Cuando
Toribio le reconoció se llevó una gran impresión, jamás se hubiera imaginado
que volvería a verlo, había pasado a su lado mientras se dirigía a sacar su
automóvil del estacionamiento, siguió de largo y cruzó la calzada, pero luego,
al voltear a verlo pudo percibir algunos movimientos que le permitieron
asegurarse que era el. “Efraín, es el…” pensó, como si gritara el nombre, dio
media vuelta y regresó para conversar con el, para abrazarlo después de tiempo;
sin salir del estado en el que la sorpresa lo había dejado, en esos pocos
metros que le faltaban caminar recordó cosas que, pese a los años
transcurridos, parecían haber sucedido recientemente.
Toribio era
de aquellas personas que siempre están dando consejos, apoyando al compañero,
metiéndose en cosas que no le interesan, pero con la sana intención de ayudar.
Era médico, uno de los médicos más jóvenes en recibirse en la Universidad de
San Marcos. Con tan solo veintiséis años ya era un especialista en pediatría y
a los treinta fundó una de las mejores academias de preparación pre
universitaria para postulantes a medicina. Los que lo conocían quedaban
encantados con su personalidad, era optimista, alegre, con una sonrisa
permanente en los labios y las palabras exactas para tratar a las personas,
sumamente práctico, daba la impresión que su vida se regía por refranes y
sentencias que durante el día repetía y se le había pegado la expresión
“hilando finito”. La usaba para generar interés en alguna cosa que quería que
se hiciera, para expresar que el trabajo que se venía requería mucho esfuerzo o
para motivar a sus estudiantes a que desarrollaran todas sus capacidades para
conseguir su ingreso a medicina.
Recordó que
fue en la academia que conoció a Efraín, un muchacho provinciano de escasos
recursos que vino a Lima con la intención de estudiar medicina; era habitual en
Toribio, que además de director era docente, identificarse con aquellos alumnos
de pocos recursos, pero en quienes reconocía cierto potencial, a los que les
brindaba muchas facilidades para estudiar, no solo exonerándolos de algunos
pagos sino con una orientación personalizada que el se encargaba de dirigir.
La primera
vez que conversaron Toribio se dio cuenta que Efraín no tenía la preparación
suficiente para postular a la universidad, había estudiado primaria y
secundaria en su tierra en un ambiente educativo muy precario.
- Doctorcito,
yo también quiero estudiar medicina, quiero ser médico, pero soy pobre – le
había dicho.
- No
te preocupes Efraín, todo se puede, pero desde ahora tienes que hilar finito,
tienes que esforzarte bastante, tener mucha fe y vas a ver que con voluntad todo
se puede.
La
experiencia le había enseñado a advertir cuando un joven no tenía la base
escolar adecuada como soporte para la preparación pre universitaria,
definitivamente, Efraín se encontraba en este grupo desfavorecido, sin embargo,
decidido a ayudarle, le recomendó una estrategia. Le ofreció prepararlo
intensivamente para postular a la facultad de Enfermería, luego, continuar con
la preparación, en este caso especial, para trasladarse a la facultad de
medicina, esto le ocasionaría hasta dos años más de estudios pero le
garantizaba conseguir recibirse de médico. Cuando Efraín recibió la oferta de
que sus estudios en la academia serían gratis no pudo negarse a seguir este
plan trazado por Toribio.
El periodo
de preparación para la escuela de enfermería no resultó nada fácil pero ambos
nunca dejaron de esforzarse, siempre hilando finito, fueron seis meses de trabajo
diario con evaluaciones permanentes que le permitirían a Efraín ingresar a la
escuela de enfermería en el primer intento; para Toribio, fue la puesta en
práctica de una serie de simuladores como parte del proyecto de preparación en
su academia.
Se hicieron
muy amigos, ambos parecían haber convertido el ingreso a medicina de Efraín el
objetivo más importante por conseguir, se notaba que desarrollaban una
estrategia planificada, los fines de semana Toribio evaluaba los avances de
Efraín y le recomendaba las materias que debía revisar durante la semana, sus
días se iniciaban a las ocho de la mañana y siempre terminaban después de las
diez de la noche.
Cuando llegó
la fecha del examen de admisión a la escuela de enfermería el más emocionado
era Toribio pues le había agarrado mucho afecto al muchacho provinciano y sabía
que si fracasaba sería doloroso para ambos; muy temprano le había dicho, cuando
partía hacia la evaluación.
- Acuérdate
que hoy comienza la verdadera prueba, pase lo que pase, a partir de ahora las
cosas no serán las mismas, por eso, tienes que hilar finito, confío plenamente
en ti por que he visto cómo te vienes esforzando. La vida no te va a regalar
nada ni te va a hacer las cosas fáciles, todo lo tienes que conseguir con tu
esfuerzo.
Le pareció
ver que los ojos de Efraín se humedecieron y desvió su mirada para evitar que le
brotaran las lágrimas, creía que llorar a poco tiempo del examen podría
alterarlo y perjudicarlo; pero esa mirada se quedó con el para toda la vida,
una mirada de esperanza, de valentía, como la de un soldado que va a la guerra
sabiendo que va a ganar, de agradecimiento y de compromiso, como diciendo “este
triunfo será de ambos” pero también de vacilación porque un fracaso sería
malversar el tiempo, el esfuerzo y todo
el apoyo recibido, una mirada de responsabilidad por asumir.
Y esta fue
la primera victoria para ambos. Efraín alcanzó una de las últimas vacantes pero
teniendo en cuenta el estado inicial con que había emprendido esta tarea era un
logro descomunal.
Se matriculó
en los cursos recomendados por Toribio de tal manera que tuviera tiempo de
seguir con su preparación para poder enfrentar los exámenes para su traslado a
la facultad de medicina. Para conseguir un traslado era necesario estudiar
cuatro ciclos de enfermería, no se especificaba cuántos cursos o créditos se
necesitaban y se aprovecharon de esta situación legal.
Iniciaron un
nuevo plan de estudios quizás más estricto que el anterior, Efraín ya no sólo recibía información sino algunas
técnicas que le permitían retener los nuevos conocimientos; ambos se mantenían
optimistas y por todo lo que hacían el triunfo estaba descontado.
Al inicio
del cuarto ciclo de estudios, cuando los esfuerzos por la preparación de Efraín
se hicieron más severos llegó a la academia una muchacha, intentó recordar el
apellido de ella, “Colón , Cano, Polo, Darwin…no se cual de ellos” sólo
recordaba que era el apellido de un gran descubridor. Lo que si recordaba
claramente es que era una muchacha bonita a la que todos decían “Barbie” por su
figura delgada y casi perfecta, por la dulzura de su rostro y sobre todo porque
siempre vestía como aquella muñeca que por entonces estuvo de moda.
Toribio la
vio por primera vez una mañana cuando entró al aula donde Efraín estudiaba y
donde le tocaba dar clases, la chica estaba parada sola al lado de la pizarra,
como si estuviera analizando a todos los otros alumnos, estaba vestida para
otra ocasión, quizás una fiesta o un evento social, llevaba un vestido de una
pieza bastante corto, color concho de vino, ajustado especialmente para
replicar cada una de sus curvas delicadamente formadas, los tacones altos le
daban un aspecto de mujer fatal, la hacían mayor, cuando en realidad todavía no
alcanzaba la mayoría de edad.
Durante toda
la mañana, después de clases, buscó la forma de conversar con ella, la encontró
en la cafetería, sentada en la mesa más alejada, sola, como si no necesitara de
nadie para sentirse cómoda, o quizás, como suele suceder, la belleza de las
mujeres también espanta a los hombres. Aunque nunca dejó de tratarle de Usted
logró sacarle bastante información, se hizo una idea general, niña rica,
procedente de un buen colegio, con un nivel intelectual deficiente porque
consideraba que tenía su futuro asegurado.
Ese
encuentro fue suficiente para sentirse enamorado, profundamente atraído por la
bella muchacha, aunque no sabía qué hacer exactamente pues sus prejuicios
morales y su sólida formación le imposibilitaban tener una relación con una de
sus alumnas.
Después de
unos días comprobó que la muchacha comenzaba a integrarse con sus compañeros de
aula, le pareció perfecto pues la soledad de ella había sido una de sus
preocupaciones los últimos días, entonces retomó los trabajos con la
preparación de Efraín, ya solo faltaban poco más de dos meses para el examen de
traslado.
Se le
ocurrió que después de conseguir el ingreso podría dedicarse, con un poco más
de tiempo libre, a conquistar a la Barbie, ¿por qué no? También tenía derecho a
enamorarse, como cualquier hombre soltero. El conocerla y verla de cerca le
habían convencido de dar un paso más, consideraba que la diferencia de casi
doce años no era un impedimento, mas bien era una oportunidad de poder
establecer una relación seria, por lo menos eso estaba comenzando a planear, lo
soñaba algunas noches, pero también evitaba exteriorizar sus emociones a fin de
que nadie se diera cuenta, se esforzaba por manejarse lo mas formal posible, como
todas las cosas en su vida, todavía podía controlar sus emociones, sabía que
cuando se enamorara de verdad ya no podría hacerlo.
Una noche,
cuando buscó a Efraín para evaluar los avances de la semana, lo encontró en la
cafetería junto a la Barbie, estaban tomados de la mano, lo vieron venir y no
hicieron nada por separarse, por el contrario, parecían querer demostrar a
todos que tenían una relación, que andaban juntos.
- Puedo
acompañarlos – lo dijo sin dirigirse a nadie y a ambos a la vez mientras
retiraba una silla para poder sentarse, sintió un ruido extraño, no logró
identificar si fue la silla o algo que se rompió dentro de el.
- Por
favor profe – dijo ella, hablando por los dos.
- Toribio,
disculpa si no te lo dije antes, aunque hoy es una buena ocasión para que sepas
que somos enamorados – señaló Efraín mientras acariciaba la barbilla de la
muchacha.
- Bueno,
permítanme felicitarles por esto, creo que hacen un a linda pareja y espero de
corazón que les vaya bien – luego se sintió tan hipócritamente vació que su
mente se nubló y no encontró palabras para seguir hablando.
- También
permíteme aprovechar este momento Toribio, para agradecerte por todo lo que me
has brindado, sin tu apoyo no estaría donde estoy…y ahora esto – hizo una pausa
para tomar aire y darse el valor para decir lo que seguía – Lo nuestro es
serio, tan serio que hace un par de semanas que estamos viviendo juntos, su
familia ya lo sabe, ahora mismo estamos poniéndonos de acuerdo para cambiarnos
a otro sitio más cómodo y gentilmente cedido por su papá, mi futuro suegro –
tomando las manos de la chica entre las suyas.
- Me
parece bien si ambos están de acuerdo, pero, ¿cómo harás con tu examen para el
traslado a medicina? – preguntó Toribio verdaderamente intrigado.
- A
partir de ahora te libro de toda responsabilidad, no es justo que sigas
sacándote la mierda por mi, además, estoy seguro de encontrarme ya en
condiciones de poder aprobar cualquier examen – nuevamente la pausa para tomar
aire – mi suegro también me va a apoyar y dice que mi ingreso está garantizado;
él es médico también y tiene muchos contactos.
- Si,
es cierto – replicó Toribio mientras calculaba que decir.
Se produjo
un silencio de algunos segundos eternos que parecía incomodar sólo a Toribio,
calculaba qué decir para salir de esta situación que se estaba convirtiendo en
incómoda.
- Bueno,
solo me queda desearles lo mejor de lo mejor, se que con el esfuerzo que haces
el éxito está asegurado en todo lo que hagas – quiso pararse entonces pero se
le ocurrió mirar a la Barbie por última vez, quizás.
Ella también
lo miró y el pudo ver en esos ojos una mirada de felicidad que intentaba
gritarle al mundo que había encontrado al hombre de su vida, el que la llenaría
de orgullo siempre, el que podría acompañarla en cualquier ocasión, el que
siempre estaría comiendo de su mano y que poco a poco sería grande, tan grande
como ella quisiera; el brillo especial de esa mirada, aunque franca, no parecía
completa.
- Bueno
chicos, hasta cualquier momento – recordó que fue lo último que dijo mientras
se ponía de pie arrastrando la silla que nuevamente producía aquel sonido que
parecía venir de su interior.
No volvió a
saber más de el hasta hoy que de casualidad lo acababa de encontrar.
- Efraín
– gritó, mientras apresuraba su paso al encuentro del amigo.
La sorpresa
inicial se iba convirtiendo en una gran emoción. Tenía tantas preguntas por
hacerle. De sorpresa a emoción y ahora hasta un poco de desconcierto.
A medida que
tenía más cerca a Efraín se iba dando cuenta de lo mal trajeado que estaba, el
pelo descuidado, la barba de tres o cuatro días sin afeitarse ocultaban el
rostro que no había recibido agua y jabón probablemente por algunos días, antes
de abrazarlo sintió el olor fuerte a alcohol barato, al que huelen los
alcohólicos por las mañanas. Al abrazarlo pudo sentir cada uno de sus huesos,
descarnados, como veía a menudo en pacientes con enfermedades terminales.
Sintió una pena profunda y lo apretó mas fuerte. Ahora sintió miedo de hacerle
daño. Extendió sus brazos mientras tomaba sus hombros para poder observarlo
mejor.
Toribio
sintió ganas de llorar. Se acordó del día que conoció a Efraín, de las horas
que pasaron juntos leyendo, de las noches que caminaban por las calles buscando
donde comer, de todas las pollerías y chifas que visitaron, de los cines que
visitaron y los parques en cuyas bancas rememoraban todo lo recientemente
aprendido. También se acordó de la Barbie, y de aquella mirada de orgullo y
llena de esperanza que fue lo último que guardó de ella en el momento mismo que
renunció a enamorarse.
- Toribio,
que tonto fui – escucho decir a Efraín, o lo que quedaba de el.
Le miró a
los ojos, comenzaron a humedecerse y esta vez le faltó valor para desviar la
mirada, quiso verlos llorar, pero no vio llanto, vio una luz que se apagaba, un
grito por perdón, una aceptación de culpa, dolor, profundo dolor por haber
dejado lo que nunca debió, por haber cambiado el éxito por el fracaso, más
culpa, error, caída, pecado, abandono. Detrás de todo esto una luz que ilumina
la oscuridad de su mirada, una luz de odio, de rencor, de resentimiento, de
aquellos que no matan, que te hacen sufrir eternamente, de aquellos que solo
una bella mujer puede causar.
