Se frotó
los ojos y miró el reloj sobre el escritorio, las seis y cincuenta de la
mañana. Suspiró de alivio porque pensaba que su trabajo había culminado, cerró
la laptop y presurosamente se dio un baño, se alistó con la ropa que el había
definido como de trabajo, luego un café sin azúcar, que acompañó con un par de
barritas de cereal y colgándose al hombro el viejo morral donde había acomodado
la laptop salió presuroso a la calle después de elegir una de tantas
mascarillas que coleccionaba y que hiciera juego con lo que llevaba puesto,
aunque su actitud era firme se sentía angustiado, parecía tener una duda
imposible de aclarar, una ligera mueca de su rostro indicaba que se encontraba
sorprendido o quizás contrariado.
Tenía dos bachilleratos, una licenciatura, dos maestrías y actualmente
estaba por finalizar un doctorado que fue suspendido por la pandemia. César
Noé, a sus casi cuarenta años se sentía una persona interesante, casi
científico, culto y muy preparado; y, así caminaba por la calle, cuando
caminaba, porque a pesar que las distancias fueran cortas, a donde fuera lo
hacía con su Audi color negro, que estaba seguro le daba distinción. Sentía que
ser distinguido le abría muchas puertas y eran la mejor presentación que podía
darle a su preparación y estudios, aunque desde que empezó la pandemia tenía
ciertas dudas respecto a esto.
Estaba separado, su matrimonio no llegó a los cinco años pero le dejó un
sabor a triunfo, a haber intentado algo que parecía imposible, sabía que si
bien era muy bueno para los estudios e investigaciones, no había madurado lo
suficiente para llevar adelante un hogar, una familia, algo muy común para la
mayoría de personas, pero lo que más le afectaba era vivir en soledad después
de terminada esta relación; los días del aislamiento social se le hicieron
interminables, el trabajo on line desde casa parecía ser una tortura. Durante
el encierro se programó una rutina sin horarios, sólo tareas, una tras otra.
Prefirió no ponerse horarios pues no tenía una hora fija para acostarse ni para
levantarse, a veces no dormía, como la noche anterior. Al principio la mayor
parte de su tiempo lo dedicaba a la lectura, después a escudriñar las redes
sociales y también a ver videos de música antigua, pero desde unos meses atrás
se había dedicado a hacer investigaciones personales, muy específicas sobre
temas que se le ocurrían en el momento.
Le dedicaba poco tiempo a la televisión, los noticieros no le llevaban
más de media hora diaria, prefería ver series en Netflix®, porque así las podía
interrumpir en cualquier momento y retomar el hilo fácilmente, lo cual
constituía un problema cuando se trataba de películas.
Ahora, que algunas de las medidas de aislamiento se habían relajado, durante
las mañanas se subía a su auto y se dirigía a una playa o un parque, en donde,
bajo la sensación de libertad y aire fresco realizaba su trabajo on line o de
búsqueda de información en redes para sus investigaciones personales.
Con todas las tesis que había hecho para obtener los grados
universitarios que ostentaba había adquirido destreza, se había mecanizado, en
la metodología de la investigación. Una de las primeras dudas que trató de
aclarar durante sus investigaciones fue la existencia de Dios. Siempre había
querido declararse agnóstico por eso le buscó muchas explicaciones científicas
a algunos milagros conocidos y ahondó en las teorías del Big Bang y del
evolucionismo de Darwin, pero cuando leyó a Manuel Polo y Peyrolón, la casi
seguridad que tenía por el agnosticismo se le debilitó.
Prefirió dejar esta investigación para “después”, no sería la primera ni
la última que tendría que esperar en algún directorio de su laptop.
A los tres meses de comenzar el aislamiento por la pandemia, después de
ver un noticiero se preguntó ¿por qué una parte de los venezolanos que llegan
al Perú se comportan como delincuentes?. Lo convirtió en hipótesis y realizó un
trabajo de investigación tipo descriptivo, aunque profundo, no le llevó mas que
una semana. Sus resultados lo publicó en un blog personal y de allí lo tomó uno
de los editores del diario El Comercio y le pidió permiso para publicarlo en su
edición dominical. Aceptó con mucho temor, pensó que a la gente no le
agradaría, sin embargo, cuando le ofrecieron publicar todos sus trabajos por un
precio convenido se sintió muy importante, comprendió que la a la gente le
interesaban sus trabajos.
La siguiente duda que aclaró mediante una investigación personal fue
¿Está preparado el sistema de salud para combatir una pandemia?. Después las
interrogantes se hicieron más interesantes y actuales, publicó su siguiente
trabajo que nació a la pregunta ¿Qué efectos tendrá sobre la pandemia el
retorno de los provincianos que se encontraban en Lima?, luego siguieron
¿Existe un remedio efectivo contra el COVID-19? ¿Por qué confiamos tanto en la
ivermectina? ¿Qué le pasará a la economía peruana después del COVID-19? ¿Cómo
afectan las clases on line en la formación del niño y adolescente? y muchos
más.
La publicación de sus resultados en el dominical de El Comercio eran muy
esperadas, aunque hubo domingos en los que no aparecía porque sintió que su
trabajo no estaba completo, o el resultado no era lo suficientemente sólido que
prefería no publicarlo, algunas las guardaba y las avanzaba de tiempo en tiempo
hasta que las terminaba, no era raro que hiciera más de dos investigaciones en
simultáneo.
Su trabajo habitual, como responsable de un área importante de una
compañía dedicada a la tecnología se vio afectado por su dedicación a las investigaciones
personales. Sabía que mucha gente lo seguía y que tenía una responsabilidad
como generador de opinión publica, se había propuesto no defraudar a estas
personas.
La acuciosidad y la facilidad que tenía para identificar problemas que
pudiera convertir en investigación le permitían contar, además de las que
estaban en proceso, con una serie de potenciales problemas o dudas que podría
resolver previa investigación. Ahora mismo, sentado en un parque miraflorino,
con una vista impresionante de la Costa Verde y bajo los efectos de la fría
brisa marina se disponía a revisar el trabajo que creía culminado pero que no
tenía intenciones de publicarlo, por lo menos no por ahora.
Este era uno de aquellos casos que avanzó de a pocos, quizás era el que
más tiempo le había tomado investigar, recuerda que lo inició uno de aquellos
domingos en que frente a la televisión, viendo los programas dominicales,
presentaron un reportaje de un profesor que había fallecido por COVID-19 con
tan solo 36 años, no tan habitual por esos días, muchos alumnos y profesores lo
lloraban públicamente, la televisión se preocupada de transmitir estos
lastimeros comentarios, cada cual más triste; justo cuando una compañero dal
fallecido hacía conocer lo bueno que había sido y el desprendimiento que
siempre había mostrado su colega, alcanzó a escuchar que una mujer joven
gritaba “No se porqué tantas lágrimas si era un desgraciado”; ningún reportero
le dio importancia y mas bien se centraron en las bondades del difunto.
Inicialmente se sorprendió pero tuvo que recurrir a un video en internet
sobre este reportaje para darse cuenta con cuánto odio, con cuánta ira
contenida la mujer había logrado expresarse, aunque estaba en segundo plano, al
revisar el video pudo notar hasta lágrimas en aquella desconocida, lágrimas de
odio, pensó.
Tomó nota de los nombres y los principales datos difundidos por el
programa de televisión e inició una investigación que le llevó algunos días.
Primero hurgó todo lo que pudo en internet, luego visitó a algunos familiares y
conocidos del investigado. Lo que iba descubriendo, además de sorprenderlo lo
motivaba por saber más, por conocer qué misterios escondía el occiso tan
llorado; finalmente, llegó a la conclusión que las lagrimas televisadas no
valieron la pena, el fallecido había sido un desgraciado, por decir lo menos,
encontró que a los dieciocho años fue acusado de violar a un niño de nueve y
nunca fue sentenciado, el caso se archivó por prescripción porque el oscuro
abogado que contrató consiguió que la insuficiencia de pruebas convirtieran la
violación en actos contra el pudor. Pero no era lo único, al iniciar su carrera
como profesor, contratado por el estado y destacado en un pequeño pueblo de
Huarochirí, había embarazado a una de sus alumnas de quince años y lo solucionó
casándose con la agredida. Dos años después de este hecho fue trasladado a Lima
y nunca más volvió a relacionarse con aquella. En Lima, fue acusado tres veces
durante el ejercicio de su función por hechos similares, tenía muchas denuncias
por acoso sexual que quedaban en quejas y no progresaban; además vestía a la
moda con ropa cara, cosa no habitual para un maestro y revisando sus
antecedentes policiales era conocido por receptador de robos.
Este descubrimiento lo llevó a investigar a una nueva víctima del
COVID-19, esta vez lo tomó del semanario del periodista “H”, en donde aparecía
el cadáver tirado en la calle a pocos metros de un hospital, era un caso
dramático y muy difundido por los medios. Después de identificarlo
adecuadamente inició la investigación con una pequeña sorpresa, el sujeto
estaba requisitoriado por la justicia por homicidio, al revisar ese caso se
encontró con que además había producido la muerte de una madre con su hijo al
atropellarlos con un vehículo que conducía en estado de ebriedad y sin tener
licencia de conducir, lo encontró en diversos videos en internet, todos ellos
producidos por noticieros, enfrentándose con los fiscalizadores de tránsito
para impedir ser detenido cuando conducía una combi en forma ilegal. También le
llamó la atención que tenía un impedimento de salida del país dictado por un
juez de familia por no cumplir con pagar la alimentación de un hijo,
impedimento que tenía diez años de haberse registrado en el sistema de
migraciones,
Vaya, se dijo aquella vez, ya son dos.
Con mucho recelo y al azar escogió un tercer sujeto de estudio, ahora
una mujer. Lo que encontró no fue muy diferente a los anteriores, quizás peor,
esta mujer había sido acusada de provocar un incendio en el que fallecieron su
pareja y sus dos hijos, el proceso continuaba en investigación pese a los años
de ocurrido el siniestro, mientras tanto, se dedicaba a estafar, especialmente
a ancianos, a los que engatusaba hasta conseguir quitarles su fortuna y los
abandonada en la miseria mientras ella se daba la gran vida con lo conseguido.
Alarmado por lo que había encontrado se preguntó ¿Hay una causa especial
que ocasiona la muerte de personas por COVID-19? y comenzó con mucha
incertidumbre esta investigación. Era de aquellas que encajonaba y avanzaba
poco a poco.
Para poder generalizar sus resultados estadísticamente, estudió cuarenta
y tres casos, gracias a la tecnología y a su verdadero interés avanzó muy
rápido. Y ocurrió que cuando terminaba con el sujeto cuarenta y dos falleció
por COVID-19 el jefe de la empresa de tecnologías donde trabajaba, lo tomó como
obligatorio estudiar su caso, aunque pensó que esta vez no encontraría lo que
había encontrando en todos los fallecidos sujetos de estudio.
Don Iván, como lo llamaban con cariño todos los trabajadores, era un
jefe muy altruista y dedicado a su negocio de venta y soporte de productos
tecnológicos, casi todos los días bajaba de su despacho y se paseaba por las
instalaciones, conversando con aquellos empleados que encontraba, siempre
preguntaba cómo estaban en casa, si habían problemas él se ofrecía a ayudarles,
y sus palabras siempre se convertían en hechos, aunque la ayuda fuera pequeña
los empleados agradecía cualquier apoyo, aunque el problema no fuera tan serio,
resaltaban su religiosidad y su apego familiar, era de los que iban en familia
a la misa del domingo y se confesaban y comulgaban, participaba en todos los
eventos para recaudar fondos para los pobres, especialmente niños, en las
paredes de su oficina resaltaban las fotos familiares enormes y en tamaños más
pequeños muchas vistas de reuniones con trabajadores o en jornadas cívicas,
algunas descoloridas poniendo en evidencia su antigüedad.
Cuando falleció lo lloramos todos. Quizás demasiados. Si, demasiados.
Después de la incineración y ceremonia fúnebre le llegó una notificación
a su viuda de un compromiso oculto, desconocido que había mantenido don Iván
hasta el último de sus días, donde además tenía tres hijos.
Sometido a las investigaciones de César Noé dio positivo para las
sorpresas.
Don Iván si que había tenido pasado.
Muy joven había sido desertor del ejército, a los pocos días de iniciar
su servicio militar obligatorio había fugado, no con uno sino con dos fusiles.
Luego fue sospechoso de dedicarse al asalto en carreteras. Antes de cumplir los
veintiuno se hizo conocido por asaltar a narcotraficantes y quitarles la droga
y el dinero, se decía que su banda, en muchos casos, mataban a los traficantes y
desaparecían los cadáveres sin dejar evidencias de sus actos. Pero fue
capturado, sin embargo, fue dejado en libertad pues su libreta electoral, el
antiguo DNI, no coincidía con los nombres registrados durante su servicio
militar.
Después de eso parecía que se había alejado de la vida delictiva sin
embargo, la acuciosidad de César Noé permitió rastrearlo y descubrir que, con
otro nombre, apareció como dirigente universitario, integrante del tercio
estudiantil, órgano de administración de las universidades elegido por los
propios estudiantes, paradójicamente fue la época en las que más denuncias
tuvo, desde robos, asaltos, agresiones y hasta un par de homicidios, pero que
nunca fueron penalizados porque con dinero o presiones políticas los casos se
archivaban siempre por falta de pruebas o porque el afectado renunciaba a su
denuncia. Durante esa época don Iván se había afiliado a un partido político
corrupto del cual conseguía bastante apoyo gracias a sus aportes económicos.
Luego de “estudiar” doce años en la universidad se recibió de
administrador, era evidente que en este tiempo había alcanzado una bonanza
económica envidiable. Su primer y único trabajo fue en la empresa de la cual
ahora era propietario. Ingresó como asistente del área de contabilidad, se hizo
muy amigo del dueño y gerente hasta convertirse en un allegado se su familia;
y, curiosamente, cuando el propietario falleció en un extraño accidente
automovilístico en el que don Iván sobrevivió todos quedaron sorprendidos,
hasta la esposa e hijos, por que unos días antes de su fallecimiento el
propietario le había transferido el noventa por ciento de las acciones a don
Iván. Con su habilidad, para él fue fácil presionar a la familia que tuvo que
vender lo que le quedaba para no caer en la miseria.
César Noé se quedó perplejo cuando también descubrió la doble vida de
don Iván, que usaba su empresa para convocar jóvenes por las redes sociales con
la promesa de un empleo bien remunerado y luego los inducía a participar en
orgías para lo cual había construido toda una empresa paralela hasta con local
propio.
Bajo la sombra que proyectaba un gran árbol sobre la banca del parque
donde se encontraba sentado con la computador sobre sus rodillas, lo que
acababa de descubrir lo sobresaltó, inspiró profundamente por la sorpresa, como
para aprovechar el aire frío y húmedo que venía desde el mar; la página web a
la que había accedido estaba especializada en pedofilia, el administrador era
un tal Návinod, a todas luces un anagrama de “don Iván”, en las cientos de fotos
sórdidas que boquiabierto pasaba, en las que un adulto que ocultaba su rostro
detrás de un antifaz abusaba de menores era fácil identificar la cara de su ex
jefe. Su corazón se alteró como nunca, se reacomodó en la banca hasta casi
hacer crujir su columna vertebral, apoyó ambos codos en el respaldar, cerró la
computadora con violencia pero con control, cerró sus ojos y aspiró tanto aire
como le permitiera expandir su pecho al máximo hasta que su esternón crujiera
levemente, se quedó inmóvil muchos segundos y luego comenzó a expirar muy
suavemente mientras sentía que su corazón recobraba su ritmo golpeando con su
latido todo su cuerpo.
Por unos segundos le pasaron por su cabeza, como mosaicos sobre
iluminados, las imágenes de todo lo que había encontrado durante esta
investigación, hasta ahora cuando le hablaban de la “miseria humana” había
tomado esta expresión como una metáfora exagerada de lo diverso y complicado
que es el ser humano, de lo difícil que era entenderlo; ahora, tomaba otro
significado. Su nueva visión y trascendencia del ser humano había
involucionado, ya no importaba comprenderlo sino más bien interpretarlo,
actuarlo, había concluido que todos tenemos un doble argumento para vivir
nuestras vidas, actuamos cualquiera de ellos dependiendo de la imagen que
quisiéramos dar, así como las máscaras que representan al teatro griego, una es
feliz y risueña, mientras que la otra triste y amargada, así transcurre la vida
del ser humano, bien y mal siempre juntos, apoderándose cada uno de nuestras
conciencias de acuerdo a la situación. Finalmente, era la voluntad de Dios, así
nos había creado ¿acaso Dios no tuvo un lado malo? ¿no parió el cielo al peor
demonio de todos?
Volvió a respirar, esta vez más calmado, se fue relajando, casi licuando
hasta formar una sola entidad con la banca del parque y la laptop, pasaron los
minutos y poco a poco recuperaba su consistencia humana, se sintió tieso,
rígido y sus ideas se iban aclarando mucho más rápidamente. Sonrió, mas bien
una mueca retorcida, sus ojos lucían diferentes, su mirada ya no era la misma,
sus pupilas dilatadas parecían las de un muerto.
-
¿Qué es esto? -
se dijo - la muerte o la locura.
En el fondo de su mente luchaban por salir las ideas claras, era una
pelea, la eterna pelea, aquella que daba lugar a las conclusiones de sus
investigaciones; esta vez era la última pelea.
Se preguntó murmurando entre dientes, como cuando escribía el desenlace
de alguna investigación
- ¿No será este mal un castigo divino? ¿Quién se está llevando a las
malas personas? ¿Quién esta limpiando el planeta de esta “miseria humana”?
¿Alguien más ya se dio cuenta de esto?.
Sintió temor por lo que acababa de descubrir, era la primera vez en su
vida que sentía esta forma de miedo, a lo desconocido, a lo enigmático, a lo
divino, al castigo de Dios.