LA PENSION

LA PENSION
LA PENSION

sábado, 3 de abril de 2021

EL INVESTIGADOR

 

Se frotó los ojos y miró el reloj sobre el escritorio, las seis y cincuenta de la mañana. Suspiró de alivio porque pensaba que su trabajo había culminado, cerró la laptop y presurosamente se dio un baño, se alistó con la ropa que el había definido como de trabajo, luego un café sin azúcar, que acompañó con un par de barritas de cereal y colgándose al hombro el viejo morral donde había acomodado la laptop salió presuroso a la calle después de elegir una de tantas mascarillas que coleccionaba y que hiciera juego con lo que llevaba puesto, aunque su actitud era firme se sentía angustiado, parecía tener una duda imposible de aclarar, una ligera mueca de su rostro indicaba que se encontraba sorprendido o quizás contrariado.

Tenía dos bachilleratos, una licenciatura, dos maestrías y actualmente estaba por finalizar un doctorado que fue suspendido por la pandemia. César Noé, a sus casi cuarenta años se sentía una persona interesante, casi científico, culto y muy preparado; y, así caminaba por la calle, cuando caminaba, porque a pesar que las distancias fueran cortas, a donde fuera lo hacía con su Audi color negro, que estaba seguro le daba distinción. Sentía que ser distinguido le abría muchas puertas y eran la mejor presentación que podía darle a su preparación y estudios, aunque desde que empezó la pandemia tenía ciertas dudas respecto a esto.

Estaba separado, su matrimonio no llegó a los cinco años pero le dejó un sabor a triunfo, a haber intentado algo que parecía imposible, sabía que si bien era muy bueno para los estudios e investigaciones, no había madurado lo suficiente para llevar adelante un hogar, una familia, algo muy común para la mayoría de personas, pero lo que más le afectaba era vivir en soledad después de terminada esta relación; los días del aislamiento social se le hicieron interminables, el trabajo on line desde casa parecía ser una tortura. Durante el encierro se programó una rutina sin horarios, sólo tareas, una tras otra. Prefirió no ponerse horarios pues no tenía una hora fija para acostarse ni para levantarse, a veces no dormía, como la noche anterior. Al principio la mayor parte de su tiempo lo dedicaba a la lectura, después a escudriñar las redes sociales y también a ver videos de música antigua, pero desde unos meses atrás se había dedicado a hacer investigaciones personales, muy específicas sobre temas que se le ocurrían en el momento.

Le dedicaba poco tiempo a la televisión, los noticieros no le llevaban más de media hora diaria, prefería ver series en Netflix®, porque así las podía interrumpir en cualquier momento y retomar el hilo fácilmente, lo cual constituía un problema cuando se trataba de películas.

Ahora, que algunas de las medidas de aislamiento se habían relajado, durante las mañanas se subía a su auto y se dirigía a una playa o un parque, en donde, bajo la sensación de libertad y aire fresco realizaba su trabajo on line o de búsqueda de información en redes para sus investigaciones personales.

Con todas las tesis que había hecho para obtener los grados universitarios que ostentaba había adquirido destreza, se había mecanizado, en la metodología de la investigación. Una de las primeras dudas que trató de aclarar durante sus investigaciones fue la existencia de Dios. Siempre había querido declararse agnóstico por eso le buscó muchas explicaciones científicas a algunos milagros conocidos y ahondó en las teorías del Big Bang y del evolucionismo de Darwin, pero cuando leyó a Manuel Polo y Peyrolón, la casi seguridad que tenía por el agnosticismo se le debilitó.

Prefirió dejar esta investigación para “después”, no sería la primera ni la última que tendría que esperar en algún directorio de su laptop.

A los tres meses de comenzar el aislamiento por la pandemia, después de ver un noticiero se preguntó ¿por qué una parte de los venezolanos que llegan al Perú se comportan como delincuentes?. Lo convirtió en hipótesis y realizó un trabajo de investigación tipo descriptivo, aunque profundo, no le llevó mas que una semana. Sus resultados lo publicó en un blog personal y de allí lo tomó uno de los editores del diario El Comercio y le pidió permiso para publicarlo en su edición dominical. Aceptó con mucho temor, pensó que a la gente no le agradaría, sin embargo, cuando le ofrecieron publicar todos sus trabajos por un precio convenido se sintió muy importante, comprendió que la a la gente le interesaban sus trabajos.

La siguiente duda que aclaró mediante una investigación personal fue ¿Está preparado el sistema de salud para combatir una pandemia?. Después las interrogantes se hicieron más interesantes y actuales, publicó su siguiente trabajo que nació a la pregunta ¿Qué efectos tendrá sobre la pandemia el retorno de los provincianos que se encontraban en Lima?, luego siguieron ¿Existe un remedio efectivo contra el COVID-19? ¿Por qué confiamos tanto en la ivermectina? ¿Qué le pasará a la economía peruana después del COVID-19? ¿Cómo afectan las clases on line en la formación del niño y adolescente? y muchos más.

La publicación de sus resultados en el dominical de El Comercio eran muy esperadas, aunque hubo domingos en los que no aparecía porque sintió que su trabajo no estaba completo, o el resultado no era lo suficientemente sólido que prefería no publicarlo, algunas las guardaba y las avanzaba de tiempo en tiempo hasta que las terminaba, no era raro que hiciera más de dos investigaciones en simultáneo.

Su trabajo habitual, como responsable de un área importante de una compañía dedicada a la tecnología se vio afectado por su dedicación a las investigaciones personales. Sabía que mucha gente lo seguía y que tenía una responsabilidad como generador de opinión publica, se había propuesto no defraudar a estas personas.

La acuciosidad y la facilidad que tenía para identificar problemas que pudiera convertir en investigación le permitían contar, además de las que estaban en proceso, con una serie de potenciales problemas o dudas que podría resolver previa investigación. Ahora mismo, sentado en un parque miraflorino, con una vista impresionante de la Costa Verde y bajo los efectos de la fría brisa marina se disponía a revisar el trabajo que creía culminado pero que no tenía intenciones de publicarlo, por lo menos no por ahora.

Este era uno de aquellos casos que avanzó de a pocos, quizás era el que más tiempo le había tomado investigar, recuerda que lo inició uno de aquellos domingos en que frente a la televisión, viendo los programas dominicales, presentaron un reportaje de un profesor que había fallecido por COVID-19 con tan solo 36 años, no tan habitual por esos días, muchos alumnos y profesores lo lloraban públicamente, la televisión se preocupada de transmitir estos lastimeros comentarios, cada cual más triste; justo cuando una compañero dal fallecido hacía conocer lo bueno que había sido y el desprendimiento que siempre había mostrado su colega, alcanzó a escuchar que una mujer joven gritaba “No se porqué tantas lágrimas si era un desgraciado”; ningún reportero le dio importancia y mas bien se centraron en las bondades del difunto.

Inicialmente se sorprendió pero tuvo que recurrir a un video en internet sobre este reportaje para darse cuenta con cuánto odio, con cuánta ira contenida la mujer había logrado expresarse, aunque estaba en segundo plano, al revisar el video pudo notar hasta lágrimas en aquella desconocida, lágrimas de odio, pensó.

Tomó nota de los nombres y los principales datos difundidos por el programa de televisión e inició una investigación que le llevó algunos días. Primero hurgó todo lo que pudo en internet, luego visitó a algunos familiares y conocidos del investigado. Lo que iba descubriendo, además de sorprenderlo lo motivaba por saber más, por conocer qué misterios escondía el occiso tan llorado; finalmente, llegó a la conclusión que las lagrimas televisadas no valieron la pena, el fallecido había sido un desgraciado, por decir lo menos, encontró que a los dieciocho años fue acusado de violar a un niño de nueve y nunca fue sentenciado, el caso se archivó por prescripción porque el oscuro abogado que contrató consiguió que la insuficiencia de pruebas convirtieran la violación en actos contra el pudor. Pero no era lo único, al iniciar su carrera como profesor, contratado por el estado y destacado en un pequeño pueblo de Huarochirí, había embarazado a una de sus alumnas de quince años y lo solucionó casándose con la agredida. Dos años después de este hecho fue trasladado a Lima y nunca más volvió a relacionarse con aquella. En Lima, fue acusado tres veces durante el ejercicio de su función por hechos similares, tenía muchas denuncias por acoso sexual que quedaban en quejas y no progresaban; además vestía a la moda con ropa cara, cosa no habitual para un maestro y revisando sus antecedentes policiales era conocido por receptador de robos.

Este descubrimiento lo llevó a investigar a una nueva víctima del COVID-19, esta vez lo tomó del semanario del periodista “H”, en donde aparecía el cadáver tirado en la calle a pocos metros de un hospital, era un caso dramático y muy difundido por los medios. Después de identificarlo adecuadamente inició la investigación con una pequeña sorpresa, el sujeto estaba requisitoriado por la justicia por homicidio, al revisar ese caso se encontró con que además había producido la muerte de una madre con su hijo al atropellarlos con un vehículo que conducía en estado de ebriedad y sin tener licencia de conducir, lo encontró en diversos videos en internet, todos ellos producidos por noticieros, enfrentándose con los fiscalizadores de tránsito para impedir ser detenido cuando conducía una combi en forma ilegal. También le llamó la atención que tenía un impedimento de salida del país dictado por un juez de familia por no cumplir con pagar la alimentación de un hijo, impedimento que tenía diez años de haberse registrado en el sistema de migraciones,

Vaya, se dijo aquella vez, ya son dos.

Con mucho recelo y al azar escogió un tercer sujeto de estudio, ahora una mujer. Lo que encontró no fue muy diferente a los anteriores, quizás peor, esta mujer había sido acusada de provocar un incendio en el que fallecieron su pareja y sus dos hijos, el proceso continuaba en investigación pese a los años de ocurrido el siniestro, mientras tanto, se dedicaba a estafar, especialmente a ancianos, a los que engatusaba hasta conseguir quitarles su fortuna y los abandonada en la miseria mientras ella se daba la gran vida con lo conseguido.

Alarmado por lo que había encontrado se preguntó ¿Hay una causa especial que ocasiona la muerte de personas por COVID-19? y comenzó con mucha incertidumbre esta investigación. Era de aquellas que encajonaba y avanzaba poco a poco.

Para poder generalizar sus resultados estadísticamente, estudió cuarenta y tres casos, gracias a la tecnología y a su verdadero interés avanzó muy rápido. Y ocurrió que cuando terminaba con el sujeto cuarenta y dos falleció por COVID-19 el jefe de la empresa de tecnologías donde trabajaba, lo tomó como obligatorio estudiar su caso, aunque pensó que esta vez no encontraría lo que había encontrando en todos los fallecidos sujetos de estudio.

Don Iván, como lo llamaban con cariño todos los trabajadores, era un jefe muy altruista y dedicado a su negocio de venta y soporte de productos tecnológicos, casi todos los días bajaba de su despacho y se paseaba por las instalaciones, conversando con aquellos empleados que encontraba, siempre preguntaba cómo estaban en casa, si habían problemas él se ofrecía a ayudarles, y sus palabras siempre se convertían en hechos, aunque la ayuda fuera pequeña los empleados agradecía cualquier apoyo, aunque el problema no fuera tan serio, resaltaban su religiosidad y su apego familiar, era de los que iban en familia a la misa del domingo y se confesaban y comulgaban, participaba en todos los eventos para recaudar fondos para los pobres, especialmente niños, en las paredes de su oficina resaltaban las fotos familiares enormes y en tamaños más pequeños muchas vistas de reuniones con trabajadores o en jornadas cívicas, algunas descoloridas poniendo en evidencia su antigüedad.

Cuando falleció lo lloramos todos. Quizás demasiados. Si, demasiados.

Después de la incineración y ceremonia fúnebre le llegó una notificación a su viuda de un compromiso oculto, desconocido que había mantenido don Iván hasta el último de sus días, donde además tenía tres hijos.

Sometido a las investigaciones de César Noé dio positivo para las sorpresas.

Don Iván si que había tenido pasado.

Muy joven había sido desertor del ejército, a los pocos días de iniciar su servicio militar obligatorio había fugado, no con uno sino con dos fusiles. Luego fue sospechoso de dedicarse al asalto en carreteras. Antes de cumplir los veintiuno se hizo conocido por asaltar a narcotraficantes y quitarles la droga y el dinero, se decía que su banda, en muchos casos, mataban a los traficantes y desaparecían los cadáveres sin dejar evidencias de sus actos. Pero fue capturado, sin embargo, fue dejado en libertad pues su libreta electoral, el antiguo DNI, no coincidía con los nombres registrados durante su servicio militar.

Después de eso parecía que se había alejado de la vida delictiva sin embargo, la acuciosidad de César Noé permitió rastrearlo y descubrir que, con otro nombre, apareció como dirigente universitario, integrante del tercio estudiantil, órgano de administración de las universidades elegido por los propios estudiantes, paradójicamente fue la época en las que más denuncias tuvo, desde robos, asaltos, agresiones y hasta un par de homicidios, pero que nunca fueron penalizados porque con dinero o presiones políticas los casos se archivaban siempre por falta de pruebas o porque el afectado renunciaba a su denuncia. Durante esa época don Iván se había afiliado a un partido político corrupto del cual conseguía bastante apoyo gracias a sus aportes económicos.

Luego de “estudiar” doce años en la universidad se recibió de administrador, era evidente que en este tiempo había alcanzado una bonanza económica envidiable. Su primer y único trabajo fue en la empresa de la cual ahora era propietario. Ingresó como asistente del área de contabilidad, se hizo muy amigo del dueño y gerente hasta convertirse en un allegado se su familia; y, curiosamente, cuando el propietario falleció en un extraño accidente automovilístico en el que don Iván sobrevivió todos quedaron sorprendidos, hasta la esposa e hijos, por que unos días antes de su fallecimiento el propietario le había transferido el noventa por ciento de las acciones a don Iván. Con su habilidad, para él fue fácil presionar a la familia que tuvo que vender lo que le quedaba para no caer en la miseria.

César Noé se quedó perplejo cuando también descubrió la doble vida de don Iván, que usaba su empresa para convocar jóvenes por las redes sociales con la promesa de un empleo bien remunerado y luego los inducía a participar en orgías para lo cual había construido toda una empresa paralela hasta con local propio.

Bajo la sombra que proyectaba un gran árbol sobre la banca del parque donde se encontraba sentado con la computador sobre sus rodillas, lo que acababa de descubrir lo sobresaltó, inspiró profundamente por la sorpresa, como para aprovechar el aire frío y húmedo que venía desde el mar; la página web a la que había accedido estaba especializada en pedofilia, el administrador era un tal Návinod, a todas luces un anagrama de “don Iván”, en las cientos de fotos sórdidas que boquiabierto pasaba, en las que un adulto que ocultaba su rostro detrás de un antifaz abusaba de menores era fácil identificar la cara de su ex jefe. Su corazón se alteró como nunca, se reacomodó en la banca hasta casi hacer crujir su columna vertebral, apoyó ambos codos en el respaldar, cerró la computadora con violencia pero con control, cerró sus ojos y aspiró tanto aire como le permitiera expandir su pecho al máximo hasta que su esternón crujiera levemente, se quedó inmóvil muchos segundos y luego comenzó a expirar muy suavemente mientras sentía que su corazón recobraba su ritmo golpeando con su latido todo su cuerpo.

Por unos segundos le pasaron por su cabeza, como mosaicos sobre iluminados, las imágenes de todo lo que había encontrado durante esta investigación, hasta ahora cuando le hablaban de la “miseria humana” había tomado esta expresión como una metáfora exagerada de lo diverso y complicado que es el ser humano, de lo difícil que era entenderlo; ahora, tomaba otro significado. Su nueva visión y trascendencia del ser humano había involucionado, ya no importaba comprenderlo sino más bien interpretarlo, actuarlo, había concluido que todos tenemos un doble argumento para vivir nuestras vidas, actuamos cualquiera de ellos dependiendo de la imagen que quisiéramos dar, así como las máscaras que representan al teatro griego, una es feliz y risueña, mientras que la otra triste y amargada, así transcurre la vida del ser humano, bien y mal siempre juntos, apoderándose cada uno de nuestras conciencias de acuerdo a la situación. Finalmente, era la voluntad de Dios, así nos había creado ¿acaso Dios no tuvo un lado malo? ¿no parió el cielo al peor demonio de todos?

Volvió a respirar, esta vez más calmado, se fue relajando, casi licuando hasta formar una sola entidad con la banca del parque y la laptop, pasaron los minutos y poco a poco recuperaba su consistencia humana, se sintió tieso, rígido y sus ideas se iban aclarando mucho más rápidamente. Sonrió, mas bien una mueca retorcida, sus ojos lucían diferentes, su mirada ya no era la misma, sus pupilas dilatadas parecían las de un muerto.

-       ¿Qué es esto? - se dijo - la muerte o la locura.

En el fondo de su mente luchaban por salir las ideas claras, era una pelea, la eterna pelea, aquella que daba lugar a las conclusiones de sus investigaciones; esta vez era la última pelea.

Se preguntó murmurando entre dientes, como cuando escribía el desenlace de alguna investigación

- ¿No será este mal un castigo divino? ¿Quién se está llevando a las malas personas? ¿Quién esta limpiando el planeta de esta “miseria humana”? ¿Alguien más ya se dio cuenta de esto?.

Sintió temor por lo que acababa de descubrir, era la primera vez en su vida que sentía esta forma de miedo, a lo desconocido, a lo enigmático, a lo divino, al castigo de Dios.

 

viernes, 5 de febrero de 2021

ÉL, EL COMISARIO.

Pese a ser casi las cinco de la tarde el sol quemaba fuerte. Acababa de llegar de la escena del crimen y se dejó caer cansado en el viejo sillón, se abrió la parte superior de la camisa para que entrara libremente el aire frío que partía de un viejo ventilador  que producía un sonido añejo como si fuera esa su principal función. Cerró los ojos y después de algunos segundos, como quien despierta alarmado de una pesadilla, cogió una toallita húmeda y se limpió la cara, el cuello y finalmente las manos, no le pareció suficiente y volvió a repetir la operación. Desde que se había hecho cargo de la comisaría de José Leonardo Ortiz por vacaciones del comisario su vida se había vuelto bastante agitada, usaba toallitas de papel constantemente como complemento del aseo personal por que el calor del verano sumado a la permanente presión por lo que acontecía en la comisaría le hacían sudar demasiado, podía terminar una caja de toallitas húmedas en dos o tres días.

Un par de horas antes, el jefe de la sección de investigaciones, el capitán “Pelao´ le había llamado cuando apenas comenzaba a almorzar. La sección de investigaciones la conformaban diez efectivos que trabajaban en dos grupos, todos al mando del capitán “Pelao”, era la única sección en donde sus hombres se llamaban por sobre nombres; se había producido un asesinato, en un intento de asalto donde había perdido la vida el empresario ganadero Bínder Aranda, conocido en la jurisdicción, el empresario participaba constantemente en las actividades de la comisaría, y era muy estimado en la quinta Richard, lugar donde los martes y viernes se realizaba una feria agropecuaria a donde llegaba ganado de toda la región norte para un mercado notoriamente activo.

Salió casi corriendo asegurándose de llevar consigo su inseparable agenda en la que lucía el monograma de su institución, no sin antes pedirle a la señora de la cafetería que le guardara su almuerzo y se dirigió al lugar. Cuando llegó le alegró ver que los que acompañaban al capitán en esa intervención eran los sub oficiales conocidos como “Negro” y “Bareta”.

Desde unos meses antes, cuando llegó a la comisaría como jefe de la oficina de participación ciudadana y de la sección de tránsito, se dedicó a observar el desempeño de cada uno de los efectivos con la finalidad de identificar a aquellos que tenían un comportamiento cuestionable para cambiarlos a puestos lejos del contacto con el público, durante esta observación había apreciado que los efectivos “Negro” y ”Bareta” eran honestos, confiables y tenían un rendimiento sobresaliente.

Se bajó del patrullero muy cerca de una camioneta pick up, blanca, con lunas oscurecidas, bastante nueva, que se había metido a una zanja, el lecho de una antigua acequia que había muerto de sed y que recorría toda la Avenida Chiclayo; más que avenida era una trocha, polvorienta y con montículos de basura pegada al suelo como si fueran garrapatas pegadas en la panza de un animal muerto. En el asiento del conductor yacía el cadáver del empresario, inclinado sobre su costado derecho, la camisa de color blanco estaba completamente ensangrentada, se acercó lo suficiente para darse cuenta que tenía un orificio de bala detrás de la oreja izquierda.

Pensó cómo la vida, mejor dicho la muerte se llevaba a una persona joven, que demostraba tener una vitalidad que la mayoría envidiaba, con una gran calidad para tratar a las personas y que sabía lo que quería en la vida. Lo había conocido meses antes y habían comenzado a frecuentarse..

Sacó un cigarrillo y de la nada apareció el capitán “Pelao” ofreciéndole la llama de su encendedor.

-       Cuéntame, qué pasó, “Pelao”.

-       Fue un intento de asalto, jefe, alguien se enteró que en la mañana estuvo en la Quinta Richard buscando ganado fino para comprar con quince mil dólares, pero no compró ninguno, parece que no encontró nada para su gusto, entonces el dinero lo tenía encima, esperaron que saliera de aquella chingana para asaltarlo- dijo el capitán mientras señalaba un chicherío de aquellos que abundan por la peligrosa Avenida Chiclayo.

-       ¿Un dato?

-       Lo estamos averiguando, pero eso parece, porque según los testigos el choro fue de frente a apuntarle y le gritó ¿Dónde están las quince lucas?, no le dio tiempo a nada, pero el empresario intentó fugar y aceleró la camioneta que la estaba calentando, el choro le disparó cuando había avanzado unos veinte metros, más o menos desde donde está ese poste - señalando con la mano que cogía el celular hacia el lugar - la camioneta siguió rodando hasta aquí en que se metió a la zanja.

-       ¿Tenemos detenidos? - preguntó el comisario mientras le daba una aspiraba profunda a su cigarrillo, que luego tiró, parecía que iba a pisarlo pero se arrepintió porque quizás era innecesario en este lugar lleno de polvo, de aquel que con tan solo mirarlo se pega a tu cuerpo.

-       Don Bínder estuvo tomando con dos amigos, dos paisanos, están en el patrullero y los vamos a llevar a la comisaría, ellos dicen que a eso de las once de la mañana se encontraron con él en la Quinta Richard y los invitó a tomar un par de cervezas, los trajo hasta este chicherío porque mencionó que había una chiquilla que atendía y que le hacía ojitos.

-       ¿Hace cuánto tiempo ocurrió el crimen? - preguntó el comisario mientras abría la agenda que lo acompañaba siempre.

-       Media hora, minutos más, minutos menos, otra cosa jefe, nadie reconoce al choro, que usó una moto no sabemos de qué color, y se fue con dirección a la Panamericana Norte, o sea que por ahora ya lo perdimos.

Mientras el comisario escuchaba el reporte de su capitán había marcado un número en su celular y se encontraba conversando con el fiscal para darle cuenta de lo que había sucedido y coordinar las acciones siguientes. Apoyó su agenda sobre la carrocería de la camioneta y comenzó a escribir mientras conversaba, el capitán aprovechó también para llamar a la unidad encargada de las pericias para que hicieran su trabajo especializado en el lugar del crimen, antes que las huellas se contaminaran.

-       Toma nota “Pelao”, ya hablé con el fiscal Céliz y ha designado a su adjunto García para que siga el caso, ya conoces a ese huevón, hace complicada la chamba, tienes que llamarlo para que levanten el cadáver lo antes posible, ahora mismo comisiona un patrullero para que vaya a buscarlo y lo traiga. No olvides, tiempo que pasa, verdad que huye.

-       Al toque jefe, más bien, también me voy a llevar a las dos chicas que trabajan en la chingana para ver qué se saca, hasta ahora no tenemos nada, ojalá que reconozcan a alguien en el álbum - terminó de decir el capitán “Pelado”.

Después de asentir el comisario subió a su patrullero para regresar a la comisaría. A esta hora el calor lo agobiaba y deseaba llegar pronto para sacarse la ropa y meterse bajo la ducha esperando que saliera agua fría y no tibia como acostumbra en esta época. El polvo de la Avenida Chiclayo lo había traspasado, sentía sus articulaciones moverse con dificultad, le costaba respirar libremente como si el polvo lo estuviera invadiendo poco a poco, se angustió pero luchó contra este sentimiento y logró reponerse.

-       Ya no debo fumar - le dijo al chofer del patrullero quien le dirigió una vaga sonrisa como si no llegara a comprender el comentario.

El viaje de pocos minutos le pareció de horas, casi corriendo entró a su oficina en la comisaría para bañarse pero decidió mejor refrescarse con el ventilador y usar las toallitas húmedas, con este caso del empresario pronto comenzarían a llegar los periodistas y las siempre agobiantes llamadas de sus superiores, era mejor encontrarse alerta. Pidió que le trajeran lo que quedaba de su almuerzo y atendiendo las noticias que pasaban en la tv a esta hora terminó de almorzar.

A los pocos minutos entró a su oficina el capitán “Pelao”, con el rostro sudoroso y cubierto de manchas de polvo como si sufriera de un vitíligo multicolor.

-       Jefe, le cuento - dijo casi gritando - Trajimos a las dos muchachas que trabajaban en la chingana, al rato “Bareta” se dio cuenta que al frente de la comisaría, disimuladamente la hermana del “Panetón”, un choro que creíamos plantado preguntaba por una de las chicas, la “Pilar”, así que nos pusimos moscas y revisamos su celular, tiene varias llamadas entre ella y el “Panetón”, dice que conversaron sobre otras cosas pero que ellos no tienen nada que ver con este homicidio. Se han recibido dos llamadas del “Panetón”, pero no hemos contestado.

-       ¿Y que tal si amenazamos con detenerla a la hermana a ver qué sale? - preguntó el comisario mientras hurgaba en su celular buscando un número telefónico.

-       ¡Ya está, jefe, ya la tenemos! - dijo “Pelao” mientras el rostro se le iluminaba como el de un niño después de haber respondido acertadamente una pregunta difícil. Dice que su hermano está tranquilo en su casa - continuó hablando el capitán, visiblemente emocionado - no le dejamos usar el celular.

-       Vamos...vamos a hablar con “Pilar”, a ver que más sabe - y ambos salieron de la oficina.

El comisario saludó a “Pilar” que estaba sentada en una de las sillas de la habitación estirándole la mano y jalándola, obligándola a ponerse de pie, le sorprendió verse frente a una mujer con rostro de niña, le preguntó por su nombre y desde cuando trabajaba en aquella chingana mientras analizaba cada palabra de su respuesta y cada movimiento de su rostro al pronunciarla.

Le soltó la mano mientras alevosamente paseaba su mirada por todo el cuerpo de “Pilar”, su intención era incomodarla más de lo que seguramente se encontraba y a bocajarro dijo, con un tono en el que no podía interpretarse si era una interrogante o una afirmación:

-       Tu “centraste” a don Binder para que lo asaltaran ¿No?.

La muchacha exhaló todo el aire que tenía, tanto que pareció encogerse unos centímetros, luego en medio de un incontrolable llanto intentó dar una respuesta pero solo pronunciaba palabras inentendibles.

El comisario salió del pequeño ambiente jalando al capitán del brazo.

-       Está metida hasta los huesos ¿qué piensas?

-       Si jefe, ella le soltó el dato al “Panetón” - contestó el “Pelao” - podemos aprovechar para ir a canear al “Panetón”, si es cierto lo que dice la hermana ahora está en su casa, seguro esperando noticias.

-       Creo lo mismo, voy a llamar al adjunto del fiscal para que haga las coordinaciones con el juez y pida el registro domiciliario y el descerraje. Por favor sácale la dirección exacta a la hermana del “Panetón”.

Al rato el capitán volvió acompañado de los agentes “Negro” y “Bareta”, quienes además del chaleco que los identificaba como policías llevaban un chaleco antibalas y armamento, dispuestos a recibir las indicaciones de su jefe.

-       Ese huevón de García, el adjunto del fiscal, se caga de miedo - con rostro decepcionado comentó el comisario - dice que mientras oficia al juez nos pueden dar las ocho de la noche y es posible que hoy ya no se pueda hacer nada, lo cierto es que, como siempre, se orina  cuando tenemos que trabajar finito, al borde de la legalidad.

-       Pero jefe, las cosas tienen que hacerse calientitas - dijo el “Negro” paseando su mirada del comisario al “Pelao”.

-       Es cierto, creo que es cuestión de tiempo que la “Pilar” se quiebre, pero si nos demoramos el “Panetón” se nos va - espetó el capitán.

-       Si, lo se bien, por eso le he dicho a García que vamos a intervenir solos, si es positivo le pasamos la voz al toque, sino, como siempre, es nuestro lío - señaló el comisario mientras se acomodaba su chaleco antibalas.

Cuando llegaron a la casa de “Panetón” tuvieron que entrar subiendo por el balcón, después de perder unos minutos tocando el timbre y golpeando la puerta. Entraron primero el capitán, junto al “Negro” y “Bareta”; luego de unos minutos abrieron la puerta para que pudiera entrar el comisario y otros efectivos de apoyo.

Cuando el comisario subió al segundo piso encontró a “Panetón” con los grilletes puestos y sentado en un apestoso sillón frente a un enorme y moderno televisor en el que una cadena internacional transmitía fútbol europeo. El delincuente lo identificó y solo agachó la cabeza, juntando su mentón al pecho. Mientras el capitán y su equipo de apoyo revisaban el departamento en busca del arma homicida o de alguna evidencia que relacione al delincuente con el crimen, el comisario miraba desde un lugar en el que tenía todo el escenario bajo su visión, durante este tipo de intervenciones tenía dispuesto que solo podían hablar con los intervenidos los efectivos de investigaciones a cargo y sólo ingresaban los previamente designados. Ajustó en treinta minutos el temporizador de su celular, pues consideraba que de ninguna manera esta intervención podía exceder ese tiempo. Se sintió muy contento cuando vio que los efectivos designados realizaban un registro meticuloso y ordenado, levantaban libros, revistas, revisaron concienzudamente el tacho de basura, detrás y debajo de los artefactos, de la sala, luego pasaron a uno de los dormitorios, el baño, parecían cubrir todos los rincones. Los otros pisos del edificio eran ocupados por otras familias que no tenían nada que ver con el delincuente, resultaba innecesario intentar un registro en alguno de ellos.

Ensimismado en sus pensamientos, lamentando la falta de identificación del adjunto del fiscal con la labor policial, cuando hubiera sido fácil, con las pruebas que se tenían, las llamadas telefónicas entre “Pilar” y “Panetón”, pedir, sino la detención, por lo menos el examen de absorción atómica para este último, pues así se sabría si había disparado un arma de fuego recientemente. Es  lo que le propuso a García pero éste, argumentando que el juez podría rechazarle el pedido por carecer de pruebas contundentes, prefería que se reúnan más evidencias poniendo en peligro la flagrancia y la investigación entera. En sus oídos escuchaba las palabras al despedirse, del adjunto, que le sonaban a sarcasmo “...recuerde comisario, primero se debe investigar para detener, es mejor tener quinientos culpables en la calle que  un inocente detenido”.

Salió de sus cavilaciones cuando el capitán “Pelao” le dijo muy cerca al oído:

-       Jefe, el “Panetón” se sigue negando, no se deja convencer, le hemos dicho que “Pilar” ya lo echó pero dice que todo es mentira, que solo la llamó para ponerse de acuerdo a qué hora se iban a encontrar. Definitivamente están jugando en pared, tendremos que dejarlo y ver si la costilla se ablanda - refiriéndose a “Pilar”.

El comisario miró su teléfono y todavía le faltaban seis minutos para que sonara la alarma del temporizador. Se quedó pensando un rato, mirando hacia ningún sitio, el capitán pudo percibir en sus ojos ese cansancio que él también había sentido cuando después de tanto trabajar, alguna leguleyada o viveza de un abogado deshonesto, forzaba la liberación de un delincuente culpable o se anulaba todo lo investigado; pero casi en seguida lo vio tomar aire y recuperar el brillo de esa mirada que siempre le había parecido que transmitía sabiduría, paciencia y esperanza.

-       “Pelao” - le dijo, tomándole del brazo - métete al baño solapa y desde allí me llamas y me sigues la corriente - mostrándole su celular.

El capitán, sin mirar a nadie y muy disimulado se fue al baño, el comisario esperó unos segundos y se acercó al sillón en donde estaba sentado y enmarcado el “Panetón”.

Su teléfono celular comenzó a timbrar, lo miró, apagó el temporizador pues estaba a punto de hacer la última jugada pero lo dejó timbrar hasta estar seguro que “Panetón” le prestaba atención, entonces contestó.

-       ¡Aló!, si, hola compadre ¿Qué hay?...Ah ya...ya se fue a su casa...toma nota del diagnóstico y cítalo para mañana a las diez en la comisaría…¿Era grave?...entiendo…¿Sólo tres puntos?...Okey...cualquier cosa me avisas.

Apagó el celular y pasó por delante del delincuente que sudaba copiosamente y como quien no quiere le comentó:

-       Ya le dieron de alta a don Bínder Aranda - y continuó caminando lentamente.

La cara de “Panetón” cambió, ahora era la viva imagen de la perplejidad, tenía la mandíbula desencajada y la boca abierta. Balbuceante exclamó:

-       Jefe ¿No está muerto?

El comisario, sin despegar sus ojos de su celular, forzando una sonrisa que tenía mucho de sorna, evitando mirarle a los ojos le contestó:

-       ¿Muerto?...¡para nada! Ni siquiera es grave como esperaba, le han puesto tres puntos y ya se fue a su casa, yo que pensaba canearte por lesiones graves ahora solo te tengo por disparar, porque seguro que vas a dar positivo después de la absorción atómica, ojalá no encontremos el arma porque sino tendríamos que canearte sólo por posesión de armas y por eso te dan suspendida o sales entre dos o seis meses - enseguida le dio la espalda.

No había caminado ni tres pasos cuando escuchó la voz de “Panetón” que le decía:

-       Jefe, busque en el baño debajo del bidón azul.

 

Caía la noche cuando el comisario con el adjunto del fiscal regresaban en un patrullero a la comisaría, sobre la agenda que descansaba en sus rodillas, en una bolsa de plástico debidamente lacrada llevaba una pistola, la que había servido para asesinar a Bínder Aranda. La encontraron escondida, bajo una loseta del piso del baño que había sido acondicionada para este fin. La tranquilidad de tener un caso resuelto le habían disipado esa especie de angustia que lo cubría tanto como el polvo de la avenida Chiclayo, prefirió mirar las luces de la noche que ya se cernía sobre toda la ciudad.

A su lado, García, el adjunto del fiscal, tomó su celular y comenzó a llamar.

-      ¡Aló…! Doctor Céliz...como le dije, ya tenemos toda la documentación para la detención del “Panetón”, lo estamos llevando a la comisaría, creo que si no respondíamos con velocidad no lo hubiéramos logrado, ¡Nooo… doctor, no tiene nada que felicitarme, son nuestras obligaciones que con gusto atenderemos siempre…! Hasta luego.

El comisario, apretó la agenda y la bolsa con la pistola incautada al homicida sobre sus rodillas, luego se persignó y muy despacito dijo

-       Que Dios le de paz a tu alma amigo Bínder y a tu familia resignación. Y que me libre de mi mala suerte.

 

sábado, 26 de diciembre de 2020

OLISQUEANDO

 “El perfume: historia de un asesino es la primera novela del escritor alemán Patrick Süskind, publicada en 1985 bajo el título original Das Parfüm, die Geschichte eines Mörders. Inmediatamente se convirtió en un best-seller, y es la obra de la literatura alemana más traducida: a más de cuarenta lenguas en todo el mundo. El perfume, dividido en cuatro partes y cincuenta y un capítulos, transporta al lector a un mundo con el que no está familiarizado, "el evanescente reino de los olores", a través de su protagonista, Jean-Baptiste Grenouille (grenouille significa rana en francés)” WIKIPEDIA.



Como lo venía haciendo desde muchas semanas atrás, se acomodó en el estribo del puente, lo más cerca del curso de agua, donde sintiera sobre su cara una lluvia de diminutas gotas que pronto la humedecían y lo transportaban hacia lugares que solo la imaginación de quien ha vivido la verdadera historia puede modelar sus recuerdos con mucha cercanía a la realidad. El río Rímac era un libro, una enciclopedia que transportaba entre sus aguas historias de muerte, de sufrimiento, de lucha bravía y también de amor sublime que él ya había percibido durante su pasada vida. 

Todas las mañanas muy temprano dejaba la casa donde solía pasar la noche y luego se echaba a andar, su itinerario eran los puentes sobre el río Rímac, había descubierto una nueva actividad, sentarse a orillas del río y escribir poemas, poesías, cuentos, lo que sea, pero escribir. Su inseparable viejo bolso de cuero, recogido en alguno de los basurales que abundan muy cerca de las aguas, le colgaba del hombro como si se tratara de un apéndice más de su cuerpo, además de llevar muchas botellas pequeñitas, de diferentes formas y colores, guardaba un cuaderno donde escribía lo que se le ocurría, trataba de hacerlo en verso pero no siempre lo lograba. En ocasiones, una vez que terminaba de escribir, arrancaba la hoja que contenía lo escrito y lo acomodaba dentro de una botella de vidrio que luego aventaba al río, con la esperanza de que alguien la encontrara y leyera, lo que quizás, como en el caso de Robinson Crusoe, en realidad era un llamado de auxilio.

Recordaba con claridad su vida pasada, hasta el día aquel en que fue atacado por una horda de gitanos que comenzaron a comerlo vivo, pero en un evidente acto de supervivencia consiguió sacar un frasquito con un perfume que aún no había terminado de desarrollar, contenía la fragancia de la invisibilidad más el miedo a la muerte, lo esparció con la violencia que el momento de agresión lo pedía y como se expande una gota de aceite sobre el agua los gitanos se espantaron y tomaron distancia sin siquiera mirarlo. Luego se vio con la ropa convertida en remiendos, ensangrentado, adolorido, indefenso, desvalido, abandonado a su suerte, que no era otra que la muerte, tratando de sobrevivir; y, después de eso no recuerda nada. Despertó un día en otro lugar, otro tiempo, tirado a la orilla de este río que lo trasladaba por recuerdos y nuevas vivencias que percibía con el mejor de sus sentidos, el olfato.

Apenas darse cuenta que había desarrollado las ganas de escribir también se dio cuenta que en este aspecto tenía mucho por descubrir aún. 

Quizás por que sentarse muy cerca del río, en aquellos sitios peligrosos donde se formaban remolinos que revolvían el agua de adentro hacia afuera y liberaban olores con reminiscencias a las tullerías y desagues de París, le traían como un deja vu trozos de su pasado, había decidido vivir aferrado al río Rímac, de el tomaba la energía que cada día le permitía levantarse en una casa desconocida, con personas desconocidas, que realizaban sus ritos y tareas familiares sin percatarse de su presencia; cuando por las noches se sentía cansado y necesitaba comer y dormir, simplemente elegía una casa la que invadía pues todo el día andaba cubierto con la fragancia de la invisibilidad y sin importarle nada se acomodaba en una cama, si había una disponible o en un sofá o mueble que le permitiera descansar adecuadamente y tomaba las cosas que le permitían mantenerse vivo. 

Aprovechaba las horas del amanecer para producir los diferentes perfumes cuyos aromas le ayudaban a mantenerse vivo y desapercibido, los cuales acomodaba siempre en el viejo bolso de cuero, que era su equipaje. Había perdido el interés por desarrollar nuevas fragancias, copiadas del mundo, su mundo, pero ocasionalmente encontraba una nueva fragancia que copiaba y luego le buscaba una utilidad.

Consideraba que todavía tenía mucho que aprender, a veces sentía miedo caminar por lugares nuevos pues las cosas que nunca había visto le atemorizaban..

Tampoco tenía aquella sensación permanente de desasosiego que lo impulsó en su búsqueda del perfume, que finalmente descubrió, aquel que nacía en el interior de una mujer virgen, ahora su vida era más apacible, sabía que buscaba algo, que tenía que encontrar algo más allá de ésta insignificante existencia. ¿Acaso todas las personas no buscaban algo? Si, todas. Había olido la inquietud que empuja a la gente a seguir adelante inclusive con todas las fuerzas de la naturaleza en su contra, ese empeño por seguir, por salir del propio lugar y avanzar solo podía significar que la vida del hombre era una búsqueda constante, no sabía qué, pero era evidente que más adelante había algo que se convertía en una fuente de atracción universal. Estaba convencido que existía una fuerza superior, quizás el destino, a veces intentó pensar que era la voluntad de Dios y desechaba esta idea cuando recordaba sus primeros años de vida entre los cerdos, al lado de madame Bussie, con monsieur Baldini, si Dios existiera no hubiera permitido todo este sufrimiento.

La noche anterior, de navidad, escogió una de las casas mejor decoradas e iluminada con motivos navideños, pasó la noche con sus ocupantes sin que ellos lo supieran, acompañó a la familia durante el abrazo de la noche buena, oró con ellos antes de cenar y también disfrutó de la alegría de abrazar a familiares después de mucho tiempo sin ellos, tomó dos copas de champán y como siempre el alcohol le afinó los sentidos.

Percibió con agudeza todos los olores de la gente en los que sobresalía notoriamente el de la alegría, la fraternidad, la felicidad repentina, eran fragancias que las conocía muy bien, quizás las primeras que aprendió a identificar junto al odio, la desesperación y la venganza, pero apenas se acostaron y apagaron las luces de la casa comenzó a esparcirse muy lentamente una fragancia que antes había percibido pero que no se había preocupado de identificar. Intentó dormir un poco pero la creciente intensidad del olor lo inquietaron, no esperó a que terminara de amanecer y salió a caminar por las orillas del río. Aunque estaba lejos decidió caminar hasta el puente Balta o quizás hasta el Huánuco, había encontrado que en estos dos lugares los olores eran más variados, muchos de ellos por descubrir, aunque su instinto le aseguraba que no eran nuevos, que quizás estaban allí por siglos, guardando episodios de las historias que seguro se vivieron en torno al río Rímac, fragancias que habían quedado como improntas que las aguas se encargaban de conservar y sacar a la superficie con cierta regularidad.

Se subió a una de las barandas del puente Balta y comenzó a olisquear, el viento que venía como impulsado a través del corredor de la avenida Abancay, se mezclaba con los efluvios que brotaban del río y formaban un caleidoscopio de sentimientos que nacían del tamiz de sus fosas nasales y poco a poco colmaban todo su cuerpo y lo transportaban por imágenes que no sabía que existieran en sus recuerdos. Cerró los ojos y aspiró con fuerza y luego contuvo la respiración  mientras su cerebro buscaba a qué correspondía la fragancia que había identificado esa madrugada. 

Se vio trabajando en un circo, luego en medio de un juicio en donde parecía que sería condenado, en ceremonias fúnebres de personas que seguro había conocido, sintió un gran vacío, una tristeza que parecía haber arrastrado siempre, dura, cruel, longeva. Quizás no había podido identificar ese olor porque también lo llevaba encima, quizás olía así y no se había dado cuenta hasta ahora. Abrió los ojos cuando ya no pudo sostener la respiración contenida y junto con la luz apareció en su cerebro la respuesta: melancolía.

¿Melancolía? Pero si todos olían a felicidad, felicidad por la navidad, ¿porqué tendrían que estar melancólicos? ¿no son estos dos sentimientos antagónicos? hasta donde sé no pueden mezclarse sentimientos contrarios, como la felicidad y la tristeza.

Fue entonces que le vinieron ganas de escribir, bajó por el estribo del puente, se acomodó muy cerca del agua y comenzó a anotar en el cuaderno arrugado que llevaba en ese bolso de cuero viejo, olvidado, agonizante.


¡… Diciembre, mes de Navidad!

Mes de los niños, de regalos, de dulces-

Mes de melancolía, para algunos.

De recuerdos dolorosos para otros.

Pero es navidad, las luces de la Navidad

Nos hacen olvidar todo.

Las risas de los niños, de nuestros hijos,

Sus sonrisas, su alegría nos contagian

Nos trasladan hacia tierras felices.

Sin sufrimiento, sin frío.

¿Y qué hay de aquellos que en verdad si sufren?

Los desahuciados, los olvidados.

Los que decidieron dejar este mundo por propia mano

Los cobardes ¿O valientes?

Los olvidados, los que no reciben ni un abrazo

Los desterrados por propia voluntad

En busca de mejora.

Los sentenciados sin prueba suficiente

Los deudos de los que partieron por voluntad ajena

Los hijos de los que murieron defendiendo a otros

Los sufridos que nunca se quejan

Porque se les calló a tiempo.

Los miserables cuyo techo y abrigo es la noche.

¿Para ellos también es Navidad?

Si, porque la Navidad además de alegría es dolor.

Dolor como ninguno, el de la madre que sabe

que quien nació debe acabar en una cruz.

Si, la Navidad también es dolor…

Jean Baptiste Grenouille


jueves, 3 de diciembre de 2020

CAMINO A CASA

 Bajó las estrechas escaleras que llevaban del segundo piso a la calle y parado bajo el umbral de la puerta tuvo que entrecerrar sus ojos para acostumbrarlos al brillo solar de la una de la tarde, había  entrado al hostal en la madrugada. Con la mirada buscó un ambulante para comprar una botella de agua y apagar la resaca que tenía, la calle le pareció extrañamente vacía, no había un alma; con aspecto cansado inició el camino a su casa pero prefirió regresar al hotel tras recordar haber visto en el segundo piso una máquina expendedora de refrescos. Introdujo las monedas suficientes para dos botellas de agua, y su atención fue atraída por las imágenes que se veían en un televisor que parecía clavado en la pared, olvidado como un viejo crucifijo clamando por oraciones, se sentó en un viejo sofá cubierto con un protector de una tela difícil de identificar que parecía haber sido encerada y se acabó una de las botellas mientras veía las noticias que en ese momento se transmitían.

Una turba se enfrentaba a la policía intentando traspasar unas rejas colocadas en alguna calle del centro de Lima mientras el reportero corría de un lado a otro tratando de evitar los gases lacrimógenos; no logró identificar cuál era la calle pese a que Marco había nacido en Barrios Altos y desde su niñez había transitado por todos los recovecos del centro de Lima a partir de finales del gobierno militar. Era impresionante la fuerza con que la policía repelía la violenta manifestación, la protesta se había iniciado el día anterior, lo recordaba vagamente porque tuvo la intención de asistir, se pedía la renuncia del presidente recientemente asumido como consecuencia de una vacancia promovida por un Congreso deslegitimado.

Se paró, destapó la botella de agua que le quedaba, dio un sorbo y la cerró, se quedó un momento inmóvil en el rellano de la escalera, parecía meditar como cuando se va a tomar una decisión importante en la vida, escupió hacia un lado y con un gesto de desaire bajó las escaleras casi a la carrera.

Marco tenía una relación clandestina de casi dos años con Caeli, compañera de trabajo, el día anterior, como muchos sábados, salieron a almorzar y contra su costumbre de despedirse después de pasar unas horas en algún motel fueron a una discoteca, bailaron, tomaron hasta emborracharse, como nunca, como cuando se sabe que es la última vez. Pero era la primera vez que pasaban una noche completa, él siempre había llegado a su casa antes de las cuatro de la mañana para que su esposa no sospechara de esta relación, las excusas que había inventado en cada ocasión, si bien al principio parecían increíbles, terminaron siempre siendo ciertas para la mujer porque tenía mucha confianza en su esposo, aunque ahora él no sabía que excusa daría y si se la creerían. 

Al alcanzar la primera esquina el aire seco de la tarde le trajo el aroma del gas lacrimógeno que usaba la policía, había participado en tantas manifestaciones que todos sus sentidos lo identificaban de inmediato, sintió un leve escozor en la piel, especialmente en las partes humedecidas; tenía decidido caminar hasta la Av. Emancipación y de allí hacia Tacna, pero prefirió voltear en la esquina a la que acababa de llegar porque el camino hacia la Emancipación podría ser riesgoso.

Mientras le llegaba el bochinche lejano de algún enfrentamiento entre policías y manifestantes, en el que destacaba el sonido de las bombas y petardos pensó en Caeli, en la última mirada que le había dado al salir de la habitación mientras ella continuaba dormida. Su cuerpo atractivo, llamativo y voluptuoso yacía descuidadamente cubierto por una sábana mientras que su cara descansaba sobre su brazo derecho con el cual abrazaba una gran almohada, con la abundante cabellera negra recogida sobre su cabeza le vino a la mente “La Venus del Espejo”. La miró extasiado y apenado, tratando de grabar en una última mirada cada una de las formas de ese bello cuerpo, cada uno de los matices que despedía aquella piel blanca y apenado porque sabía que sería la última vez que la vería.

Apuró el paso mientras mentalmente calculaba la ruta que tomaría hacia su casa; había decidido ir caminando para que en el trayecto se le quitara el olor a licor y a noche de hotel que llevaba encima.

- Sólo son unas veinte cuadras – se dio ánimo – llego a Tacna, luego hasta el Paseo Colón, de allí a la Plaza Bolognesi, entro a la Av. Arica y en media hora más estoy en casa.


Pocos años antes se había mudado de Barrios Altos a Breña después de evaluar muchas posibilidades y precisamente había escogido Breña porque consideraba que era un punto al cual podía llegar fácilmente a pie.

Llevaba muchas cosas en mente pero difícilmente lograba concentrarse en otra que no fuera Caeli, los momentos que habían pasado juntos durante esta aventura comenzaron a mezclarse en su mente, todos eran de felicidad, la habían pasado bien; entonces ¿por qué tenemos que dejar de vernos? ¿es necesario? ¿no habrá otra manera de sobrellevar esta situación? ¿si le explico mi condición actual ella me seguirá queriendo igual?

Su cuerpo se estremecía con interrogantes que por el momento no tenían respuestas conocidas o porque las respuestas no lo favorecerían. Eran tiempos muy difíciles no solo para ellos, para todo el mundo. Después de estar encerrados por la pandemia, periodo durante el cual habían sorteado muchas situaciones a veces peligrosas para poder verse, por fin podían hacerlo casi a diario, como antes, al recuperarse las actividades laborales. Ambos habían sido considerados para seguir trabajando en la empresa aunque con recortes significativos de sus ingresos. Quizás por culpa de esta nueva situación, con nuevas necesidades ella había comenzado a pedirle algunas cosas. Era muy extraño para ambos, hasta ahora, por decisión de Caeli, todos los gastos habían sido compartidos, incluidos los almuerzos, cenas, hoteles y tragos, no era su estilo pedirle dinero, lo que hacían, ambos lo hacían por amor.

- Eres una gran mujer, Caeli, única, inteligente, hermosa, gracias por elegirme.

Ahora caminaba por la avenida Tacna, como otras veces, al pasar por la iglesia donde antes funcionaba el cine Tacna, se le vino a la memoria Zavalita, el alter ego de Vargas Llosa, preguntándose “¿En qué momento se jodió el Perú?” Pregunta que tampoco nunca tendría respuesta. Cruzó la avenida Emancipación y la cantidad de piedras tiradas, pedazos de ladrillos y baldosas extraídas de las mismas veredas, trapos, papeles y palos a medio quemar le indicaron que la manifestación cuyo barullo todavía le llegaba a los oídos había sido de gran magnitud. Aligeró su paso entre piquetes de policías y algunos transeúntes que evidentemente no formaban parte de la protesta, para alcanzar la avenida Wilson.

Su mente alborotada seguía trabajando y todo su ser se ensombrecía a cada momento por la tristeza que con la ayuda del aire recién comenzaba a aquilatar. ¿Podría dejarla fácilmente? Le parecía imposible. La conversación con ella la noche anterior antes de embriagarse por completo había sido sencilla, habían quedado que ésta sería la última vez que se verían, y se entregaron a la noche sabiendo que no habría otra. Pero ya la extrañaba, parecía que parte de su vida se quedaba con ella, era recomenzar una nueva vida, no una etapa, sino toda una vida sin Caeli. ¿Cómo serían los siguientes días si ahora por cada cuadra que se alejaba el sentimiento de angustia y de pena crecía, proporcionalmente a la distancia que avanzaba hacia su casa?

Sacó el pañuelo limpio y bien planchado del bolsillo y se secó el sudor que comenzaba a brotar en su frente, la delicadeza de la tela sobre su piel le hizo recordar su familia, su casa, sus hijos, sus responsabilidades; comenzó a rebuscar qué excusa usaría ahora, enumeraba las que recordaba para evitar repetir y quizás ser descubierto, aunque ya casi no le importaba pues no habría necesidad de una siguiente excusa. O quizás haría como en muchas ocasiones, le diría a su esposa que luego le contaría y se iría a dormir mientras se le ocurría la justificación adecuada.

Pensó otra vez en Caeli, aspiró desesperadamente como si acabara de salir de aguas profundas con la esperanza de que le llegara alguna molécula del aroma de ella, no distinguió nada. Volvió a aspirar pero esta vez cerró fuertemente los ojos mientras fijaba la imagen de ella en su mente, ahora si, le llegó hasta el fondo del alma el aroma de ella, su pelo, sus manos, su cuerpo, su mirada, su sonrisa, todo tenía un aroma que hacía que sintiera su interior iluminarse. ¿Cómo haría para vivir sin estas emociones que lo motivaban a seguir las rutinas de días casi siempre aburridos sin ella? ¿Cómo quitarse esta sensación de encontrarse a punto de llorar que comenzó a crecer dentro de él apenas dejó aquella habitación de hotel? ¿Cómo superar la ausencia de la mujer que se quiere con todo el corazón? ¿Cómo resignarse a vivir sin verla, sin tocarla, sin tenerla? ¿Cómo soportar los días pensando que estará siendo feliz en los brazos de otro? ¿Cómo sobrellevar la idea de que con cada día que pasa la distancia entre ellos será mayor? ¿Cómo no perder interés en la vida sabiendo que nunca más la verás?

Sintió el sabor frío y salado que cubría sus labios, pasó su lengua pensando que sería sudor, comprendió que estaba llorando. Se detuvo y se arrinconó contra una ventana inmensa tras la cual se veía un viejo televisor encendido y a todo volumen, su idea era quedarse parado un rato hasta que el viento secara por completo el rastro de las lágrimas que seguían cayendo por su mejilla, con la mente en blanco veía las imágenes que pasaban, la policía resistiendo, la policía disparando, la multitud tirando piedras inmensas cuyo sonido al caer sobre las pistas o los escudos de los policías imaginaba a la perfección. Alcanzó a leer el banner sobre las imágenes “Renunció Merino”. ¿Se alegró? más que alegría sintió un extraño alivio. Quizás le diría a su señora que estuvo detenido erróneamente por la policía. Si, podría ser. Se animó y continuó su camino. Pasó por un edificio en el cual muchas personas golpeaban ollas y cacerolas por las ventanas. Sonrió y se preguntó:

- ¿Cuándo se jodió el Perú otra vez?



miércoles, 28 de octubre de 2020

DE PORCELANA

 Miró el reloj sobre la mesita de noche que marcaba las cinco y veinte y le pareció una eternidad la media hora que había pasado desde que lo mirara por última vez, cambió de posición cuidadosamente sobre su otro costado para no despertar a su consorte, no se sentía incómodo por la falta de sueño, ya estaba acostumbrado, recordaba que los padecía desde siempre en forma cíclica, desde muy joven, solo que ahora podía identificar la causa y a veces hasta combatirlo.

El origen de esta nueva etapa insomne de su vida se debía a la proximidad de la celebración de su aniversario matrimonial, sus bodas de porcelana. No sentía que hubieran pasado veinte años desde que se casara, en cambio, le parecía tan cerca el día en que entró a la iglesia del brazo de su madre para esperar en el altar a la que sería su esposa, tenía veintiocho años de edad y la había conocido a los veinticinco; increíble que sean tantos años de casado, su señora prefería sumarle los tres años desde que se conocieron y se hicieron pareja, él le llevaba cinco años y además ella parecía mucho más joven, no aparentaba ser la madre de dos jóvenes ni la señora próxima a los veinte años de casada, todavía era una mujer lozana. Era la que más se emocionaba con la celebración de los aniversarios, a él se le olvidaban frecuentemente pero para ella esto parecía muy importante como si se tratara de un mecanismo para mantener la llama del amor durante tantos años, a fin de cuentas, ella se enamoró cuando bordeaba los 20 años e iniciaba sus estudios universitarios, no pensó que le duraría tanto el encanto, ahora esperaba que fuera para toda la vida.

Nuevamente cambió de posición en la cama con el mismo cuidado; apenas se le iba el sueño por las madrugadas, para sentir correr el tiempo le gustaba hacer un inventario de su vida, cada vez recordaba un nuevo aspecto que sumaba o restaba a sus logros, pero siempre terminaba sintiendo que su vida no estaba todavía completa, sus resultados no eran suficientes para todo lo que se había esforzado. Le pasó la mano por la frente a su pareja con mucho cuidado tratando de identificar la ternura que debía recorrer su cuerpo y se dijo

-       Carajo, que rápido han pasado veinte años de nuestras vidas juntos.

Cinco años atrás, para sus bodas de cristal, le pasó lo mismo, tuvo una crisis de insomnio desde unas semanas antes de la celebración, solía despertarse apenas pasada las cuatro de la mañana y ya no conseguía conciliar el sueño. En aquella ocasión después de admitir que el motivo del insomnio era la cercana celebración del aniversario, lo superó apenas terminó de memorizar durante esas largas jornadas sin poder pegar los ojos “El poema de la espera” de José Angel Buesa y de filosofar profundamente sobre aquello de que “en amor el último vale más que el primero” y “mi amor es tan largo y la vida tan corta”; pero, a diferencia de aquella ocasión, ahora se pasaba las horas de desvelo pensando en su gran amor.

Se le había dado por recordar muchos detalles de aquella época, de improviso se le venían recuerdos que no sabía que había guardado, confundido, constantemente se preguntaba si era pena, frustración o simplemente la evocación que sospechaba seguramente a todos les pasa cuando un aniversario tan importante se acerca.

Sentía su cuerpo acelerarse cuando recordaba la figura de ella, casi perfecta, una permanente tentación que lo atraía, lo ataba, lo domesticaba. A su lado no pasaba el tiempo, siempre encontraban un motivo para prolongar cualquier conversación o justificar un encuentro inmediato, se preguntaba cuánto mejor le hubiera ido si en aquella época hubieran contado con la tecnología actual. Los celulares, internet, las redes sociales se habrían puesto de su lado, seguramente, para inmortalizar el amor que se profesaban.

Cada una de estas madrugadas de insomnio le habían servido para iniciar el tránsito por sus recuerdos desde el primer encuentro con ella, aquella ocasión en que de forma inesperada, sin nada planeado se conocieron, “todo fluyó”, era la expresión que le gustaba para la relación, como fluyen las cosas que están destinadas a durar, como seguramente fluye el verdadero amor, el eterno.

Consumía su tiempo con gusto reviviendo cada instante de su vida amorosa pasada, las citas a escondidas como seguro lo hacen los amantes, pero ellos lo hacían por simplemente ocultar su amor de los ojos de sus padres, familiares y amigos, no deseaban someterse al juicio de nadie, lo que hacían era puro y no necesitaba el consentimiento más que de ellos.

Mentalmente, en ese estado en el que se sumerge el desvelo, volvía a recorrer las calles por donde andaban abrazados y de pronto apartarse el uno del otro por la presencia cercana de algún sospechoso de ser conocido, que por lo general resultaba un ignoto, para luego arrancar las risas por el susto. Las visitas a los huariques caletas donde después de saborear algún gustito se regalaban caricias y arrumacos hasta que los obligaban a salir porque se mostraban atrevidos o porque iban a cerrar el lugar; esos mismos huariques donde aprendieron a fumar. Las veces que tuvieron que esperar el uno al otro, bajo el sol, la lluvia o atravesados por los estiletes del viento invernal limeño con la angustia de que la espera fuera vana. Las justificaciones que tuvieron que inventar con sus respectivas familiar para poder verse. Las veces que subían a los buses con un destino elegido pero cambiaban su rumbo porque se sentían muy a gusto entre la gente o cobijándose mutuamente por lo general en el último asiento.

Se le venían a la mente muchos momentos de emoción que evitaban que pudiera conciliar el sueño, las veces que habían ido al cine, las películas que habían visto juntos, o aquella ocasión en que salieron de la tienda Monterrey sin pagar las gafas que a ella le gustaban y el había escondido en el bolsillo interior de su casaca. Aquellas ocasiones en que sus familias coincidían en alguna fiesta y se la pasaban bailando de lo más serio intentando evitar las señales que pudieran advertir que entre ellos había una relación, las muchas formas que ella tuvo que resistir a otros muchachos interesados en su belleza o en bailar más de una vez para poder pedirle su número de teléfono o su dirección con la esperanza de conquistarla. También recordó cómo aprovechaban para escaparse aunque sea por minutos a un lugar en donde solos pudieran disfrutar de la compañía del otro.

Ahora, después de mucho, volvía a recorrer con su imaginación cada centímetro de piel, cada lunar, cada curva, cada imperfección que había guardado del cuerpo de ella en las contadas noches en que podían convertir su amor puro en un emocionante intercambio de caricias lúbricas antes de entregarse al placer, amor del verdadero, de ese que queda grabado como un tatuaje indeleble en algún lugar de cada célula y que no se hará visible sino a través de nuestros recuerdos, ese que será la percepción que tendrás por siempre del primer amor.

En el silencio de su amanecer, solamente interrumpido por la respiración calmada de la esposa dormida, a ratos parecían invadir todos sus sentidos los gemidos de ella, gemidos que aún ahora le enervan por completo hasta dejarlo en un estado de subconciencia de donde solo podía retornar avivado por las caricias de aquellas manos,  delicadas manos, frágiles, fibrosas, que parecían tener vida propia cuando bailaba.

Se esforzaba por traer a su mente los diálogos que habían sostenido y trataba de reconstruirlos palabra por palabra, como si fuera un arqueólogo armando pieza por pieza el rompecabezas que finalmente sería un templo ancestral y conseguía conversaciones muy sublimes y elaboradas, inusuales para jóvenes como ellos, que no podía precisar si las había recordado o acababa de inventarlas y que sin importar ello, cada noche evaluaba qué hubiera pasado si cambiaba alguna de aquellas palabras, se preguntaba con ansia dónde estarían hoy, seguro que podría estar mejor, como decía ella ésta era una relación de ganar-ganar, no había otra opción; y de seguro tendrían más hijos.

Suspiró hasta exhalar el último hálito para poder inhalar a gusto y llenar sus pulmones con aire nuevo, aire que parecía desintoxicarlo de sus pensamientos y que eran reemplazados por la preocupación de terminar con estos insomnios, sabía que podía combatirlos, ya lo había hecho.

Dedujo que, si antes lo había superado analizando los versos de un poema, llevándolos a la observación filosófica desde su particular punto de vista, quizás ahora, con un ejercicio similar podría conseguir conciliar el sueño y curarse de esta vigilia que aunque no lo quisiera reconocer terminaba alterando sus emociones.

Tomó lo que tenía a la mano, acababa de leer “La llama doble” de Octavio Paz y comenzó a llenar su cabeza de preguntas que pudiera contestar con algún argumento extraído de aquella obra y mezclado con lo que había leído de Schopenhauer y de Platón respecto al amor.

Se hacía pregunta tras pregunta y ensayaba muchas respuestas hasta quedarse con la que parecía ser la mejor, trataba de elaborar una conclusión por cada una de estas respuestas finales para memorizarlas, tal vez así conseguiría no solo terminar con su falta de sueño sino con encontrarle alguna explicación a estas emociones que se despertaban con sus recuerdos.

Había normalizado que cada día se levantara memorizando una idea que luego retomaba la madrugada siguiente para declararla irrebatible o continuar con su análisis filosófico.

-      Por hoy queda: el primer amor no es el que por lo general te desvirga ni el que llega en ese orden - se dijo, lo repitió mentalmente varias veces para hacerlo perdurable en su recuerdo y comenzar con el la siguiente madrugada.

Se sentó al borde de la cama para terminar de estirarse como era su costumbre, a punto de levantarse se le vino de la nada una pregunta a la mente, la última del insomnio, aquella que parecía haber estado luchando por salir y recién lo conseguía, de aquellas que por lo general no quieres hacerla aunque ya sabes la respuesta. Su cuerpo se llenó de la extraña energía que generan los buenos recuerdos.

-      ¿Cuántos años teníamos cuando empezamos a amarnos? Yo quince y tu diecisiete.

 

LA PENSIÓN

  El sonido de un disparo no muy lejano lo despertó, apretó con fuerza fu fusil, un ZB checo que les habían entregado a las tropas para este...