LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

viernes, 21 de octubre de 2022

VINDICTA

 

Apagó el primer cigarrillo de la mañana contra el cemento de la gradería donde estaba sentado, una tribuna abandonada apenas empezada a construir, pensó en prender otro pitillo pero desistió cuando escuchó que la gran puerta del camal, casi debajo de la tribuna, comenzaba a abrirse. De un salto se puso frente a ella hasta que se hubo abierto por completo y como si hubiera estado esperando toda la vida entró; el trabajador que abrió llevaba puesto un gran traje de hule blanco, tipo overol, con botas también blancas, dentro de la caña de la bota derecha había acomodado un gran cuchillo con mango blanco y un afilador que parecían no incomodarlo, el brillo de la mañana resaltaba el blanco, que se notaba reluciente a pesar de las tenues manchas rojas, pese a las lavadas, como si fuera el estampado, que cubrían algunas partes del traje y que daban cuenta de su uso.

Chocaron las manos en puño.

-       Buenos días don Alejandro – saludó el trabajador.

-       Hola Cholo – contestó con la mayor familiaridad - ¿Habrá buena matanza para hoy? No veo camiones.

-       Si don Alejandro, hay de todo para hoy, reses, carneros y chanchos, lo que pasa es que los descargaron anoche y los camiones ya se fueron – mientras aseguraba el portón que acababa de cerrar – ¡Ah! pero solo llegaron cuatro o cinco reses – continuó hablando.

Caminaron juntos hasta el interior del camal, muy al fondo se encontraba el matadero, antes pasaron por los corrales, pudo calcular una treintena de carneros y de cerdos, pero solo cinco reses, separados por rejas móviles para agrandar o reducir los espacios, todos pacían despreocupadamente, sin entender que pronto les llegaría la muerte. Apuró el paso evitando mirar a los ojos de las reses.Toda el área del matadero tenía el piso de mayólicas blancas, que incluso cubrían las pocas paredes, ésta zona estaba cruzada por un sistema de canaletas y se notaba que los pisos tenían una inclinación hacia ellas

Había unos quince trabajadores, todos muy atareados, llevaban la misma vestimenta, unos movían vísceras en una especie de pileta cuadrada, llena de agua, otros atendía una gran marmita que sobre una cocina de pequeña altura amenazaba en romper el hervor del agua que contenía. Los otros trabajadores trapeaban el piso provistos de una manguera cuyo color verde resaltaba sobre el fondo blanco del ambiente.

Uno de estos últimos, al darse cuenta de la llegada de Alejandro, secándose las manos con una franela que sacó de uno de los bolsillos de su overol se les acercó.

-       ¿Cómo está don Alejandro? Buenos días – ofreciendo sus brazos abiertos para un abrazo que Alejandro aceptó sonriendo.

-       Hola Jeremías, qué gusto verte, espero que me hayas dejado algo,

-       Por supuesto, doctor – respondió Jeremías, alejándose un poco, haciendo ademanes como para evitar ensuciar la ropa mientras lo abrazaba.

Alejandro se acomodó el guardapolvo blanco de tela que traía, en uno de sus bolsillos se podía ver colgando la parte de jebe de un estetoscopio.

-       Creo que solo hay cinco reses, doctor.

Hubo un silencio de algunos segundos, como si la escena se tratara de una película que había sido pausada, mientras que, por la mente de Alejandro comenzaron a cruzarse muchas alertas, sus músculos se tensaron y su respiración se hizo entrecortada, acababa de ver a lo lejos que una de las cinco reses del corral era blanca, no lo había notado hasta ahora, completamente blanca. Se sintió como el personaje de Melville, extasiado por el color del animal al que comenzaba a mirar como un enemigo.

Cuántos años habían pasado desde aquel domingo en que su papá lo llevó como compañía mientras él jugaba fútbol en el viejo estadio, Alejandro, con nueve o diez años, se encaramó en la pared tras la tribuna en donde lo habían dejado y de pronto se encontró con un mundo interesante, un universo diferente, se quedó asombrado del orden que se veía en todo lo que se hacía dentro de aquel camal, los animales eran empujados por una sola persona provisto de una picana eléctrica   a través de un pasillo de rejas por el cual solo podía ir uno a la vez, de esa persona dependía la velocidad del tránsito de los animales. Los pocos trabajadores tenían, aquel entonces, monos de hule todos de color anaranjado, complementado con botas de jebe azul y gorras blancas. Le recordaron a los Lemmings que tanto le gustaba jugar en la computadora. Vio como primero se sacrificaban a las reses, en su mayoría toros, aunque de vez en cuando aparecía alguna vaca machorra, después de transitar por el pasillo de rejas eran subidos por un tabladillo a una especie de tolva metálica de camión a más de un metro del piso, después se enteró que era un cajón de noqueo, donde entraban hasta cinco animales, entonces, un puntillero, subía a una saliente, un alero, que corría por fuera de la tolva y comenzaba a picar las nucas de las reses, dejándolas cuadripléjicas para luego sacrificarlas con comodidad, después de haber caído por la puñalada se abría el piso del cajón y las reses caían al piso, inertes, listas para ser beneficiadas.

El propio puntillero, bajaba de la tolva, accionaba el botón que abría el piso de la caja de metal y las reses se despatarraban sobre las mayólicas, luego se les incrustaban unos ganchos metálicos unidos a largas y gruesas cadenas, en una de sus patas traseras y eran subidas por un sistema de cabrestantes eléctricos. Entonces, cada matarife tomaba una de las reses colgadas y la empujaba hasta el lugar donde las convertían en cortes perfectos de carne, atravesando casi todo el lugar sujetadas de los winches que corrían por un sistema de rieles construidos muy cerca del techo. Ese desplazamiento de no más de veinticinco metros le parecían una procesión donde el santo adorado todavía tenía vida y miraba con terror lo que sucedía sin poder entender lo que le estaba pasando. Al ser degolladas la mirada de los animales comenzaba a tornarse vidriosa, poco a poco, a medida que su sangre chorreaba hacia las canaletas.

También se quedó maravillado de cómo una sola persona podía matar muchas ovejas y carneros, cómo sus movimientos ensayados y precisos cual  bailarín de la danza de las tijeras acababa ceremoniosamente con cada uno de los ovinos, a los que luego del degüello introducían una vara metálica por la arteria sangrante, directo al corazón, con lo cual quedaba el animal listo para pasar a otras manos, donde sería despellejado y eviscerado.

Recordaba cómo los cerdos eran beneficiados a partir de las ocho de la mañana, por una  disposición municipal antigua, debido al ruido que hacían, se les ataba a un poste mientras se les proporcionaba alimento para distraerlos, luego el matarife les daba un gran golpe en la frente con un palo cual bate de beisbol, dejando al animal conmocionado, así, casi en silencio, se procedía a matarlo hincándole un puñal directo al corazón. Ahora era muy diferente, con los cerdos se empleaba una vara larga al final de la cual había una horquilla que se le ponía en la cabeza, como audífonos y, luego se disparaba una carga eléctrica que conmocionaba a los animales y quedaban aturdidos y tensos, tirados en el piso en espera del pinchazo final.

Durante mucho tiempo fue testigo dominical de las actividades del camal. Aprendió de lejos las medidas de seguridad que debían observarse mientras se trabajaba, de alguna forma logró darse cuenta que el movimiento se centraba sobre la matanza de las reses; y, la extraña ceremonia en torno a este proceso llegó a gustarle.

Un domingo, después de algunos años, cuando ya estudiaba medicina, al llegar a su lugar de observación en lo más alto de las tribunas, se topó con una gran algarada, la policía y los paramédicos habían reemplazado a los trabajadores que solían encontrarse en plena actividad a esta hora. Desde donde estaba no podía enterarse del motivo de esta batahola, la curiosidad lo obligó a retornar al día siguiente, se armó de valor y por primera vez visitó el camal desde un lugar que no fuera su mirador sobre las tribunas; preguntó e indagó entre las pocas personas, casi todas conocidas desde la distancia, se enteró de lo que había pasado, el puntillero, el que dejaba a las reses a punto de ser sacrificadas, había sido alcanzado por una cornada de un toro moribundo que le atravesó el pecho y le ocasionó una muerte dolorosa, le había mirado directo a los ojos y había quebrado la regla que todo matarife cumple a ciegas, no acercarse a los animales hasta estar seguros de que no se mueven.

Aprovechó la oportunidad para postularse como puntillero, quien lo evaluó fue Jeremías, le hizo algunas preguntas sobre cómo utilizar el puñal que tenía una hoja de sólo diez centímetros, las medidas de seguridad, algunas apreciaciones sobre la finalidad de desnucar a las reses y sobre su experiencia.. Para todo tuvo la respuesta correcta y no le costó trabajo mentir sobre esto último, dijo que lo había hecho durante el tiempo en un camal de la sierra. Siempre sospechó que el hecho de ser estudiante de medicina pesó mucho en su contratación. Y, pese a ejercerla seguía cubriendo exclusivamente el trabajo de picador de vacunos dos días a la semana.

Después de ser aceptado fue Jeremías quien le contó sobre la muerte del anterior puntillero, era una especie de maldición, una leyenda. Escuchó con atención que las reses de color blanco traían un peligro, algún espíritu maligno tomaba posesión de ese cuerpo, se escondía dentro de ellas para castigar al hombre por haber convertido en carne el espíritu de un animal que algunos consideraban sagrado, el mismo Jeremías aseguraba que las reses de color blanco que el había sacrificado siempre estaban extrañamente infestadas de alicuya y otros parásitos desconocidos que de seguro podían contagiar a las personas.,

-       Don Alejandro, están bonitos los animales ¿no?

Regresó desde sus recuerdos a donde había caído, respiró y contestó

-              Si, cada día la gente se esmera para mejorar las razas – terminó de hablar pero con su mirada insistente sobre la res blanca, que ahora identificó como una vaca, trataba de encontrar una mancha, un lunar, quizás una cicatriz o una costra, pero nada. Se restregó los ojos y volvió a mirar, esta vez revisó metódicamente, comenzó desde el rabo del animal hacia la cabeza, buscaba una mancha de cualquier color para asegurarse que no era un animal blanco, poco a poco avanzó hasta llegar a la cara, desde la distancia no le preocupó la mirada del animal, no se distinguían los ojos, pero le parecieron algo rojos. Le invadió un pequeño temor, una duda, pero siguió, aunque ahora sus movimientos le parecieron que no partían de su voluntad, se sentía volando, un raro viento suave lo llevara sin poder evitarlo.

Como un autómata, de un desvencijado pero limpio ropero metálico tomó la picana eléctrica y la puntilla luego de ponerse el overol blanco, se acercó al corral con la intención de empujar a las reses a través del pasadizo enrejado camino a la tolva donde serían puntilladas. Apretó el botón de activar y la corriente eléctrica entre los polos de la picana hicieron ese ruido característico, ruido que necesitaba sentir y que siempre le daban más confianza, las reses parecieron entenderle, iniciaron sin mucho esfuerzo el camino hacia la muerte, el animal blanco, que acababa de confirmar que era una vaca joven, de menos de tres años, lo hizo primero, fue rápido y fácil. Cerró la puerta del cajón y se encaramó hasta el alero desde donde podría picar a las reses sin correr peligro. Comenzó su trabajo evitando mirarlas a los ojos, dio los piquetes casi perfectos, sabía de su técnica y su práctica sin errores, pero la vaca blanca no cayó, era el último animal, sabía que cuando eso pasaba no debía intentar “rebuscar”, mover el puñal hacia los lados para desnucar al animal, tenía que sacar la puntilla y volverla a incrustar; así lo hizo, fueron necesarios cuatro intentos para que la vaca cayera produciendo ese golpe sorpresivo sobre el metal.

Se deslizó hacia el piso y contó hasta veinte como lo hacía siempre para recién accionar la palanca que abría el cajón dejando caer las reses, eso le permitía advertir que no había movimientos peligrosos.

Las miró tiradas en el piso, dibujando un extraño mandala intuitivo con sus cuerpos, ninguna se movía, la vaca blanca había quedado encima pero su cabeza miraba al lado contrario de donde se encontraba, esa fuerza que lo movía antes había desaparecido, se quedó parado un instante, repasó las medidas de seguridad, les tocaba a los matarifes meterse debajo del cajón; alguna vez fue necesario volver a picar a un animal que todavía pataleaba, esta vez no. No aparecía nadie y sintió curiosidad por mirar a los ojos de aquel animal que le recordaba el Moby Dick de su infancia. Siente la fuerza de la curiosidad como nunca antes, arrastrando los pies se acercó muy lentamente hasta ver los ojos de la vaca.

Pensó encontrar desconcierto, dolor, tristeza, como recordaba haber encontrado en las miradas de otros animales. Se sorprendió. Estos ojos estaban vivos, destellantes, destilaban rabia, odio. La impresión lo paralizó. Esa mirada tenía un odio profundo, quizás algo más. Qué era eso? intentó descifrar el contenido de esa mirada, intensa, caliente, como la del juez que después de mirar a la víctima mira al despiadado culpable antes de dictar sentencia. Había un reclamo en esa mirada, algo que le pedía que se acercara y tras de ello una intención que como una nube cubrían esos ojos. Otra vez ese viento, esa fuerza invisible que lo hacía avanzar arrastrando los pies. Se acercó, intentó agacharse para ver mejor esos ojos pero no fue necesario. La fuerte mirada era como un grito de venganza, un reclamo ancestral y protervo acumulado de venganza que lo paralizó, pero, extrañamente no sentía miedo. Hasta pensó en contarle a Jacinto este descubrimiento ¿Qué diría? Ensayó una mueca, media sonrisa como la de quien descubre sin querer un secreto. Seguro que Jacinto también se sorprendería.

Sintió un fuerte golpe en el pecho, luego, un bufido que le golpeó el rostro. Se preguntó si sería la bestia exhalando o la vida que se escapaba con el aire que salía de su pecho.

domingo, 4 de septiembre de 2022

PREGUNTAS DE RUTINA

 

Día domingo, pese a haberse acostado pocas horas antes se levantó temprano y después de un duchazo rápido y un café con tostadas “para tener algo en las tripas”, que pensó para consolarse, arrancó el pequeño auto que tenía, lo calentó por un par de minutos, miró la aguja de combustible y leyó la cantidad de kilómetros que había avanzado desde su última visita al surtidor de gasolina:

-       Tengo para un par de días todavía – se dijo, mientras encendía la radio para acompañarse con música, como siempre.

Tenía que conducir hasta Chorrillos, hoy decidió usar la ruta larga para evitar el pago de doble peaje, estaba en los últimos días del mes, aquellos en que su presupuesto comenzaba a estirarse en espera del pago siguiente. No tocaría sus ahorros porque sabía que hacerlo rompería esta costumbre de “guardar pan para mayo” y podría convertirse en una acción habitual. “ Me conozco perfectamente”.

Llegó a la casa de reposo, eufemismo para asilo de ancianos como se les llamaba antes; esta vez no había traído ningún paquete sino que se dirigió a la cafetería en donde compró un par de empanadas, otro de tamales, una torta helada pequeña y una botella  grande de Coca Cola de dieta, las hizo poner dentro de una bolsa decorada por el día del padre mientras retiraba efectivo de un cajero electrónico, calculando el monto más cercano al que necesitaba para pagar tres meses de atrazo a la casa de reposo – “Si no pago lo echan” pensó” - luego, se dirigió resuelta hacia el interior del pequeño y bien cuidado edificio. Mostró sus documentos a un portero que atendía tras una luna oscurecida mientras pensaba cómo sería el tipo que seguro la miraba, quizás se trate de un padre de familia que tiene que trabajar justo en el día del padre, como policías y bomberos que lo hacen en su día, quizás estaría cansado “¿habrá tomado desayuno?” “¿habrá cenado la noche anterior” “¿le esperará alguien en casa o estará olvidado como muchos padres?” El chasquido de la cerradura eléctrica abriéndole la puerta le arrancó de sus cavilaciones. Ingresó y tras caminar por un extenso jardín adornado por una glorieta rodeada de bancas de madera donde tres ancianos parecían disfrutar de la mañana templada, llegó a la habitación de su padre.

Parada ante la puerta de la habitación, antes de sacar la llave, la empujó, pues sabía que si ya había pasado la asistente con el desayuno ésta estaría junta. No se abrió, quizás todavía dormía, pensó, mientras usaba su llave para entrar evitando cualquier ruido innecesario.

Se acercó a la cama y levantó despacio la cobija y verificó que su padre todavía dormía, se quedó mirándolo por un momento mientras sus recuerdos revoloteaban dentro de su cabeza como un remolino sin fin, trató de coger una imagen de las muchas que pasaban velozmente para quedarse con ella pero después de suspirar volvió a cubrirle el rostro y moviéndose cuidadosamente encendió la cafetera. Se dio cuenta que el café era el que había preparado en su visita anterior, un domingo antes.

-       Puta madre, o sea, una semana más que nadie viene a verlo.

Se sintió molesta pues esperaba que estando cerca el día del padre uno de sus tres hermanos hubiera visitado al anciano.

Se sacó los zapatos que crujían de nuevos, para moverse cómodamente. Después de ordenar algunas cosas, más bien cambiarlas de lugar, por que el orden y la limpieza de aquel recinto parecían perfectos, se acomodó en la poltrona que se encontraba a un lado de la cabecera de la cama, sacó su celular y revisó si tenía pendientes, por varios minutos se distrajo revisando las redes sociales e internet, comenzó a sentirse cansada, la respiración rítmica del anciano hacían las veces de un mantra hipnótico que poco a poco terminaron por dormirla.

Se despertó alarmada, desorientada e inmediatamente miró su reloj había dormido casi dos horas, resopló y con la muñeca se limpió la saliva que tenía alrededor de la boca, se levantó, se alisó la ropa y se dio cuenta que su papá la miraba atentamente, en voz baja se recriminó:

- Carajo, qué manera de dormir, no he sentido ni a la enfermera - de inmediato y levantando la voz - Hola papá ¿Sabes quién soy?.

Era una pregunta que siempre le hacía para saber si estaba en un momento de lucidez, con la edad, además de la diabetes, le había llegado una demencia senil a poco de cumplir 80 años, que lo ponía en una especie de estado catatónico por eepacios, que al principio fueron cortos y poco a poco se hacían más prolongados; cuando se encontraba afectado se quedaba inmóvil a veces durante casi todo el día sin tener conciencia de lo que pasaba a su alrededor, su mirada al frente sin ver, o quizás viendo más allá de lo que él resto no podía ver.

 - Hola hija - le escuchó decir - Te quedaste dormida - mientras levantaba la mano derecha muy lentamente y temblorosa, a manera de saludo.

- ¿Cómo me llamo? - replicó ella.

- Jaqui, como te puso tu madre, aunque yo siempre quise que te llamarás como ella Jaquelyn.

Ella pensó cómo era posible que la demencia senil le permitiera estos momentos de lucidez, como diáfanos amaneceres después de noches oscurecidas por tormentas.

- ¿Cómo estás, viejo? ¿Te siguen tratando bien? ¿Cómo te recibió el día del padre? - mientras colocaba la torta helada en la mesita redonda que luego empujó al lado de la cama sin dejar de mirarlo.

- De la enfermera no me puedo quejar, de la vida, todavía no estoy seguro si fue generosa conmigo, sobretodo por el final, que estoy seguro no me merezco - contestó el anciano, suspirando al final de sus palabras.

Jaqui no se sorprendió de la elaborada respuesta de su padre, sin duda estaba en un momento de lucidez, siempre había sido un hombre de respuestas inteligentes, recordaba que cuando ella era bastante pequeña no entendía el significado de muchas palabras y sobre todo  no podia darse cuenta de las ironías y sarcasmos que habitualmente usaba.

Jaló la poltrona y la acomodó cerca de la mesa, se sentó y comenzó a cortar la torta en pequeños trozos mientras siguió conversando.

- Veo que ninguno de tus hijos se acordó de visitarte,

- Deben estar con problemas o quizás vinieron mientras dormía - se apuró en responder el papá.

- ¡ Jaaa...! ¿No será que los estas defendiendo como siempre? Siempre lo haces, hasta ahora no comprendo por qué les permites que se porten así contigo - tomó aire y continuó como recriminándose - bueno, en realidad ya no puedes hacer nada.

Después siguió un gran silencio interrumpido por el sonido de los cubiertos mientras seguía cortando la torta y en segundo plano la música del televisor que permanecía prendido casi todo el día.

Conversaron hasta después del medio día. Ella le comentó de sus logros, sus proyectos, sus pequeños sueños, porque había aprendido que es mejor soñar cosas pequeñas que puedan lograrse pronto, porque los otros sueños, aquellos que quedan pendientes, se van convirtiendo en intenciones y fracasos, de travesías  que nunca emprendíste y que se convierten en culpas por ofensas que no cometiste y en condena que tendrás que pagar toda la vida.

La enfermera entró a la habitación empujando un carrito de comidas, la saludó cortesmente, era una joven nueva, posiblemente soltera, por que a las casadas se les suele dar permiso por el día del padre, la recién llegada atendió amablemente a su papá y le dejó el almuerzo; Jaqui, dirigiéndose al anciano, mientras le acomodaba para que pudiera alcanzar el almuerzo sin problemas le preguntó

- ¿Vas a orinar antes o después del almuerzo? Para llevarte al baño, supongo que no puedes ir solo.

- Todavía puedo hacerlo, hija, ya fui mientras dormias. A veces no puedo levantarme, en esos casos si necesito ayuda.

- ¿Quieres que te desmenuce la comida? - preguntó ella.

- No es necesario.

El anciano comenzó a almorzar lentamente, llevaba la cuchara a la boca temblando y dejando caer comida en el camino, ella le limpiaba con papel toalla la cara y las manos y también los restos de comida que caían.

De pronto Jaqui recordó haber visto a su madre darle de comer cuando él se enfermaba  y no se levantaba de la cama, sintió un poco de cólera reprimida por preguntas que nunca hizo y entonces le preguntó

- ¿Recuerdas que cuando te enfermabas mi mamá te daba los alimentos de esta manera? pero nunca se lo agradeciste, más bien más de una vez le botaste los platos al piso. -¿Te acuerdas? – y le pegó la mirada, sentía curiosidad por su próxima reacción.

- ¿Yo? Nunca! – casi gritando contestó el anciano – estás loca, seguro que lo has soñado.

- Claro, ahora es fácil para ti negarlo todo, eres el bueno de la película, no reconoces todas las cagadas que nos hacías a mamá y a mi, eras un abusivo de mierda, un pega mujeres, un verdadero crápula – mirándolo fijamente a los ojos, esperando una respuesta inteligente, pero nada - ¿Te acuerdas de ésta cicatriz? – continuó agitada mientras se estiraba el cuello de la blusa para mostrar una cicatriz de unos cinco centímetros sobre la parte más redonda de su hombro derecho.

Jaqui tomó aire lentamente, no quería perder la calma, pero sucedió otra vez, como tantas veces, como aquellas en que quería descargar recuerdos de su dolorosa vida de hija, de única hija mujer, su padre, tenía la mirada perdida, mirando a ningún lugar, las manos caídas, trémulas, con el cubierto y la comida derramada sobre la colcha blanca, la boca entreabierta, tiesa, con la saliva anunciando la intención de caer.

- Qué, ya te fuiste otra vez, como cobarde - mientras abanicaba su mano por la cara del anciano, intentando provocar que cerrará los ojos pero él no daba señal de estar presente - y siguió hablando, vociferando, como si ahora pudiera escucharla.

- Tu nos odiabas, a mamá y yo. Desde que tengo uso de razon, sólo recuerdo golpes, abusos, maltratos ¿O no? Solo te interesaban tus tres hijos, para ellos todo, ellos recibieron cada una de tus tres casas y ahora ni siquiera se preocupan de ti, no se acuerdan ni de tu santo - Jaqui sintió el calor de la cólera que inunda las almas de las personas injustamente desplazadas - y crees que podré sacar de mi mente aquella vez que te negaste a matricularme en un instituto por que yo te daría nietos que acabarían con la continuidad de tu apellido, como si fueras un gentil.

Acomodó la poltrona, se sentó parsimoniosomente y siguió con su soflama.

- ¿Te acuerdas la cantidad de golpes que me diste mientras me "enseñabas y corregias" mis tareas? ¿Cuántas veces golpeaste a mamá por atreverse a defenderme?  ¿Y aquella vez que me pegaste con aquella flauta, que era tu "herramienta" favorita, que se rompió en mi hombro y me quedé marcada para siempre por que la tremenda herida que me hiciste me la tuvieron que curar en casa?.

Se reacomodó, tomó aire,  cerró  los ojos por unos instantes, una lágrima resbaló por su cara, se la limpió con el puño de la blusa un poco molesta por qué sería otra lágrima intrascendente como las millones que había derramado. Pensó quedarse callada como siempre pero esta vez prefirió seguir hablando. 

- Tampoco entendí nunca por qué mis hermanos siempre tenían todas las preferencias, a ellos les permitiste tener amistades, salir a fiestas y jugar en la calle en cambio yo crecí enclaustrada - se levantó pesadamente, quizás las penas le pesaban demasiado, se sirvió la Coca cola en un vaso de plástico y bebió sorbos pequeños.

- No sabes cómo me dolió aquella vez que le tiraste la puerta en la cara al único muchacho que logró  interesarme entonces, incluso sobre las patadas que nos diste a mamá y a mi, culpándonos de haberlo invitado sin autorización - tragó saliva y continuó - nos hiciste esclavas de tus prejuicios, vivíamos aterrorizadas por tus cambios de ánimo, éramos manojos de nervios, nuestros cuerpos saltaban, convulsionaban, apenas levantabas la voz.

La joven se sentó pesadamente, estrujó el vaso con la mano que lo sostenía y lo lanzó a un tacho de basura con movimientos de baloncesto, el vaso quedó tirado cerca del cesto.

- Siempre me despierto a media noche recordando aquellas veces en las que a golpes me hacías estudiar hasta una o dos de la mañana, pese a que tenía las tareas resueltas o la lección aprendida, luego me llevabas a la cama y me apagabas la luz del cuarto. Después  me levantabas muy temprano, siempre antes que mis hermanos para que ayudará a mamá a preparar el desayuno.

Se restregó los ojos con ambas manos, era una alegoría irónica de El pensador de Rodín sentada en la poltrona, parecía estar pensando que más decir o intentado callar algo que la atormentaba, respiró profundamente y preguntó:

- ¿Ya regresaste? - mientras auscultaba en  los ojos de su padre una señal que le diera la certeza que se encontraba lúcido - ¿todavía? - volvió a guardar silencio y su respiración evidenciaba una gran agitación, por su mente corría una cantidad grande de recuerdos, empujándose entre ellos, como el caudal embravecido de un río que arrastra todo a su paso, ella, impotente, a merced de aquella corriente pretendía coger un recuerdo para echarle en cara a la estatua en que parecía haberse convertido su padre.

- Y ahora entiendo por qué te preocupabas en que estudiara tanto, el sueño aquel que tuve muchas noches de mi niñez, soñaba que querías ahogarme metiéndome no se qué en la boca, pero apenas despertaba parecía que huías – sollozó, escupió como si de pronto recordara el sabor de algo muy amargo y se restregó los labios casi hasta sangrarlos – lo comprendí después ¿no?, cuando me llevaste al médico por unos granos que me salieron en la cara y el doctor te dijo, apartándote de mi para que no escuchara, que eran cándidas cutáneas y que tenías que vigilarme por que alguien podría estar abusando de mi.

Se le quebró la voz, se quebró ella, su cuerpo parecía disolverse sobre la poltrona, pero recordó qué había venido a hablar y continuó:

- Dejaste de golpearnos unos días, hasta pensé que sería el final del sufrimiento, pero no, luego te pusiste peor, el maltrato se agravó, preferías llamarme puta antes que hija, me denigraste, me obligaste a irme de casa justo antes de cumplir dieciocho, lo lograste a base de golpes que descargabas sobre mamá – dejó escapar un gemido que se apresuró a silenciar – la pobre la pasaba mal defendiéndome, decidí irme antes que la mataras a golpes.

Jaqui se levantó, se acomodó la ropa, se limpió la cara, se arregló el cabello, luego cogió su pequeña cartera, dejó el dinero que había sacado del cajero y lo puso al centro de la mesa, cogió un pequeño florero, sin flores, de una repisa y lo colocó sobre los billetes. Se dirigió a la puerta, cogió el tirador de la puerta y se detuvo, sin voltearse a mirar a su padre continuó hablando:

- Y ahora pareces indefenso, ni siquiera tienes esa mueca en los labios, mueca irónica con la que acompañabas cada agresión, no se qué era primero, la mueca o la agresion,  pero llegué a temerla y odiarla tanto -  se levantó un mechón de pelo que caía sobre su cara - ahora se que fue esa mueca la que aceleró mi partida, pero me fue muy bien, me acomodé en la casa de mi amiga y la vida me dio una oportunidad y viajé a Estados Unidos, fueron los mejores cinco años de mi vida, trabajando, trabajando para mi y por mi y ahorrando, hasta que me encontraste.

Volvió la mirada por sobre su hombro y vio que su padre seguía inmóvil.

- Me obligaste a regresar con el pretexto de que mamá estaba grave y que solo yo podía salvarla, necesitaba un trasplante de médula - la voz quebrada de Jaqui hacía evidente su llanto - y regresé, pero mamá murió cuando nos preparaban para el transplante, ella quiso morir, era su forma de fugar. Tus hijos y tu parecieron celebrarlo, hasta sospeché de ustedes cuando me enteré que cualquiera de sus hijos pudo ser donante - se secó las lágrimas con el puño de la blusa y soltó como cuando el juez sentencia - ¡Algún día lo pagarás!.

Jaqui rebusca en su pequeña cartera y voltea bruscamente.

- Chucha, mis llaves -

Por un instante le pareció reconocer esa sonrisa de su padre que odiaba tanto, se acercó a la mesa y sin dejar de mirarlo recogió lo que parecía buscar.

Parsimoniosomente y con la frente altiva se retiró de la habitación dejando la puerta abierta, un leve y frío viento vespertino recorrió el cuarto moviendo apenas las cortinas mientras el pequeño florero, solitario, proyectaba su sombra sobre la limpia superficie de la mesa.


PD. Esta historia demoró por que fue escrita completamente en mi viejo Huawei P9.

viernes, 20 de mayo de 2022

LOS TRONQUITOS

 

Como casi todos aquellos domingos y feriados cuando me despierto a las seis de la mañana, hoy también aprovecho unas horas para revisar mis correos y otros mensajes que acostumbro recibir a través de internet mientras todos duermen, por lo general tengo entre dos a tres horas de mucha tranquilidad para dedicarme exclusivamente a lo mío. Con mi bata dominguera me acomodo en el escritorio, enciendo la computadora y voy a la cocina por un buen café caliente y negro; para no volver por otro café uso una gran taza que me regaló el menor de mis hijos por el día del padre algunos años atrás.

 

De regreso en el escritorio, mientras comienzo a ubicar el playlist que ahora me apetece escuchar como compañía, advierto que a través de las cortinas de la ventana que está casi sobre mi hombro derecho se trasluce la claridad del día, el sol ha salido temprano, aunque estamos en la última semana de abril y el frio comienza a apoderarse de toda la ciudad. Después de revisar mi correspondencia comienzo a navegar casi sin conciencia de lo que busco, partiendo de las noticias que recibo de suscripciones a páginas especializadas, esto lo hago casi automáticamente, se que más pronto que tarde encontraré algo que se quede con mi atención. “Mitos y realidades sobre el consumo de huevos”, parece interesante, sobre todo que no tengo claro si mi desayuno de lunes a viernes, dos huevos cocidos a la inglesa, con la yema un poco dura, no es nociva.

 

La lectura me atrae, es bastante interesante, tiene mucha información, me atrapa. Tomo un gran sorbo de café todavía caliente, ahuecando la boca para no quemarme, el súbito calor me obliga a abrir la ventana aunque sin correr las cortinas, el viento helado de esta hora me envuelve trayendo a mi mente una serie de evocaciones y sensaciones que yacían en algún lugar de mi inconciencia en espera de un estímulo como el de ahora.

 

El viento acerado y la música que escogí para esta mañana me obligan a acomodarme en el sillón mientras que con un escalofrío emergen evocaciones que acumulé durante las visitas a la hacienda del tío César Cabero, pariente de mi madre, allá en Santa María del Valle, como a una hora de Huánuco en la carretera hacia Tingo maría. Se dibujan en mi mente tantos momentos agradables de mi niñez y juventud, el primer viaje en bus por más de doce horas a mis diez años, con mi hermana menor, pese al tiempo lo recuerdo con nitidez. Fueron tres los viajes que hicimos en familia, después de esa primera vez, viajamos dos veces más, cada uno exactamente cinco años después del anterior. El primer viaje en bus y los dos siguientes en la camioneta roja de mi padre, una Chevrolet Blazer, que fue mía, cuando vieja, por unos pocos años antes de cambiar de propietario; la primera ocasión fuimos una familia de cuatro y las siguientes de cinco con el nacimiento de mi última hermana.

 

El tío César era un tipo de un metro ochenta, de apariencia atlética, de tez blanca quemada por el sol, sus ojos eran grises, claros, característica de mi rama familiar materna, hablaba casi a gritos gesticulando con ese dejo tan particular de los huanuqueños y siempre vestía pantalones vaqueros con camisa a cuadros de manga larga, cuando lo vi por primera vez tuve la impresión de encontrarme con un hacendado, impresión que nunca se me borró.

 

El tío ya tenía seis hijos, su tercera esposa, la tía Adelina, era una mujer también alta, diría de un metro setenta, tenía el cabello negro y largo que siempre llevaba suelto a la espalda, sería unos veinte años más joven que él, todo el día parecía atareada y no podía desaparecer la gran sonrisa de su cara que era el marco perfecto para sus grandes dientes, de un blanco casi perfecto y brillosos, en aquella época poco comunes. Dos de los seis hijos el tío los tuvo con ella, obviamente los menores; lo curioso era que el tío había tenido también dos hijos con cada una de sus mujeres anteriores, en cada caso una niña y un niño, claro que los de su primer matrimonio ya no eran niños, el mayor tenía diecinueve años cuando lo conocí, se llamaba igual que el papá, su hermana tenía diecisiete años y supongo que Josie también era el nombre de su madre, los dos hijos de la segunda esposa, Dina y Domingo, tenían doce y diez años y los dos menores de siete y cuatro años eran Fabio y Andrea. El tío jamás los llamaba por su nombre sino por su apellido materno, así, los dos mayores eran Cisneros y Cisneras, les seguían García y Garcío y finalmente estaban López y Lópeza.

 

Me parece sentir el mismo frío de las mañanas cuando salíamos temprano a pescar a orillas del Río Huallaga, los más grandes usaban una atarraya y los pequeños usábamos un carrizo largo, para atar unos metros de cordel con una cueca, como le llamaban a la lombriz de tierra, ensartada en el anzuelo. Sonrío mientras recuerdo mi primera pesca, un “huasaco” de treinta centímetros que junto a varios “cachuelos”, pececillos pequeños como las mojarrillas, se convirtieron en el almuerzo muy celebrado aquella vez, acompañado con licor y un guitarrista que cantaba canciones que nunca había escuchado y que hasta hoy recuerdo.

 

Eran fabulosas las tardes en que después del almuerzo nos dirigíamos todos los varones a un afluente del Huallaga al que para llegar teníamos que caminar cerca de una hora, no recuerdo cómo se llamaba el río o si alguna vez me lo dijeron, el “cañón del pato”, a decir del tío César, para cazar patillos y patos que íbamos a encontrar nadando descuidadamente. Nunca encontramos un solo pato, al final de la tarde, el tío nos dejaba disparar la escopeta de dos cañones contra piedras o pedazos de tronco que colocaba a no mas de cinco metros. Una vez disparó a un panal de abejas silvestres y nos hizo correr hasta la casa para que las abejas no nos picaran.

 

Eran grandiosas también las cabalgatas de los días domingos. Tomábamos desayuno temprano, luego ensillábamos los caballos, los más pequeños montábamos con un adulto y nos íbamos a misa de nueve de la mañana; el regreso era una carrera, para ver quien llegaba primero, el tío César siempre se dejaba ganar. Lo que venía después era el cierre de la semana con un domingo de fiesta, almorzábamos en compañía de algún invitado, que siempre traían niños de nuestra edad y nos pasábamos la tarde jugando mientras los adultos se entretenían jugando al sapo y tomando bastante licor.

 

Los recuerdos también me trajeron las imágenes, las sensaciones de aquellos días en que nos metíamos a una gran poza formada por la acequia de regadío que corría por el límite más lejano de la propiedad del tío, llevábamos una cámara parchada de la llanta de una camioneta y después de inflarla a puro pulmón la usábamos para construir nuestro circuito de canotaje por las aguas tranquilas de este no muy profundo brazo de agua. Para un niño que procedía de la capital esto era aventura pura.

 

Y no podía olvidar los desayunos que el tío nos obligaba a tomar, pan fresco y caliente que todos los días le traía un panadero, a veces en bicicleta, otras en motocicleta y hasta en burro, panes horneados con leña a la manera de la Sierra, acompañados de un jugo de maracuyá recién cosechado de las enredaderas que producían un aroma increíble o de papaya, endulzados con chancaca de la casa, tajadas de queso fresco y grandes filetes de carne de res o de cerdo montados con un huevo frito que nunca faltaban, completaban el desayuno. Los domingos se reemplazaba el jugo por un tazón de avena con leche o un jugo especial de lúcuma. Al finalizar cada desayuno el tío César obligaba a sus hijos, cosa que el también hacía, a comerse un huevo crudo, que mis hermanas y yo rechazábamos hacerlo.

 

-       No saben lo que se pierden sobrinos – nos decía ante nuestra negativa – un huevo crudo al día te hace fuerte, sano, atlético y además es bueno para el desarrollo, ustedes serían más altos si se comieran uno al día, yo fui criado así, a la antigua, como los campesinos, comiendo un huevo crudo al día – y lanzaba una carcajada, que no se por qué la comparé con los eructos de los vikingos después de beber un jarrón de licor, que vi hace poco en la televisión.

 

Claramente no es un recuerdo desagradable, casi lo había olvidado, pero ahora me parece escuchar la carcajada de ese hombre bueno, noble, que no pretendía burlarse de nosotros sino dejarnos una lección para toda la vida.

 

Cada una de las tres visitas a la hacienda del tío Cabero pasan por mi mente, vuelvo a tomar unos sorbos del café que se resiste a perder su temperatura, me acerco al monitor de la computadora y reviso algunas publicaciones, luego me vuelvo a estirar y comienzo a evocar acontecimientos de la última visita a Santa María del Valle.

 

En aquella ocasión yo tenía ya veinte años, el mayor de los primos Cabero veintinueve y la menor catorce. Después de esa visita, junto a mis hermanas, no recuerdo exactamente a quién se le ocurrió, les pusimos a los primos “los tronquitos”, debido a su apariencia, todos ellos medían entre un metro sesenta y un metro sesenta y cinco, eran de contextura gruesa, se notaban fornidos sin que se les pudiera calificar de gordos; lo curioso era que todos eran hijos de padres de estatura alta.

 

En esa última visita, por primera vez participé de una de aquellas noches en la “ramada” construida bajo las plantas de maracuyá similares a los que se construyen en la costa bajo grandes parras de las que cuelgan serenos racimos de uva en proceso de maduración; en estas reuniones, en la que después de haber pasado una tarde jugando al sapo, los mayores continuaban sus conversaciones regadas por el ron artesanal que se producía en la hacienda, donde las carcajadas se prolongaban hasta bien entrada la noche, bajo  la luz de lámparas petromax ahora reemplazadas por un par de luminarias atraían polillas e insectos desconocidos que el pleno vuelo eran cazados por murciélagos que no dejaban de revolotear. Qué agradable era conversar de todo con el tío y los primos, siempre intentaba prolongar todo lo posible las conversaciones midiendo mi consumo de licor.

 

La última reunión quedamos hasta el final solos el tío César y yo. Recuerdo cada una de sus palabras casi letra por letra.

 

-       ¿Sabes por qué me casé tres veces? – me dijo, mi silencio lo empujó a continuar – siempre quise tener hijos altos, más altos que yo, escogí mujeres altas para conseguirlo, pensé que con más de una aumentaba las probabilidades.

 

Encendió un cigarrillo, le dio algunas aspiradas como si el humo fuera necesario para ordenar sus ideas, se movió en su sillón de paja y continuó aunque sus palabras ahora tenían un tono que interpreté como tristeza.

 

-       Hasta planifiqué el sexo de mis hijos, el primero en nacer se lo dejé a la voluntad de Dios, pero el segundo no, con cada una de mis esposas usé un método que leí en un libro y vaya que conseguí lo que quería – volvió a aspirar profundamente el cigarrillo – pero siento que en algo fallé, algo molestó a Dios, hasta ahora no encuentro que puede ser, tus primos, son el castigo de Dios, que acepto aunque me duela, Dios los dejó casi enanos.

 

-       Pero no te preocupes tío, mis primos son bajos pero jamás los calificarán de enanos – recuerdo haberle dicho – tus nietos de seguro que van a salir altos, está en tus genes, además, no creo que hayas hecho algo tan malo para que Dios prolongue su castigo, si es que fuera el caso – terminé a manera de consuelo.

 

Recuerdo la expresión de su cara cuando me dijo

 

-       No cambiaría nada por la felicidad que ellos me dan, no reniego de la voluntad de Dios, pero no estoy seguro si puedo considerar que mi vida sea exitosa.

 

El frío se mete a través de las cortinas y me alcanza como una flecha lanzada desde muy lejos y que da en el blanco. Tomo apurado los últimos sorbos de café para que no se enfríe, arrastrando el sillón con mi cuerpo me acerco al monitor y vuelvo a leer mi descubrimiento de esta mañana: “…la Avidina es una sustancia contenida en la clara del huevo que, se ha probado hace treinta años, su consumo prolongado inhibe el crecimiento. Sus efectos se anulan con las temperaturas de cocción…”.

 

Dios no nos castiga, él deja que nos castiguemos, pensé.

 

LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...