Apagó el
primer cigarrillo de la mañana contra el cemento de la gradería donde estaba
sentado, una tribuna abandonada apenas empezada a construir, pensó en prender otro
pitillo pero desistió cuando escuchó que la gran puerta del camal, casi debajo
de la tribuna, comenzaba a abrirse. De un salto se puso frente a ella hasta que
se hubo abierto por completo y como si hubiera estado esperando toda la vida entró;
el trabajador que abrió llevaba puesto un gran traje de hule blanco, tipo
overol, con botas también blancas, dentro de la caña de la bota derecha había
acomodado un gran cuchillo con mango blanco y un afilador que parecían no
incomodarlo, el brillo de la mañana resaltaba el blanco, que se notaba
reluciente a pesar de las tenues manchas rojas, pese a las lavadas, como si fuera
el estampado, que cubrían algunas partes del traje y que daban cuenta de su uso.
Chocaron
las manos en puño.
-
Buenos días don
Alejandro – saludó el trabajador.
-
Hola Cholo –
contestó con la mayor familiaridad - ¿Habrá buena matanza para hoy? No veo camiones.
-
Si don Alejandro,
hay de todo para hoy, reses, carneros y chanchos, lo que pasa es que los
descargaron anoche y los camiones ya se fueron – mientras aseguraba el portón
que acababa de cerrar – ¡Ah! pero solo llegaron cuatro o cinco reses – continuó hablando.
Caminaron
juntos hasta el interior del camal, muy al fondo se encontraba el matadero, antes pasaron por los corrales, pudo
calcular una treintena de carneros y de cerdos, pero solo cinco reses,
separados por rejas móviles para agrandar o reducir los espacios, todos pacían despreocupadamente,
sin entender que pronto les llegaría la muerte. Apuró el paso evitando mirar a los ojos de las reses.Toda el área del
matadero tenía el piso de mayólicas blancas, que incluso cubrían las pocas
paredes, ésta zona estaba cruzada por un sistema de canaletas y se notaba que
los pisos tenían una inclinación hacia ellas
Había unos
quince trabajadores, todos muy atareados, llevaban la misma vestimenta, unos
movían vísceras en una especie de pileta cuadrada, llena de agua, otros atendía
una gran marmita que sobre una cocina de pequeña altura amenazaba en romper el
hervor del agua que contenía. Los otros trabajadores trapeaban el piso
provistos de una manguera cuyo color verde resaltaba sobre el fondo blanco del
ambiente.
Uno de
estos últimos, al darse cuenta de la llegada de Alejandro, secándose las manos
con una franela que sacó de uno de los bolsillos de su overol se les acercó.
-
¿Cómo está don
Alejandro? Buenos días – ofreciendo sus brazos abiertos para un abrazo que
Alejandro aceptó sonriendo.
-
Hola Jeremías,
qué gusto verte, espero que me hayas dejado algo,
-
Por supuesto,
doctor – respondió Jeremías, alejándose un poco, haciendo ademanes como para evitar
ensuciar la ropa mientras lo abrazaba.
Alejandro
se acomodó el guardapolvo blanco de tela que traía, en uno de sus bolsillos se
podía ver colgando la parte de jebe de un estetoscopio.
-
Creo que solo hay
cinco reses, doctor.
Hubo un
silencio de algunos segundos, como si la escena se tratara de una película que
había sido pausada, mientras que, por la mente de Alejandro comenzaron a
cruzarse muchas alertas, sus músculos se tensaron y su respiración se hizo
entrecortada, acababa de ver a lo lejos que una de las cinco reses del corral
era blanca, no lo había notado hasta ahora, completamente blanca. Se sintió
como el personaje de Melville, extasiado por el color del animal al que
comenzaba a mirar como un enemigo.
Cuántos
años habían pasado desde aquel domingo en que su papá lo llevó como compañía mientras
él jugaba fútbol en el viejo estadio, Alejandro, con nueve o diez años, se
encaramó en la pared tras la tribuna en donde lo habían dejado y de pronto se
encontró con un mundo interesante, un universo diferente, se quedó asombrado
del orden que se veía en todo lo que se hacía dentro de aquel camal, los
animales eran empujados por una sola persona provisto de una picana
eléctrica a través de un pasillo de rejas por el cual
solo podía ir uno a la vez, de esa persona dependía la velocidad del tránsito
de los animales. Los pocos trabajadores tenían, aquel entonces, monos de hule
todos de color anaranjado, complementado con botas de jebe azul y gorras
blancas. Le recordaron a los Lemmings que tanto le gustaba jugar en la
computadora. Vio como primero se sacrificaban a las reses, en su mayoría toros,
aunque de vez en cuando aparecía alguna vaca machorra, después de transitar por
el pasillo de rejas eran subidos por un tabladillo a una especie de tolva
metálica de camión a más de un metro del piso, después se enteró que era un
cajón de noqueo, donde entraban hasta cinco animales, entonces, un puntillero,
subía a una saliente, un alero, que corría por fuera de la tolva y comenzaba a
picar las nucas de las reses, dejándolas cuadripléjicas para luego
sacrificarlas con comodidad, después de haber caído por la puñalada se abría el
piso del cajón y las reses caían al piso, inertes, listas para ser
beneficiadas.
El propio
puntillero, bajaba de la tolva, accionaba el botón que abría el piso de la caja
de metal y las reses se despatarraban sobre las mayólicas, luego se les
incrustaban unos ganchos metálicos unidos a largas y gruesas cadenas, en una de
sus patas traseras y eran subidas por un sistema de cabrestantes eléctricos.
Entonces, cada matarife tomaba una de las reses colgadas y la empujaba hasta el
lugar donde las convertían en cortes perfectos de carne, atravesando casi todo
el lugar sujetadas de los winches que corrían por un sistema de rieles
construidos muy cerca del techo. Ese desplazamiento de no más de veinticinco
metros le parecían una procesión donde el santo adorado todavía tenía vida y miraba
con terror lo que sucedía sin poder entender lo que le estaba pasando. Al ser
degolladas la mirada de los animales comenzaba a tornarse vidriosa, poco a
poco, a medida que su sangre chorreaba hacia las canaletas.
También se
quedó maravillado de cómo una sola persona podía matar muchas ovejas y carneros,
cómo sus movimientos ensayados y precisos cual
bailarín de la danza de las tijeras acababa ceremoniosamente con cada
uno de los ovinos, a los que luego del degüello introducían una vara metálica
por la arteria sangrante, directo al corazón, con lo cual quedaba el animal
listo para pasar a otras manos, donde sería despellejado y eviscerado.
Recordaba
cómo los cerdos eran beneficiados a partir de las ocho de la mañana, por
una disposición municipal antigua,
debido al ruido que hacían, se les ataba a un poste mientras se les
proporcionaba alimento para distraerlos, luego el matarife les daba un gran
golpe en la frente con un palo cual bate de beisbol, dejando al animal
conmocionado, así, casi en silencio, se procedía a matarlo hincándole un puñal
directo al corazón. Ahora era muy diferente, con los cerdos se empleaba una
vara larga al final de la cual había una horquilla que se le ponía en la
cabeza, como audífonos y, luego se disparaba una carga eléctrica que
conmocionaba a los animales y quedaban aturdidos y tensos, tirados en el piso
en espera del pinchazo final.
Durante
mucho tiempo fue testigo dominical de las actividades del camal. Aprendió de
lejos las medidas de seguridad que debían observarse mientras se trabajaba, de
alguna forma logró darse cuenta que el movimiento se centraba sobre la matanza
de las reses; y, la extraña ceremonia en torno a este proceso llegó a gustarle.
Un domingo,
después de algunos años, cuando ya estudiaba medicina, al llegar a su lugar de
observación en lo más alto de las tribunas, se topó con una gran algarada, la
policía y los paramédicos habían reemplazado a los trabajadores que solían
encontrarse en plena actividad a esta hora. Desde donde estaba no podía
enterarse del motivo de esta batahola, la curiosidad lo obligó a retornar al
día siguiente, se armó de valor y por primera vez visitó el camal desde un
lugar que no fuera su mirador sobre las tribunas; preguntó e indagó entre las pocas
personas, casi todas conocidas desde la distancia, se enteró de lo que había
pasado, el puntillero, el que dejaba a las reses a punto de ser sacrificadas,
había sido alcanzado por una cornada de un toro moribundo que le atravesó el
pecho y le ocasionó una muerte dolorosa, le había mirado directo a los ojos y
había quebrado la regla que todo matarife cumple a ciegas, no acercarse a los
animales hasta estar seguros de que no se mueven.
Aprovechó
la oportunidad para postularse como puntillero, quien lo evaluó fue Jeremías,
le hizo algunas preguntas sobre cómo utilizar el puñal que tenía una hoja de
sólo diez centímetros, las medidas de seguridad, algunas apreciaciones sobre la
finalidad de desnucar a las reses y sobre su experiencia.. Para todo tuvo la respuesta
correcta y no le costó trabajo mentir sobre esto último, dijo que lo había
hecho durante el tiempo en un camal de la sierra. Siempre sospechó que el hecho
de ser estudiante de medicina pesó mucho en su contratación. Y, pese a
ejercerla seguía cubriendo exclusivamente el trabajo de picador de vacunos dos
días a la semana.
Después de
ser aceptado fue Jeremías quien le contó sobre la muerte del anterior
puntillero, era una especie de maldición, una leyenda. Escuchó con atención que
las reses de color blanco traían un peligro, algún espíritu maligno tomaba
posesión de ese cuerpo, se escondía dentro de ellas para castigar al hombre por
haber convertido en carne el espíritu de un animal que algunos consideraban
sagrado, el mismo Jeremías aseguraba que las reses de color blanco que el había
sacrificado siempre estaban extrañamente infestadas de alicuya y otros
parásitos desconocidos que de seguro podían contagiar a las personas.,
-
Don Alejandro,
están bonitos los animales ¿no?
Regresó
desde sus recuerdos a donde había caído, respiró y contestó
-
Si, cada día la
gente se esmera para mejorar las razas – terminó de hablar pero con su mirada
insistente sobre la res blanca, que ahora identificó como una vaca, trataba de
encontrar una mancha, un lunar, quizás una cicatriz o una costra, pero nada. Se
restregó los ojos y volvió a mirar, esta vez revisó metódicamente, comenzó
desde el rabo del animal hacia la cabeza, buscaba una mancha de cualquier color
para asegurarse que no era un animal blanco, poco a poco avanzó hasta llegar a
la cara, desde la distancia no le preocupó la mirada del animal, no se
distinguían los ojos, pero le parecieron algo rojos. Le invadió un pequeño
temor, una duda, pero siguió, aunque ahora sus movimientos le parecieron que no
partían de su voluntad, se sentía volando, un raro viento suave lo llevara sin
poder evitarlo.
Como un autómata, de un desvencijado pero limpio
ropero metálico tomó la picana eléctrica y la puntilla luego de ponerse el
overol blanco, se acercó al corral con la intención de empujar a las reses a
través del pasadizo enrejado camino a la tolva donde serían puntilladas. Apretó
el botón de activar y la corriente eléctrica entre los polos de la picana
hicieron ese ruido característico, ruido que necesitaba sentir y que siempre le
daban más confianza, las reses parecieron entenderle, iniciaron sin mucho
esfuerzo el camino hacia la muerte, el animal blanco, que acababa de confirmar que
era una vaca joven, de menos de tres años, lo hizo primero, fue rápido y fácil.
Cerró la puerta del cajón y se encaramó hasta el alero desde donde podría picar
a las reses sin correr peligro. Comenzó su trabajo evitando mirarlas a los
ojos, dio los piquetes casi perfectos, sabía de su técnica y su práctica sin
errores, pero la vaca blanca no cayó, era el último animal, sabía que cuando
eso pasaba no debía intentar “rebuscar”, mover el puñal hacia los lados para
desnucar al animal, tenía que sacar la puntilla y volverla a incrustar; así lo
hizo, fueron necesarios cuatro intentos para que la vaca cayera produciendo ese
golpe sorpresivo sobre el metal.
Se deslizó hacia el piso y contó hasta veinte
como lo hacía siempre para recién accionar la palanca que abría el cajón dejando
caer las reses, eso le permitía advertir que no había movimientos peligrosos.
Las miró tiradas en el piso, dibujando un extraño
mandala intuitivo con sus cuerpos, ninguna se movía, la vaca blanca había
quedado encima pero su cabeza miraba al lado contrario de donde se encontraba,
esa fuerza que lo movía antes había desaparecido, se quedó parado un instante,
repasó las medidas de seguridad, les tocaba a los matarifes meterse debajo del
cajón; alguna vez fue necesario volver a picar a un animal que todavía
pataleaba, esta vez no. No aparecía nadie y sintió curiosidad por mirar a los
ojos de aquel animal que le recordaba el Moby Dick de su infancia. Siente la
fuerza de la curiosidad como nunca antes, arrastrando los pies se acercó muy
lentamente hasta ver los ojos de la vaca.
Pensó encontrar desconcierto, dolor, tristeza,
como recordaba haber encontrado en las miradas de otros animales. Se
sorprendió. Estos ojos estaban vivos, destellantes, destilaban rabia, odio. La
impresión lo paralizó. Esa mirada tenía un odio profundo, quizás algo más. Qué
era eso? intentó descifrar el contenido de esa mirada, intensa, caliente, como
la del juez que después de mirar a la víctima mira al despiadado culpable antes
de dictar sentencia. Había un reclamo en esa mirada, algo que le pedía que se
acercara y tras de ello una intención que como una nube cubrían esos ojos. Otra
vez ese viento, esa fuerza invisible que lo hacía avanzar arrastrando los pies.
Se acercó, intentó agacharse para ver mejor esos ojos pero no fue necesario. La
fuerte mirada era como un grito de venganza, un reclamo ancestral y protervo acumulado
de venganza que lo paralizó, pero, extrañamente no sentía miedo. Hasta pensó en
contarle a Jacinto este descubrimiento ¿Qué diría? Ensayó una mueca, media
sonrisa como la de quien descubre sin querer un secreto. Seguro que Jacinto
también se sorprendería.
Sintió un fuerte golpe en el pecho, luego, un
bufido que le golpeó el rostro. Se preguntó si sería la bestia exhalando o la
vida que se escapaba con el aire que salía de su pecho.