Escupió
en las palmas de sus manos, las frotó entre si y luego se pasó ambas manos por
el cabello, alisándolo, aspiró el aroma de su camisa y no sintió nada raro,
todo estaba donde debía estar. Abrió la puerta de su casa y apenas traspasar el
umbral se sintió el todopoderoso de siempre, el hombre que manda y ordena y al
que todos deben obedecer, sobre todo en su propia casa.
Para
Emilio era natural llegar tarde, no saludar a su esposa, darse un duchazo con
agua tibia y meterse a la cama, si ella estuviera despierta e hiciera el
intento de iniciar una conversación, él, se pondría duro, con voz firme, con
gestos de tirano y mirada malintencionada le recordaría algún contrariedad pasada,
posiblemente ya resuelta, en el que ella se había declarado “culpable” y sería
suficiente para enjuiciarla nuevamente y sentenciarla a dormir fuera del
dormitorio, después de propinarle un par de sopapos, una patada, o como aquella
vez que le tiró a oscuras un zapato en la cara que le hizo sangrar la nariz por
un par de horas, obligándola a dormir con la cabeza bajo las almohadas. Lo
importante era no demostrar compasión para mantener su posición del “hombre de
la casa”.
En dos
días cumplirían cinco años de casados, de vida juntos, llenos de “felicidad”,
que transcurrían sin una visión de futuro, sin una ilusión; muchas veces había
pensado en su futuro, siempre se veía rodeado de gente feliz, tal vez algunos
hijos, pero nunca lograba imaginar quién era la mujer a su lado,
definitivamente no era Lourdes. Cuando miraba la foto de su matrimonio, que se
repetía en el dormitorio y en la sala, con marcos de plata en el que se
representaba un querubín disparando su flecha, como símbolo del amor que se
declararon aquel catorce de febrero en el que se casaron, se decía en su
interior “qué huachafada”.
Ella,
además de ser su esclava, su sirvienta, nunca alcanzaría el derecho completo de
una esposa, un matrimonio hace de una mujer una esposa legal pero no le da el
derecho de ser una verdadera “esposa”, en cuanto a Lourdes, ese derecho solo se
lo podría dar él. Y no lo merecía.
A las
pocas semanas de su matrimonio conoció a una muchacha de la que se enamoró con
la que inició una relación prohibida, lúbrica, desbocada pero que, así como
llegó desapareció, ante la recalada de un nuevo amor a su vida.
Por aquellos
días, para no dar explicaciones por el cambio evidente de su comportamiento,
comenzó a insultar, ofender y lastimar a Lourdes, con el pasar de los meses se
fue haciendo más agresivo y ella más sumisa, poco a poco las agresiones se agravaban
y el se había dado cuenta que ella no reaccionaría a esta situación abusiva.
No estaba
seguro cuál era la verdadera razón por la que se comportaba así, además de ser
la mejor forma de conservar la vida paralela que llevaba, podría ser que más lo
enardecía el comportamiento manso de Lourdes, porque en el fondo tal vez
esperaba una respuesta de ella, cualquiera que fuera la razón, era lo más
cómodo para su forma de vida.
En estos
años de matrimonio había descubierto que existían mujeres a las que les
agradaba y que no les interesaba su estado civil, las identificaba desde la
primera mirada, era un don que no sabía que tenía. Iniciaba aventuras tan
rápido como las terminaba, en alguna ocasión llegó a tener tres relaciones
extramaritales a la vez. Se sentía feliz, había encontrado el lado bueno de la
vida, todo era perfecto.
Ahora,
estaba saliendo con una muchacha diez años menor, casi una niña, una bebé, como
le gustaba llamarla. Por ella había dejado a las otras ¿su esposa? ¿Lourdes?
Ella no contaba, era un cero a la izquierda.
Cruzó el
dormitorio a oscuras para llegar al baño que permanecía cerrado pero con las
luces encendidas, a golpes le enseñó a Lourdes que es así como debía dejarlas
antes de acostarse, en el camino iba dejando tirada la ropa que se sacaba, al
entrar al baño ya estaba desnudo, se quedaba quieto por unos segundos bajo el
marco de la puerta, sentía, como los animales, que así estaba marcando su
posición en la familia, el seguía siendo el alfa y lo sería por siempre.
Para
Lourdes la vida se había convertido en su purgatorio, se consolaba pensando que
estaba pagando cada uno de sus pecados por adelantado. Hacía tanto tiempo que
su corazón había dejado de ser feliz, ya no lo quería, pero tampoco tenía el
valor para ponerle fin a la situación que vivía. En muchos de sus sueños
todavía se veía feliz al lado de él, pero cuando despertaba sabía que eso no
pasaría de un sueño.
Apenas
casarse, de la manera más romántica que podría imaginar una pareja, un catorce
de febrero, Emilio cambió, se convirtió en otra persona, las muestras de afecto
fueron desapareciendo de su vida, aunque pensaba que podía recuperarlo tenía la
certeza que él ya no la quería.
Se volvió
un mujeriego y un sinvergüenza, no le importaba mostrarse con arañazos y moretones
que para el eran medallas de sus combates de amor en otras camas, en la ropa
que dejaba tiraba y que Lourdes tenía que lavar y planchar diariamente, siempre
dejaba evidencias de sus relaciones clandestinas, un ticket o un jabón de
hotel, boletas de pago de restaurantes, cines o flores que ella nunca veía.
Aunque su celular tenía clave, él la dejaba escuchar o leer los mensajes que le
enviaban sus otras mujeres y, no se atrevía a nada, quería mantener viva la que
el volviera a ser el de antes.
No quería
o se rehusaba a comprender que su vida se había convertido en un calvario, una
esclavitud, un eterno sometimiento a la voluntad de Emilio, entendía
perfectamente que esto tendría un fin, pero no sabía exactamente por donde
vendría, tenía algunas ideas que se había formado de tanto ver televisión, se
había conectado con una serie de programas en los que se trataban temas
similares, algunos fantásticos, la solución podría venir de muchas partes, pero
en todas, su voluntad tendría un papel importante. Sin voluntad no avanzaría.
Esa
mañana, como siempre, se levantó temprano para acomodarle la ropa que se
pondría y prepararle el desayuno, un café caliente acompañado de un tamal, como
él había “ordenado” a golpes; unos días antes, cuando ella le sirvió una
chuleta de chancho que parecía estar bien frita pero que en el centro, todavía
a medio cocer, se podían encontrar rastros de sangre, Emilio le tiró el plato a
la cara pero ella puso su brazo a tiempo evitando el golpe, se paró como un
energúmeno y la arrastró de los pelos hacia la lavandería, en donde la llenó de
puñetes en la espalda y los brazos, evitando golpearle a la cara, hasta dejarla
casi sin sentido tirada sobre estropajos y ropa sucia.
-
¿No sabes que le
tengo fobia a la sangre? ¿Quieres matarme? Eres una maldita desgraciada.
No tenía
forma de decirle que la chuleta parecía que estaba lista, estuvo en la sartén
el tiempo habitual, sin partes demasiado doradas como él exigía. Se quedó
callada mientras lloraba en silencio.
En su
mente tenía presente el recuerdo del día en que se enteró de la hematofobia que
padecía Emilio, era un recuerdo doloroso. Al día siguiente del que debía ser un
momento de felicidad porque le habían confirmado su embarazo, él llegó borracho
y después de una corta e injustificada discusión comenzó a agredirle, aquella
fue la primera vez que, estando en el suelo, le daba de patadas, parecía buscar
su abdomen; fueron dos o tres minutos interminables, el dejó de patearla cuando
comenzó a sangrar. En una extraña reacción, Emilio, se tiró contra la pared y
luego se acurrucó abrazando con mucha fuerza sus rodillas, temblaba como si
otro ser lo poseyera, sus ojos expresaban un tremendo pánico, de aquellos que
siente quien sabe que le quedan unos cuantos segundos de vida y que nadie
vendrá a ayudarle. Parecía una criatura atacada por guerreros invisibles a los
que sólo el veía, la convulsión generalizada que estremecía todo su cuerpo le
impedía moverse, paralizado, con los ojos desorbitados miraba la sangre que
chorreaba entre las piernas de ella.
Lourdes
tardó en darse cuenta de lo que pasaba, a rastras logró levantarse, secarse la
sangre con una sábana y luego ocultar todos los vestigios de aquella hemorragia
provocada por su esposo. A duras penas lo desnudó, lo ayudó a meterse a la tina
con agua caliente, le puso una taza de té entre las manos, después de
restregarle toda la piel con toallas hasta quitarle la más pequeña huella de
sangre, esperó hasta que el temblor casi desapareciera y después de estar
segura de que el episodio había pasado, se limpió la sangre de entre sus
piernas, se cubrió con lo que pudo y se fue al hospital.
Se quedó
internada dos días, le diagnosticaron aborto involuntario y regresó a casa,
sola. Esperó hasta muy tarde metida en su cama, se durmió, cuando despertó,
Emilio se estaba bañando para irse a trabajar. Apurada se levantó a prepararle
el desayuno, se sentó esperando tímidamente que él se disculpara, pero parecía
que no había pasado nada, se tomó el desayuno apurado, sin sentarse, revisó su
teléfono y sólo le dijo como despedida.
-
Ya empezaron a
joder de la chamba – le dio un beso ordinario en la frente y le susurró – nunca
olvides que sufro de hematofobia.
Había
pasado un año ¿o dos? desde aquel incidente. En momentos como este cuando la
calma llegaba después de la tormenta, cuando Emilio ya no estaba y ella sola en
casa tenía tiempo para curar sus lesiones, como la mascota que después de ser
golpeada debe lamerse las heridas para encontrarse dispuesta a servir al amo
moviendo la cola, pensaba en aquel angelito que nunca llegó, tal vez tendría un
año o dos, con él seguro que Emilio no sería el mismo, sería otra persona, un
buen padre, un buen esposo.
Una profunda
depresión le asaltó. Comenzó a llorar, quería controlar su llanto pero solo
conseguía un sollozo trémulo silenciado por el agitado temblor de su cuerpo. Se
metió a la tina y se quedó parada bajo la ducha de agua caliente, el jabón se
le cayó al piso y rebotó unos metros más adelante, con mucho esfuerzo lo
recogió pues se había metido bajo el lavadero, se volvió a meter bajo el chorro
de la ducha y su temblor parecía apaciguarse, se enjabonó con fuerza, con
furia, quizás así recobraría su firmeza, su compostura, abrió más la llave del
agua y esperó hasta sentirse limpia,
Varios
minutos después salió de la ducha y mientras se secaba, con manos todavía
temblorosas vio su cuerpo en el espejo, estaba cruzada por marcas rojas, como
arañazos trazados por una mano firme, se acercó al espejo y tuvo una sospecha.
Buscó el jabón y lo revisó. Confirmó su sospecha, al recogerlo no lo había
limpiado y pequeños granos de arena o cemento que se habían desprendido de la
pared se habían quedado pegados y la habían rasgado.
-
Mierda, encima
esto.
Respiró
profundamente y cerró los ojos, volvió a respirar como había aprendido a
hacerlo viendo los programas de televisión donde aparecían mujeres golpeadas
contando su sufrimiento. No se movió por un largo rato, su mente había comenzado
a viajar por pensamientos que no sabía que tenía, ahora más que antes sentía
que su dolor tenía que tener un final, ya no era posible seguir aguantando,
había llegado al límite, lo que le hacían era inhumano ¿no era hoy el día del
amor? El catorce de febrero no sólo es un aniversario, es la fecha simbólica
del amor, de aquel amor que es para toda la vida. Por eso eligió este día para
casarse.
Se cubrió
con una toalla y salió del baño. Buscó su teléfono y le llamó.
-
Qué quieres –
sonó la voz de Emilio, con tono de molestia.
-
Sólo quería
recordarte que hoy es nuestro aniversario – casi suplicante sonó la voz de
ella.
-
Si, lo se, por
eso es que voy a celebrarlo con una amiga – ambos se quedaron callados por unos
segundos y luego él cortó la llamada.
Lourdes
se quedó un largo rato con el teléfono en la mano mientras su mirada parecía
perdida, como si tratara de encontrar una respuesta a alguna pregunta que le
valiera la vida. Luego, solo sonrió.
Si, era
lo que esperaba, no se había equivocado, pero quería estar segura para seguir
con el rito de todos los años. Le prepararía un regalo que el recién
descubriría una o dos semanas después.
Era un
vaso que había comprado en su última salida al mercado, tenía grabado con
letras doradas “Salud, amor”, de vidrio fino, especial para cerveza le habían
dicho, lo envolvería junto con el jabón que compró, aquel con olor a sándalo.
Comenzó a
dar vueltas por la casa con el vaso y el jabón mientras buscaba el papel para
envolverlos, recordaba haberlo guardado entre unos libros. Lo encontró y
comenzó a hacerle dobleces, entonces el vaso aquel cayó al piso. Sintió un
tremendo desasosiego al ver los pedazos de vidrio regados, sólo a las mujeres
destinadas al sufrimiento les puede pasar cosas como estas, nunca tendrán el
favor de la vida. Con actitud desahuciada de quien ya no puede importarle el
futuro, recogió los vidrios en aquel papel que iba a envolver el regalo, con
mucho cuidado, tal vez en su mente tenía la esperanza de poder pegarlo, pedazo
por pedazo como un rompecabezas. Puso el papel con los restos cuidadosamente en
el centro de la mesa y se sentó frente a el. No había nada que hacer.
Estuvo
así mucho tiempo, ni siquiera almorzó. Cuando sintió frío advirtió que ya había
anochecido. Se vistió para salir de casa, a Emilio no le importaría. Se abrigó
bien, quizás no regresaría pronto, había tomado la decisión de denunciar el
abuso del que venía siendo víctima. Sentía que se encontraba en el límite, que
no debía aguantar más.
Ya en la
calle deambuló por los centros comerciales confundiéndose con la gente que
feliz y contenta hacía apología del amor, quizás comenzaba a arrepentirse, se
paró frente a algunas cámaras de vigilancia, como queriendo dejar constancia de
haber pasado alguna vez por aquí, ella, la esclava, la mujer golpeada y
abusada.
Pasó
frente a una pareja que sentada en una jardinera del centro comercial
compartían pastelillos y bebidas, se veían ricos pero no sintió hambre, se
llevó las manos a la cara y percibió el olor del jabón aquel que había dejado
en la jabonera, había perdido su oportunidad de ser el regalo ideal.
Miró la
hora en el celular y se dijo:
-
Es hora, es la
hora – y se dirigió a la comisaría de la jurisdicción para presentar su
denuncia.
Cuando
pidió información para que la atendieran le advirtieron que tenía que esperar
pues casi todos los policías estaban en intervenciones, pensó para si que mas
bien estarían celebrando el día del amor.
A pesar
de que habían algunas bancas vacías se sentó al lado de dos señoras que habían
pasado reconocimiento médico y estaban esperando la decisión del comisario,
entablaron conversación y lo primero que preguntó fue cuánto tiempo llevaban
esperando. Sonríó sabiendo que su espera sería larga.
Emilio
llegó a casa y no se sorprendió al no encontrar a su esposa, ya vendrá, se
dijo, mientras se relamía los labios pretendiendo borrar el sabor de la piel
que habían besado.
Los
recuerdos volvieron a calentarle las entrañas mientras abría el caño para
llenar la tina con agua caliente, hoy necesitaba la tina llena; se desnudó y
esperando que el agua fuera suficiente para meterse encendió un cigarrillo y
comenzó a revisar su teléfono, los mensajes de la chica que ahora salía con el,
con la que había estado poco antes, le pusieron el ego por las nubes, hinchó
sus pulmones y sonrió, tenía la gran suerte de haber encontrado a Lourdes, pues
sin ella no pudiera llevar esta vida. Pobrecita.
Bajo la
ducha se sintió un macho alfa, cerró los ojos y comenzó a jabonarse el pecho,
la espalda, el cuello, la cara, al pasar por su nariz sintió el olor a sándalo
que tanto le gustaba, puso el jabón entre sus dos manos y lo acercó a su nariz,
aspiró con fuerza y abrió los ojos.
Sintió como si alguien le hubiera golpeado en la cabeza, así se siente cuando el pánico descomunal de una fobia nos ataca. Miró el piso y el agua que corría hacia la boquilla del desagüe, era sangre. Quiso gritar pero de su garganta salió un ronquido animal, sus sentidos se aceleraron al límite, su pánico iba creciendo a medida que tomaba conciencia que estaba solo, nadie vendría a ayudarlo. Sus brazos, su pecho, sus piernas estaban atravesados por largas y finas heridas que extrañamente no le dolían. Miró el jabón y vio una cantidad de pequeños reflejos, como estrellas. Sintió derretirse casa uno de los músculos de sus piernas, cayó de bruces sobre el agua caliente de la tina casi llena, con la cara bajo el agua su pánico creció, su mente no funcionaba, sólo parecía funcionar su corazón, lo sentía a punto de reventar por todo su cuerpo, tuvo una visión, se vio frente al espejo desnudo, atravesado por aquellas heridas sangrantes que no le dolían, detrás de el una mujer sonreía. ¿Lourdes? Tuvo la certeza que esas heridas nunca más le dolerían.