noche anterior, maloliente y macilento, lograba que mi madre o mi padre le abrieran la puerta y luego se sentaba tras el zaguán, en una actitud casi suplicante con mirada perdida incluida, esperando que lo atendiera su esposa; sin embargo, cada día parecía que ella lo ignoraba más. Creo que mis padres tardaron en darse cuenta de la situación, lo que el quería era que lo apoyaran pues estaba atravesando una etapa desgraciada de su vida, sin trabajo, sin familia, sin futuro se estaba entregando a la bebida desenfrenada, no para acabar con su vida sino para intentar la ayuda que necesitada de su esposa, de quien se veía todavía enamorado.
Así que cuando mi madre logró interpretar que Ramón no venía por Guillermina un día lo invitó a almorzar, después de que todos ya lo habíamos hecho y mi padre había regresado a su trabajo, se sentó con ambos a la mesa. Recuerdo bien aquel día pues aunque ellos ni me miraban yo estaba atento a todo mientras acondicionaba una batea como pecera improvisada para unos pececillos recién traídos del mercado en una bolsita de plástico.
El se puso a llorar ni bien mi madre le preguntó que era lo que quería, entre suspiros con frases cortadas por el intento de llorar, respirar, hablar y hacerse entender a la vez, le hizo saber que quería ser aceptado en la casa como el esposo de la empleada, lo cual quizás le aseguraba un rinconcito en donde dormir. Ni hablar, imposible, Guillermina no lo aceptó, no quería ni verlo, por lo menos por ahora. Mi madre se encontraba en un apuro pues ante esta respuesta el llanto del pobre hombre se desbordó y comenzó a inundar toda la casa con los sonidos ásperos que hacia cuando desesperadamente tomaba aire a bocanadas mientras se sonaba las narices en un pañuelo sucio y arrugado que guardaba y volvía a sacar repetidamente del bolsillo trasero de sus pantalones; y, al ver que su llanto no convencía a la empleada se arrodilló frente a ella a suplicarle su perdón. Este  acontecimiento me recordaba a una grotesca puesta en escena del nombramiento de un caballero frente a la reina, en este caso Guillermina, que podía decidir entre la vida y la muerte del caballero.
Después de una hora mi madre tomó la decisión, como jueza y patrona, que Ramón tendría una oportunidad, resolvió que mi padre le conseguiría trabajo como albañil o estibador, que era lo único para lo que calificaba y que podía entrar a la casa para alimentarse a cualquier hora del día, pero no le estaba permitido quedarse a dormir, Guillermina no lo quería.
Y así fue como comenzó la vida con Ramón y Guillermina. Antes de las siete de la mañana se aparecía el cholo a tomar su desayuno y cambiarse la ropa, dejaba la sucia y se ponía pantalones y camisa correctamente almidonados y planchados, se iba a trabajar, regresaba a almorzar a las doce y media como si tuviera un reloj incorporado, entonces llevaba ropa de trabajo, sudada, sucia, empolvada con el polvo de ladrillos de las construcciones, se lavaba en un lavatorio que Guillermina acomodaba en el jardín, se sentaba solo en la mesa de la cocina y almorzaba todo lo que su esposa le alcanzara. Terminaba y se fumaba un cigarrillo “Inca” o “Nacional” dejando toda la casa perfumada como si recién hubieran quemado estiércol, así de fuertes eran esos cigarrillos, se volvía a lavar la cara y las manos y se marchaba a continuar con su jornada diaria. Regresaba después de las seis de la tarde, con la ropa que se había puesto por la mañana, peinado y perfumado con una loción “Crevani”, que juraría era de las que mi padre odiaba y que mi madre recogía cuando el los desechaba después de haberlas recibido como regalos de cumpleaños; se sentaba en el mismo rincón de la casa todos los días y esperaba que Guillermina le “invitara” a cenar dentro de la cocina, después ambos regresaban al rincón anterior y conversaban y fumaban hasta las nueve o nueve y media en que se retiraba hasta el día siguiente.
Los sábados y domingos que no trabajaba sólo se le veía por la casa a la hora de la cena, con frecuencia llegaba borracho, entonces comía en silencio y en silencio se retiraba hasta el día siguiente.
Así transcurrieron algunos años, no puedo calcular cuantos, con esta misma rutina, lo que tengo presente en mis recuerdos es que, por cuestiones de trabajo de mi padre, tuvimos que mudarnos a otra ciudad y ellos no pudieron venir con nosotros. En realidad, la llegada de Ramón le agregó a la rutina de Guillermina más ropa para planchar, era increíble verla dedicarse casi todas las tardes a planchar ropa previamente almidonada que Ramón se encargaba de renovar todos los días. Aunque el tenía su ropero conformado en su mayor parte por camisas y pantalones que mi padre le había regalado porque no le gustaban o porque ya no le quedaban, se cambiaba tan seguido que todos los días tenían que plancharle una muda por lo menos, era interminable este círculo que se había construido y que no debía dejar de funcionar para que Ramón pudiera lucir limpio.
Pese a mis pocos años me di cuenta que quien llevó la peor parte en esta situación fue Guillermina. Se notaba que el planchado comenzó a afectarla, a molestarla, su esfuerzo era ahora doble, sudaba, se cambiaba la ropa sudada por ropa seca, nunca más la volví a ver chacchar apaciblemente después del almuerzo, siempre estaba ocupada recogiendo ropa recién lavada, pasándola por almidón, planchándola con mucho esfuerzo, luego la doblaba y le volvía a pasar la plancha a la vez que la seleccionaba en grupos de acuerdo a su propietario; lo curioso es que los grupos de ropa variaban cada día pero nunca faltaba la ropa de Ramón, podía faltar de cualquiera de nosotros menos la de el.
Creo que la pobre mujer envejeció más de la cuenta durante estos años, siempre tuve la impresión que la ropa planchada con almidón pesaba el doble, las sábanas almidonadas que nunca más volví a usar en mi vida parecían más agradables, cuando hacía frío se calentaban rápido y cuando hacía calor siempre estaban frías, entonces, el esfuerzo de Guillermina era enorme para tener la casa como ella la tenía, pues el planchado era una de sus tantas tareas. Ahora me imagino el tremendo esfuerzo diario de la pobre mujer por tenernos a todos contentos, por llevar una vida casi forzada al lado de su esposo y porque siendo tan pequeña, tan menuda, tan frágil se ponía en los hombros la administración de la casa, que sin ella seguro que no funcionaría.
Muchos años después, tuve la oportunidad de regresar a la casa donde crecí y mi madre me encargó visitar a Guillermina. Me costó trabajo pero la encontré. En un pequeño cuarto de un callejón de un solo caño, dependiendo de los ingresos de su yerno y su hija, con quien gracias a Dios se había reconciliado.
Era una anciana que a primera impresión me pareció mucho más pequeña de como la recordaba, mucho más menuda, casi escuálida. Pude ver una lágrima soltarse sobre su cara cuando le dije quién era y le entregué una gran bolsa con ropa y víveres de parte de mi madre. Conversamos un rato y me invitó un poco de mazamorra de tocosh cuyo sabor y olor me trajo de inmediato miles de recuerdos de mi niñez, matizados todos por esta mazamorra de extraño olor pero de un gran paladar que hace mucho no probaba, cada cucharada era un brote de emociones como si se tratara de una bebida efervescente que hacía explotar en mi mente burbujas coloridas de recuerdos. Al rato de disfrutar este plato bajo la callada mirada de Guillermina le pregunté por Ramón, entonces, me hizo pasar al otro ambiente que tenía el cuarto y tirado en una cama estaba Ramón, más viejo aún, casi inmóvil, con la piel seca como cuero, el cabello completamente desordenado y la barba rala y crecida, podría decir que apestaba pero el olor del tocosh lo disimulaba. Me sorprendí cuando me enteré que había tenido un accidente cerebral y había quedado hemipléjico. Guillermina le gritó “¿No sabes saludar?” mientras le daba una cachetada en la cabeza inusualmente fuerte para un enfermo. Intentó hablarme después que se enterara de quien era pero su enfermedad no le permitía hablar claro, por cada palabra mal dicha recibía una nueva cachetada, en la cabeza, en la cara, en el estómago, decidí volver al ambiente anterior para evitar que el pobre hombre siguiera recibiendo cachetadas, entonces no le encontré explicación al comportamiento de Guillermina, me pareció un trato muy agresivo y demasiado violento que preferí no contárselo a mi madre.
Hoy recuerdo la mirada anciana y cansada de Guillermina hacia su esposo, en ella no había cariño, no había amor, escaseaba la compasión mas bien podía interpretarse que el brillo de esos ojos eran de cansancio, de desprecio pero no de odio, no podía interpretar que era lo que exactamente reflejaba esa mirada. Para mi la visita se convirtió en un hecho desagradable que no esperaba.
Ahora, frente a estas dos camisas que acabo de almidonar y planchar, con la sensación de cansancio y de esfuerzo innecesario, malgastado en un intento por mantener una apariencia al vestir, recuerdo esa mirada de Guillermina y aún me pregunto qué misterio encerraba, que sentimiento mantenía ese brillo fugaz pero intenso en ella.
Fuerzo a mi memoria y también recuerdo la mirada triste, atemorizada, sin esperanzas, como quien sabe que lo inevitable está cerca de Ramón, enrojecida por el llanto derramado y también por el llanto contenido, a punto de soltar lágrimas otra vez, por enésima vez; en mi mente la cruzo con la mirada de Guillermina y entonces me doy cuenta que el brillo en sus ojos, ese brillo casi insolente, ese que apenas verlo uno se da cuenta que es lo que te mantiene con vida solo podía ser una cosa, venganza.
Este descubrimiento me pone la piel de gallina y me produce un extraño vértigo, se me cae una de las camisas recién planchadas justo sobre un pequeño charco.
-       Puta madre, tendré que lavarla y plancharla de nuevo.


jueves, 5 de diciembre de 2019

MAS MICRO CUENTOS TOO


Ya les había comentado que los Micro cuentos son un reto que se da en el tweeter. Te exigen que estén presentes cinco o seis palabras con las cuales tienes que construir una historia con menos de 280 caracteres, incluidos los espacios. Aquí les muestro algunas de las historias publicadas recientemente.

  • Tengo que volver a beber. Había dejado el licor por ti. Bebía para matar tus recuerdos pero solo conseguía avivarlos. Me mataba yo. Ahora voy a volver a beber, por ti.

  • Cuando la maestra nos mostró el cuerpo del hombre desnudo nos pareció uno más, luego nos dimos cuenta. ¡Era el sexto!...¡Sesto...! Sin vida. Pensar que el quinto sigue vivo. La maestra lo resumió así. Con razón o sin razón....triste final.
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  • Volvió a pasar la semana pasada, la vi y me pareció más linda, pero su andar ya no es gracioso, aunque ella dice que es muy feliz. Su sonrisa ya no es como la Luna llena. Me miró, gris y fría, me sentí como en la noche de un Viernes 13, funesto y callado.
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  • Los hombres aprendimos a odiarlo cuando conversaba con ellas. Superbobi, tenía el poder de motivar a las mujeres, de aumentarles la autoestima, las ganas de superación, de hacerlas crecer, por eso, cuando lo vi con mi novia supe que el fin estaba cerca.
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  • De tanto escribir versos que nunca firma, de llenar papeles con letras en negro, que pretenden expresar lo que sufre por su partida, de exigir a su corazón un olvido que nunca llega, éste se quedó sin sangre. Él mismo sólo es un saco de piel humana.


miércoles, 8 de mayo de 2019

NO TE CONOZCO MAMÁ.

 Salió de su casa más emocionado que de costumbre, más apresurado, tenía las horas del día contadas para terminar de hacer lo que se habían propuesto. Antes de salir de casa debía realizar una pequeña rutina que estaba obligado a revisar, pequeñas cosas que le servían para recordar algunos rostros importantes en su vida y apretó la agenda que llevaba en la mano. Pero hoy, era el último día en este lugar, en unas horas iniciaría la partida hacia un nuevo destino, una nueva vida, se había tomado tiempo planificarlo pero valía la pena. Hoy tenía que hacer esta gestión importante para ambos, se encontrarían en las oficinas del registro civil de la municipalidad para firmar junto a los testigos, el acta de matrimonio que los uniría para siempre. Tenía que tomar el primer taxi que encontrara. Vio pasar uno por la calzada contraria y le levantó el brazo, el auto se detuvo unos diez metros más adelante y se apresuró a llegar a el. Se cruzó con una señora que parecía conocerle, el le dibujó una sonrisa seca, como restándole importancia pero alcanzó a mirar que llevaba una flor anaranjada adornándole la cabellera, desviándole la mirada se apresuró en subir al taxi que había detenido.
No había podido dormir solo, Ana Claudia, había tenido su último turno de noche en el hospital y habían quedado que temprano pasaría ella por los dos testigos, los llevaría a la municipalidad y allí se encontrarían para realizar el matrimonio civil programado para las nueve de la mañana.
Marco Aurelio había conocido a Ana Claudia dos años atrás en el hospital donde trabajaban, el acababa de llegar del interior del país donde vivía, donde logró conseguir un puesto en el sector salud, de donde fue trasladado a Lima por exceso de personal, era el más joven de todos y le tocó en suerte. Apenas verla se enamoró de ella, quedó prendado, nunca había tenido un amor en serio, por lo menos no con una mujer como Ana Claudia, una belleza exquisita, una mujer que con solo quedarse quieta resaltaba en un grupo de ellas. Le llamaron la atención su carácter, siempre estaba haciendo algo y nunca se quedaba callada cuando se tenía que decir algo, llamaba a las cosas por su nombre y, aunque parecía una mujer dominante, con el era bastante dócil, si cabe el término. Antes de seis meses ya vivían juntos en un cuarto alquilado por el. Al principio no hacían planes pero luego de casi un año de convivir se les metió en la cabeza la idea de casarse y más adelante, especializarse con la idea de viajar al extranjero, a Estados Unidos, así no le gustara a Trump.
Hace unas semanas se les presentó una oportunidad, leyeron un comunicado en internet de una empresa que estaba buscando personal de tripulantes para trabajar en un crucero que recorría el Caribe, entre las especialidades que pedían se encontraban la de ellos, no lo pensaron, se inscribieron por internet y casi de inmediato les comunicaron que habían sido aceptados y recibieron un plazo para presentar la documentación que les permitiera trabajar en el extranjero. No fue difícil conseguirla, pero para ellos faltaba lo más importante, el matrimonio, la unión legal antes de salir del país.
Estaba todo calculado, la idea era, apenas tuvieran oportunidad de pisar suelo norteamericano quedarse a vivir, aún como ilegales, estaba decidido. Tenían algunos ahorros y juntando todo lo que les pagarían durante seis meses, que era el tiempo previsto antes de tocar suelo americano, les alcanzaría para darse una estabilidad hasta que consiguieran algo seguro en las tierras del Tío Sam.
Cuando se acostó la noche anterior, se le vino a la cabeza las conversaciones que había tenido con su mamá la última vez que junto a Ana Claudia viajaron a visitarla, fue para el último feriado largo, su mamá, a solas le había dicho que cuidara de involucrarse demasiado con Ana Claudia pues ella se había enterado de algunas cosas que no le gustaban y que familiares cercanos estaban tratando de confirmar, era sobre su pasado, para su mamá ninguna mujer sería buena pues contaba con la ayuda mensual que el podía alcanzarle, esta ayuda debería continuar porque todavía tenía dos hijos más que mantener, y como el esposo la había abandonado Marco Aurelio se convertía en el reemplazo, en el “hombre de la casa”, como solía decirle. Evaluó si había sido bueno no contarle nada sobre su decisión, de casarse y viajar al extranjero, quizás le chocaría un poco, ya había pensado llamarla apenas se encontraran fuera del país y después de haberle depositado un poco de dinero para aliviarle su pena de alguna forma, no tenía otra. Se le vino a la cabeza también que le dijo que estaba preocupada pues las cosas que sabían de “esa chica”, por Ana Claudia, eran terribles. ¿Cuán terribles tendrían que ser para dejar de amarla? se preguntó ¿Qué tipo de traición tendría que haberme hecho para dejarla? ¿Su pasado es importante para nuestro futuro? ¿Lo que haya hecho antes es importante para su relación actual? ¿Si decido dejarla podré olvidarla? ¿Podré vivir sin ella? ¿Cuánto tiempo pasará para encontrar otra mujer como ella? ¿Habrá otra mujer como ella? Todas estas preguntas se hizo durante la noche, pero ninguna tuvo respuesta, no quería conocer las respuestas, no le interesaba. No. Ana Claudia estaba siempre por encima de cualquier dura. ¿Lo estaba? Recordó que los últimos días discutieron porque alguien le había mandado varias fotos de ella, extraídas de las redes sociales, donde se le veía con diferentes compañías bailando, tomando, cenando, en discotecas, bares, piscinas, y hasta posando sola, con ropa interior, de manera provocativa. Cuando el le preguntó por estas fotos, sin inmutarse demasiado, tomando apenas aire le dijo que eran cosas del pasado y que si quería se las explicaría una por una pero prefería que no se lo pidiera como muestra de confianza. Y el confió, no le pidió nada, solo le exigió que le asegurara que mientras estuvieran juntos no habría secretos entre ellos, “lo nuestro es una vida nueva juntos” había dicho Ana Claudia para zanjar la discusión y antes de entregarse como si fuera la primera vez.
Con estos pensamientos bien entrada la madrugada se durmió. Y tuvo un sueño. Vio a su madre, con un rostro que no reconocía, que le mostraba unos papeles y le decía que tenía pruebas de Ana Claudia, “Ella no es una mujer cualquiera, ella es un demonio” le gritó en su cara y el despertó sudando y con todos sus signos vitales acelerados. Ya comenzaba a amanecer, miró la hora en el celular que siempre dejaba bajo la almohada y decidió levantarse. Se fue directo a la ducha. Intentó reconstruir el rostro de su madre y le fue imposible. Esta prosopagnosia no me va a dejar nunca pensó. Cuatro años antes, después de saltar de un muro de más de tres metros, al caer sintió un dolor en el cuello al que no le dio importancia, con el tiempo, los médicos identificaron este hecho como la causa de su prosopagnosia, posiblemente había sido adquirida por una pequeña lesión en la base del cerebro. No podía recordar algunos rostros, con el tiempo descubrió que solo le sucedía con algunos, no podía precisar cuáles, ni las razones, casi todos de parientes lejanos y conocidos, el único caso de parientes cercanos y de personas que a el le interesaban eran el de su madre, su madrina Juana y su prima Pilar. No encontró la razón por qué el rostro de estas personas que estimaba no podía recordarlas y el de otras personas si. No tenía problemas con el rostro de sus hermanos, dos hombres y una mujer, tampoco con tíos o primos, ni siquiera con los amigos del barrio. Lo cierto era que por alguna causa desconocida algunos rostros se le borraban de la memoria durante la noche. Si lograba identificar uno de ellos durante la mañana, el resto de ese día los podía recordar, pero después de dormir los olvidaba por completo. Esto le había ocasionado muchas contrariedades en su vida, alguna gente que no lo conocía bien lo tildaba de “sobrado” o “creído” porque no devolvía el saludo, cuando lo más probable era que el no podía recordarlas.
Había inventado un sistema para minimizar sus problemas. Siempre llevaba una agenda en donde, en diversas partes de ella, sobre post it recordatorios, al borde de muchas hojas había escrito datos que le permitían recordar a las personas que solía olvidar; además, había aprendido a usar el mecanismo de la sonrisa para expresar sus emociones, cuando se le acercaba alguien que le despertaba interés y quería seguir averiguando de quién se trataba sonreía de una forma amigable, dándole confianza, invitándole a la otra persona a continuar. Si por el contrario no deseaba saber nada de la persona que lo abordaba su sonrisa era una especie de mueca que decía “no te conozco y no me interesa conocerte”, un rictus de cortesía que mataba la intención de cualquiera de acercársele.
Ya en el taxi comenzó a repasar las cosas que tenía que hacer durante el día, el último día antes de comenzar su nueva vida.
El día anterior habían llevado a la agencia que los contrató las maletas con la ropa y las cosas que habían decidido conservar, el resto lo habían vendido y el cuarto ya había sido entregado al propietario, quien lo ocuparía a partir del mediodía. Después de la ceremonia civil irían a almorzar, junto con los testigos a aquel restaurante que le gustaba tanto a Ana Claudia, había mandado a preparar para todos, panceta de chancho a la caja china y dos rondas de pisco sour. No irían a trabajar, nadie los echaría de menos por faltar un turno, en la tarde se irían al cine y luego quizás a una disco, finalmente, con lo que tenían puesto y los papeles de su matrimonio se embarcarían, habían sido citados a las tres de la mañana y el barco zarparía a las ocho.
Recapitular las cosas que había planeado lo ponían un poco tenso, cerró los ojos y respiró profundamente para tranquilizarse, entonces recordó que no había revisado la agenda. La abrió lentamente y leyó uno de los muchos post it de colores que se encontraban por todas las hojas “Madrina Juana, mordiendo lentes”, si, era la forma en que ella debía acercársele para que el la recordara, era una manera hábil de superar su mal. Por supuesto que su madrina lo sabía, ella usaba lentes los que se quitaba y mordisqueaba una de las patitas como señal de identificación, este conocimiento junto a la voz de la madrina disparaban los recuerdos en su mente permitiéndole superar la prosopagnosia. Siguió leyendo “Pilar chasqueando los dedos”. Sonrió. Intentó recordar la voz de su prima para luego hacer emerger el recuerdo de su rostro, volvió a cerrar los ojos. No consiguió materializar en su recuerdo ningún rostro. Abrió los ojos y continuó leyendo uno de los papelitos de colores brillantes. “Mamá, flor anaranjada en el cabello”. Cerró de golpe la agenda. Miró hacia atrás por la ventana del taxi intentando encontrar la imagen de su mamá. Quiso volver. Pensó en Ana Claudia y su “vida nueva juntos”. Recordó el rostro de sus hermanos, el de su padre, el de casi todas las personas que podía recordar. Entonces escuchó la voz del taxista.
-       Señor, llegamos al registro civil.

viernes, 22 de marzo de 2019

MI VIDA RESUELTA


No se cuándo sucedió pero me acabo de dar cuenta que le he agarrado cariño a mis visitas al hospital, hace unos años era lo que más odiaba, cada visita la comparaba como un paseo por el purgatorio previo a descender a los infiernos del Dante, sin embargo ahora, otro sentimiento es el que me invade, cuando llego y sobre todo cuando me retiro, pese a que por lo general no estoy para nada conforme con la atención recibida.
Lo he meditado para mencionar lo de “por lo general” porque también debo reconocer que algunas veces fui bien atendido, quizás la suerte o la situación en la que ingresé fue lo que influyó en estos casos. La primera vez que recibí una atención agradable fue cuando me operaron la rotura de mi tendón de Aquiles derecho, estuve hospitalizado casi 20 días, no porque fuera grave sino porque mi operación coincidió con la semana santa y fueron casi quince días de preparación antes de la operación.
La segunda vez fue cuando tuve un incidente de tiro y una bala me atravesó, ingresando por debajo de mi axila derecha y saliendo por el pecho, casi por la tetilla, pero sin afectar ni huesos ni órganos, la bala milagrosamente rebotó en una costilla, se fraccionó en por lo menos cuatro pedazos y todos salieron por el pecho, la hemorragia inicial fue profusa pero después de controlarla en mi casa fui al hospital casi un día después donde me dieron una atención que me dejó conforme.
Y la última vez fue una operación para sacarme un racimo de pólipos que habían llenado la cavidad de mi bóveda nasal y comenzaban a complicar la garganta y otras partes de la cara, en esta ocasión, aprovecharon para corregirme el tabique del lado izquierdo que lo tenía desviado y en hacerme un limpieza de lo que parecía una sinusitis crónica.
Y punto.
Después de estas diría que todas mis asistencias al hospital fueron desagradables, incluidas las fichas médicas que tenía que pasar cada año durante mis treinta y nueve años de servicios.
Pero como lo señalé, últimamente esto ha cambiado. No se cómo ni cuándo.
Presiento que lo que inicialmente nació como una ansiedad, la ansiedad que me provocaba la esperanza de encontrarme con alguien conocido en el hospital, es a lo que luego, poco a poco le he ido agarrando cariño.
Algunas veces me encontraba con amigos que acababan de recuperarse de una enfermedad grave o la de su esposa o uno de sus hijos, la alegría con que lo comentaban me alegraba, me llenaba de optimismo por la vida y me hacía sentir que yo podría ser uno de ellos en cualquier momento. Y regresaba a casa contento.
Pero otras veces me encontraba con conocidos que recientemente había sido diagnosticados con una enfermedad grave que no sabían que tenían, casi siempre cáncer, el pesar, la tristeza, el abatimiento porque quizás solo estaban esperando el momento del desenlace final, me lo contagiaban, me iba a casa lleno de pesar, todo el día pensaba en su caso y como antes, me veía en una situación similar y me deprimía; ahora que hago este análisis, caigo en cuenta que a muchos de ellos los vi en sus últimos días o semanas de vida, antes de enterarme de su triste deceso. Como soy una persona que no puede asistir ni a velorios ni a sepelios, cosa que algún día se los contaré, me sentía pésimo por saber que los tenía al alcance de la mano para por lo menos despedirme de ellos con una oración
Lo peor de este encuentro era cuando estaban acompañados de familiares. Las expresiones de padres, esposas o hijos angustiados porque no sabían lo que les pasaría, con esa mirada que he visto en gente desesperada que cuestiona a Dios el porqué de su actitud contra uno. Esos rostros se apoderaban de mi pensamiento, me martillaban con recuerdos durante todo el día y para acostarme tenía que recurrir a pastillas para dormir, completamente deprimido.
Pero en una extraña sinergia, estos dos aspectos de mi visita al hospital se juntaron y cambiaron mi manera de pensar. Ya no paseo por purgatorios imaginarios, ahora camino con la confianza que me da la esperanza de que me encontraré con alguien para conversar, recordar momentos vividos y hacer proyectos para un próximo encuentro.
No había reparado, sino hasta hace poco, que uno de los aspectos que han producido este cambio en mi, ha sido el encontrarme con compañeros que llevaban a sus hijos con habilidades diferentes, niños con síndromes diversos, down, áspeger, moebius y otros tantos, niños con autismo ligero hasta severo. De estos compañeros intentaba contagiarme su alegría, su tesón, su empeño por llevar a sus hijos a su tratamiento. Recordé, al apreciar que todos estos niños eran felices, exento de toda maldad que alguien me dijo “Dios manda a esos angelitos a hogares donde sabe que los van a cuidar”. Por haber conocido de antes a estos padres abnegados me daba cuenta que habían cambiado bastante, para ellos la responsabilidad de educar y darle la mejor vida a sus hijos es fundamental, con su forma de conversar, de tratar cualquier tema con alegría y optimismo nos cuentan que llevan una vida feliz, al lado de sus hijos especiales.
Ahora que tengo mi angelito a quien veo crecer y que con todas sus limitaciones, pese a todos los problemas, las operaciones y las asistencias a diversos hospitales para tratar los diferentes males asociados a su síndrome, mi alma, mi conciencia, se contagia de su voluntad, de su inocencia, de su absoluta falta de maldad para hacerme más llevadera esta vida. Me di cuenta que lo necesitaba, más que el a mi, cuando alguien, haciendo referencia a mi edad y al hecho de haberme convertido en pensionista mencionó que “Tenía mi vida resuelta”. Sentí que me decía que ya no tenía más porqué luchar, ya había logrado lo que tenía que lograr, era un muerto que no se había enterado que lo estaba, quizás un inútil.
Me hice muchísimas preguntas, no lograba contestarme porqué y para qué seguía en este mundo, me deprimí, tenía ganas de pelear con todos, me convertí en un ogro para mi familia, esa sola apreciación había tenido la propiedad de sacarme del camino de la vida, de convertirme en un “caminante” esperando sucumbir a manos de cualquier Rick Grimes que se me cruzara y que finalmente no podría evitar.
Y así vivía, casi llamando a la muerte, sin visión, sin futuro, sobre todo sin ganas.
Hasta aquel día en que llevé a mi hijo a visitar a su abuelo. Mi padre, está cerca de los noventa años y no puede hacer casi nada solo, ese día lo encontré con la barba muy crecida y le dije que podía afeitarlo, aceptó; para que mi hijo no se aburra le pedí al niño que me ayudara. Solo miraba, me alcanzaba la toalla, la loción, la máquina de afeitar a cada pedido mío. Al terminar lo vi bastante alegre, parecía impresionado por el cambio en el rostro de su abuelo.
En un momento en que estábamos solos me jaló del brazo para que acercara mi cara a el, tenía algo que decirme. Casi pegué mi oreja a su boca y el niño moebius, el que no puede hablar y nunca debe sonreir me dijo “Papá, cuando tu seas viejito yo te voy a afeitar”.
Ahora cuando regreso del hospital me siento como esos padres que nunca muestran abatimiento ni cansancio, ni pesar, no tienen temor de nada, no se les nota sufrir, tienen un futuro, un compromiso con sus hijos. Si, me siento como ellos.
No tengo nada resuelto. Dios me ha mandado un angelito.

miércoles, 27 de febrero de 2019

MORE MICROCUENTOS

La magia de poder escribir un cuento en 280 caracteres (un tweet) es un placer del cual no se puede escapar después de haberlo probado. Como lo comenté antes, cuando encima se cumple un reto, el darle sentido a un microcuento te proporciona una gratificación enorme. Siempre comienzo con una idea pero nunca se el final, el final casi siempre se escribe solo; y, eso es lo enorme de los microcentos. Aquí va mi última producción:



Salí a los 17, después de 40 años regreso a mi barrio de La Victoria en Lima. Juré no hacerlo mientras no hubiera progresado. Ahora, recién divorciado por segunda vez, más quebrado que nunca, tengo la urgencia de volver."Todos vuelven al lugar en que nacieron..."



Ambas tomadas de la mano a punto de llorar, apretadas cuál tentáculos, ya habían contestado la pregunta final. Una pensaba en la vía láctea y la otra en su mamá para no soltar lágrimas. "La ganadora de este certamen de belleza es mis Colombia" dijo Steve Harvey.


Creía que todo era un mito, que no existía la depresión navideña, la soledad de fin de año. Ahora vivo en un estado de melancolía general. Dijiste que nunca te irías, hasta lloraste en mis brazos. ¿Es tu voz? Cuando...Jojojo, se escuchó a la distancia.


A pesar de recordar sus labios y su aroma nada rompía la concentración para olvidarla, el ambiente, el frío de la piedra y los viejos muros hacían fácil la transición a la tranquilidad total, la necesitaba. Hasta que sonaron las primeras notas del "Hallelujah".


Si, tenía novio, pero viajó los doscientos kilómetros. Tocó la puerta. Sólo queda esperar...


Apurado caminaba por la calle, tenía que llegar antes que ella se marchara. Llegó. Igual que todos los días, la mesa estaba vacía.


"Por fin, en el más allá" gritaron los animales. Reunidos en grupos debatían que seguía. Por un lado las aves, por otro los de cuatro patas, más allá los de dos patas, hasta los peces parecían gritar. Si, como lo predijo G.Orwell, los cerdos estaban al mando.


Ya no era tictac lo que hacía su corazón, ahora tronaba un ¡¡¡Boom!!! repetido en su cabeza, esperaba y le parecía una eternidad. ¡¡¡Boom!!! y su impaciencia crecía. Ella seguía callada, pensando. ¡¡¡Boom!!! hecha la pregunta sólo le queda esperar la respuesta.


Tantas noches transitando a oscuras por este tenebroso pasadizo, que iba como pluma al viento, el escarabajo de metal que llevaba en el pecho saltaba al ritmo de su corazón. En Egipto al adúltero se le enterraba vivo en sal. Pero por ella iría al mismo infierno.


ACERTIJO. Salí de casa por cinco días. Fui a los pagos del cabo Savino de donde partí oficialmente, pasé por el túnel de Juan Pablo Castel, viaje a la granja "Solariega" y de regreso visité a Atalanta, la leona. Ya estoy en casa, a orillas del río que habla.


Ya no alegras, no hablas, no escribes, no comentas, no me lees, no me miras, no te muestras, ni me piensas, pero igual, vives y me sigues matando.


— Entonces, Afrodita, ¿Lanzo una flecha como broma por el 14 de febrero?
— Si, Eros, y apunta al de piel de chocolate, el de la gran sonrisa.


—Ahí va. Huy, no debió salir sangre. Por suerte era una flecha salada.
—Mañana, ni Andrés ni César sabrán que pasó.




Todo comenzó en San Valentín, del año pasado. Ese día se despidieron, terminaron su relación adúltera. Ha pasado un año y se han vuelto a encontrar en el parque de siempre. El suplicó regresar. Ella le pidió 2 días para responder. Al día siguiente ya no estaba.


LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...