LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

lunes, 26 de abril de 2021

MON CHÉRI

 Otra vez esta soledad, esta sensación dolorosa que atraviesa todo mi ser, ese hoyo profundo en el que me sumerjo y me abandono al pesimismo, a la eterna espera de algo que tarda demasiado en llegar. Encima hoy es domingo. Cómo odio los domingos. La resaca acentúa esta sensación que acompaña al feriado que me obligo a pasar en casa.

Por la cantidad de luz que atraviesa mis cortinas calculo que estamos cerca del medio día. Me levanto despacio para no despertar al hombre que ronca en mi cama, me dirijo al baño, me doy un rápido duchazo de agua fría, me cepillo los dientes con rabia y después bebo un poco de Gatorade® y bastante agua helada que siempre guardo en el frío bar.

Regreso a la cama, me acomodo muy suavemente para no despertar a mi compañero, total, no hay apuro, apenas despierte le diré que ésta es la última vez que nos veremos, hasta aquí llegó nuestra relación. Puedo adivinar lo que me dirá ¿qué pasó? ¿qué cambió? ¿las cosas que nos dijimos anoche en la discoteca no fueron ciertas?, no lo entenderá; además, no puedo decirle que era un experimento, una perla más del rosario de pretendientes que no logran hacerme olvidar a Fernando, un paso en falso en el camino que tengo que recorrer para encontrar a la persona adecuada. Aquella que acabo de descubrir no es quien me acompaña hoy. Ya imagino la cara que pondrá.

Además es domingo, un buen día para terminar una relación, mañana con el tráfago de mis labores diarias es probable que seas solo un recuerdo y para el próximo fin de semana ni siquiera serás. 

Así soy yo, así he sido siempre.

Y así ha sido siempre, o mejor dicho desde que comenzó la búsqueda del reemplazo de ti, Fernando. ¿Por qué me dejaste? Bueno, la pregunta debería ser ¿Por qué te dejé? ¿Por qué tomé esta decisión cuando parecía que todo iba bien entre nosotros? ¿Por qué se me ocurrió creer todo aquello que decías sobre mi? Que era sumamente independiente, suficiente, luchadora e incansable guerrera. Me decías lúcida e irreverente, que todo lo que me propusiera lo conseguiría y me lo creí. Pensé que podría olvidarte y enrumbarme hacia una meta que aún hoy no tengo clara, que no eras la compañía adecuada, que no te extrañaría nunca, pero en esto último me equivoqué. Ya han pasado más de tres años y todavía te recuerdo como si fuera ayer; en cambio tú, tú, ya tienes un nuevo hogar, se suponía que tenía que ser al revés, las mujeres somos las del luto corto.

Siento un temblor frío en mi cuerpo, una pequeña brisa debe haberse colado entre las cortinas, jalo las sábanas y cubro mi cuerpo todavía húmedo y otra vez me zambullo en el hoyo de la soledad, respiro profundamente pero mi respiración es más bien un suspiro entrecortado, esa sensación que me hace recordar que desde siempre le tuve miedo solo a dos cosas, a la muerte y a estar sola. Bueno, como decías, Fer, la muerte es la nada, dejar de ser, dejar de soñar, dejar de sentir, sobre todo dejar de sufrir, entonces no tiene porqué ser mala. Pero qué te digo, siempre me ha causado un gran temor, miedo profundo a dejar de ser para siempre, pánico a no tener otro despertar, a dejar gente que seguro sentirá tristeza por mi, a perder todo sin siquiera haber comenzado muchas cosas. “No te preocupes, es natural que las mujeres se preocupen por la muerte, acaso no son ellas las que crean vida” me contentabas, me tranquilizabas. También la soledad me atemoriza desde siempre, no recuerdo desde cuándo, me parece haber nacido con este miedo. Peor, sentirse sola estando rodeada de personas. “Yo también me siento solo, a veces, aún cuando estoy en casa rodeado por mi familia; y es cuando me doy cuenta que tú me faltas” Tú siempre Fer, aprovechando para ser galante, inventando situaciones románticas de la nada.

Lo cierto es que el miedo a la soledad y a la muerte siempre me acosan, a veces en mis mejores momentos aparecen como una nube negra que oculta el sol en un santiamén, mis instantes de alegría súbitamente se tornan inciertos, mi estado de ánimo cambia de la nada cuando este temor me invade; y tú, Fer, encontraste que me portaba insegura por culpa de esto “conmigo lo superarás, lo prometo”, te ofreciste.

Vuelvo a suspirar y me invade un enorme deseo de fumar, de encender un cigarrillo que consuma lentamente esta sensación, este temor a las dos cosas que se que todos le temen, por lo menos eso me hiciste creer, Fer. Pero también me enseñaste que tengo que vivir con ambas como si no existieran, con la esperanza de que nunca me alcancen, o por lo menos no tan pronto. Eso lo supe por ti. Aprendí tantas cosas de ti. Ahora que lo pienso, el hombre que sigue durmiendo a mi lado ya no tiene nada que enseñarme y quizás por eso dejó de ser interesante.

Recapitulo, de ti aprendí todos los días algo nuevo, algunas cosas importantes y otras pequeñas pero trascendentes, aprendí a tener paciencia frente a los imprevistos, aprendí que todo puede solucionarse y que a veces esperar un poco nos acerca a esa solución, aprendí que era fácil memorizar una canción si la escuchas todo el día, que el café es la mejor bebida para acompañar la soledad, que la música a veces llena espacios y otras crea vacíos, que leer un libro nos hace más libres pero primero nos esclaviza, que el sol amanece y se oculta cada día de forma diferente, que las ensaladas a veces son más ricas sin aliño, que hay que estar de buen humor para lavar el colador o el rallador, que cuando haces un dulce no es tan bueno si no lo compartes, que siempre es mejor guardar un vino dulce en el frío bar, que un beso de improviso y cogiéndome la cintura se hace eterno, que hacer el amor es diferente a tener sexo, que llorar resulta más común de lo que parece, que mi nombre en francés es “mon chéri”, que entre dos se puede hacer una fiesta, que una flor tras la oreja de cualquier mujer resalta su belleza, que caminar a tu lado diluye el tiempo y acelera el metabolismo, que no necesitas soñar cuando la persona que quieres duerme a tu lado, que no hay nada más erótico que el perfume del maracuyá recién cortado, que aprender poemas largos es sencillo, tan sencillo que memoricé muchos y ahora todos me recuerdan a ti, Fer. ¿Habrá alguna manera de olvidarlos? de borrarlos de mi memoria sin que queden trazas y que nada me recuerde a ti como me recuerda cada verso de ellos.

Pasaron las horas y sucedió todo cual lo planeado, soy una mujer soltera otra vez, nada me ata a nadie, como decías Fernando, nadie es de nadie y todos somos libres, con contrato o sin el. No me fue difícil decirle adiós a este último pretendiente ¿o será que cada vez lo hago mejor? ¿me estaré acostumbrando? No me conviene acostumbrarme pues mi temor a la soledad y a la muerte podrían apoderarse de mi, podrían terminar con mi aparente tranquilidad, con mi fortaleza, con aquellas cualidades que veías en mi.

Como ves, sigo armando mi futuro, “Tú, siempre armando” decías en tono de burla, si supieras cómo quisiera que tuvieras razón y terminara de armar mi vida.

¿Pero por qué seguir pensando en ti? ¿Para evitar sentir ese miedo que los domingos por la tarde siempre me apuñala el alma? ¿Para evitar esa soledad que duele más que nada? ¿Esa soledad que resuena en todo mi cuerpo como una campanada cercana? ¿Para mantener la inútil esperanza de que todavía serás mío? ¿O porque recordarte es la única manera de tenerte conmigo, Fer?

Como ya es mi costumbre comienzo a recitar cada uno de los poemas que me hiciste aprender esperando que me gane el sueño.

Extrañamente me siento bien, mi respiración no está agitada como otras veces, de pronto me siento ligera, libre de peso, me invade una inusitada tranquilidad, un desasosiego. Repaso la última estrofa que acabo de recitar “Por eso en lo profundo de mis sueños despiertos, yo sigo esperando que vengas un día, buscando el refugio de mis brazos abiertos. Y tendrás que ser mía”.

Sonrío, acabo de sentir una transformación en mi que hace bullir mis entrañas. Si, algo acaba de cambiar en mi. No se cómo, solo se que es así. Hasta mi soledad se siente cómoda. Ya no tendré dos temores jamás. Seguro que la vida es mejor con tan solo uno.

Acabo de perderle el temor a la muerte.

sábado, 3 de abril de 2021

EL INVESTIGADOR

 

Se frotó los ojos y miró el reloj sobre el escritorio, las seis y cincuenta de la mañana. Suspiró de alivio porque pensaba que su trabajo había culminado, cerró la laptop y presurosamente se dio un baño, se alistó con la ropa que el había definido como de trabajo, luego un café sin azúcar, que acompañó con un par de barritas de cereal y colgándose al hombro el viejo morral donde había acomodado la laptop salió presuroso a la calle después de elegir una de tantas mascarillas que coleccionaba y que hiciera juego con lo que llevaba puesto, aunque su actitud era firme se sentía angustiado, parecía tener una duda imposible de aclarar, una ligera mueca de su rostro indicaba que se encontraba sorprendido o quizás contrariado.

Tenía dos bachilleratos, una licenciatura, dos maestrías y actualmente estaba por finalizar un doctorado que fue suspendido por la pandemia. César Noé, a sus casi cuarenta años se sentía una persona interesante, casi científico, culto y muy preparado; y, así caminaba por la calle, cuando caminaba, porque a pesar que las distancias fueran cortas, a donde fuera lo hacía con su Audi color negro, que estaba seguro le daba distinción. Sentía que ser distinguido le abría muchas puertas y eran la mejor presentación que podía darle a su preparación y estudios, aunque desde que empezó la pandemia tenía ciertas dudas respecto a esto.

Estaba separado, su matrimonio no llegó a los cinco años pero le dejó un sabor a triunfo, a haber intentado algo que parecía imposible, sabía que si bien era muy bueno para los estudios e investigaciones, no había madurado lo suficiente para llevar adelante un hogar, una familia, algo muy común para la mayoría de personas, pero lo que más le afectaba era vivir en soledad después de terminada esta relación; los días del aislamiento social se le hicieron interminables, el trabajo on line desde casa parecía ser una tortura. Durante el encierro se programó una rutina sin horarios, sólo tareas, una tras otra. Prefirió no ponerse horarios pues no tenía una hora fija para acostarse ni para levantarse, a veces no dormía, como la noche anterior. Al principio la mayor parte de su tiempo lo dedicaba a la lectura, después a escudriñar las redes sociales y también a ver videos de música antigua, pero desde unos meses atrás se había dedicado a hacer investigaciones personales, muy específicas sobre temas que se le ocurrían en el momento.

Le dedicaba poco tiempo a la televisión, los noticieros no le llevaban más de media hora diaria, prefería ver series en Netflix®, porque así las podía interrumpir en cualquier momento y retomar el hilo fácilmente, lo cual constituía un problema cuando se trataba de películas.

Ahora, que algunas de las medidas de aislamiento se habían relajado, durante las mañanas se subía a su auto y se dirigía a una playa o un parque, en donde, bajo la sensación de libertad y aire fresco realizaba su trabajo on line o de búsqueda de información en redes para sus investigaciones personales.

Con todas las tesis que había hecho para obtener los grados universitarios que ostentaba había adquirido destreza, se había mecanizado, en la metodología de la investigación. Una de las primeras dudas que trató de aclarar durante sus investigaciones fue la existencia de Dios. Siempre había querido declararse agnóstico por eso le buscó muchas explicaciones científicas a algunos milagros conocidos y ahondó en las teorías del Big Bang y del evolucionismo de Darwin, pero cuando leyó a Manuel Polo y Peyrolón, la casi seguridad que tenía por el agnosticismo se le debilitó.

Prefirió dejar esta investigación para “después”, no sería la primera ni la última que tendría que esperar en algún directorio de su laptop.

A los tres meses de comenzar el aislamiento por la pandemia, después de ver un noticiero se preguntó ¿por qué una parte de los venezolanos que llegan al Perú se comportan como delincuentes?. Lo convirtió en hipótesis y realizó un trabajo de investigación tipo descriptivo, aunque profundo, no le llevó mas que una semana. Sus resultados lo publicó en un blog personal y de allí lo tomó uno de los editores del diario El Comercio y le pidió permiso para publicarlo en su edición dominical. Aceptó con mucho temor, pensó que a la gente no le agradaría, sin embargo, cuando le ofrecieron publicar todos sus trabajos por un precio convenido se sintió muy importante, comprendió que la a la gente le interesaban sus trabajos.

La siguiente duda que aclaró mediante una investigación personal fue ¿Está preparado el sistema de salud para combatir una pandemia?. Después las interrogantes se hicieron más interesantes y actuales, publicó su siguiente trabajo que nació a la pregunta ¿Qué efectos tendrá sobre la pandemia el retorno de los provincianos que se encontraban en Lima?, luego siguieron ¿Existe un remedio efectivo contra el COVID-19? ¿Por qué confiamos tanto en la ivermectina? ¿Qué le pasará a la economía peruana después del COVID-19? ¿Cómo afectan las clases on line en la formación del niño y adolescente? y muchos más.

La publicación de sus resultados en el dominical de El Comercio eran muy esperadas, aunque hubo domingos en los que no aparecía porque sintió que su trabajo no estaba completo, o el resultado no era lo suficientemente sólido que prefería no publicarlo, algunas las guardaba y las avanzaba de tiempo en tiempo hasta que las terminaba, no era raro que hiciera más de dos investigaciones en simultáneo.

Su trabajo habitual, como responsable de un área importante de una compañía dedicada a la tecnología se vio afectado por su dedicación a las investigaciones personales. Sabía que mucha gente lo seguía y que tenía una responsabilidad como generador de opinión publica, se había propuesto no defraudar a estas personas.

La acuciosidad y la facilidad que tenía para identificar problemas que pudiera convertir en investigación le permitían contar, además de las que estaban en proceso, con una serie de potenciales problemas o dudas que podría resolver previa investigación. Ahora mismo, sentado en un parque miraflorino, con una vista impresionante de la Costa Verde y bajo los efectos de la fría brisa marina se disponía a revisar el trabajo que creía culminado pero que no tenía intenciones de publicarlo, por lo menos no por ahora.

Este era uno de aquellos casos que avanzó de a pocos, quizás era el que más tiempo le había tomado investigar, recuerda que lo inició uno de aquellos domingos en que frente a la televisión, viendo los programas dominicales, presentaron un reportaje de un profesor que había fallecido por COVID-19 con tan solo 36 años, no tan habitual por esos días, muchos alumnos y profesores lo lloraban públicamente, la televisión se preocupada de transmitir estos lastimeros comentarios, cada cual más triste; justo cuando una compañero dal fallecido hacía conocer lo bueno que había sido y el desprendimiento que siempre había mostrado su colega, alcanzó a escuchar que una mujer joven gritaba “No se porqué tantas lágrimas si era un desgraciado”; ningún reportero le dio importancia y mas bien se centraron en las bondades del difunto.

Inicialmente se sorprendió pero tuvo que recurrir a un video en internet sobre este reportaje para darse cuenta con cuánto odio, con cuánta ira contenida la mujer había logrado expresarse, aunque estaba en segundo plano, al revisar el video pudo notar hasta lágrimas en aquella desconocida, lágrimas de odio, pensó.

Tomó nota de los nombres y los principales datos difundidos por el programa de televisión e inició una investigación que le llevó algunos días. Primero hurgó todo lo que pudo en internet, luego visitó a algunos familiares y conocidos del investigado. Lo que iba descubriendo, además de sorprenderlo lo motivaba por saber más, por conocer qué misterios escondía el occiso tan llorado; finalmente, llegó a la conclusión que las lagrimas televisadas no valieron la pena, el fallecido había sido un desgraciado, por decir lo menos, encontró que a los dieciocho años fue acusado de violar a un niño de nueve y nunca fue sentenciado, el caso se archivó por prescripción porque el oscuro abogado que contrató consiguió que la insuficiencia de pruebas convirtieran la violación en actos contra el pudor. Pero no era lo único, al iniciar su carrera como profesor, contratado por el estado y destacado en un pequeño pueblo de Huarochirí, había embarazado a una de sus alumnas de quince años y lo solucionó casándose con la agredida. Dos años después de este hecho fue trasladado a Lima y nunca más volvió a relacionarse con aquella. En Lima, fue acusado tres veces durante el ejercicio de su función por hechos similares, tenía muchas denuncias por acoso sexual que quedaban en quejas y no progresaban; además vestía a la moda con ropa cara, cosa no habitual para un maestro y revisando sus antecedentes policiales era conocido por receptador de robos.

Este descubrimiento lo llevó a investigar a una nueva víctima del COVID-19, esta vez lo tomó del semanario del periodista “H”, en donde aparecía el cadáver tirado en la calle a pocos metros de un hospital, era un caso dramático y muy difundido por los medios. Después de identificarlo adecuadamente inició la investigación con una pequeña sorpresa, el sujeto estaba requisitoriado por la justicia por homicidio, al revisar ese caso se encontró con que además había producido la muerte de una madre con su hijo al atropellarlos con un vehículo que conducía en estado de ebriedad y sin tener licencia de conducir, lo encontró en diversos videos en internet, todos ellos producidos por noticieros, enfrentándose con los fiscalizadores de tránsito para impedir ser detenido cuando conducía una combi en forma ilegal. También le llamó la atención que tenía un impedimento de salida del país dictado por un juez de familia por no cumplir con pagar la alimentación de un hijo, impedimento que tenía diez años de haberse registrado en el sistema de migraciones,

Vaya, se dijo aquella vez, ya son dos.

Con mucho recelo y al azar escogió un tercer sujeto de estudio, ahora una mujer. Lo que encontró no fue muy diferente a los anteriores, quizás peor, esta mujer había sido acusada de provocar un incendio en el que fallecieron su pareja y sus dos hijos, el proceso continuaba en investigación pese a los años de ocurrido el siniestro, mientras tanto, se dedicaba a estafar, especialmente a ancianos, a los que engatusaba hasta conseguir quitarles su fortuna y los abandonada en la miseria mientras ella se daba la gran vida con lo conseguido.

Alarmado por lo que había encontrado se preguntó ¿Hay una causa especial que ocasiona la muerte de personas por COVID-19? y comenzó con mucha incertidumbre esta investigación. Era de aquellas que encajonaba y avanzaba poco a poco.

Para poder generalizar sus resultados estadísticamente, estudió cuarenta y tres casos, gracias a la tecnología y a su verdadero interés avanzó muy rápido. Y ocurrió que cuando terminaba con el sujeto cuarenta y dos falleció por COVID-19 el jefe de la empresa de tecnologías donde trabajaba, lo tomó como obligatorio estudiar su caso, aunque pensó que esta vez no encontraría lo que había encontrando en todos los fallecidos sujetos de estudio.

Don Iván, como lo llamaban con cariño todos los trabajadores, era un jefe muy altruista y dedicado a su negocio de venta y soporte de productos tecnológicos, casi todos los días bajaba de su despacho y se paseaba por las instalaciones, conversando con aquellos empleados que encontraba, siempre preguntaba cómo estaban en casa, si habían problemas él se ofrecía a ayudarles, y sus palabras siempre se convertían en hechos, aunque la ayuda fuera pequeña los empleados agradecía cualquier apoyo, aunque el problema no fuera tan serio, resaltaban su religiosidad y su apego familiar, era de los que iban en familia a la misa del domingo y se confesaban y comulgaban, participaba en todos los eventos para recaudar fondos para los pobres, especialmente niños, en las paredes de su oficina resaltaban las fotos familiares enormes y en tamaños más pequeños muchas vistas de reuniones con trabajadores o en jornadas cívicas, algunas descoloridas poniendo en evidencia su antigüedad.

Cuando falleció lo lloramos todos. Quizás demasiados. Si, demasiados.

Después de la incineración y ceremonia fúnebre le llegó una notificación a su viuda de un compromiso oculto, desconocido que había mantenido don Iván hasta el último de sus días, donde además tenía tres hijos.

Sometido a las investigaciones de César Noé dio positivo para las sorpresas.

Don Iván si que había tenido pasado.

Muy joven había sido desertor del ejército, a los pocos días de iniciar su servicio militar obligatorio había fugado, no con uno sino con dos fusiles. Luego fue sospechoso de dedicarse al asalto en carreteras. Antes de cumplir los veintiuno se hizo conocido por asaltar a narcotraficantes y quitarles la droga y el dinero, se decía que su banda, en muchos casos, mataban a los traficantes y desaparecían los cadáveres sin dejar evidencias de sus actos. Pero fue capturado, sin embargo, fue dejado en libertad pues su libreta electoral, el antiguo DNI, no coincidía con los nombres registrados durante su servicio militar.

Después de eso parecía que se había alejado de la vida delictiva sin embargo, la acuciosidad de César Noé permitió rastrearlo y descubrir que, con otro nombre, apareció como dirigente universitario, integrante del tercio estudiantil, órgano de administración de las universidades elegido por los propios estudiantes, paradójicamente fue la época en las que más denuncias tuvo, desde robos, asaltos, agresiones y hasta un par de homicidios, pero que nunca fueron penalizados porque con dinero o presiones políticas los casos se archivaban siempre por falta de pruebas o porque el afectado renunciaba a su denuncia. Durante esa época don Iván se había afiliado a un partido político corrupto del cual conseguía bastante apoyo gracias a sus aportes económicos.

Luego de “estudiar” doce años en la universidad se recibió de administrador, era evidente que en este tiempo había alcanzado una bonanza económica envidiable. Su primer y único trabajo fue en la empresa de la cual ahora era propietario. Ingresó como asistente del área de contabilidad, se hizo muy amigo del dueño y gerente hasta convertirse en un allegado se su familia; y, curiosamente, cuando el propietario falleció en un extraño accidente automovilístico en el que don Iván sobrevivió todos quedaron sorprendidos, hasta la esposa e hijos, por que unos días antes de su fallecimiento el propietario le había transferido el noventa por ciento de las acciones a don Iván. Con su habilidad, para él fue fácil presionar a la familia que tuvo que vender lo que le quedaba para no caer en la miseria.

César Noé se quedó perplejo cuando también descubrió la doble vida de don Iván, que usaba su empresa para convocar jóvenes por las redes sociales con la promesa de un empleo bien remunerado y luego los inducía a participar en orgías para lo cual había construido toda una empresa paralela hasta con local propio.

Bajo la sombra que proyectaba un gran árbol sobre la banca del parque donde se encontraba sentado con la computador sobre sus rodillas, lo que acababa de descubrir lo sobresaltó, inspiró profundamente por la sorpresa, como para aprovechar el aire frío y húmedo que venía desde el mar; la página web a la que había accedido estaba especializada en pedofilia, el administrador era un tal Návinod, a todas luces un anagrama de “don Iván”, en las cientos de fotos sórdidas que boquiabierto pasaba, en las que un adulto que ocultaba su rostro detrás de un antifaz abusaba de menores era fácil identificar la cara de su ex jefe. Su corazón se alteró como nunca, se reacomodó en la banca hasta casi hacer crujir su columna vertebral, apoyó ambos codos en el respaldar, cerró la computadora con violencia pero con control, cerró sus ojos y aspiró tanto aire como le permitiera expandir su pecho al máximo hasta que su esternón crujiera levemente, se quedó inmóvil muchos segundos y luego comenzó a expirar muy suavemente mientras sentía que su corazón recobraba su ritmo golpeando con su latido todo su cuerpo.

Por unos segundos le pasaron por su cabeza, como mosaicos sobre iluminados, las imágenes de todo lo que había encontrado durante esta investigación, hasta ahora cuando le hablaban de la “miseria humana” había tomado esta expresión como una metáfora exagerada de lo diverso y complicado que es el ser humano, de lo difícil que era entenderlo; ahora, tomaba otro significado. Su nueva visión y trascendencia del ser humano había involucionado, ya no importaba comprenderlo sino más bien interpretarlo, actuarlo, había concluido que todos tenemos un doble argumento para vivir nuestras vidas, actuamos cualquiera de ellos dependiendo de la imagen que quisiéramos dar, así como las máscaras que representan al teatro griego, una es feliz y risueña, mientras que la otra triste y amargada, así transcurre la vida del ser humano, bien y mal siempre juntos, apoderándose cada uno de nuestras conciencias de acuerdo a la situación. Finalmente, era la voluntad de Dios, así nos había creado ¿acaso Dios no tuvo un lado malo? ¿no parió el cielo al peor demonio de todos?

Volvió a respirar, esta vez más calmado, se fue relajando, casi licuando hasta formar una sola entidad con la banca del parque y la laptop, pasaron los minutos y poco a poco recuperaba su consistencia humana, se sintió tieso, rígido y sus ideas se iban aclarando mucho más rápidamente. Sonrió, mas bien una mueca retorcida, sus ojos lucían diferentes, su mirada ya no era la misma, sus pupilas dilatadas parecían las de un muerto.

-       ¿Qué es esto? - se dijo - la muerte o la locura.

En el fondo de su mente luchaban por salir las ideas claras, era una pelea, la eterna pelea, aquella que daba lugar a las conclusiones de sus investigaciones; esta vez era la última pelea.

Se preguntó murmurando entre dientes, como cuando escribía el desenlace de alguna investigación

- ¿No será este mal un castigo divino? ¿Quién se está llevando a las malas personas? ¿Quién esta limpiando el planeta de esta “miseria humana”? ¿Alguien más ya se dio cuenta de esto?.

Sintió temor por lo que acababa de descubrir, era la primera vez en su vida que sentía esta forma de miedo, a lo desconocido, a lo enigmático, a lo divino, al castigo de Dios.

 

viernes, 5 de febrero de 2021

ÉL, EL COMISARIO.

Pese a ser casi las cinco de la tarde el sol quemaba fuerte. Acababa de llegar de la escena del crimen y se dejó caer cansado en el viejo sillón, se abrió la parte superior de la camisa para que entrara libremente el aire frío que partía de un viejo ventilador  que producía un sonido añejo como si fuera esa su principal función. Cerró los ojos y después de algunos segundos, como quien despierta alarmado de una pesadilla, cogió una toallita húmeda y se limpió la cara, el cuello y finalmente las manos, no le pareció suficiente y volvió a repetir la operación. Desde que se había hecho cargo de la comisaría de José Leonardo Ortiz por vacaciones del comisario su vida se había vuelto bastante agitada, usaba toallitas de papel constantemente como complemento del aseo personal por que el calor del verano sumado a la permanente presión por lo que acontecía en la comisaría le hacían sudar demasiado, podía terminar una caja de toallitas húmedas en dos o tres días.

Un par de horas antes, el jefe de la sección de investigaciones, el capitán “Pelao´ le había llamado cuando apenas comenzaba a almorzar. La sección de investigaciones la conformaban diez efectivos que trabajaban en dos grupos, todos al mando del capitán “Pelao”, era la única sección en donde sus hombres se llamaban por sobre nombres; se había producido un asesinato, en un intento de asalto donde había perdido la vida el empresario ganadero Bínder Aranda, conocido en la jurisdicción, el empresario participaba constantemente en las actividades de la comisaría, y era muy estimado en la quinta Richard, lugar donde los martes y viernes se realizaba una feria agropecuaria a donde llegaba ganado de toda la región norte para un mercado notoriamente activo.

Salió casi corriendo asegurándose de llevar consigo su inseparable agenda en la que lucía el monograma de su institución, no sin antes pedirle a la señora de la cafetería que le guardara su almuerzo y se dirigió al lugar. Cuando llegó le alegró ver que los que acompañaban al capitán en esa intervención eran los sub oficiales conocidos como “Negro” y “Bareta”.

Desde unos meses antes, cuando llegó a la comisaría como jefe de la oficina de participación ciudadana y de la sección de tránsito, se dedicó a observar el desempeño de cada uno de los efectivos con la finalidad de identificar a aquellos que tenían un comportamiento cuestionable para cambiarlos a puestos lejos del contacto con el público, durante esta observación había apreciado que los efectivos “Negro” y ”Bareta” eran honestos, confiables y tenían un rendimiento sobresaliente.

Se bajó del patrullero muy cerca de una camioneta pick up, blanca, con lunas oscurecidas, bastante nueva, que se había metido a una zanja, el lecho de una antigua acequia que había muerto de sed y que recorría toda la Avenida Chiclayo; más que avenida era una trocha, polvorienta y con montículos de basura pegada al suelo como si fueran garrapatas pegadas en la panza de un animal muerto. En el asiento del conductor yacía el cadáver del empresario, inclinado sobre su costado derecho, la camisa de color blanco estaba completamente ensangrentada, se acercó lo suficiente para darse cuenta que tenía un orificio de bala detrás de la oreja izquierda.

Pensó cómo la vida, mejor dicho la muerte se llevaba a una persona joven, que demostraba tener una vitalidad que la mayoría envidiaba, con una gran calidad para tratar a las personas y que sabía lo que quería en la vida. Lo había conocido meses antes y habían comenzado a frecuentarse..

Sacó un cigarrillo y de la nada apareció el capitán “Pelao” ofreciéndole la llama de su encendedor.

-       Cuéntame, qué pasó, “Pelao”.

-       Fue un intento de asalto, jefe, alguien se enteró que en la mañana estuvo en la Quinta Richard buscando ganado fino para comprar con quince mil dólares, pero no compró ninguno, parece que no encontró nada para su gusto, entonces el dinero lo tenía encima, esperaron que saliera de aquella chingana para asaltarlo- dijo el capitán mientras señalaba un chicherío de aquellos que abundan por la peligrosa Avenida Chiclayo.

-       ¿Un dato?

-       Lo estamos averiguando, pero eso parece, porque según los testigos el choro fue de frente a apuntarle y le gritó ¿Dónde están las quince lucas?, no le dio tiempo a nada, pero el empresario intentó fugar y aceleró la camioneta que la estaba calentando, el choro le disparó cuando había avanzado unos veinte metros, más o menos desde donde está ese poste - señalando con la mano que cogía el celular hacia el lugar - la camioneta siguió rodando hasta aquí en que se metió a la zanja.

-       ¿Tenemos detenidos? - preguntó el comisario mientras le daba una aspiraba profunda a su cigarrillo, que luego tiró, parecía que iba a pisarlo pero se arrepintió porque quizás era innecesario en este lugar lleno de polvo, de aquel que con tan solo mirarlo se pega a tu cuerpo.

-       Don Bínder estuvo tomando con dos amigos, dos paisanos, están en el patrullero y los vamos a llevar a la comisaría, ellos dicen que a eso de las once de la mañana se encontraron con él en la Quinta Richard y los invitó a tomar un par de cervezas, los trajo hasta este chicherío porque mencionó que había una chiquilla que atendía y que le hacía ojitos.

-       ¿Hace cuánto tiempo ocurrió el crimen? - preguntó el comisario mientras abría la agenda que lo acompañaba siempre.

-       Media hora, minutos más, minutos menos, otra cosa jefe, nadie reconoce al choro, que usó una moto no sabemos de qué color, y se fue con dirección a la Panamericana Norte, o sea que por ahora ya lo perdimos.

Mientras el comisario escuchaba el reporte de su capitán había marcado un número en su celular y se encontraba conversando con el fiscal para darle cuenta de lo que había sucedido y coordinar las acciones siguientes. Apoyó su agenda sobre la carrocería de la camioneta y comenzó a escribir mientras conversaba, el capitán aprovechó también para llamar a la unidad encargada de las pericias para que hicieran su trabajo especializado en el lugar del crimen, antes que las huellas se contaminaran.

-       Toma nota “Pelao”, ya hablé con el fiscal Céliz y ha designado a su adjunto García para que siga el caso, ya conoces a ese huevón, hace complicada la chamba, tienes que llamarlo para que levanten el cadáver lo antes posible, ahora mismo comisiona un patrullero para que vaya a buscarlo y lo traiga. No olvides, tiempo que pasa, verdad que huye.

-       Al toque jefe, más bien, también me voy a llevar a las dos chicas que trabajan en la chingana para ver qué se saca, hasta ahora no tenemos nada, ojalá que reconozcan a alguien en el álbum - terminó de decir el capitán “Pelado”.

Después de asentir el comisario subió a su patrullero para regresar a la comisaría. A esta hora el calor lo agobiaba y deseaba llegar pronto para sacarse la ropa y meterse bajo la ducha esperando que saliera agua fría y no tibia como acostumbra en esta época. El polvo de la Avenida Chiclayo lo había traspasado, sentía sus articulaciones moverse con dificultad, le costaba respirar libremente como si el polvo lo estuviera invadiendo poco a poco, se angustió pero luchó contra este sentimiento y logró reponerse.

-       Ya no debo fumar - le dijo al chofer del patrullero quien le dirigió una vaga sonrisa como si no llegara a comprender el comentario.

El viaje de pocos minutos le pareció de horas, casi corriendo entró a su oficina en la comisaría para bañarse pero decidió mejor refrescarse con el ventilador y usar las toallitas húmedas, con este caso del empresario pronto comenzarían a llegar los periodistas y las siempre agobiantes llamadas de sus superiores, era mejor encontrarse alerta. Pidió que le trajeran lo que quedaba de su almuerzo y atendiendo las noticias que pasaban en la tv a esta hora terminó de almorzar.

A los pocos minutos entró a su oficina el capitán “Pelao”, con el rostro sudoroso y cubierto de manchas de polvo como si sufriera de un vitíligo multicolor.

-       Jefe, le cuento - dijo casi gritando - Trajimos a las dos muchachas que trabajaban en la chingana, al rato “Bareta” se dio cuenta que al frente de la comisaría, disimuladamente la hermana del “Panetón”, un choro que creíamos plantado preguntaba por una de las chicas, la “Pilar”, así que nos pusimos moscas y revisamos su celular, tiene varias llamadas entre ella y el “Panetón”, dice que conversaron sobre otras cosas pero que ellos no tienen nada que ver con este homicidio. Se han recibido dos llamadas del “Panetón”, pero no hemos contestado.

-       ¿Y que tal si amenazamos con detenerla a la hermana a ver qué sale? - preguntó el comisario mientras hurgaba en su celular buscando un número telefónico.

-       ¡Ya está, jefe, ya la tenemos! - dijo “Pelao” mientras el rostro se le iluminaba como el de un niño después de haber respondido acertadamente una pregunta difícil. Dice que su hermano está tranquilo en su casa - continuó hablando el capitán, visiblemente emocionado - no le dejamos usar el celular.

-       Vamos...vamos a hablar con “Pilar”, a ver que más sabe - y ambos salieron de la oficina.

El comisario saludó a “Pilar” que estaba sentada en una de las sillas de la habitación estirándole la mano y jalándola, obligándola a ponerse de pie, le sorprendió verse frente a una mujer con rostro de niña, le preguntó por su nombre y desde cuando trabajaba en aquella chingana mientras analizaba cada palabra de su respuesta y cada movimiento de su rostro al pronunciarla.

Le soltó la mano mientras alevosamente paseaba su mirada por todo el cuerpo de “Pilar”, su intención era incomodarla más de lo que seguramente se encontraba y a bocajarro dijo, con un tono en el que no podía interpretarse si era una interrogante o una afirmación:

-       Tu “centraste” a don Binder para que lo asaltaran ¿No?.

La muchacha exhaló todo el aire que tenía, tanto que pareció encogerse unos centímetros, luego en medio de un incontrolable llanto intentó dar una respuesta pero solo pronunciaba palabras inentendibles.

El comisario salió del pequeño ambiente jalando al capitán del brazo.

-       Está metida hasta los huesos ¿qué piensas?

-       Si jefe, ella le soltó el dato al “Panetón” - contestó el “Pelao” - podemos aprovechar para ir a canear al “Panetón”, si es cierto lo que dice la hermana ahora está en su casa, seguro esperando noticias.

-       Creo lo mismo, voy a llamar al adjunto del fiscal para que haga las coordinaciones con el juez y pida el registro domiciliario y el descerraje. Por favor sácale la dirección exacta a la hermana del “Panetón”.

Al rato el capitán volvió acompañado de los agentes “Negro” y “Bareta”, quienes además del chaleco que los identificaba como policías llevaban un chaleco antibalas y armamento, dispuestos a recibir las indicaciones de su jefe.

-       Ese huevón de García, el adjunto del fiscal, se caga de miedo - con rostro decepcionado comentó el comisario - dice que mientras oficia al juez nos pueden dar las ocho de la noche y es posible que hoy ya no se pueda hacer nada, lo cierto es que, como siempre, se orina  cuando tenemos que trabajar finito, al borde de la legalidad.

-       Pero jefe, las cosas tienen que hacerse calientitas - dijo el “Negro” paseando su mirada del comisario al “Pelao”.

-       Es cierto, creo que es cuestión de tiempo que la “Pilar” se quiebre, pero si nos demoramos el “Panetón” se nos va - espetó el capitán.

-       Si, lo se bien, por eso le he dicho a García que vamos a intervenir solos, si es positivo le pasamos la voz al toque, sino, como siempre, es nuestro lío - señaló el comisario mientras se acomodaba su chaleco antibalas.

Cuando llegaron a la casa de “Panetón” tuvieron que entrar subiendo por el balcón, después de perder unos minutos tocando el timbre y golpeando la puerta. Entraron primero el capitán, junto al “Negro” y “Bareta”; luego de unos minutos abrieron la puerta para que pudiera entrar el comisario y otros efectivos de apoyo.

Cuando el comisario subió al segundo piso encontró a “Panetón” con los grilletes puestos y sentado en un apestoso sillón frente a un enorme y moderno televisor en el que una cadena internacional transmitía fútbol europeo. El delincuente lo identificó y solo agachó la cabeza, juntando su mentón al pecho. Mientras el capitán y su equipo de apoyo revisaban el departamento en busca del arma homicida o de alguna evidencia que relacione al delincuente con el crimen, el comisario miraba desde un lugar en el que tenía todo el escenario bajo su visión, durante este tipo de intervenciones tenía dispuesto que solo podían hablar con los intervenidos los efectivos de investigaciones a cargo y sólo ingresaban los previamente designados. Ajustó en treinta minutos el temporizador de su celular, pues consideraba que de ninguna manera esta intervención podía exceder ese tiempo. Se sintió muy contento cuando vio que los efectivos designados realizaban un registro meticuloso y ordenado, levantaban libros, revistas, revisaron concienzudamente el tacho de basura, detrás y debajo de los artefactos, de la sala, luego pasaron a uno de los dormitorios, el baño, parecían cubrir todos los rincones. Los otros pisos del edificio eran ocupados por otras familias que no tenían nada que ver con el delincuente, resultaba innecesario intentar un registro en alguno de ellos.

Ensimismado en sus pensamientos, lamentando la falta de identificación del adjunto del fiscal con la labor policial, cuando hubiera sido fácil, con las pruebas que se tenían, las llamadas telefónicas entre “Pilar” y “Panetón”, pedir, sino la detención, por lo menos el examen de absorción atómica para este último, pues así se sabría si había disparado un arma de fuego recientemente. Es  lo que le propuso a García pero éste, argumentando que el juez podría rechazarle el pedido por carecer de pruebas contundentes, prefería que se reúnan más evidencias poniendo en peligro la flagrancia y la investigación entera. En sus oídos escuchaba las palabras al despedirse, del adjunto, que le sonaban a sarcasmo “...recuerde comisario, primero se debe investigar para detener, es mejor tener quinientos culpables en la calle que  un inocente detenido”.

Salió de sus cavilaciones cuando el capitán “Pelao” le dijo muy cerca al oído:

-       Jefe, el “Panetón” se sigue negando, no se deja convencer, le hemos dicho que “Pilar” ya lo echó pero dice que todo es mentira, que solo la llamó para ponerse de acuerdo a qué hora se iban a encontrar. Definitivamente están jugando en pared, tendremos que dejarlo y ver si la costilla se ablanda - refiriéndose a “Pilar”.

El comisario miró su teléfono y todavía le faltaban seis minutos para que sonara la alarma del temporizador. Se quedó pensando un rato, mirando hacia ningún sitio, el capitán pudo percibir en sus ojos ese cansancio que él también había sentido cuando después de tanto trabajar, alguna leguleyada o viveza de un abogado deshonesto, forzaba la liberación de un delincuente culpable o se anulaba todo lo investigado; pero casi en seguida lo vio tomar aire y recuperar el brillo de esa mirada que siempre le había parecido que transmitía sabiduría, paciencia y esperanza.

-       “Pelao” - le dijo, tomándole del brazo - métete al baño solapa y desde allí me llamas y me sigues la corriente - mostrándole su celular.

El capitán, sin mirar a nadie y muy disimulado se fue al baño, el comisario esperó unos segundos y se acercó al sillón en donde estaba sentado y enmarcado el “Panetón”.

Su teléfono celular comenzó a timbrar, lo miró, apagó el temporizador pues estaba a punto de hacer la última jugada pero lo dejó timbrar hasta estar seguro que “Panetón” le prestaba atención, entonces contestó.

-       ¡Aló!, si, hola compadre ¿Qué hay?...Ah ya...ya se fue a su casa...toma nota del diagnóstico y cítalo para mañana a las diez en la comisaría…¿Era grave?...entiendo…¿Sólo tres puntos?...Okey...cualquier cosa me avisas.

Apagó el celular y pasó por delante del delincuente que sudaba copiosamente y como quien no quiere le comentó:

-       Ya le dieron de alta a don Bínder Aranda - y continuó caminando lentamente.

La cara de “Panetón” cambió, ahora era la viva imagen de la perplejidad, tenía la mandíbula desencajada y la boca abierta. Balbuceante exclamó:

-       Jefe ¿No está muerto?

El comisario, sin despegar sus ojos de su celular, forzando una sonrisa que tenía mucho de sorna, evitando mirarle a los ojos le contestó:

-       ¿Muerto?...¡para nada! Ni siquiera es grave como esperaba, le han puesto tres puntos y ya se fue a su casa, yo que pensaba canearte por lesiones graves ahora solo te tengo por disparar, porque seguro que vas a dar positivo después de la absorción atómica, ojalá no encontremos el arma porque sino tendríamos que canearte sólo por posesión de armas y por eso te dan suspendida o sales entre dos o seis meses - enseguida le dio la espalda.

No había caminado ni tres pasos cuando escuchó la voz de “Panetón” que le decía:

-       Jefe, busque en el baño debajo del bidón azul.

 

Caía la noche cuando el comisario con el adjunto del fiscal regresaban en un patrullero a la comisaría, sobre la agenda que descansaba en sus rodillas, en una bolsa de plástico debidamente lacrada llevaba una pistola, la que había servido para asesinar a Bínder Aranda. La encontraron escondida, bajo una loseta del piso del baño que había sido acondicionada para este fin. La tranquilidad de tener un caso resuelto le habían disipado esa especie de angustia que lo cubría tanto como el polvo de la avenida Chiclayo, prefirió mirar las luces de la noche que ya se cernía sobre toda la ciudad.

A su lado, García, el adjunto del fiscal, tomó su celular y comenzó a llamar.

-      ¡Aló…! Doctor Céliz...como le dije, ya tenemos toda la documentación para la detención del “Panetón”, lo estamos llevando a la comisaría, creo que si no respondíamos con velocidad no lo hubiéramos logrado, ¡Nooo… doctor, no tiene nada que felicitarme, son nuestras obligaciones que con gusto atenderemos siempre…! Hasta luego.

El comisario, apretó la agenda y la bolsa con la pistola incautada al homicida sobre sus rodillas, luego se persignó y muy despacito dijo

-       Que Dios le de paz a tu alma amigo Bínder y a tu familia resignación. Y que me libre de mi mala suerte.

 

sábado, 26 de diciembre de 2020

OLISQUEANDO

 “El perfume: historia de un asesino es la primera novela del escritor alemán Patrick Süskind, publicada en 1985 bajo el título original Das Parfüm, die Geschichte eines Mörders. Inmediatamente se convirtió en un best-seller, y es la obra de la literatura alemana más traducida: a más de cuarenta lenguas en todo el mundo. El perfume, dividido en cuatro partes y cincuenta y un capítulos, transporta al lector a un mundo con el que no está familiarizado, "el evanescente reino de los olores", a través de su protagonista, Jean-Baptiste Grenouille (grenouille significa rana en francés)” WIKIPEDIA.



Como lo venía haciendo desde muchas semanas atrás, se acomodó en el estribo del puente, lo más cerca del curso de agua, donde sintiera sobre su cara una lluvia de diminutas gotas que pronto la humedecían y lo transportaban hacia lugares que solo la imaginación de quien ha vivido la verdadera historia puede modelar sus recuerdos con mucha cercanía a la realidad. El río Rímac era un libro, una enciclopedia que transportaba entre sus aguas historias de muerte, de sufrimiento, de lucha bravía y también de amor sublime que él ya había percibido durante su pasada vida. 

Todas las mañanas muy temprano dejaba la casa donde solía pasar la noche y luego se echaba a andar, su itinerario eran los puentes sobre el río Rímac, había descubierto una nueva actividad, sentarse a orillas del río y escribir poemas, poesías, cuentos, lo que sea, pero escribir. Su inseparable viejo bolso de cuero, recogido en alguno de los basurales que abundan muy cerca de las aguas, le colgaba del hombro como si se tratara de un apéndice más de su cuerpo, además de llevar muchas botellas pequeñitas, de diferentes formas y colores, guardaba un cuaderno donde escribía lo que se le ocurría, trataba de hacerlo en verso pero no siempre lo lograba. En ocasiones, una vez que terminaba de escribir, arrancaba la hoja que contenía lo escrito y lo acomodaba dentro de una botella de vidrio que luego aventaba al río, con la esperanza de que alguien la encontrara y leyera, lo que quizás, como en el caso de Robinson Crusoe, en realidad era un llamado de auxilio.

Recordaba con claridad su vida pasada, hasta el día aquel en que fue atacado por una horda de gitanos que comenzaron a comerlo vivo, pero en un evidente acto de supervivencia consiguió sacar un frasquito con un perfume que aún no había terminado de desarrollar, contenía la fragancia de la invisibilidad más el miedo a la muerte, lo esparció con la violencia que el momento de agresión lo pedía y como se expande una gota de aceite sobre el agua los gitanos se espantaron y tomaron distancia sin siquiera mirarlo. Luego se vio con la ropa convertida en remiendos, ensangrentado, adolorido, indefenso, desvalido, abandonado a su suerte, que no era otra que la muerte, tratando de sobrevivir; y, después de eso no recuerda nada. Despertó un día en otro lugar, otro tiempo, tirado a la orilla de este río que lo trasladaba por recuerdos y nuevas vivencias que percibía con el mejor de sus sentidos, el olfato.

Apenas darse cuenta que había desarrollado las ganas de escribir también se dio cuenta que en este aspecto tenía mucho por descubrir aún. 

Quizás por que sentarse muy cerca del río, en aquellos sitios peligrosos donde se formaban remolinos que revolvían el agua de adentro hacia afuera y liberaban olores con reminiscencias a las tullerías y desagues de París, le traían como un deja vu trozos de su pasado, había decidido vivir aferrado al río Rímac, de el tomaba la energía que cada día le permitía levantarse en una casa desconocida, con personas desconocidas, que realizaban sus ritos y tareas familiares sin percatarse de su presencia; cuando por las noches se sentía cansado y necesitaba comer y dormir, simplemente elegía una casa la que invadía pues todo el día andaba cubierto con la fragancia de la invisibilidad y sin importarle nada se acomodaba en una cama, si había una disponible o en un sofá o mueble que le permitiera descansar adecuadamente y tomaba las cosas que le permitían mantenerse vivo. 

Aprovechaba las horas del amanecer para producir los diferentes perfumes cuyos aromas le ayudaban a mantenerse vivo y desapercibido, los cuales acomodaba siempre en el viejo bolso de cuero, que era su equipaje. Había perdido el interés por desarrollar nuevas fragancias, copiadas del mundo, su mundo, pero ocasionalmente encontraba una nueva fragancia que copiaba y luego le buscaba una utilidad.

Consideraba que todavía tenía mucho que aprender, a veces sentía miedo caminar por lugares nuevos pues las cosas que nunca había visto le atemorizaban..

Tampoco tenía aquella sensación permanente de desasosiego que lo impulsó en su búsqueda del perfume, que finalmente descubrió, aquel que nacía en el interior de una mujer virgen, ahora su vida era más apacible, sabía que buscaba algo, que tenía que encontrar algo más allá de ésta insignificante existencia. ¿Acaso todas las personas no buscaban algo? Si, todas. Había olido la inquietud que empuja a la gente a seguir adelante inclusive con todas las fuerzas de la naturaleza en su contra, ese empeño por seguir, por salir del propio lugar y avanzar solo podía significar que la vida del hombre era una búsqueda constante, no sabía qué, pero era evidente que más adelante había algo que se convertía en una fuente de atracción universal. Estaba convencido que existía una fuerza superior, quizás el destino, a veces intentó pensar que era la voluntad de Dios y desechaba esta idea cuando recordaba sus primeros años de vida entre los cerdos, al lado de madame Bussie, con monsieur Baldini, si Dios existiera no hubiera permitido todo este sufrimiento.

La noche anterior, de navidad, escogió una de las casas mejor decoradas e iluminada con motivos navideños, pasó la noche con sus ocupantes sin que ellos lo supieran, acompañó a la familia durante el abrazo de la noche buena, oró con ellos antes de cenar y también disfrutó de la alegría de abrazar a familiares después de mucho tiempo sin ellos, tomó dos copas de champán y como siempre el alcohol le afinó los sentidos.

Percibió con agudeza todos los olores de la gente en los que sobresalía notoriamente el de la alegría, la fraternidad, la felicidad repentina, eran fragancias que las conocía muy bien, quizás las primeras que aprendió a identificar junto al odio, la desesperación y la venganza, pero apenas se acostaron y apagaron las luces de la casa comenzó a esparcirse muy lentamente una fragancia que antes había percibido pero que no se había preocupado de identificar. Intentó dormir un poco pero la creciente intensidad del olor lo inquietaron, no esperó a que terminara de amanecer y salió a caminar por las orillas del río. Aunque estaba lejos decidió caminar hasta el puente Balta o quizás hasta el Huánuco, había encontrado que en estos dos lugares los olores eran más variados, muchos de ellos por descubrir, aunque su instinto le aseguraba que no eran nuevos, que quizás estaban allí por siglos, guardando episodios de las historias que seguro se vivieron en torno al río Rímac, fragancias que habían quedado como improntas que las aguas se encargaban de conservar y sacar a la superficie con cierta regularidad.

Se subió a una de las barandas del puente Balta y comenzó a olisquear, el viento que venía como impulsado a través del corredor de la avenida Abancay, se mezclaba con los efluvios que brotaban del río y formaban un caleidoscopio de sentimientos que nacían del tamiz de sus fosas nasales y poco a poco colmaban todo su cuerpo y lo transportaban por imágenes que no sabía que existieran en sus recuerdos. Cerró los ojos y aspiró con fuerza y luego contuvo la respiración  mientras su cerebro buscaba a qué correspondía la fragancia que había identificado esa madrugada. 

Se vio trabajando en un circo, luego en medio de un juicio en donde parecía que sería condenado, en ceremonias fúnebres de personas que seguro había conocido, sintió un gran vacío, una tristeza que parecía haber arrastrado siempre, dura, cruel, longeva. Quizás no había podido identificar ese olor porque también lo llevaba encima, quizás olía así y no se había dado cuenta hasta ahora. Abrió los ojos cuando ya no pudo sostener la respiración contenida y junto con la luz apareció en su cerebro la respuesta: melancolía.

¿Melancolía? Pero si todos olían a felicidad, felicidad por la navidad, ¿porqué tendrían que estar melancólicos? ¿no son estos dos sentimientos antagónicos? hasta donde sé no pueden mezclarse sentimientos contrarios, como la felicidad y la tristeza.

Fue entonces que le vinieron ganas de escribir, bajó por el estribo del puente, se acomodó muy cerca del agua y comenzó a anotar en el cuaderno arrugado que llevaba en ese bolso de cuero viejo, olvidado, agonizante.


¡… Diciembre, mes de Navidad!

Mes de los niños, de regalos, de dulces-

Mes de melancolía, para algunos.

De recuerdos dolorosos para otros.

Pero es navidad, las luces de la Navidad

Nos hacen olvidar todo.

Las risas de los niños, de nuestros hijos,

Sus sonrisas, su alegría nos contagian

Nos trasladan hacia tierras felices.

Sin sufrimiento, sin frío.

¿Y qué hay de aquellos que en verdad si sufren?

Los desahuciados, los olvidados.

Los que decidieron dejar este mundo por propia mano

Los cobardes ¿O valientes?

Los olvidados, los que no reciben ni un abrazo

Los desterrados por propia voluntad

En busca de mejora.

Los sentenciados sin prueba suficiente

Los deudos de los que partieron por voluntad ajena

Los hijos de los que murieron defendiendo a otros

Los sufridos que nunca se quejan

Porque se les calló a tiempo.

Los miserables cuyo techo y abrigo es la noche.

¿Para ellos también es Navidad?

Si, porque la Navidad además de alegría es dolor.

Dolor como ninguno, el de la madre que sabe

que quien nació debe acabar en una cruz.

Si, la Navidad también es dolor…

Jean Baptiste Grenouille


LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...