Estaba cansado, tenía mucho tiempo sentado en aquella banca de la
avenida Arequipa donde solía esperar a que la tarde diera paso a la oscuridad
de la noche. Era agradable tener un lugar donde todavía se pudiera recibir el
aire en la cara. Cerró los ojos otra vez y comenzó a contar mentalmente hasta
que sus pensamientos encontrarán algo con que distraerse, generalmente
recuerdos alegres de su vida, de su tierra, de sus amistades, había tenido
muchas. Evitaba pensar en su madre, tenía la certeza que cuanto menos la
pensara lograría sacarla de sus pensamientos, de su recuerdo. Tampoco quería pensar en Valentina por ahora.
A su mente llegaron inevitablemente las imágenes frescas de esta chica
que se había convertido en su motivo de vida, en todo su interés, todo giraba
ahora en torno a Valentina, le había robado el corazón. Hoy sería la noche
escogida, era sábado de descanso y mañana comenzaría a trabajar a las once de
la mañana. Para Joseph, la vida eran ciclos de un día. Sus últimos trabajos
habían sido en horarios de 24 horas de trabajo y 24 horas de descanso. Hoy le
tocaba descanso, trabajaba como mozo principal, era el jefe de un salón en el
restaurante de un hotel de cinco estrellas.
No había sido fácil llegar hasta allí, pese a su juventud era
independiente y se autosostenía desde adolescente y había hecho de todo. Nació
en el margen derecho del río Yavarí, en territorio brasileño, cruzó al
territorio peruano de la mano de su madre, huyendo de los malos tratos que el
hombre devoto del alcohol les daba como único sustento. Vivió con su madre
hasta los catorce años, cuando se dio cuenta que tenía que huir por segunda vez
en su vida.
Como cualquier niño pobre se sabía protegido por su madre, la quería
mucho, ella le dedicaba todo su tiempo, la vio hacer de mil oficios para que
pudiera estudiar, era una mujer decidida a no dejarse vencer por las adversidades
de la vida, "toda noche oscura tiene un amanecer", palabras
motivadoras que le escuchaba decir cuando las penurias se tornaban muy crudas y necesitaba darse un respiro. A pesar de vivir en un
ambiente cruel, como toda la selva, se sintió privilegiado por el amor de su
madre.
Nunca pensó que las cosas cambiarían cuando el tío Esteban
decidió quedarse a vivir con ellos, había algo en él que no le gustaba, aunque
tenía momentos en los que se mostraba cariñoso, sus ojos tenían una expresión
maligna. Una vez cuando el tío Esteban se tomó todo el masato que su mamá
guardaba pudo ver esa mirada de maldad que desnudaba el espíritu extraviado de
un ser que tiene su vida dedicada a la maldad.
El cariño de su madre, que ya
había dado muestras de cambio, se transformó completamente cuando nació
Ceferino, su medio hermano, el interés de ella por las cosas que le pasaban
iban perdiendo importancia,
solo le interesaba su hermano;
ahora tenía que arreglárselas solo, porque ni siquiera se acordaba de
alimentarlo. Su madre comenzó a mostrarse lejana.
Un día en que la fiebre lo obligó a quedarse en cama, temiendo que
podría ser la “fiebre rompe huesos”, mientras su madre le preparaba un brebaje
alcanzó a escuchar una extraña discusión fuera del palafito en que vivían (que
en esta época del año parecía una choza remangándose los pantalones para cruzar
el río), entre ella y el tío Esteban; con dificultad se paró y se acercó a la
puerta evitando ser visto. Fue el inicio de su nueva vida, completamente
diferente a la vivida hasta entonces.
- Lo mejor que podrías hacer es llevarlo con su papá al otro lado del
río, si no lo encuentras lo pierdes al frente y te regresas sola - dijo el tío
Esteban.
Se dio cuenta que hablaban de él ¿le pedía a su madre que lo abandonara?
- No se, el chamán me dijo que tal vez la maldición pasaría pronto -
contestó su mamá sin demostrar mayor emoción - todo fue por lo de la tanrilla,
no debí matar a todas las crías.
- Si no tienes valor me dices y yo lo soluciono, pero tienes que
decidirlo pronto, antes que se de cuenta que no tiene sombra.
Regresó preocupado a su lecho y se hizo al dormido. Esperó a que todos
se encontraran sumidos en el sueño y, pese a que nuevamente tenía calentura y
se escuchaban algunos truenos anunciando la proximidad de una lluvia, salió y buscó
un claro en el amplio huerto que rodeaba la casa parándose bajo los rayos de la
luna llena. Con temor comenzó a buscar la sombra que proyectaba su cuerpo, no
había nada hacia adelante. Temerosamente buscó por detrás suyo y tampoco había
nada. Se dio media vuelta, volvió a aguaitar en busca de su sombra, comparó su
posición con la de las sombras de los árboles cercanos y revisó si proyectaba
alguna como ellos y nada. Se acercó a un tronco viejo, se abrazó de él y miro
hacía el piso, no cambió nada en la sombra del árbol. Se separó un poco y abrió
los brazos y nada.
- No tengo sombra – exclamó asustado y llorando.
Sintió como un fuerte golpe dentro suyo que rebotaba en cada resquicio
de su cuerpo. Miedo, sorpresa, desesperación y una enorme incertidumbre
atiborraron todo su ser. Comenzó a correr bajo los pocos árboles intentando
encontrar su sombra entre ellos, diez, quince minutos, una hora, una vida le
parecía estar dando vueltas sin cansarse. Comenzó a llover y el agua fresca chorreando
por su torso desnudo le devolvió la salud, dejó de sentirse enfermo, ahora una
hesitación lo cubriría por el resto de su vida.
Sentado apoyando la espalda en uno de los pilares de su palafito y con
las rodillas abrazadas miraba hacia las siluetas oscuras que escapaban de la
selva y que la lluvia se encargaba de darles vida ¿Cuántos seres imaginarios
carentes de sombra se estarían acercando a él y no podía verlos? Tembló.
En silencio regresó al interior, tomó una linterna y tapando el foco con
la mano de tal manera que controlaba el haz de luz comenzó a revisar entre las
cosas de su madre y de su padrastro. Algo tenía que encontrar. Lo que encontró
lo asustó más. Era un pequeño y viejo revólver similar a los que llevaban los
policías que pasaron hace años por la casa, lo acarició, sintió el frío del
metal y lo volvió a envolver con el mismo pedazo de tela y lo acomodó
procurando dejarlo como estaba antes.
Volvieron a sonar en su cabeza las palabras de su padrastro “me dices y
yo lo soluciono”.
El aire en la cara, frío, que a esa hora de la noche corría por la
avenida Arequipa lo sacó de sus cavilaciones, su cabeza se llenó de imágenes de
Valentina, en apenas unos instantes recordó la primera vez que la vio, la forma
en que se enamoró de ella y las muchas
maneras en que se preparó para llegar a este día en que le pediría matrimonio. Todo lo había hecho bien, a partir de esta noche toda su vida
cambiaría, con ella sería más fácil encontrar la felicidad para el resto de la
vida. Se acabaría para siempre esa sensación de sentirse culpable sin saber que
daño había cometido. Suspiró, miró su reloj y su mente de desenfocó.
Las tres primeras noches después de haber fugado se su casa al enterarse
que no tenía sombra fueron las más difíciles, no se decidía alejarse por
completo de su madre, durmió en medio del monte sin perder de vista el hogar del
cual ya se iba alejando. Al cuarto día acoderó la barcaza "Tío Barba"
en el puerto artesanal del lugar; desde muy pequeño había pasado horas mirando
cómo descargaban enormes cantidades de cajas de cerveza, conocía al capitán, un
tipo de unos cincuenta años, alto, de ojos claros, de tez dorada por el sol, con
abundante barba, siempre risueño y exageradamente atento con las mujeres. Le
bastó derramar unas lágrimas para convencer al capitán y ser aceptado como
parte de su tripulacion.
Así fue como inició su nueva vida, de puerto en puerto siguiendo el
curso de casi todos los ríos navegables de la zona. Preocupado por que nadie se
diera cuenta de su falta de sombra, aprendió a calcular sus pasos para caminar
por aquellos lugares donde no se notara su carencia. Trabajó mucho, ahorró cada
centavo ganado por si el problema de la sombra pudiera arreglarse con dinero.
Pero su vida como grumete le duró un par de años, hasta aquella noche en que el
capitán, muy enfermo lo llamó a su camarote y le dijo:
- Joseph, hace mucho que
quería decirte que desde el día que llegaste me di cuenta que no tenías sombra,
aunque para algunos es una maldición para mi es algo muy conocido ¿sabías que
si miras a través del hueso de la pata de la tanrilla a una persona ésta
quedará perdidamente enamorada de ti?
- Si - contestó
recordando la historia que tantas veces había escuchado, otras tantas veces
había visto a las tanrillas correr entre las plantas a orillas de los ríos. En
más de una ocasión les lanzó piedras y las correteó para atraparlas pero se
zambullían en cualquier curso se agua; si, conocía muy bien la magia que tenía
el hueso de la pata de esta ave cuando se miraba a través de el, sentía que
algún día tendría la oportunidad de verificar esta leyenda.
- Es lo que hizo tu
madre antes de tenerte. Ella encontró un nido y tomó el más grande de los
pichones y le cortó una pata después de matarlo - hablaba el Capitán
atragantándose con el aire de su respiración - pero cometió un error, también
mató a los otros pichones sin una razón, por eso no tienes sombra, cargas con
la culpa de tu madre.
A Joseph se le agrandaron los ojos por la sorpresa, tanto, como por las
ansias que de pronto sintió por preguntar si había una forma de recuperar su
sombra.
- Tienes una única forma de recuperar tu sombra – continuó el Tío Barba
como si hubiera adivinado lo que le preguntaría – Debes decirle la verdad,
mostrarte como eres, sin sombra, a una persona querida a la que tienes que
llevar hasta debajo de la sombra de un eclipse de Luna – Joseph sentía que el
corazón le quería reventar el pecho – pero todo tiene un costo, a cambio de tu
sombra la otra persona perderá la vista o la voz, en el mismo instante o en un
año, pero se quedará ciega o muda.
Joseph volvió a mirar la hora y apuró el paso. Tenía tiempo suficiente
para recoger a Valentina y caminar con ella hasta Larco Mar. Había calculado
los tiempos al detalle, el eclipse conocido como “luna de sangre” empezaría a
las 9 con 9 minutos como eclipse parcial y, a las 10 con 16 sería un eclipse
total.
Había elegido el lugar perfecto, la luz de los negocios y la nubosidad
de la temporada no permitirían ver el eclipse, pero sabia que aún bajo un cielo
tormentoso su influencia haría el
milagro, allí estaría y ella nunca de daría cuenta.
Se pregunto ¿Estoy enamorado de Valentina? Y se contestó “Claro que sí”.
La quiero, es la muchacha que estará siempre en mi corazón, me
comprometo a amarla toda la vida, quizás después de un tiempo, cuando ella ya
se haya acostumbrado a la oscuridad total, a la ceguera, porque estoy seguro
que ese será el precio, le diré el sacrificio que la obligué a hacer para
recuperar mi sombra. Me comprometo a atenderla, a nunca abandonarla, a tener
dos o tres hijos que nos proporcionen la felicidad completa. La pondré a
estudiar ¿Acaso no hay ciegos profesionales? Será una mujer feliz, si, lo será,
lo juro por Dios. Yo seré su sostén y viviré en su mente tal cual me vea por
última vez.
Siempre la había recogido de la puerta de su trabajo pero esta vez ella
no quiso, se negó rotundamente y le pidió que él la esperara. "No soy una criatura
para que me estés recogiendo siempre, déjame esta vez que yo te recoja"
había argumentado; solo le quedó complacerla y se sintió feliz de tener una
mujer de carácter a su lado.
Aspiró profundamente hasta donde su pecho lo permitió, entrecerró los
ojos para verla venir, para disfrutar de su caminar, de su belleza. Le dio un
beso en los labios como saludo y la estrujó por la cintura como queriendo
aspirar de su respiración. Su corazón vibró como pocas veces, tomó su mano y
caminaron como cualquier pareja de enamorados que las sombras de la noche
acompañan en el preludio de una noche importante.
Caminaron un buen rato conversando de muchas cosas, él evitaba mirarla
directamente a los ojos pues podría notar su gran ansiedad, ella, bonita como
siempre, caminaba despreocupada y feliz mientras el aire frío jugaba con el
vuelo de su hermoso vestido smock. El la miraba a contraluz de cada escaparate
que pasaban solo para comprobar lo bonita que era, hasta parecía brillar.
- Nunca te dije que mi nombre no era Valentina ¿No? - dijo ella con un
mohín de fantasía y con ese tono que le recordaba a su tierra y que a Joseph le
encantaba, ella era tumbesina.
- ¿Ah? ¿Y cómo te llamabas, huambrilla?
- Mi papá me puso Cristal - y mirándolo con un guiño encantador agregó -
no creo que fuera por la cerveza.
- Seguro por qué brillabas mucho - le respondió él, feliz por qué le
compartieran el secreto.
- Creo que era transparente - acotó ella mostrando su dentadura perfecta
en una sonrisa de ángel - Si creo que era eso.
- No, seguro que no eres transparente pero eres bien blanca,
hermosamente blanca - se relamió los labios dejando que ella lo viera para que
sepa cuánto la amaba.
Compraron un par de arepas a una vendedora venezolana y se sentaron a
comer en las gradas de un gran centro comercial. El miraba su reloj casi
impulsivamente.
Después de un rato siguieron su camino y llegaron a Larco Mar, caminaron
mirando y bromeando frente a los escaparates, Joseph la tomó de la mano para
atravesar sin separase a un grupo de gente que salía del cine.
Llegaron a una pequeña plaza, calculó que el eclipse ya era parcial, la
detuvo, la tomó de la cintura y doblándole la espalda le estampó otro gran beso
que ella evidentemente disfrutaba, hasta parecía necesitarlo.
Se arrodilló, sacó del bolsillo el estuche que contenía el anillo de
compromiso con el cual le pediría matrimonio.
Ella le tocó la cabeza como hace uno habitualmente cuando una mascota se
porta mal.
- No, eso no se puede dar, es imposible, creo que es muy pronto – con el
rostro sorprendido habló ella.
Joseph se quedó boquiabierto, se le heló todo el cuerpo y dejó caer el
estuche entre los pies de la chica. Se agachó para recogerlo y un mareo, como
un torbellino que acababa de salir bajo sus pies le envolvió, todo giraba violentamente
y en cada giro su cuerpo se helada más.
En su cabeza muchas cosas cobraron distinto y cruel significado, ¿Por qué
no dejó que la recogiera como siempre? ¿Le pusieron Cristal por algo
especial? Quiso apartar sus ojos de los
pies de ella pero justo cuando su visión comenzaba a ponerse borrosa se dio
cuenta que, definitivamente, la muchacha no tenía sombra.