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¡La tía Lucy
viene la próxima semana!
Hasta hoy
suenan en mis oídos las palabras de mi madre cuando nos anunció la visita de su
hermana antes de la navidad de hace dos años.
Eran los
últimos días de noviembre y en Lima ya se vivían aires de navidad,
especialmente en los grandes centros comerciales, malls y otras instalaciones
capitalistas que utilizan las fiestas religiosas, en realidad cualquier
ocasión, para convertirnos en compradores compulsivos.
Mi primera
reacción fue intentar pasar desapercibida la noticia, mi madre nos había
hablado tanto de ella que nos hizo perder la emoción que debe sentir cualquier
sobrino cuando una tía viene de Estados Unidos después de diez años. La tía
Lucy era la segunda de nueve hermanos, mi mamá era la tercera, de una familia
pobre y no todos los hermanos pudieron terminar siquiera la secundaria. Como en
muchas familias pobres, donde no existe la presencia de un padre, tuvieron que
buscar trabajo siendo aún adolescentes.
Se me
vinieron a la mente todas las anécdotas y aventuras que mamá contó sobre la tía
Lucy. Las dos hermanas eran inseparables, pero apenas terminada la adolescencia
tuvieron que apartarse. Mi madre salió en cinta y se marchó a vivir con mi
padre mientras que Lucy comenzó a trabajar en una fábrica textil donde ganaba
lo suficiente para mantenerse y apoyar a toda la familia, especialmente a los
que aún no habían conseguido trabajo.
Después de
tener su cuarto hijo mi padre salió un día de casa, sin haber superado la
resaca del día anterior, para buscar dinero para el desayuno y no regresó
jamás, lo mejor que le pudo haber pasado es que el alcohol de pronto lo privó
de la memoria y lo alejó de su familia, cosa que no nos entristeció mucho,
teniendo en cuenta la vida de maltrato y miseria que nos daba.
Pero fue
después de esto que la tía Lucy cobró importancia. Primero se auto tituló
madrina mía y de mis tres hermanos y colaboró con la educación de cada uno de
nosotros. Le consiguió trabajo a mamá, en la misma fábrica, claro que con un
sueldo menor, insuficiente para las necesidades de un hogar disfuncional con
cuatro hijos por mantener, todos en edad escolar; por eso, cada fin de mes, la
tía llevaba a mamá de compras y la apoyaba con aquellas cosas que nos permitieran
seguir sobreviviendo. Para los cumpleaños y las fiestas ella siempre estaba
presente, a veces con la torta, el panetón o el pollo a la brasa, otras veces
con un regalito por algún onomástico o una propina por haber terminado el
colegio, en sus visitas casi semanales siempre traía algo de ropa para uno de
nosotros.
El haberlo
vivido, valgan verdades, no lo recuerdo, todo llegó a mi a través de los
relatos de mamá.
Cuando la
tía Lucy se casó, las cosas cambiaron por completo, se volvió una tacaña y miserable,
nunca más aparecieron las propinas o los pollos a la brasa, siempre que nos
visitaba llegaba con las manos vacías, para entonces, mi madre y mis hermanos,
trabajaban en lo que podían para poder mantener la pequeña casa en donde
vivíamos.
Yo la recordaba
siempre con la misma ropa, al lado de un señor con lentes oscuros que no se los
sacaba ni en noches de lluvia. Era su esposo, un tipo que no trabajaba, que
vivía de los ingresos de la tía, del que se decía que era “un choro plantado”, por
suerte no tuvieron hijos.
Mi madre
perdió su trabajo por quiebra de la empresa y entonces se vinieron años muy
difíciles para todos nosotros, dependíamos casi exclusivamente del sueldo de mi
hermano mayor, aún después de que éste ya formara su nueva familia.
La tía
Lucy jamás nos visitó, nunca nos volvió a traer nada y cuando coincidíamos en
alguna reunión familiar ella estaba con la misma ropa siempre y nunca le vi
gastar un sol, recuerdo que en algunas reuniones familiares se quedaba hasta el
final, recién a partir de las seis de la mañana se retiraba, tomando su combi
para evitar el gasto del taxi; su fama de miserable se extendió más allá del
ámbito familiar.
Un día nos
enteramos que el motivo de su extrema tacañería era ahorrar y poder viajar a
Estados Unidos. Vaya que lo consiguió, le dieron visa de turista para ella y su
marido, ¿cómo lo hizo?, hasta ahora es un misterio. Pero se fueron en busca de
fortuna, como ilegales, con las esperanzas con las que miles de peruanos se
fueron para allá.
Esto que
cuento fue hace unos veinte años, hoy, la tía ya es ciudadana con todos sus
derechos, tiene una casa de su propiedad en Orlando, sigue viviendo con su
marido, no tuvo ningún hijo pero se dedicó a trabajar muy duro consiguiendo ser
toda una ciudadana norteamericana que puede pasearse libremente por el mundo.
Mi madre
vive con dos de mis hermanos en casa de uno de ellos, yo ya me independicé hace
años pero creo que sigo siendo una persona en busca de un futuro solvente, sin
apremios económicos, por ahora vivo en un departamento alquilado y soy, como
millones de limeños, un sufrido usuario del transporte público.
Hace unos
cinco años, la tía Lucy regresó al Perú por primera vez desde que se marchó.
Vino sola sin su marido, se hospedó en casa de mi madre y su visita duró un mes
y medio. Las referencias que tengo es que sigue igual de tacaña, enemiga de dar
propinas, solo toma desayuno y almuerza, era evidente que no cenaba para no gastar, su apoyo en los
días que estuvo en casa fue el de comprar pan para el lonche, cuando alguien la
visitaba y de proveer cajitas de té filtrante para que nunca faltara algo de
tomar. Al marcharse le regaló un cenicero a mi madre, que decía que era de loza
china, sabiendo que en casa nadie fuma.
Se
imaginan entonces que con esas referencias nadie se alegró cuando mamá anunció
su llegada.
Pero
pronto las cosas cambiaron, la tía Lucy comenzó a comunicarse por WhatsApp con
mamá y otros familiares. Increíblemente les pedía las tallas de sus hijos para
traerles ropa y zapatillas “de marca”.
La
conmoción fue general. Familiares cercanos y no tan cercanos comenzaron a
anotarse y para todos tenía una respuesta, “¿Qué color te gusta? ¿Eres talla
chica o grande? ¿Quieres una marca en especial? ¿Eso es todo?” Era increíble
cómo todos nos olvidamos del pasado reciente de la tía.
Y me tocó
vivir una parte muy especial de esta historia. Fue el destino, cuando pedí mis
vacaciones para diciembre nunca pensé que me iban a designar como chaperón de
la tía Lucy. Fui designado para recogerla del aeropuerto y para apoyarla en
todo aquello que la hiciera feliz durante su estadía; así que me comuniqué con
ella para coordinar su llegada y lo primero que me preguntó era que quería que
me trajera:
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Cualquier cosa
tía – le dije, pero me acordé que necesitaba una Tablet y había visto una al
alcance de mi presupuesto, así que agregué – Más bien tía, te voy a depositar
290 dólares para que me compres una Tablet que venden por delivery.
Ella se
comprometió a traerme una más cara y me sentí afortunado porque de pronto la
navidad se coloreó para mi.
Su llegada
estuvo prevista para la una de la mañana de una madrugada helada, estuve en el
aeropuerto muriéndome de frío desde las once de la noche, sin embargo el avión
llegó casi a las tres y la tía salió de la sala de embarque a las cuatro.
Éramos un
grupo de algo más de diez familiares los que la recibimos, abrazos con todos,
lo extraño fue que en el porta equipaje traía dos maletas pequeñas, todos nos
preguntamos con las miradas ¿y las cosas para nosotros?.
Después de
las acostumbradas bienvenidas y los besos y saludos, la tía sacó un ticket de
uno de sus bolsillos y enseñándolos a todos nos advirtió:
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Estamos con mala
suerte, las dos maletas con las cosas no han llegado, se quedaron por error de
la aerolínea en Panamá, pero no se preocupen, en máximo una semana estarán aquí
para recogerlas.
Esto que
pudo ser una noticia desalentadora fue mas bien una suerte de renovación de la
esperanza que nuestras navidades vendrían con un regalo especial, a todos nos
pareció un hecho anecdótico pues recientemente otro familiar llegado de Estados
Unidos tuvo el mismo percance que fue superado en pocos días.
Como guía
oficial de la tía Lucy me correspondió embarcarme en el taxi con ella hacia la
casa donde vivía mi madre, a unos quince minutos del aeropuerto. Al llegar se
produjo uno de aquellos hechos que son parte de las muchas contradicciones en
torno a su visita. Me dijo antes de bajar:
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¿Podrías pagar el
taxi por favor? Después te devuelvo, con tanto ajetreo me olvidé de cambiar mis
dólares – en lugar de quedar sorprendido o perplejo un extraño aire navideño me
envolvió, convirtiéndome en una suerte de duende que ante la proximidad de Papa
Noel no tenía otra alternativa que sentirse feliz.
Claro que
pagué y nunca me devolvió, era como una pequeña penitencia en tanto mi Tablet llegara.
Esa madrugada
se celebró la visita de la tía hasta pasado el mediodía, luego no recuerdo
mucho, solo el café cargado que tuve que tomar para despabilarme al día
siguiente, apenas levantarme y poder acudir a acompañar y atenderla.
La llevé a
curarse los dientes, a medirse la vista, a visitar a uno y otro familiar. Me
quedaba en casa de mi madre, donde estaba cómodamente hospedada, hasta que se
acostaba, al día siguiente llegaba temprano para poderla acompañar a atender
diversos asuntos; había uno al que la tía le estaba dedicando mucho tiempo, era
la gestión para recibir una pensión por el tiempo que había trabajado en
aquella fábrica textil, visitamos muchas oficinas, abogados y notarios para
completar los trámites, pero me hizo saber que tendría que gestionar unos
documentos en Estados Unidos para completar su expediente.
Lo cierto
es que, había pasado más de una semana y ya estaba cansado, los continuos
viajes en combi, en el metropolitano o en tren y las interminables caminatas me
estaban consumiendo, ella nunca viajaba en taxi, pero creo que la esperanza de
recibir las maletas olvidadas en Panamá mantenía vivo mi interés en servirle de
lazarillo.
Hasta una
mañana en que me dijo que nos tocaba ir al aeropuerto para recoger las benditas
maletas. Mi excitación se fue al límite, el día tan esperado estaba aquí.
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Tengo un amigo
que nos puede alquilar una camioneta – le ofrecí emocionado.
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No es necesario,
creo que las podemos traer cómodamente en un taxi.
Para mi no
había diferencia, las expectativas por tener aquella Tablet soñada en mis manos
calmaba cualquier arresto de incomodidad.
Nos fuimos
al aeropuerto, ella ingresó sola, tuve que esperarla afuera porque la seguridad se había extremado después de un
paro del personal que operaba el aeropuerto. No me importó en absoluto, esperé
casi dos horas. Y me llamó mucho la atención verla salir con un sobre un poco
abultado y nada más.
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¿Qué pasó? –
pregunté algo tolondro.
-
No sabes, las
maletas han sido devueltas a Orlando y ya las han entregado en casa, acabo de
hablar con tu tío y están conforme; gracias a Dios me envió los documentos que
me faltaban.
Esa tarde las
comunicaciones entre los familiares fue de grado militar, iban y venían de un
lado y de otro, todos se preguntaban cómo haría la tía para pedir las maletas, unos
sugerían hacer “una chancha” para pagar
el envío, otros decían que era responsabilidad de la tía; hasta que ella
misma lo explicó.
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Antes de irme les
voy a devolver su dinero a todos aquellos que me encargaron algo, como ya
compré todo lo que me pidieron, apenas llegue a casa les voy a enviar las
maletas para que repartan todas las cosas que pensaba entregarles
personalmente, a los que me enviaron dinero sus pedidos les va a salir gratis, es
la forma en que se me ocurre compensarles por el mal rato que les hice pasar.
Nada que
discutir, todos nos mostramos conformes. Y así fue, dos días antes de su
partida, después de haber celebrado un año nuevo como se debe, donde la tía tomó,
bailó y comió como nadie, nos volvimos a reunir.
Estaba
casi la familia completa, la casa de mi madre resultó pequeña para tanta gente,
la tía comenzó a llamar a cada uno de los que le habíamos enviado dinero y nos lo
devolvía con un gesto angelical, con una expresión que todavía resumía navidad
por todos sus poros. Al terminar no se nos ocurrió mejor idea que comprar trago,
comida y poner música para despedirla. Celebramos hasta las diez de la mañana
porque tenía que viajar a la medianoche, sino la seguíamos.
Me
devolvió los 290 dólares pero gasté 150 en su despedida, recuerdo que me volví
solvente y mandé pedir tres pollos a la brasa, qué importaba, total, pronto
tendría mi Tablet y 140 dólares ahorrados.
Con el
mismo entusiasmo de siempre, la llevé al aeropuerto, me volví a comer el frío
de la madrugada pero sentía un calor interno que me mantenía optimista, cada
hora que pasaba estaba más cerca de mi sueño tecnológico.
No dormí y
me mantuve pendiente de los mensajes de la tía, me consumía la ansiedad, había
calculado su tiempo de vuelo, el transporte hasta su casa, el tiempo que le
tomaría descansar, las cosas urgentes que tendría que resolver después de su
viaje y la hora en que tenía que comunicarse con nosotros.
Unas horas
después de mis cálculos por fin tuvimos noticias de ella.
Con
bastante dolor nos comunicaba que mientras su esposo fue a recogerla al
aeropuerto unos ladrones se metieron a su casa y la desvalijaron, se llevaron
electrodomésticos, joyas, dinero en efectivo, muebles, adornos, hasta la ropa
de cama, es decir los dejaron con lo que traían puesto en ese momento. Ah! por
supuesto, su dolor era tanto que nadie se atrevió a preguntar por las maletas,
todos intuimos que también se las llevaron los ladrones.
Personalmente
me sentí perplejo, confuso, no lograba cuajar en mi un vil pensamiento que
culpara injustamente los esfuerzos de la tía Lucy, ella era quizás el resultado
de una situación desgraciada que no merecía vivir.
Le escuché
decir entre dientes a mi madre:
-
Pobre Lucy, no ha
cambiado.